Mi esposa me hizo una paja y me corrí en sus hermosas tetas

Duración estimada de lectura: 4 minutos

Visitas: 1,873

Amanecí con el calor de su cuerpo pegado al mío, y al abrir los ojos lo primero que vi fue ese baby doll color celeste que apenas si le cubría las tetas, dejando ver sus pezones duros marcando la tela fina. Ella se movió apenas, estirándose como una gata perezosa, y la tanguita de hilo dental se le hundió entre las nalgas, ofreciéndome ese culazo redondo y firme que me tiene siempre con la verga de punta. No pude evitarlo, se me puso dura al instante, y ella lo sintió porque estábamos piel con piel.

Mi esposa volteó a verme con una sonrisa pícara, sabiendo perfectamente el efecto que tenía sobre mí. Sin decir una palabra, metió su mano bajo las sábanas y me agarró la verga con firmeza, comenzando a jalarla despacio, deleitándose con cada centímetro. Yo gemí bajito, dejándome llevar por sus dedos expertos que conocen cada punto de mi cuerpo mejor que yo mismo. Ella se humedeció los labios y se sentó encima de mí, pero de espaldas, ofreciéndome la vista completa de ese culo espectacular que se movía al ritmo de su mano.

Con su otra mano, ella jugaba con su concha mojada, frotándose sobre mi verga a través de la telita de su tanga, provocándome sin meterla. Yo le agarré las nalgas con ambas manos, separándolas para ver cómo su coño jugoso se marcaba bajo la tela húmeda. Ella comenzó a frotarse más fuerte contra mí, gimiendo, moviendo ese culote en círculos mientras seguía jalándome la verga con destreza. Sentía que iba a explotar en cualquier momento, pero quería aguantar hasta la noche para follarla como se debe.

Ella se inclinó hacia adelante, ofreciéndome sus tetas hermosas, esas que tanto me vuelven loco, y aceleró el ritmo de su mano. Yo no pude aguantar más, sentí la presión acumularse y con un gemido ronco me corrí en sus pechos, chorros de leche caliente que cayeron sobre su piel suave. Ella siguió jalándome hasta la última gota, satisfecha, y luego se volteó para mostrarme sus tetas llenas de mi semen, sonriendo con picardía. “Esto es solo el aperitivo”, me dijo, “la noche será otra cosa”. Y yo solo pude asentir, sabiendo que mi esposa siempre cumple sus promesas.

La noche llegó y con ella el deseo acumulado de todo el día. Mi esposa me esperaba en la cama, esta vez sin baby doll, completamente desnuda, con ese cuerpo que me vuelve loco: tetas firmes, cintura marcada y ese culote que parece esculpido a mano. Me miró con esos ojos hambrientos y abrió las piernas, mostrándome su concha depilada, brillante de humedad, lista para mí. “¿Ya te tardaste, no?”, me dijo con esa voz ronca que solo usa cuando quiere coger.

Me tiré sobre ella y la besé con desesperación, mientras mis manos recorrían su cuerpo caliente. Bajé por su cuello, sus tetas, su vientre, hasta llegar a su coño jugoso que ya pedía a gritos mi lengua. Me hundí entre sus piernas y comencé a lamerla con hambre, saboreando cada gota de su jugo. Ella gimió fuerte, agarrando mi cabeza y empujándola contra su concha, moviendo sus caderas al ritmo de mi lengua. “Así, papi, no pares”, suplicaba mientras yo devoraba su coño como si fuera mi última comida.

Cuando ya no aguantaba más, la volteé y la puse en cuatro, ofreciéndome ese culo espectacular que tanto había provocado por la mañana. Me puse detrás de ella y le metí la verga de una sola embestida, sintiendo cómo su concha caliente me apretaba delicioso. Ella gritó de placer mientras yo comenzaba a follarla con fuerza, agarrándola de las caderas, viendo cómo su culote rebotaba contra mi pelvis con cada golpe. “¡Métemela toda, papi, lléname!”, gemía ella mientras yo le daba duro, sin piedad, cumpliendo la promesa de la mañana.

Cambiamos de posición, la puse boca arriba y le levanté las piernas al hombro, entrando en ella hasta el fondo. Sus gemidos llenaban la habitación, sus tetas rebotaban con cada embestida, y yo no podía dejar de mirar ese cuerpo perfecto debajo de mí. Sentí que iba a venirme y ella lo sintió también, apretándome más fuerte. “Acábate dentro de mí, papi, quiero sentir tu leche”, me suplicó. Y con un gemido profundo, me corrí dentro de ella, llenándola mientras su concha se contraía en espasmos de placer. Nos quedamos abrazados, sudados, satisfechos, sabiendo que esta noche repetiríamos.

👉 ¿Te gustó este relato? ¡Compártelo! ✨
Juan Felipe
Juan Felipe
Artículos: 23

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *