Mi prima de faldita blanca: Le llené la cara de leche caliente

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Llegué a su cuarto con la polla en la mano, sabiendo lo que me esperaba. Ahí estaba ella, mi novia hermosa, sentada en el borde de la cama con esa faldita blanca que apenas le cubría el culo, y una tanga celeste que se le marcaba rica entre las nalgas, como si estuviera hecha para provocarme. Me miró de abajo hacia arriba, con esos ojos oscuros llenos de deseo, y sin decir una palabra se volteó, se inclinó sobre la cama y me mostró ese culito redondo y apretado, moviéndolo de un lado a otro como una perra en celo. No pasaron ni dos minutos cuando ya estaba en cuatro, completamente desnuda, con la tanga tirada en el piso, tocándose esa vagina húmeda que brillaba con sus jugos, abriéndose los labios para que yo viera todo, mientras me decía con esa vocecita caliente: “Papi, ven, que ya estoy lista para ti.”

Me acerqué despacio, saboreando el momento, sintiendo cómo mi verga gruesa se ponía dura como piedra solo de verla así, toda sumisa y ofrecida. Me paré frente a su carita y sin pensarlo abrió esa boquita para chupármela como toda una puta, con la lengua recorriendo el glande, con los labios apretados deslizándose por el tronco, mientras sus ojos se me clavaban con lujuria. Metió toda la verga hasta el fondo, hasta que sintió el vello púbico en su nariz, y se quedó ahí un momento, respirando por la nariz, aguantando sin dudarlo. Luego empezó a moverse, sacando y metiendo, con la mano agarrando mis huevos, apretándolos suave, mientras yo le agarraba el pelo y le empujaba la cabeza contra mi pelvis, marcando el ritmo. “Así, mami, chúpala rica, que te la voy a dar toda”, le dije, y ella gimió con la boca llena, vibrando contra mi piel.

La levanté del piso, la puse al borde de la cama y le abrí bien las piernas, dejando esa vagina expuesta, chorreando de deseo. Le pasé el dedo por la raja, sintiendo el calor, sintiendo cómo temblaba, y luego, sin avisar, le fui metiendo la verga despacio, poquito a poco, centímetro a centímetro, hasta que estuvo bien adentro, hasta que sentí cómo me apretaba, cómo su interior me succionaba. Ella gimió feliz, arqueando la espalda, mordiéndose el labio, mientras yo me quedaba quieto un segundo, disfrutando la sensación de estar enterrado en ella. Luego empecé a moverme, primero lento, acariciando sus paredes, y después más rápido, más profundo, dándole duro, haciendo que sus nalgas chocaran contra mis muslos con cada embestida, llenando el cuarto con el sonido de los cuerpos chocando y sus gemidos cada vez más agudos.

Me detuve, la saqué y me acosté en la cama, y ella me montó con una sonrisa perversa, mirándome a los ojos mientras se sentaba sobre mi verga, deslizándose hacia abajo, tragándomela completa. Empezó a moverse, arriba y abajo, con las manos en mi pecho, disfrutando tener el control, marcando el ritmo que a ella le gustaba, mientras yo le agarraba las caderas y la ayudaba a subir y bajar. Pero no duró mucho su reinado: la volteé en cuatro, le agarré el pelo con una mano y con la otra le apreté la cintura, tirando de ella hacia mí mientras le daba duro, sin piedad, con cada embestida haciéndola rebotar contra mi pelvis. Ella gritaba, no de dolor, sino de puro placer, enterrando la cara en la almohada y mordiéndola mientras yo le daba por detrás, viendo cómo su culito se movía con cada golpe, cómo su espalda se arqueaba, cómo sus nalgas se marcaban rojas por el ritmo. “¡Papi, así, no pares, que me voy a venir!”, chilló con la voz rota, y yo sentí cómo se apretaba alrededor de mi verga, cómo temblaba, cómo se corría con un gemido largo y profundo que retumbó en todo el cuarto. Pero yo no paré, seguí dándole duro, sintiendo sus espasmos, sintiendo cómo su vagina me succionaba, hasta que ella quedó rendida, temblando, con las piernas abiertas y el culo en alto, pidiendo más sin poder decirlo.

Cuando le dije que me iba a correr, que ya venía toda la leche, se arrodilló solita en el piso, sin que yo se lo pidiera, y esperó con la cara levantada, con los ojos cerrados y la boca abierta, lista para recibir todo. Me paré frente a ella, masturbándome rápido, sintiendo la presión acumularse, y cuando ya no pude aguantar más, le disparé toda mi leche en la cara, chorros gruesos que le cayeron en los ojos, en la nariz, en la boca, en la mejilla, hasta dejarla completamente bañada, goteando blanco sobre su piel morena. Abrió los ojos, con las pestañas pegadas de semen, y sonrió con malicia, pasándose un dedo por los labios para recoger lo que le había caído y chupárselo despacio, mirándome fijo. “¿Eso es todo, papi?”, me dijo con una risita, y yo supe que esa noche todavía no había terminado, que mi puta siempre quería más, y que yo estaba más que dispuesto a dárselo.

Y mientras se limpiaba la cara con la tanga celeste, yo ya me estaba poniendo duro otra vez… porque con ella, nunca era suficiente.

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El Sabio
El Sabio

Amante de un buen culo y creativo con las manos

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