Con el amigo de mi hijo.

Visitas: 329,853

Nos encontrábamos en el comedor, mi hijo, mi marido y yo. Ya habíamos terminado de comer.

—Oye, hijo. ¿Por qué ya no nos visita Miguel?

—Ya no somos amigos.

—¿Y eso por qué?

—Tuvimos una bronca.

—Pero si son amigos desde hace mucho.

—Sí, pero ya no quiero hablar.

Yo me levanté para llamar por teléfono y los dos se quedaron conversando. Esa noche en la recámara, yo estaba desnuda y lista para ponerme mi bata.

—Con razón Miguel te desea.

—¿Qué! ¿Qué estás diciendo?

—¿Sabes por qué se molestó tu hijo con Miguel? Porque él le dijo que estabas muy buena y que si pudiera te cogería. Eso me lo dijo cuando te levantaste de la mesa.

—¿Y qué le dijiste?

—Que si me molestara con todo lo que te dicen me la pasaría todo el tiempo peleando. Y sabes qué? Sí, en verdad estás bien buena y no lo culpo por quererte coger.

—¿Estás loco? Sí, como no.

—Ándale, ándale, sí, bien que te gusta, eres bien caliente.

—Mejor vamos a aprovechar que no está tu hijo.

Y así, desnuda, me acosté y comenzamos a tocarnos. Mientras él me acariciaba, no dejaba de pensar en lo que me había dicho y comencé a fantasear que era con Miguel con quien estaba. Me preguntaba: ¿cómo lo tendría de grande? ¿Qué le gustaría que le hiciera? Y mientras pensaba en todo esto, gozaba con las caricias de mi esposo. Después de mamarme y mamárselo yo, se me subió y me metió la verga. Los dos comenzamos a coger.

—¿Te imaginas tener a Miguel cogiéndote?

—Sí, viejo, me gustaría cogérmelo, sentir su vergota dentro de mí, que me coja.

—La tiene bien grande y gruesa.

Los dos paramos de coger. Lo miré y le pregunté:

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Me lo dijo tu hijo, se la ha visto varias veces. Pretende que es él el que te está cogiendo.

Los dos seguimos cogiendo. Mientras lo hacíamos, hablábamos de él, de lo que me dejaría hacer. Cuando me venía, gritaba su nombre con ganas y es que me ilusioné con cogérmelo.

Pasó el tiempo y como a las dos semanas, él comenzó a visitarnos otra vez. Cada vez que lo veía, mi vista se dirigía a su verga para tratar de vérsela parada, pero no lo conseguía. Hasta que por idea de mi marido, que me dijo que si me vestía sexy lograría vérsela porque no podría resistir verme.

Aún pasaron dos días cuando se presentó la oportunidad. Mi hijo se fue con su novia y estábamos mi marido y yo viendo la televisión. Yo había salido de la regadera y traía solamente una bata corta y transparente. Cuando oímos que tocaron la puerta, no esperábamos a nadie. Me asomé por la ventana y vi que era Miguel. Regresé con mi marido.

—Es Miguel, abre, voy a ponerme algo para taparme.

—Espera, no lo hagas, es nuestra oportunidad. ¿Te quieres dejar coger por él?

—¿En serio lo dices?

—¿Quieres hacerlo? Si tú quieres, yo te dejo.

—Ay, viejo, mira que me animo. ¿Cómo le hacemos?

—Ya veremos, voy a abrir la puerta.

Se levantó y fue a abrir. Yo estaba bien nerviosa, temblaba de miedo y emoción. ¿Qué pensará él? ¿Que soy fácil? ¿En verdad le gusto? Muchas cosas pasaron por mi mente en un minuto y cuando menos lo acordé, lo tenía enfrente de mí. Yo tenía mis piernas debajo de mis nalgas y me hice la sorprendida cuando lo vi, abriendo las piernas.

—Dios mío, Miguel, qué pena que me hayas visto así.

Al bajarme del sofá abrí mucho las piernas para que me viera mi raja y mis ojos se dirigieron a su verga. Se le puso dura, por encima del pantalón se le notaba grande.

—No se preocupe, señora, solamente venía a buscar a Carlos. No está.

—No tarda, pásate a esperarlo.

Le vi su cara y sus ojos no se despegaban de mis pechos con mis pezones bien duros. La raja se me estaba poniendo húmeda. Volteé a ver a mi marido y me cerró un ojo. Le sonreí. Me fui a poner otra ropa y quitarme la bata. Me puse una faldita corta, un tank top y salí. Me senté junto a mi marido y él enfrente de los dos. Yo cada vez que notaba sus ojos viéndome «discretamente» abría las piernas. Él se movía y se ajustaba el pantalón para ocultar su erección.

—¿Quieres una cerveza? Viejo, ¿por qué no vas a comprar unas cervezas?

—Está bien, no me tardo.

Y salió. Nos quedamos solos los dos. Yo sabía que mi marido no se tardaría más de media hora en ir y regresar, así que tenía que actuar.

—Miguel, ¿por qué se enojaron tú y Carlos?

—No, por nada, ya ve.

Me levanté y me senté junto a él muy pegadita. Lo tomé de la cara y lo hice que me viera.

—Dime, no tengas miedo. ¿No me tienes confianza?

—Es que, es que…

—Anda, dime, te prometo que lo que me digas no lo diré a nadie.

Mi mano le acariciaba su cara y la otra tomé una de sus manos. Yo tenía ganas de poner esa mano en mi raja, quería que me tocara. Con el pensamiento le decía que me tocara, que no tuviera miedo. Pero él claro se sentía incómodo, así que pensé que sería yo la que iniciara todo contacto. Ya la raja la tenía mojada y deseosa. Yo seguía insistiendo para que me dijera lo que yo ya sabía. Puse su mano en mi pierna para que supiera que quería que me tocara y me hice la molesta al ver que él no me seguía. Puse una mano en una de sus rodillas y al levantarme «accidentalmente» mi mano resbaló y me apoyé en su verga ya bien parada. Lo vi y él estaba rojo.

—¿Qué tienes ahí? ¿Un bate de béisbol? ¿Yo te la puse así?

Su timidez me estaba poniendo más caliente. Pensaba: yo, tócame, hazme tuya, quiero sentir tu vergota que yo ya había tocado. Pero él no lo haría, así que fingiendo arrepentimiento, me separé de él.

—Dios mío, qué pena, pensarás que soy una puta, pero es que ya tengo mucho que mi marido no me da nada y al tocarte tu miembro, me sentí atraída por ti. Por favor no le digas a nadie, pero es que tanto tiempo… qué vergüenza la mía.

Y fingiendo llorar, él se acercó a mí y me abrazó con ternura. Yo me recargué en su pecho y «lloraba». Él me tenía un brazo en mis hombros y puso otra mano en mis piernas. Al sentirla pensé: ya cayó.

—No sabes las ganas que tengo de sentirme acariciada, quiero sentirme deseada, es una lástima que yo no te guste y que seas muy joven.

—A mí me gusta mucho, pero respeto a don Carlos.

—¿En verdad te gusto? Si tú no dices nada, yo tampoco, que sea un secreto.

No tuvo que decir nada, nuestras bocas se juntaron y comenzamos a besarnos. Él con su mano en mi pierna me acariciaba, yo las abrí más. Él me leyó mi pensamiento porque la fue subiendo más y más hasta que llegó a mi raja. Cuando paramos de besarnos, me fue besando mi cuello y bajaba hasta que llegó a mis pechos. Yo me los saqué y él comenzó a besarlos. Sentí su mano acariciándome mi raja, yo ya tenía las piernas bien abiertas y él comenzó a meterme un dedo. Se podía oír el chapoteo que hacía con mis jugos. Qué delicia sentir su boca en mis pechos y su dedo dentro de mí. Yo le tomé su verga y trataba de sacársela del pantalón. Me separé de él, me puse de pie.

—Ven, vamos a la recámara.

Cuando llegamos, me asomé a la ventana y en ese momento mi marido llegaba. Yo puse música y los dos nos acostamos. Yo escuché cuando se abrió la puerta, me separé y salí y le dije que se desnudara. Al ver a mi marido con los pechos de fuera, le dije que no hiciera ruido y nos viera. Me regresé y al verle su verga ya de fuera y bien parada me emocioné. Me desnudé y me acosté con él. Los dos desnudos comenzamos a acariciarnos. Volteé hacia la puerta y ya mi marido nos veía. Él me mamaba mis pechos y seguía tocando mi raja. El sentir sus dedos y su boca mamándome y mi marido viendo, no soporté más y así tuve mi primer orgasmo y fue tan fuerte que me duró un buen rato. Nos separamos y él se acostó. Yo me puse de rodillas y le comencé a mamar esa vergota. Era tan grande que no me cabía en la boca, pero aún así lo intentaba. Se la mamé y al rato nos pusimos en 69. Él mamaba como todo un experto, me hacía gozar tanto. Yo seguía mamando y sentí cuando se puso más gorda, sus venas comenzaron a hincharse y me soltó el chorro de leche en mi boca. Yo tragaba, pero era tanta que no podía tragar tanta y me salía por los labios. Yo sabía que por su juventud no duraría tanto en ponérsela dura otra vez. Seguí chupándosela y nunca se le cayó. Yo mientras tanto ya había tenido varias venidas con su boca. Yo ya quería sentir esa vergota dentro de mí y me acosté diciéndole que ya me la metiera. Él se puso encima de mí, yo me abrí de piernas, se la tomé y la puse en mi entrada. Cuando él comenzó a metérmela, qué rico sentía. Él quiso metérmela de un golpe pero lo detenía y así me la fue metiendo. Cuando la sentí toda dentro de mí, parecía que me salía por la boca, sentía desgarrarme por dentro. Él comenzó el mete y saca, y con cada metida que me daba sentía desmayarme. Me la sacaba casi toda para volvermela a meter y cuando me la metía lo hacía sin parar hasta que la metía toda. Así lo hizo varias veces y creo que me dio unas cinco veces y solté otro chorro. Yo me movía y gritaba de dolor y placer, le decía que me diera más aprisa y él aumentó la velocidad. Yo no soportaba el placer y no paraba de venirme. Al rato nos cambiamos y yo me puse encima de él. Así estaba mejor, yo controlaba las metidas y disfrutaba mejor y así duramos un rato. Para terminar él me puso de perrito. Mientras me cogía me metió un dedo en mi culo y así los dos al mismo tiempo nos vinimos. Caímos en la cama, él encima de mí sin sacar su verga. Yo por encima de su hombro vi a mi marido con su verga de fuera sacándose la leche e hizo ruido. Él asustado volteó y lo vio, su verga se ablandó del susto que se me salió.

—Don Carlos… yo, yo…

—No tengas miedo, Miguel, fue un plan de los dos el dejarte solo con ella. Tenía la tentación de saber qué tan grande la tenías.

—¿No está molesto?

—Podemos contar con tu indiscreción.

Pero no terminó todo ahí. En el siguiente les cuento cómo terminó ese día.

Autor: anonimo34933

👉 ¿Te gustó este relato? ¡Compártelo! ✨

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *