La putita caliente tiene sexo anal en un cine casi vacío

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Carla sabía que su fetiche no era precisamente discreto. Le gustaba el sexo anal, sí, pero lo que realmente la encendía era hacerlo en lugares donde pudieran ser descubiertos. La adrenalina de sentirse vulnerable, de oír pasos cercanos mientras sentía una verga llenándole el culo, era su droga favorita.

Esa tarde, en el cine de un centro comercial, encontró al compañero perfecto: un tipo de unos treinta años, solo en la fila de atrás. La sala estaba casi vacía, la película era un thriller intrascendente. Carla, con una falda corta y sin bragas, se sentó dos filas delante de él, pero pronto se levantó y se colocó a su lado.

—¿Te molesta si me siento aquí? —susurró, y él negó con la cabeza, hipnotizado por su escote.

No pasaron ni diez minutos cuando Carla apoyó su mano en el muslo de él, sintiendo la tela del pantalón. Él reaccionó al instante, su mirada fija en la pantalla pero su mano subiendo por el borde de la falda. Cuando sus dedos rozaron su coño mojado, ella gimió bajito.

—Me gusta hacerlo por detrás —dijo ella al oído—. Y aquí mismo.

Él dudó un segundo, pero el deseo pudo más. Carla se levantó, se giró y se sentó sobre su regazo, de espaldas a él, como si solo estuviera acomodándose. Con disimulo, se bajó un poco la falda y él sintió el calor de su ano contra la cremallera. Con manos temblorosas, él se bajó el pantalón justo lo suficiente y sacó su verga ya dura. Carla guio la punta hasta su entrada, empujando hacia atrás con suavidad.

El primer centímetro entró sin resistencia. Ella mordió su labio para no gritar. La oscuridad de la sala los envolvía, pero cualquier persona que entrara podría verlos. Ese pensamiento la hizo apretarse más alrededor de él.

—Qué apretada estás —susurró él, comenzando a moverse.

Carla movió la cadera en círculos, tomando el control. Cada embestida era un desafío al silencio. La butaca crujía levemente, la película seguía sonando, y ella sentía cómo la verga se deslizaba profundo, llenándole el culo por completo. Apoyó las manos en el reposabrazos y empezó a cabalgar con más ritmo, sintiendo cómo el placer le subía por la espalda.

—Más rápido —pidió ella, sin importarle ya el volumen de su voz.

Él la agarró de las caderas y aceleró. Carla cerró los ojos, concentrada en la sensación de ser penetrada en ese cine casi vacío, con el riesgo latente de que alguien abriera la puerta. Cuando sintió que se acercaba, apretó fuerte y se vino en silencio, temblando sobre él. Él la siguió segundos después, vaciándose dentro de su culo mientras mordía su hombro para no gemir.

Cuando terminaron, Carla se levantó, se acomodó la falda y le sonrió.

—Gracias por la función —dijo, y salió de la sala sin mirar atrás.

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Juan Felipe
Juan Felipe
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