Del cielo al infierno: desnudando mi alma a un extraño

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Treinta años atrás, Concepción era un pequeño pueblo perdido en la nada, nacido de la unión de un grupo de agricultores, que típicamente se había urbanizado poco a poco, no tenía más de diez calles asfaltadas paralelas a la ruta principal y otras tantas transversales. Al centro, donde estaba la plaza principal, se levantaba la capilla, el despacho policial, el hospitalito de esos días y lo que hoy se conoce como el palacio comunal.

Los emprendimientos florecían para aquellos que deseaban aventurarse, y así, a la vuelta del hospital, se levantaba ‘Telas Simón’, el negocio con el cual mi padre proveía sustento y lo hacía sentirse orgulloso

Mi padre, siempre fue un tipo prolijo y detallista, su negocio era el único, y todos sabían que, si necesitaban telas, solo había que ir a lo del turco Simón. El ponía lo mejor de si, siempre preocupado por su clientela y ciertamente trabajaba más por orgullo, por prestigio que por necesidad

De tres hermanos yo era la del medio, y solíamos jugar a los vendedores, aunque ciertamente en puntas de pies llegaba al mostrador, y mientras mi madre trataba de acarrear el rebaño, mi padre se divertía mucho con nuestras inocentes ocurrencias.

Y así conocí a Camilo, un chico inquieto de mirada pícara, un flacuchento, con su rostro plagado de pecas, siempre se le caían los mocos y se limpiaba con la manga de su camisa, era repugnante. El venía cada tanto, en general los fines de semana, cuando no había clases, acompañando a su padre, don José, eran del pueblo contiguo al nuestro. José se ganaba la vida como viajante, traía los telares y las novedades de la gran capital y paseaba pueblo por pueblo ofreciéndolas, o llevando pedidos ya reservados con anterioridad.

Cuando su padre y el mío hablaban de negocios, él jugaba con nosotros, en especial con mi hermano varón, pero en verdad siempre me miraba con sus ojitos tiernos.

Fuimos creciendo, y con doce años, ya era un niño educado, ya no se le caían los mocos, ya no jugábamos, hablábamos, y en un descuido me robó el primer beso, fue de repente, no lo vi venir, y hoy con gracia puedo decir que me dio mucho asco.

Entrada en mi adolescencia las cosas habían cambiado, por la crianza familiar yo había decidido meterme a monja, tenía fuertes creencias religiosas y quería consagrar mi vida al Señor.

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También deje de ver a Camilo, todo era diferente, las prendas ya venían terminadas y listas para usarse, la importación ganaba terreno, las viejas mujeres, modistas finas, pronto se quedaron sin trabajo, y las mujeres jóvenes de mi generación querían ser profesionales y ya no se vieron interesadas en sentarse tras una máquina de coser, y mi padre en consecuencia, poco a poco perdió su clientela, y el gran negocio de pasado se marchitó lentamente, y si ya no tenía clientes, tampoco necesitaba proveedores, así que con mucho pesar le confesó a don José que liquidaba todo y bajaba las persianas, mi padre estaba grande y cansado de tanto trabajar

Su sueño de juventud había pasado, en el viejo local de ‘Telas Simón’, se había abierto una pizzería muy de esos días, transformada en un ‘fast food’ en el presente, mis hermanos habían volado a la gran ciudad tras sus sueños y terminé siendo la preferida que se quedaría en familia con sus padres.

Y como el destino nos había separado, el destino nos juntaría, imaginen que yo no recibía mis votos aun, pero vestía como monja, y para todos era la hermana Josefina, y era un poco la que, hacía las compras, por ser la más novata y porque también me gustaba hacerlo

Estaba en una de las granjas en la que hacíamos las compras, cuando un proveedor de mercaderías apareció de repente, lo reconocí apenas lo vi, el niño de los mocos, ahora era un hombre, alto y musculoso, con sus inconfundibles ojitos pícaros

Claro, él sabía que yo me había metido a monja, pero jamás me reconoció bajos mis hábitos y fui yo quien salí a su encuentro

Camilo no podría creerlo, cruzamos unas palabras, le resumí un poco de mi historia, y él me dijo que había mamado la profesión de su padre, que por cierto había fallecido y que, en lugar de telas, repartía lácteos de afamadas marcas por todos los pueblos del interior, que vivía con su madre, a quien de paso mantenía, y solo agendamos números de celulares para alguna charla un poco más formal que nos merecíamos.

Y nos vimos una vez, y otra vez, y ese chico se transformaría en mi demonio, en mi tentación, porque el corazón no tiene dueño hasta que alguien te lo conquista, y me hizo dudar, me hizo tambalear, me hizo pecar, como de pequeña, me robó un beso de improviso, clandestino, oscuro, aún tenía mi ropa de monja y me sentí fatal.

Y conviví entre el cielo y el infierno, entre lo celestial y lo terrenal, con la tentación de la manzana prohibida al alcance de la mano y mi primera vez fue bajo la higuera que daba al patio trasero de la parroquia

Tenía diecinueve, el veinte, y tal vez Dios que todo lo ve, nos mandara un castigo, en embarazo no buscado y con eso toda la cruz que me tocaría cargar bajo los dedos acusadores de la sociedad, yo, la inocente Mónica, la chica metida a convento, la futura monja, tenía un crío latiendo en las entrañas

Todo fue muy rápido, dejé de lado mi vida consagrada a Dios, y conforme mi pancita empezó a crecer, el chimento corrió de boca en boca y casi no tenía el valor de mirar a nadie a los ojos, y curiosamente, el padre Víctor, el sacerdote del pueblo fue quien más se encargó de hacer público mi pecado, como queriendo dejar en claro que la Iglesia no tenía nada que ver con una mujer como yo, y me sentí como la misma María Magdalena a punto de ser apedreada

Pero por suerte, tenía a mi familia que jamás me juzgaría y que siempre me daría todo su apoyo, y a mi sol, Camilo, quien como valiente capitán de barco estaría a mi lado para pelear contra viento y marea

Nos hicimos cargo, él quería ser padre, y lo que había sucedido había sido producto del amor

Decidimos de común acuerdo cruzar el puente sobre el río e irnos a vivir a casa de mis suegros, al pueblo contiguo, donde toda mi historia no era conocida, al fin y al cabo, solo estaba a poco más de cuarenta minutos de mis padres.

Así empezamos nuestros días de convivencia y en poco tiempo nos mudábamos a un departamentito propio, pequeño, modesto, humilde, pero nuestro

Camilo doblegaba sus esfuerzos trabajando, yo me dedicaba a ser madre de tiempo completo la pequeña Lucila era nuestro sol, nuestro faro y solo vivíamos para ella y por ella.

En la cama las cosas funcionaban bien, ciertamente, yo, por mis creencias era muy timorata, muy retraída, y Camilo, quien siempre había sido un chico de calle tenía mucha experiencia, muchas mujeres habían pasado por su cama a pesar de su juventud y el solo me enseñaba con paciencia, poco a poco me hacía su puta perversa y yo me dejaba guiar.

Había un juego que nos seducía mucho, a él le encantaba que me vistiera con mis viejos hábitos de monja y tomarme fotos jugadas, hasta obscenas, y hasta porno, él me decía que era ‘su monjita y su diablita’ todo en uno y poco a poco sacaba esa parte de mujer que inconscientemente yo misma había castrado

Si bien había cambiado mucho, aún tenía algunos tabúes como el sexo anal, o tragar el semen, pero ciertamente no era la misma chica a la que había embarazado cinco años atrás.

La pequeña Lucila que se hacía grande, había comenzado sus estudios pre escolares y empecé a tener tiempo ocioso, parte lo cubrí en clases de gimnasio, pero parte me aburría, las cosas sin querer empezaban a cambiar con Camilo, tal vez por costumbre, tal vez porque el viajara mucho de pueblo en pueblo, tal vez porque lo extrañara a horrores, tal vez porque nuestro diálogo ya no fluía como antes.

Los peligrosos silencios de pareja empezaron a ser rutinarios, si no había química en el día a día, era imposible que ese deseo fluyera naturalmente en la cama

Llegaron mis fantasmas, mis dudas, una amante? tal vez, él viajaba por tantos lados a los que yo no tenía acceso que le hubiera sido muy lógico concretarlo

Pero eran solo mis fantasmas, y ellos se irían con su loca propuesta, era cierto, el notaba que nuestra relación de pareja estaba empantanada y ciertamente me tomó por sorpresa cuando me propuso meter a un tercero entre nuestras sábanas.

Era una locura, me negué por completo, lo llené de preguntas, sobre su masculinidad, sus celos, si el soportaría el verme con otro hombre, verme chupar otra pija, o sentirme gemir de placer con un extraño, pero el decía solo que, si no lo probábamos, nunca lo sabríamos.

No sé porque me dejó arrastrar con sus locuras, y de una negativa rotunda poco a poco pasé a un deseo disimulado, yo jamás le hubiera confesado a mi hombre, a mi amor, a mi todo, que tenía deseos de una oportunidad diferente, al fin y al cabo, Camilo había sido el único, siempre

Yo nunca le había dicho que si, y volvería a sorprenderme cuando me dijo que ya tenía todo encaminado, lo había hecho en forma unilateral, a mis espaldas, contactando a desconocidos por la web, a extraños, ofreciendo la propuesta, y recuerdo que me enfadé mucho con él, me hacía sentir una puta, pero íntimamente, tampoco le confesaría que me había mojado toda con su relato, y mas, cuando me mostró las propuestas, lo que contestaban, y lo que decían que me harían.

El siguió en ese camino y por tres meses no tocamos el tema, al menos formalmente, sabía que estaba a la pesca, dando forma, pergeñando, pero solo hasta ahí

Una mañana, él estaba en casa, y Lucila en el colegio, Camilo trabajaba con su notebook sobre la mesa, al menos eso pensaba puesto que era habitual que estuviera armado pedidos o pasando facturaciones, pero me llamó a su lado e hizo que me sentara sobre una de sus piernas

Mirá, – dijo mostrándome la pantalla – tengo tres candidatos posibles, elegís uno?

No podía creerlo, definitivamente no se detendría y parecía decidido a cumplir la loca fantasía, aun en ese instante, asumí que solo sería un juego y le seguí la corriente y elegí como si realmente fuera a hacerlo

Descarté uno a primera vista, era un tipo apuesto, sin dudas, al menos por fotos, solo que no era para mi, aparentaba tener la edad de mi padre y yo no estaba para meterme con tipos mayores, entre los dos restantes, me atrajo un joven musculoso, su rostro era llamativamente bonito y realmente me pareció muy sexi, era de nuestra edad, pero claro, había un problema, residía demasiado lejos, lo suficiente como para hacer desistir al más valiente, y casi por descarte, concluimos que Juan sería el más potable, treinta y tres años, también buen mozo y según decía dispuesto a todo.

Juan vivía a una distancia prudente, ni tan lejos, ni tan cerca, y tal vez el único ‘pero’ fuera que él era un hombre casado, hecho que no ocultó en ningún momento, pero él decía que ese sería su problema, no el nuestro, y si nosotros estábamos de acuerdo, arreglaría una visita en poco tiempo

Como dije, lo tomé a gracia, solo era un juego, solo eso era.

Poco después, recibía un audio en mi WhatsApp de un desconocido, con una voz ronca y melosa me decía que era muy bonita, que me veía atractiva y que vendría por mi, vi su foto y supe que era él, y a continuación, me mandó una foto mía, de esas provocativas, de monja que, de esas que Camilo me tomaba y supe que mi marido le había dado mi número, y le había mandado mi foto

Me puse roja de vergüenza, llamé a mi marido, lo increpé, lo insulté, cómo hacía esas cosas sin siquiera consultarme, levanté la voz, pero nuevamente me sentí toda mojada

Y ese audio sería el primero de muchos, Juan me sacaba sonrisas, él hablaba conmigo, y hablaba con Camilo también, no había engaños, solo juegos compartidos de seducción y cuando ese atardecer de sábado, mi marido me confesó que debía ponerme atractiva puesto que mi futuro amante estaba en marcha, creí morirme

No podía creerlo, no iba a creerlo, me comí todas las uñas de los nervios, incluso al límite de sangrar mis dedos, en qué diablos pensábamos?

Si bien trataba de aparentar normal, los nervios me comían por dentro, Camilo se encargó de la cena, era buen cocinero, pero en esta oportunidad lo hacía porque quería que mis cinco sentidos estuvieran atentos a producirme para el amante que llegaría de in momento a otro.

Espiaba permanentemente por la ventana, esperando su llegada con demasiada intriga, y cuando sentimos el motor de un coche detenerse frente a nuestro domicilio, supimos que el momento había llegado.

Sería mi primer encuentro cara a cara, nos saludamos con cortesía, un beso en la mejilla, un apretón de manos a mi esposo, y acarició con ganas la mollera de Lucila, quien era inocente a lo que ocurría y ese señor llamado Juan, era solo un viejo amigo de papá.

Juan era un tipo inteligente, había traído un tigre de peluche con el que rápidamente se había ganado la complicidad de mi pequeña

Era un proyecto interesante, atractivo, cierto, y respetuoso, y culto, y educado, bueno, bueno, si, todo en uno

Yo estaba muy normalita, no iba a mostrarme como una puta, con un jean de entrecasa y una remera de medio uso, apenas con zapatillas y cero maquillajes, y a él no pareció incomodarle

Nos sentamos a la mesa, bebimos, cenamos, hablamos, parecíamos conocidos de toda la vida

Llegó el tiempo de sobremesa, algún postre, algún vino espumante y llegó el momento en que naturalmente a Lucila le empezaron a pesar los párpados y sus bostezos se hicieron profundos, entonces Camilo le dijo a nuestra pequeña

Mi amor, saluda a mamá, al tío Juan y vamos al baño a hacer pis y a cepillarnos los dientes, así papi te lleva a la cama

Y después, mirándonos a nosotros agregó

Empiecen, después los alcanzo

En menos de diez minutos la puerta del dormitorio de Lucila se había cerrado, Juan y yo estábamos a solas y solo le pedí unos minutos

Entonces pasé al baño primero, ahora si recogí mis negros cabellos de lado y me pinté como puta, los labios, los ojos, para pasar luego a la pieza, casi en puntas de pies, para desnudarme y ponerme las prendas que había comprado para la ocasión, una less hilo dental, un corsé muy ajustado que me marcaba las tetas, medias con ligas y zapatos con tacos altos, me miré al espejo, estaba demasiado provocativa y mientras sentí humedecerse mi intimidad sin remedio sentía el nerviosismo a lo desconocido de esa primera vez.

Me animé, todo estaba en silencio, entonces le dije a Juan que pasara al cuarto, me miró, le gusté, me aferró entre sus brazos y me apretó por la cintura haciéndome crujir los huesos, me metió la lengua en la boca y notó mi nerviosismo, estaba muy tensa, mi consciente mandaba sobre mi subconsciente, entonces me dijo

Tranquila corazón, no voy a lastimarte, todo está bien…

Y volvió a llevar sus labios contra los míos, hizo que lo abrazara, sus manos se fundieron a mis glúteos desnudos, sabía todo muy rico, muy sexual, muy caliente, él bajó a mis pechos y jugó con su lengua en ellos, a un lado a otro, con ese romanticismo tan excitante de buscar desnudarlos con su lengua, hurgando por mis pezones que lo esperaban ansioso, y más aún, cuando me recostó sobre la cama y sus besos empezaron a bajar, al tiempo que sus dedos ahora se entrelazaban en los elásticos de mi tanga para denudar mi sexo

Me dio un poco de pudor, es que estaba muy mojada y eso era un poco desnudar mi alma a un extraño, porque Juan seguía siendo un extraño, pero él solo se perdió entre mis piernas y empezó a comerme la conchita.

Yo jadeaba, me gustaba, pero en mi cabeza aún no podía acomodar la situación, seguía tensa, bloqueada y no podía dejar de imaginar el rostro de mi amado Camilo, aunque el fuera el creador de todo lo que estaba sucediendo

Y decididamente no me iba a acabar en la boca de ese hombre, por más bien que estuviera jugando el juego, el problema era mío, no suyo.

Le pedí que ya lo hiciera, Juan vino entre mis piernas y casi sin contemplación me enterró su pija hasta el fondo, y empezó a moverse en mi interior, era muy rico, cierto y solo me preguntaba al oído si me gustaba, respuesta que no hacía falta ponerle un ‘si’, mi cuerpo hablaba por mi

El me hizo girar, y que yo lo montara, era mi turno de trabajar, y solo me dedicaba a sentir su sexo moverse dentro de mío, es que era muy rico, y Juan me miraba con sus ojos llenos de éxtasis, llenándose sus manos con mis pechos que se bamboleaban hacia atrás y hacia delante

Esa fue la postal que recibió Camilo de su esposa al entrar al cuarto, Lucila ya dormía profundamente y estaba liberado, lo sentí mirar con morbo mis anchas caderas y le forma en que mi cocha se comía la verga de ese extraño

Puedo asegurar que la situación de que mi marido me observara cogiendo con otro pondría las cosas de cabeza, y lograría desbloquear mis pensamientos, nunca había imaginado que podría ser tan excitante para mi y que podría liberarme de tal manera

Solo me encantó, y el morbo que me daba que Camilo solo pudiera observar me hacía calentar y derretirme como puta, al punto de no notar que ya estaba gritando y olvidar que mi pequeña dormía cuarto mediante

Y solo me animé a mas, a todo, me acerqué al oído de Juan y le susurré

Nunca me la dieron por el culo y tengo mucha intriga de saber que se siente…

Juan me miró con duda, asumiendo que mentía, pero no me importó, estaba decidida a acelerar a fondo

Me acomodé en cuatro, dándole el culo a mi esposo y dejé que Juan se tomara cinco largos minutos besándome el esfínter, llenándomelo de saliva, metiendo tímidamente sus dedos y preparando lo que sería la estocada final

Luego se acomodó, me nalgueo con su verga, luego la acomodó y la empujó lentamente, sentí dilatarme y me relajé para permitir su ingreso, fue más fácil de lo pensado y más rico de lo imaginado

Solo empezó a hacerme el culo muy rico, hasta el fondo y me gustaba, vaya que me gustaba, mucho, mucho, mucho!

No podía creer que lo estuviera haciendo y si lo estaba haciendo, un extraño me desvirgaba el trasero ante la atenta mirada del amor de mi vida

Cada tanto me esforzaba por ver su rostro y sus ojos estaban fuera de órbita, Juan me la sacaba cada del trasero y le mostraba a mi esposo mi culito abierto

Mira, mira la monjita de convento, que putita resultó ser tu mujer

Y ese tipo de frases solo levantaban la temperatura en el ambiente, Juan llegó al sacar su pija de mi trasero, masturbándose muy cerquita, sentí mi hoyito llenarse y rebalsar su semen caliente, y luego chorrear por mis labios y mi clítoris, y solo trató de congelar en el tiempo esa imagen para mi esposo

Camilo nos sorprendería entonces, se levantó, vino a mi lado, abrió mis nalgas y me besó como nunca, sentí sus labios y su lengua en mi intimidad, donde estaban todos los jugos del casual amante.

Todo terminó esa noche con un beso boca a boca, para sellar nuestro amor con el sabor a un extraño, a un amante.

Juan dejaría nuestro domicilio antes que saliera el sol, con la promesa de un nuevo encuentro, un nuevo encuentro que jamás sucedería

Ese encuentro haría arder nuevamente las llamas en nuestra cama, y nos decidimos a repetirlo, una vez y otra vez, y otra vez más

Con el correr de los años nos encargamos de pulir nuestros juegos con desconocidos, siempre con la premisa de que fuera algún que otro macho que me cogiera rico delante de Camilo, y siempre con la política definida de no repetir amante.

Ya no nos juntamos en casa, no podemos cometer el mismo error que en los días de mi embarazo, que todo el pueblo supiera que yo era una puta y mi esposo un cornudo.

Además, Lucila ya tiene doce años, ya entiende, ya pregunta, y lo que menos queremos hacer es que nuestra retorcida relación de pareja plagada de amantes de turno, de alguna manera afecte su crecimiento

Ahora jugamos siempre de visitante, Camilo tiene muchos conocidos en los pueblos linderos por donde el día a día visita clientes para ganarse el pan para nuestra familia, y claro, en esos viajes, también ofrece su más preciado tesoro, a su esposa.

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