Mi novia, el taxista y yo

Duración estimada de lectura: 16 minutos

Visitas: 1,870

Me llamo Alex y mi novia se llama Lizbeth. Somos una pareja joven y, en general, bastante feliz. Nuestra relación no tiene demasiadas complicaciones: nos queremos, tenemos confianza y llevamos una vida bastante normal juntos.

Sin embargo, tenemos un trasfondo sexual un poco más complicado.
Desde hace tiempo tengo una fantasía relacionada con ser cuck: me excita la idea de que Liz esté con otros hombres y, especialmente, la posibilidad de presenciar o saber lo que ocurre. No es algo que haya aparecido de repente; es una fantasía que llevo tiempo teniendo y que, en distintas ocasiones, hemos intentado explorar juntos.
Los intentos, sin embargo, no han sido especialmente exitosos.

Una vez sabiendo este contexto, puedo contarles esta historia.

Mi novia y yo fuimos al súper. Tuvimos que ir bastante lejos porque el súper donde normalmente comprábamos nuestras cosas estaba cerrado, así que pedí un Uber para llegar hasta allá.

La ida fue completamente normal. Hicimos nuestras compras, discutimos un poco sobre qué faltaba en la casa, revisamos un par de cosas más de las que habíamos planeado y, cuando finalmente terminamos, salimos con todas las bolsas.

Tomamos un taxi para regresar.

Durante el trayecto, yo iba bastante distraído, hasta que empecé a notar algo a través del retrovisor. El conductor miraba muy seguido a mi novia.

No era una mirada aislada. Cada cierto tiempo volvía a hacerlo.

Mi novia esa vez llevaba una blusa sin bra y unos shorts un poco cortos. Podría decirse que su vestimenta definitivamente no pasaba desapercibida. Aunque ella parecía notar la miradas ocasionales del taxista, también parecía completamente despreocupada por eso.

Yo, en cambio, empecé a fijarme cada vez más en las miradas del conductor.

Una idea, de esas que pasan volando sin previo aviso en la mente, de repente apareció en mi cabeza.

Cuando finalmente llegamos a casa, ocurrió algo que no había previsto.

Al revisar mis cosas, me di cuenta de que no tenía dinero para pagar el taxi.

-¿Qué hacemos? -le pregunté a mi novia, intentando pensar rápidamente.

Ella me miró, después miró las bolsas y finalmente al taxista.

El conductor había escuchado perfectamente.

No dijo nada.

Simplemente se quedó ahí, mirándonos con una expresión difícil de interpretar.

Fue entonces cuando se me recordé aquella idea.

Era de esas ideas que, incluso antes de decirlas, sabes que es algo que no deberías de decir en voz alta.

Aun así, miré al taxista.

-Sabe qué? No tenemos dinero para pagar…

– El taxista me volteó a ver visiblemente molesto.

– Pero sabe una cosa? Mi novia puede pagarlo de otra forma.

Mi novia giró inmediatamente hacia mí.

-¿Qué?

El taxista también pareció sorprenderse.

-¿Cómo?

Yo mantuve la mirada.

-Le puede hacer una mamada. ¿Cree que eso cubra el viaje?

Durante unos segundos nadie dijo nada.

El taxista me observó como intentando determinar si estaba hablando en serio.

Finalmente, respondió:

– Jaja está hablabdo en serio joven?

– Si, absolutamente.

Mi novia solo me miraba absolutamente incredula de mis palabras.

– Y la mama bien?

– Si, no tiene ni idea. La mama excelente, no se preocupe.

Mi novia me miró con asombro que hasta parecía gracioso.

Era una de esas miradas que no necesitan palabras para decir «¿acabas de decir lo que creo que acabas de decir?»

Yo solamente la miré y le dije.

– Hay que pagar el viaje amor.

Ella permaneció inmóvil unos instantes.

Parecía estar tratando de decidir si aquello realmente estaba pasando.

Estaba muy extrañada por la situación, pero accedió.

El taxista bajó del coche y nosotros lo invitamos a pasar a nuestra casa.

Ya dentro, la atmósfera cambió por completo.

Entramos, un escalofrío de emoción y excitación recorrió mi espalda.

En ese momento, el taxista se detuvo en medio de la sala y procedió a bajarse el pantalón, dejando expuesto un miembro inusualmente grande, sobre todo para la complexión y altura del taxista.

Mi novia abrio los ojos sorprendida, y parecia no poder dejar de ver aquella verga enorme.

Como no pasaba nada, toque la espalda de mi novia como incitandola a hacer lo que debía hacer.

Y en eso, con un suspiro de resignación, camina hacía a él y se inca, poniéndose a trabajar.

Yo permanecí observando, extremadamente excitado, mientras mi novia complacía a ese suertudo taxista.

No duró mucho. Fueron alrededor de tres minutos antes de que terminara, dando por concluido aquel «pago».

Durante todo ese tiempo, noté que mi novia se agarraba de vez en cuando la entrepierna, dejando ver que ella también estaba bastante excitada, algo que definitivamente me sorprendió, pero solo me excito mas.

Cuando terminó, pensé que finalmente todo había acabado. Una mezcla de alivio y decepción (por que pensé q todo había acabado) inundo mi cuerpo.

-Pues, muchas gracias por aceptar este pago -le dije.

El taxista se quedó mirándome.

No parecía satisfecho.

-La verdad es que creo que no es suficiente.

Fruncí el ceño.

-¿Cómo?

Hubo una pausa.

Entonces el taxista cambió completamente de actitud. Su postura se volvió más firme y su voz adquirió un tono autoritario que no había tenido hasta ese momento.

-Yo creo que no va a ser suficiente.

Lo miré sin saber exactamente qué estaba pensando.

Entonces preguntó:

-¿Tu novia tiene lencería?

-Mm Sí? Sí tiene.

-OK.

Se volvió hacia mi novia.

-Mamacita, sube por la mejor lencería que tengas y bajas, porque te vas a ir conmigo a mi casa.

La situación acababa de tomar un giro totalmente diferente.

Lo miré, sorprendido.

-Un segundo. No acordamos esto.

El taxista ni siquiera pareció considerar mi protesta.

Me respondió con una actitud todavía más dominante:

-Cállate, pendejo. Me la voy a llevar, me la voy a cojer y después te la traigo. No te preocupes.

Me quedé callado.

Lo extraño era que, aunque una parte de mí sabía perfectamente que aquello había llegado muy lejos, mi otra parte estaba completamente absorbida por la situación.

Sentía una excitación enorme.

Finalmente, respondí de una manera completamente sumisa:

-Está bien.

Mi novia se quedó muda.

Me miró fijamente.

No era una mirada fácil de interpretar. Había sorpresa, incomodidad y una evidente reclamación en sus ojos, como si esperara que en cualquier momento yo dijera algo, que detuviera todo.

Pero yo no hice nada.

El taxista volvió a mirarla.

-Ya apúrate, mami, que tengo prisa.

Yo me quedé inmóvil, impactado por la situación. Seguía sin decir nada.

En ese momento, el taxista dijo

– Bueno, te voy a demostrar que no te molesta tanto como parece

Él se acerco a mi novia y sin muchas protestas por parte ella, comenzó a desnudarla.

Una vez desnuda, mi novia trato de cubrirse, a lo que él solamente le aparto las manos, y ella sorprendente no trató de cubrirse más.

En eso, el la pone de espaldas contra él y comienza a tocarla, poniendo especial atención en las grandes tetas de mi novia.

Por otro lado, mi novia, ante el descarado manoseo del taxista, empezó a emitir sonidos bastante delatantes. Yo continué inmóvil, simplemente mirándolos, sin pronunciar una sola palabra.

Después de que el taxista terminara de tocarla, únicamente para demostrar que él era quien tenía el control de la situación, me miró y dijo:

-¿Ves? Puedo hacer lo que quiera y no vas a hacer nada al respecto. Así que me voy a llevar a tu linda noviecita. Vamos a pasar una linda noche en mi casa y mañana temprano te la traigo, sin problema. ¿Tienes algún problema con eso, niño?

No respondí. Me quedé completamente callado, todavía en shock.

Al ver que no decía nada, el taxista se dirigió a mi novia, a quien mantenía abrazada con un brazo alrededor del cuello.

-¿Tú tienes algún problema con eso, mamacita?

Mi novia, que no había dejado de mirarme durante toda la situación, respondió:

-No lo sé.

La miré fijamente.

-¿Es en serio?

Ella me devolvió la mirada.

-Esto es tu culpa.

El taxista soltó una risa triunfante.

Entonces volvió a dirigirse a mi novia.

-Bueno, ya que estamos listos, sube por esa lencería, que ya nos tenemos que ir.

Después le dio una pequeña nalgada, descarada, como diciéndole que se apresurara. Fue un gesto que transmitía una sensación de dominio, como si mi novia fuera de su propiedad.

Y, siendo honestos, a ese punto parecía que así era como él la veía.

Cuando mi novia subió, el taxista y yo nos quedamos en silencio, sin decir una sola palabra.

Yo evitaba mirarlo a los ojos, aunque él no dejaba de mirarme. De vez en cuando alcanzaba a notar alguna risita burlona y triunfante.

Entonces mi novia volvió a bajar.

Ella simplemente bajó desnuda, con una bolsa que contenía su lencería, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Estaba completamente desnuda frente a mí y frente al taxista y eso me hizo sentir increíblemente humillado.

El taxista la miró y dijo:

-Que morra mas preciosa me viniste a entregar carnal.

Yo permanecí callado, mirando como ella caminaba y se ponia al lado de él, lista para irse

Simplemente la miré y pregunté

-¿Estás segura?

Ella me respondió con otra pregunta:

-¿Tú lo estás?

Me quedé pensando unos segundos.

-Si tú lo estás, yo lo estoy.

Ella me miró fijamente.

-Entonces sí.

Algo dentro de mí gritaba que le dijera que no. Que intentara hacer algo para detener la situación. Que todavía estaba a tiempo de impedir que todo aquello siguiera adelante.

Pero otra parte de mí quería que realmente sucediera.

Y estaba a punto de pasar.

Y si no hacía nada, iba a pasar.

Y, en efecto, no hice nada.

El taxista le indicó a mi novia que se vistiera con la ropa que había llevado anteriormente. Ella obedeció sin protestar.

Entonces el taxista se acercó a mí.

-Bueno, carnal. Me la llevo un ratito, te la traigo mañana temprano, ¿va?

Me puso una mano en el hombro, como diciéndome que no me preocupara, como si lo que estaba ocurriendo fuera algo completamente normal.

Mi novia me miraba fijamente, con una mirada muy, muy lasciva.

Yo simplemente me limité a verla. Seguía sin poder mirar al taxista a los ojos.

Finalmente, los vi marcharse.

Cruzaron la puerta.

La puerta se cerró.

Unos segundos después escuché cómo el taxi se encendía.

Y entonces se fueron.

Yo me quedé ahí, completamente inmóvil, escuchando cómo el sonido del taxi se alejaba.

Me quedé inmóvil durante unos segundos, escuchando cómo el taxi se alejaba.

Entonces tomé la decisión de salir de la casa. Quizá, por alguna casualidad, todavía podría verlo regresar.

No ocurrió.

No lo escuchaba por ningún lado y tampoco podía verlo. El silencio de la calle contrastaba con el caos que tenía dentro de la cabeza.

Entré nuevamente a la casa, todavía incrédulo por todo lo que acababa de suceder. Al entrar, vi las bolsas del supermercado exactamente donde las habíamos dejado. Todo seguía igual. Era como si la casa se hubiera quedado congelada en el instante anterior a que todo aquello comenzara.

Corrí a buscar mi teléfono.

Instintivamente quise llamarla.

Pero no lo hice.

Me senté en el sofá e intenté procesar lo ocurrido. Poco a poco, una idea empezó a hacerse cada vez más evidente: todo aquello era culpa mía.

Yo había provocado la situación.

Yo había pronunciado aquellas palabras.

Yo había permitido que llegara hasta ese punto.

Sin embargo, junto a ese sentimiento de culpa había otra cosa. Algo que no podía ignorar. Algo mucho más intenso, mucho más ruidoso.

Estaba caliente, más que muchas veces en mi vida.

Pasaron varios minutos y ella no me mandó ningún mensaje.

Tampoco me llamó.

Eso empezó a preocuparme.

Pensé que quizá el taxista le había quitado el teléfono. Porque, independientemente de lo excitada que estuviera, de lo involucrada que se sintiera en aquella situación o de cuánto hubiera querido que algo así ocurriera, estaba convencido de que me habría enviado aunque fuera un mensaje.

Pero no llegó nada.

Finalmente decidí llamarla.

Marqué su número.

Esperé.

Nadie respondió.

Volví a llamar.

Esta vez sí contestaron.

-¿Bueno? -pregunté, con una mezcla evidente de preocupación e incertidumbre.

Pero no escuché la voz de Lizbeth.

Escuché la del taxista.

-¿Qué pasó, hijo? ¿Necesitas algo?

Sentí un escalofrío.

-¿Puedes pasarle el teléfono a Lizbeth, por favor?

Hubo una pequeña pausa.

-Ah… con que se llama Lizbeth. Le había preguntado su nombre a esta morrita tan linda, pero no me lo había querido decir.

-No te preocupes -continuó-. Ella está bien. Y créeme que en un ratito va a estar mucho mejor.

Sentí que la situación comenzaba a escaparse definitivamente de mis manos.

-Esto ya llegó demasiado lejos. Por favor, regresa y tráemela de vuelta.

El taxista soltó una especie de suspiro.

-Mmm… es que, ¿qué crees, hijo? Me deben dinero. Y pues, como no tienes, tengo que recuperarlo de alguna u otra forma.

-Ya, no mames. Déjate de mamadas, por favor. Tráela de vuelta.

Hubo otra pausa.

-Mmm… no. La verdad es que no quiero.

Sentí una mezcla de impotencia y desesperación.

-Pero no te preocupes -añadió-. Te mantendré actualizado según lo que vaya pasando. Y te la traigo mañana tempranito, ¿ok? Asegúrate de estar aquí para recibir a tu noviecita.

Y colgó.

Me quedé mirando el teléfono.

Durante unos segundos no fui capaz de moverme.

Finalmente lo dejé sobre la mesa y miré a mi alrededor.

Una sensación de derrota, humillación y preocupación me cayó encima de golpe. Sentí que las ganas de llorar eran imposibles de contener.

Y lloré.

Lloré durante un par de minutos, intentando asimilar lo que había permitido que sucediera.

Pero, incluso en medio de aquello, había otra sensación creciendo dentro de mí.

La excitación.

Cada vez era más intensa.

Me sentía confundido. Arrepentido, sí, pero al mismo tiempo incapaz de negar lo mucho que aquella situación estaba excitandome.

Sin saber qué más hacer, subí a mi cuarto y me recosté.

Me quedé mirando al techo, tratando de entender qué estaba pasando dentro de mi cabeza.

Pensaba constantemente en Lizbeth y en el taxista. En lo que podrían estar haciendo. En todo lo que podía estar ocurriendo mientras yo permanecía allí, completamente solo.

La curiosidad se volvió casi insoportable.

Pero decidí no hacer nada.

Finalmente pensé que lo mejor era dormir.

Después de reflexionarlo durante un rato, llegué a una conclusión: Lizbeth era perfectamente capaz de manejar la situación y, además, aquello no era algo completamente ajeno a las conversaciones y experiencias que habíamos tenido anteriormente.

Así que intenté tranquilizarme.

Decidí esperar hasta la mañana.

Estaba a punto de quedarme dormido cuando mi teléfono vibró.

Abrí los ojos inmediatamente.

Era un mensaje de Lizbeth.

Por un instante sentí alivio.

Esperaba encontrar algo sencillo. Un «hola», quizá. Algo que me dijera que todo había terminado y que ella estaba bien.

Pero no podía estar más equivocado.

Lo que recibí fue un video.

En él aparecía Lizbeth frente al taxista, mientras él sostenía el teléfono y la grababa. Ella llevaba consigo la ropa que tenía anteriormente. Enseguida el taxista, con tono autoritario y hasta despectivo le dijo «quitate esa ropa y ponte la lencería, mami»

Lizbeth obedeció.

Ella se desnudó, de una forma tan provocadora y descarada, y de igual forma se puso la lencería.

Yo permanecí completamente absorto frente a la pantalla.

No podía apartar la mirada.

Había algo tan profundo dentro de mí al verla ahí.

La mezcla de emociones volvió a apoderarse de mí.

Culpa.

Celos.

Preocupación.

Y, por encima de todo, una excitación que apenas podía controlar.

El video terminó de repente.

El taxista simplemente dijo:

-Pues, comencemos.

Y la pantalla quedó en silencio.

Me quedé mirando el teléfono, esperando.

No sabía qué iba a recibir después.

Me llegué a preguntar si lo que estaba pasando era real, no pasaron ni 2 segundos y me dije a mi mismo «Claro que es real, estúpido, y es tu culpa»

Después de dar miles de vueltas a todo lo que había pasado ese día. Mi gusto por la situación solo se hacía mas claro dentro de mí.

Decidí que lo mejor era esperar por otra actualización por parte de Liz, o en su defecto, del taxista.

Esperé… Y seguí esperándo.

Pasaron 15, 30 minutos

Luego 1 hora

Y finalmente después de casi 2 horas y media…

*Sonidos de notificación de WhatsApp*

Mi corazón empezó a latir a mil.

Pensé en si abrir ese mensaje era buena idea… La erección que ya estaba empezando a doler por no hacer algo al respecto, me confirmó que en verdad quería ver ese mensaje.

Así que lo abrí…

Y ahí estaban, mi novia, el amor de mi vida, la niña con la que quería formar una vida… Siendo absolutamente destrozada en 4 patas por ese taxista.

Aquello que veian mis ojos no era sexo, era una masacre.

Mi novia apenas y podia aguantar las violentas estocadas de aquel desgraciado.

Los gemidos que prácticamente eran gritos, casi opacaban las imágenes tan chocantes que estaba presenciando.

Simplemente no pude resistirme, me dejé llevar, y mientras terminaba ese video de 16 minutos de duración me vine no una, ni dos, ni siquiera tres veces.

Me vine 5 veces con ese vídeo.

Y solamente mi novia y su talentosa boca podía hacerme venir con tanta intensidad.

En el video no se veían muchas cosas, únicamente mi novia siendo dominada por él.

Le video terminó y estaba completamente exhausto.

No recibí más mensajes, ni más videos.

Eventualmente me quedé dormido. Desperté a eso de las 10 de la mañana. Inmediatamente tomé mi teléfono y revisé si tenía mensajes.

Solo habia un mensaje del WhatsApp de mi novia que decía «Ya vamos para allá»

Por alguna razón, ese «Vamos» se sintió mal, como si él fuera un amigo, alguien de confianza, y no me gustaba esa idea.

En eso, ellos llegaron…

Continuará…

👉 ¿Te gustó este relato? ¡Compártelo! ✨
Amateurcuck99
Amateurcuck99

Un joven cuck con absoluta disposición para ver a mi novia disfrutar con otros.

Artículos: 1

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *