No te enfades, pero noto que tu yerno me desea

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Frecuentaba mucho mi casa, cada vez más y más. Imaginaba, en mi ignorancia, que, saliendo desde hace casi un año con mi hija, era del todo normal. Abel reparó en ello preguntándome: -” ¡Joder, todo el día metido aquí! Sí que le ha dado fuerte al chaval con Sonia…”
Y ahí quedó la cosa. Pero los 18 sólo se cumplen una vez y a Alejandro, cuyo sobrenombre podría haber sido “El Grande”, omito el evidente motivo, se le multiplicaban los deseos. En el cuarto de la nena el somier rechinaba de vez en cuando y yo ponía más alta la tele para amortiguar los gemidos. En vano. Aquello duraba lo mismo que un largometraje. Cuidaban las formas pero el olor a semen al sentarnos a cenar lo embriagaba todo. Mi marido no se percataba, pero yo…se me hacía la boca agua.
Servía los filetes con patatas, mitad dentro, mitad fuera. La curiosidad mató al gato, dicen. Lo que intentaba comprobar era si su entrepierna tenía vigor o estaba relajada. Aquello era un sinvivir. Guapo, lo que se dice guapo, no era. Estudioso, tampoco. Trabajador, no tenía pinta sino de chuloputas. Eso que las madres llamamos…vivir de ella. Pero las manchas en la sábana al día siguiente, en el camisón, en la bajera del colchón… Podría poner un negocio de yogures de leche fermentada y se forraba.
Una noche que volvíamos con dos vinos, raro en nosotros, estaba más caliente de lo habitual y, al desnudarme delante de Abel, lo hice de manera más…sensual. Dejé para el postre el tanga, quedándome con los tacones puestos. Mi marido, que habitualmente duerme sin nada, tuvo una erección inmediata. -“¿Qué? Además de los vinitos, también se te ha subido el asunto?”, le dije con acidez y un poco de lascivia. Sabíamos que siendo fin de semana, la peque y el maromo estarían disfrutándolo, lo que añadía a la escena, una lujuria insana, con habitaciones pared con pared de las que cuando uno tose, el otro dice “Salud”.
Yo miraba la polla de mi marido e imaginaba la de mi futuro yerno deseándome. Los 45 son esa edad en que te arrepientes de no haber jugado todas tus cartas con antelación al matrimonio y tienes episodios de arrepentimiento, de vez en cuando. Empezó a frotarse el miembro y yo, caliente como una perra, le lancé: -“No sé si tendré bastante esta noche con tu verga o tendré que pedirle prestada la suya a nuestra hija.”
¡Uf! Eso encendió a Abel de manera que se machacaba el glande como un cabrón. Sus ojos, salidos de órbita lo reafirmaban. Su sonrisa pícara, lo disfrutaba como un salido. Me posé al borde de la cama y, de forma libidinosa, le susurré: -“Esos sueños tuyos que me cuentas a veces, ya sabes, lo de si me gustaría otra tranca entre mis manos, hoy me apetece más que nunca, cornudito. Pero, ¿sabes qué otra polla se me antoja? ¡La de tu yerno!” El gemido de placer que le escuché confirmó su retorcido gusto sexual …y el mío. Y, como casi siempre, me quedé con las ganas. Tan sólo sujetarle el miembro y sacudírselo con saliva, se me vino en la mano como un pervertido. Otra vez sería.
Bromeamos con la precocidad de la situación, diciéndome que la culpa era mía por saber tocar la tecla en el momento oportuno. Aproveché para recriminarle su poca hombría diciéndole que Alejandro me hubiese atiborrado el coño de leche, que me hubiese metido su verga hasta atragantarme, que él sí sabía dar placer a una mujer, que ojalá tuviera su miembro en mi culo como una puta. Sin inmutarse me propuso que si tanto lo deseaba, al desayuno, saliese a hacerles el zumo con la bata cortita. Fue un regalo del día de la madre. Azul eléctrico, de seda, con flecos en las mangas y que me llegaba por la redondez de las nalgas. Sin botones, sólo lazo para amarrar a la cintura.
Al cabo de una hora, ya medio dormido, le eché el guante a su entrepierna masajeándole los cojones, y me cercioré si el desafío seguía en pie. No me hizo falta respuesta. Su erección me lo confirmaba. Ya no pude pegar ojo en lo que quedaba de noche. Estaba ansiosa por enseñar mi trasero.
Hice memoria de cuando era pequeña y espiaba a mi madre, voluptuosa, ardiente, mucha mujer para mi padre. Ya le había comentado a mi marido en más de una ocasión las veces que la pillé comiéndose la polla del chico de los recados que venía a traer la compra a casa. Ella suponía que yo estaba estudiando, pero ya sabía de sus técnicas para no meter ruido con el timbre del portal. Le esperaba por la ventana y le abría en silencio. ya dentro de casa, en la cocina, descargaba el pedido: el de la tienda y el que tenía entre las piernas. Me ponía muy caliente verlo y deseaba que llegase otro y otro día para volver a ver cómo se la follaba. Como a una cerda. Mi padre trabajando y ella gozando. Y eso a mi marido le ponía…
Madrugué y dejé al cornudo entre las sábanas. Yo sabía que se hacía el dormido. Una táctica para jalársela mientras yo le daba gusto. Cerré la puerta de la cocina para no meter ruido mientras preparaba pan tostado, zumo de naranja y café para todos. Me había echado leche corporal a las piernas para que me brillasen con la luz de la mampara. Más íntima. Me perfumé y me coloqué un tanga limpio porque, durante la noche, había chorreado como una puta en celo. Se trataba sólo de un juego. No podíamos llegar a nada más con tanto público, pero sentirme una zorra, uhmmm, me ponía como una tostadora.
No se levantaba nadie, así que desayuné sola en el sofá viendo las noticias. Al poco entró al baño mi marido a mear y me enseñó de refilón la empalmada que llevaba. Acabó y me dio un beso en el cuello. Se volvió a la cama a masturbarse con la puerta medio cerrada. Era el turno de mi hija que hizo lo propio y al ver que ya estaba el desayuno le pidió a su novio que se lo trajese a la cama. Mi turno. Sin terminar el desayuno, volví a la cocina a hacer el paripé y me subí un poco más la bata por encima del lazo. Me abrí un poco más el conjunto para dejar ver mejor mis senos. Desde que había sido madre me habían crecido dos tallas, al menos. Era cuestión de esperar.
Como vosotros, Si queréis saber qué pasó…tendréis que decírmelo. Una cosa os digo. Es muy, pero que muy difícil saber si al contar algo estás inventándolo, relatándolo o deseándolo. Sin embargo, el 99% de las veces que una mujer te cuenta algo, ……es porque sucedió. Vuestra es la opción de creerlo.

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