Mi suegra rellenita me mostró su coño húmedo y se lo comí hasta hacerla temblar

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Mi suegra es de esas viejas que no necesitan decir nada para provocar. Con solo ponerse una faldita de esas que se le suben cuando camina, ya está dejando claro que es una puta. Y no es que yo sea un santo, pero cuando una mujer de cuarenta y tantos, con ese cuerpo de gordibuena bien formado, te empieza a mirar de reojo y a rozarse contra ti en la cocina, uno entiende el mensaje sin necesidad de palabras. Su marido, ese pobre diablo, la dejó hace meses por lo mismo: porque es una zorra de mierda que no sabe estar quieta. Pero a mí eso no me importó. Al contrario, me vino como anillo al dedo.

Esa tarde me llamó al cuarto con una excusa tonta, que si un foco fundido, que si una cortina colgaba mal. Yo sabía lo que había detrás de esa puerta, y aun así entré. Y ahí estaba, la muy condenada, recostada en la cama con las piernas abiertas, como si me estuviera esperando desde hacía horas. Llevaba una pollerita corta que apenas le cubría las nalgas, y cuando la levantó un poco más, vi que no traía nada debajo. Nada. Ni calzón, ni tanga, ni una maldita tira de tela. Solo ese panocho grande, de labios gruesos y oscuros, ya brillante de pura lujuria.

No me hizo falta que me lo pidiera dos veces. Me tiré de rodillas en la cama y le agarré los muslos con fuerza, esos muslos gordos y suaves que se sentían como masa caliente. Le abrí bien las piernas y me quedé mirando esa concha hinchada, húmeda, lista. Le pasé los dedos por encima, despacio, sintiendo cómo se estremecía entera. Después le metí dos dedos, y ella soltó un gemido ronco, de esos que salen del fondo del pecho. No le bastó con dos, así que le metí tres, mientras con el pulgar le frotaba ese clítoris duro como una piedrita. Ella movía las caderas contra mi mano, buscando más, siempre más.

Le bajé la cabeza y le comí esa concha como si no hubiera un mañana. Le lamí los labios gruesos, le chupé el clítoris, le metí la lengua hasta el fondo mientras ella me agarraba del pelo y me apretaba la cara contra su coño. Sentía sus piernas temblar, su cuerpo entero convulsionarse, hasta que se vino con un grito ahogado, apretando mis dedos con una fuerza que me sorprendió. Quiso que grabara, la muy puta, pero cuando saqué el teléfono me lo arrebató y dijo que no. No importó. Con verle esas tetas grandes y ese culo redondo, me bastó para correrme como un toro, mojándole el vientre sin remordimiento.

Me limpié la boca con el dorso de la mano, todavía con el sabor de su concha en la lengua, y la miré fijo. Ella estaba ahí, toda despeinada, con la pollerita arrugada hasta la cintura y las tetas casi fuera del blusón. Le brillaban los ojos, pero todavía le quedaba ese resto de vergüenza pendeja. Me reí y le dije: “¿Y ahora qué, suegrita? ¿Ya no tienes ganas?” Ella me miró de abajo arriba, vio el bulto que me marcaba los pantalones, y se mordió el labio. Ahí supe que ya había ganado. La muy puta solo necesitaba que le dieran el empujón final, y yo estaba listo para dárselo.

Me bajé el cierre y saqué la verga, dura y bien parada, con la punta morada de pura calentura. Ella abrió los ojos, se relamió, y sin que yo dijera nada se giró y se puso en cuatro, clavando esas nalgotas enormes en el aire. “Pues si la tienes así de grande, hijo, no me hagas esperar”, me dijo con una voz ronca que me llegó directo al huevo. Le di una nalgada que retumbó en todo el cuarto, le abrí las nalgas con las manos y vi ese coño chorreando, listo para recibirme. Le metí la verga de una sola embestida, hasta el fondo, y ella soltó un aullido que seguro se escuchó hasta la calle.

No me detuve. La agarré de las caderas y le di duro, como animal, mientras ella empujaba el culo hacia atrás buscando más. Después la puse boca arriba, le levanté las piernas al hombro y la seguí follando hasta que se vino gritando mi nombre. La volteé de lado, le metí la verga por detrás, y con esa última embestida, con ella pidiéndome más, más, siempre más, me corrí dentro de su coño caliente, sin remordimiento, sabiendo que esa puta ya era mía para siempre.

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Juan Diego
Juan Diego
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