Le di por el culo a la zorra de mi empleada en la oficina
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La tensión entre Beatriz y yo en la oficina se había vuelto insoportable. Lo que empezó como una dinámica de poder y una venganza personal por aquel rechazo de hace años, se había transformado en una obsesión sexual mutua. Beatriz ya no era la chica arrogante que me ignoraba, ahora era una mujer que vivía para ser sometida por aquel hombre que una vez despreció.
—Quiero que hagamos realidad mi fantasía—. Me escribió una noche antes.
—¿Estás dispuesta a todo verdad putita?
—Si, lo deseo.
Ese lunes me mandó un mensaje temprano.
—Quiero que lo hagamos hoy, sobre tu escritorio.
Su mensaje iba acompañado de un video, se había metido al baño de la oficina, en él sus tetas con sus pezones oscuros y paraditos se asomaban por encima de su blusa a medio abotonar, luego enfocó sus nalgas, se abrió una y dejó ver un plug anal. La verga se me empezó a poner dura.
—Qué delicia nena, sí hagámoslo.
—Sí papi, hazme tu puta aquí.
A cada rato veía su video, la erección no cesaba, quería meterme al baño y hacerme una paja porque no aguantaba la calentura pero tenía guardar esa leche para Betty.
Betty entraba y salía de mi oficina con ese caminar hipnótico, moviendo las caderas con una lentitud calculada.
Vestía un conjunto formal de falda lápiz negra que abrazaba sus curvas, una blusa de seda blanca ligeramente desabrochada que dejaba ver la parte superior de sus tetas, y unas zapatillas de tacón aguja rojas, brillantes y coquetas, que hacían que sus pantorrillas se vieran esculpidas.
Pero lo que realmente me volvía loco era lo que no se veía: el plug anal de acero que llevaba insertado desde que salió de su casa, dilatándola y recordándole en cada paso que su cuerpo ya no le pertenecía, sino que era un recipiente esperando ser llenado por mí.
Llegó la hora de salida y la gente fue yéndose, excepto mi compañera de RR. HH y su asistente que estaban en una oficina al otro lado del piso.
Yo ya estaba impaciente y muy caliente.
—Beatriz, ¿puedes venir?
Caminó hacia mí retadora.
—¿Enviaste las facturas a Guadalajara—. Dije sin quitarle la vista de encima.
—Lo siento, señor, me costó mucho concentrarme hoy—. Respondió con una voz quebrada, cerró la puerta y se acercó al escritorio entendiendo el juego.
Se inclinó hacia mí y metí mi mano por debajo de su falda apretando sus nalgas, pude oler su perfume mezclado con el aroma de su excitación.
No hubo más palabras. Me levanté bruscamente, la tomé por la cintura y, de un solo movimiento, la izé sobre el escritorio. Los papeles volaron por el aire y unos expedientes cayeron al suelo haciendo ruido, pero nada de eso importaba.
Betty llevaba unas medias negras transparentes que le llegaban hasta los muslos, sujetas por un liguero de encaje que apretaba su piel morena y tersa.
La puse boca arriba, abriendo sus piernas hacia los lados, exponiendo su intimidad completamente.
—Me tienes desesperada.
Dijo temblando de deseo, llevó sus manos hacia atrás y extrajo la pieza de acero con un sonido húmedo y succionado que me hizo pulsar la verga con violencia. En el instante en que el metal salió, yo ya estaba allí.
Liberé mi verga dura y palpitante y la empalé de un solo golpe seco, entrando profundamente en su culito negro y dilatado, Betty soltó un jadeo sordo, apretando los dientes para no gritar.
Con sus piernas me rodeo la cintura aprisionándome, aumenté el ritmo de la penetración.
—¡AGH! ¡DIOS, ANGEL!—. Gritó arqueando la espalda contra el escritorio.
No hubo ternura, solo una necesidad animal de posesión. La azotaba contra la madera dura del escritorio, el sonido de nuestros pubis chocando era rítmico y húmedo.
Desabroché su blusa por completo, dejando sus tetas libres y duritas, mientras yo la penetraba con una furia ciega. La obligaba a mirarme a los ojos mientras me hundía hasta el fondo, sintiendo cómo su culito apretaba mi verga con espasmos violentos.
—¡Dime quién es tu dueño Beatriz! ¡Dilo mientras te rompo el culo sobre este escritorio!—. Le gritaba, mientras le apretaba los muslos, dejando marcas rojas en sus medias negras.
—¡TÚ! ¡TÚ ERES MI DUEÑO ANGELl! ¡LLÉNAME POR FAVOR, DESTRÓZAME!—. Gritaba con la cara empada en sudor y la mirada perdida en el éxtasis.
Betty se incorporó, me empujó hacia la silla y se subió en cuclillas sobre mí, quedamos frente a frente. Con una mano se metió mi verga en la vagina y con la otra hundió mi cara entre sus tetas, mordí sus pezones al tiempo que aspiraba el delicioso aroma de su transpiración combinada con su perfume.
—Me encanta esta adrenalina—. Me dijo al oído mordiendo mi lóbulo.
—¡Di que eres mi puta!
—¡SOY TU PUTA PAPI, TODA TU PUTA!
Le di una fuerte nalgada que resonó por toda la oficina.
Cuando el orgasmo me alcanzó, la saqué bruscamente y la puse de rodillas. La obligué a abrir la boca y, con una fuerza volcánica, disparé chorros espesos y calientes de semen directamente sobre su cara.
La leche hirviendo salpicó sus mejillas, su nariz y sus ojos. No me detuve; seguí disparando hasta que el semen comenzó a chorrear por sus tetas, manchando la seda blanca y mezclándose con el sudor de su piel.
La dejé ahí, jadeando, con la cara cubierta de mi marca, mientras ella lamió la leche de su piel con una devoción absoluta, mirándome con ojos nublados de lujuria. Pero el hambre no se había ido.
De repente escuchamos unos pasos acercarse, guardamos silencio y nos quedamos inmóviles, los pasos se alejaron y una puerta se cerró. Ambos nos reímos.
—Al motel. Ahora—. Dijo Betty.
Nos arreglamos la ropa, acomodamos todo rápidamente y salimos en mi auto.
Nos detuvimos para comprar una botella de vino y aceite aromático.
Llegamos a la suite, un santuario de lujo con un jacuzzi imponente. Pero antes de entrar al agua, ocurrió el ritual.
La desnudé lentamente, pero dejándole las zapatillas rojas puestas. Me encantaba el contraste de su piel morena desnuda y el cuero sofisticado en sus pies.
Se sentó un una silla, se quitó la zapatilla derecha y cruzó la pierna sobre la otra.
En un arranque de sumisión erótica, tomó la botella de vino y, mirándome con ojos nublados, comenzó a verter el líquido rojo y denso sobre su pierna. El vino corría empapando su piel tersa y bajaba lentamente por sus pantorrillas y pies hasta llenar el interior de su zapatilla.
—Bebe de mí Angel, bebe todo lo que soy—. Susurró extendiendo su pie hacia mí.
Me arrodillé frente a ella. El aroma del vino mezclado con el olor a cuero de la zapatilla y la esencia de sus pies me volvió loco. Comencé a lamer su pie, succionando el vino tinto que se filtraba entre sus dedos y arco.
Cogió la zapatilla empapada en vino y me tomó del cabello.
—¡Bebe de aquí, fetichista pervertido!
Bebí el vino directamente de su zapatilla, alternando con lamidas en la planta de sus pies.
Se quitó la otra zapatilla y vertió un buen chorro de vino adentro. Volvió a tomarme del cabello.
—¡Abre la boca!—. Me ordenó y vertió todo el contenido en mí.
Era un acto de adoración depravada, yo saboreaba la humedad del vino mientras ella soltaba gemidos agudos.
—¡Así, bebe todo cabroncito!—. Me dio una bofetada y un beso en los labios.
Betty, con una sonrisa perversa, tomó la botella de aceite y echó un chorro sobre mi verga. Con sus delicadas manos me masajeó la longitud completa, extendiendo el lubricante hasta que mi verga brillaba como el cristal, deslizándose suavemente bajo sus dedos.
Yo hice lo mismo con ella; vertí el aceite sobre sus hombros, sus tetas y sus nalgas, extendiéndolo con fuerza, haciendo que su piel se volviera resbaladiza y brillante, transformándola en una escultura de ébano aceitada.
Betty echó más aceite en mi torso, apretando mis pectorales y mi cuello.
—Me encanta tu cuerpo recio y musculoso papi—. Dijo saboreándose.
—Yo amo tus nalgas duritas—. Le di una fuerte nalgada que sonó aguda por el aceite, Betty soltó un brinquito y una risita.
El aceite lubricaba cada poro, haciendo que nuestros cuerpos se deslizaran el uno contra el otro como si fuéramos una sola masa de piel brillante y húmeda.
La cargué y la metí en el jacuzzi. El agua caliente y el aceite crearon una capa resbaladiza que hacía que cualquier contacto fuera eléctrico.
Betty se lanzó sobre mí con una ferocidad animal, chupándome la verga de forma intensa y profunda.
Su lengua recorría cada vena de mi verga, succionando el glande con una fuerza que me hacía jadear, mientras sus manos aceitadas apretaban mis huevos con ritmo.
Cuando ya no pude más, la giré y la puse boca abajo, apoyándola en el borde del jacuzzi. Sus nalgas, brillantes por el aceite y el agua, estaban completamente expuestas.
—Voy a entrar por donde más te duele, perra—. Le susurré al oído.
Sin piedad, introduje mi verga en su canal anal. El ajuste fue perfecto, la lubricación del aceite permitió que entrara deslizándome y la presión era asfixiante.
Betty soltó un grito que resonó en toda la suite, un grito de dolor y placer absoluto. El sexo anal en el jacuzzi fue una danza de depravación.
—¡SIGUE ANGEL! ¡LLÉNAME EL CULO! ¡SOY TU PUTA, HAZME LO QUE QUIERAS!—. Gritaba ella, entregándose totalmente.
La embestía con fuerza bruta, moviéndola contra el borde del jacuzzi, mientras el sonido de nuestra carne chocando era un eco húmedo y sucio.
El lenguaje era explícito, insultos y órdenes que solo alimentaban la excitación de Beatriz. Ella se retorcía, suplicando más, pidiendo que la destruyera.
—¡MÍRAME PUTA! ¡MIRA CÓMO TE ESTOY USANDO!—. Le gritaba mientras la jalaba del cabello hacia atrás, obligándola a mirar su reflejo en el espejo del baño mientras yo la empalaba por el ano.
El clímax llegó como una explosión. Me corrí profundamente dentro de ella, llenando su intestino con una descarga masiva de semen que se mezcló con el aceite y el agua caliente. Beatriz colapsó, temblando, completamente rota y satisfecha, con los ojos en blanco por el orgasmo y la entrega.
Fui por mi teléfono y le tomé unas cuantas fotos.
—¡NOOO! ¡¿QUÉ HACES?!—. Dijo tapándose la cara.
—Son para cuando te me antojes muñeca.
Nos quedamos ahí, flotando en el jacuzzi, cubiertos de aceite, vino y fluidos.
Betty quedó exhausta, vi cómo había transformado el odio y el rechazo en la forma más pura y animal de deseo.
Beatriz ya no era la empleada formal; era simplemente mi posesión, una mujer rota por el placer que ahora solo vive para satisfacer mis antojos más oscuros.
