Mi mejor amiga me masturba
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Me llamo Yitsuki y tengo 28 años. Aquella tarde, el ambiente en mi casa era tranquilo, impregnado del silencio concentrado que solo surge cuando tienes una entrega universitaria pendiente. Mi compañera de clase y mejor amiga estaba instalada en mi escritorio, rodeada de hojas de cuaderno y fórmulas matemáticas que parecían no tener fin.
Me puse de pie para romper la monotonía y fui a la cocina. Preparé un par de vasos de limonada bien fría, pensando que el azúcar y la frescura nos ayudarían a despejar la mente. Al regresar y dejarlos sobre la mesa, me acerqué para ayudarla con uno de los ejercicios más complicados. Nos inclinamos juntos sobre el papel, compartiendo el espacio en un silencio cómodo, donde solo se escuchaba el rasgueo del lápiz sobre el papel.
Sin embargo, mientras ella repasaba los cálculos, algo me dio vueltas en la cabeza. Recordé la bolsa de compras que había dejado en mi habitación. Me aclaré la garganta, sintiendo una ligera chispa de nerviosismo que no supe definir en ese momento.
—Oye —le dije, rompiendo la concentración del ejercicio—, ¿podrías hacerme un pequeño favor?
Ella me miró con curiosidad, deteniendo el lápiz a medio camino.
—He comprado unos bóxers nuevos y la verdad es que no estoy seguro de si me quedan bien. ¿Podrías echarles una ojeada rápida y decirme qué te parecen?
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Ella se quedó congelada por un segundo, con el lápiz aún suspendido sobre el cuaderno. Me miró fijamente, parpadeando un par de veces como si estuviera procesando si realmente había escuchado bien lo que le acababa de pedir. El silencio se prolongó unos instantes, cargando el aire con una tensión inesperada que no tenía nada que ver con las matemáticas.
Entonces, una pequeña sonrisa, mitad incrédula y mitad divertida, apareció en su rostro. Soltó una risita nasal y dejó caer el lápiz sobre la mesa con un golpe seco.
—¿En serio, Yitsuki? —preguntó, arqueando una ceja—. ¿Me estás pidiendo una asesoría de moda íntima en medio de un repaso de cálculo?
Se echó hacia atrás en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho mientras me analizaba con una mirada pícara. No parecía incómoda, sino más bien intrigada por mi repentina petición. La confianza que habíamos construido durante años hizo que el momento no fuera extraño, sino más bien un desafío juguetón.
—Bueno… supongo que es un descanso necesario antes de que nos explote la cabeza con estas ecuaciones —añadió, levantándose de la silla con un gesto despreocupado—. Anda, ve a probártelos. Pero que sea rápido, que si no terminamos este ejercicio hoy, vamos a reprobar.
Se quedó allí parada, esperándome con una expresión divertida, aunque admito que noté que evitaba mirar directamente hacia la puerta de mi habitación, quizá sintiendo ella también que la dinámica entre nosotros acababa de cambiar sutilmente.
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Regresé al salón caminando con paso lento, consciente de la ausencia del pantalón. Llevaba la camiseta puesta, pero debajo, el bóxer ajustado en blanco y negro no dejaba absolutamente nada a la imaginación. El tejido ceñido marcaba con total claridad la presión y el volumen de mis 17 centímetros, que se erguían firmes y prominentes, creando un relieve imposible de ignorar bajo la tela.
Al verme, ella se quedó muda. La sonrisa pícara que tenía hace un momento desapareció instantáneamente, reemplazada por una expresión de sorpresa absoluta. Sus ojos bajaron automáticamente, clavándose en la zona donde el bóxer marcaba mi anatomía, y sentí cómo su respiración se volvía un poco más pesada.
Sin decir una palabra, me coloqué justo frente a ella, dejando que la vista se deleitara con la vista frontal. Noté que ella tragó saliva, incapaz de apartar la mirada. Para completar la “evaluación”, giré el cuerpo lentamente, dándole una vuelta completa para que pudiera apreciar cómo el corte del bóxer se ajustaba a mis glúteos, resaltando cada curva de mi trasero.
Cuando volví a quedar frente a ella, rompí el silencio con un tono casual, aunque mi voz sonaba un poco más grave de lo normal.
—¿Y bien? —le pregunté, mirándola fijamente—. ¿Qué tal? ¿Crees que me quedan bien o son demasiado ajustados?
Ella no respondió de inmediato. Se quedó allí, paralizada, con las mejillas empezando a teñirse de un rojo intenso. Sus ojos volvieron a subir hacia los míos, pero estaban dilatados, y era evidente que la atmósfera de “estudio” había desaparecido por completo, siendo reemplazada por una electricidad palpable que llenaba toda la habitación.
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Ella no respondió de inmediato. Durante varios segundos, el único sonido en la habitación fue el tic-tac del reloj y la respiración agitada de ambos. Se quedó completamente hipnotizada, con la mirada alternando frenéticamente entre mis ojos y el relieve tan marcado de mi anatomía bajo el bóxer blanco y negro.
Noté que sus labios se entreabrieron ligeramente y que sus mejillas habían pasado de un rosa suave a un rojo intenso. Trató de recuperar la compostura, pero sus manos, que colgaban a sus costados, se cerraron en pequeños puños, como si estuviera luchando contra el impulso de hacer algo.
—Yitsuki… —su voz salió como un susurro, mucho más ronca y quebrada de lo habitual—. Tú… tú no puedes preguntarme si “te quedan bien” cuando… cuando te ves *así*.
Se obligó a mirar hacia arriba, pero sus pupilas estaban dilatadas, revelando que su cuerpo estaba reaccionando a lo que veía. Dio un paso involuntario hacia adelante, acortando la distancia entre nosotros. El aire se sentía denso, casi eléctrico.
—Son… demasiado ajustados —logró decir, aunque esta vez no parecía una crítica, sino una observación cargada de deseo—. Demasiado. No creo que sea posible concentrarse en los ejercicios de matemáticas después de ver esto.
Ella soltó una risa nerviosa, pero no se alejó. Al contrario, se quedó ahí, a escasos centímetros de mí, mirándome con una mezcla de asombro y hambre, como si estuviera procesando que su mejor amigo, la persona con la que estudiaba cada tarde, tuviera ese impacto sobre ella.
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Al escuchar que la llamaba por su nombre, Luna pareció despertar de su estupor. Me miró profundamente, y la expresión de deseo en sus ojos se mezcló con una ternura inesperada. Mis palabras habían suavizado la tensión eléctrica, transformándola en algo más personal y sincero.
—Bueno… eres mi compañera de clases, mi mejor amiga y sobre todo una chica de mucha confianza —le dije, bajando un poco la voz, permitiendo que el tono fuera más íntimo—. Luna, lo hago porque me gusta tu compañía.
Ella soltó un suspiro largo, como si acabara de soltar una carga que llevaba tiempo conteniendo. Una sonrisa pequeña y genuina apareció en sus labios, aunque sus ojos seguían bajando inevitablemente hacia el volumen que marcaba el bóxer.
—Eres un tonto, Yitsuki —susurró ella, pero no había nada de burla en su tono; al contrario, sonaba rendida—. Sabes perfectamente lo que me estás haciendo sentir ahora mismo, ¿verdad?
Luna dio el último paso que faltaba, eliminando cualquier espacio entre nosotros. Podía sentir el calor de su cuerpo emanando hacia el mío. Lentamente, llevó una de sus manos hacia mi pecho, rozando la tela de la camiseta, mientras que la otra bajó con timidez, deteniéndose justo antes de tocar el borde elástico del bóxer negro y blanco.
—Me gusta tu compañía también… —respondió ella, levantando la mirada para encontrar la mía—. Pero creo que ahora mismo, la última persona en este mundo que quiere seguir hablando de matemáticas soy yo.
Se quedó ahí, con la mano temblando ligeramente a milímetros de mi piel, esperando una señal mía para cruzar la línea final.
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La miré profundamente a los ojos, viendo en ellos todo el deseo que había estado contenido durante años. Con un gesto lento y protector, puse mi mano en su mejilla, acariciando su piel suave, y me incliné para darle un beso tierno y prolongado en la frente. Fue un gesto que selló la complicidad entre nosotros, transformando la tensión sexual en algo mucho más cercano.
Me separé apenas unos centímetros, manteniendo mi rostro cerca del suyo, sintiendo su respiración acelerada contra mi piel.
—Ya sé, Luna… —le susurré con una sonrisa pícara, bajando el tono de voz—. Para la distracción… ¿qué tal si me haces una paja?
El efecto de mis palabras fue inmediato. Luna abrió los ojos de par en par y soltó un jadeo contenido, sorprendida por la franqueza de la petición, pero no retrocedió. Al contrario, una chispa de excitación cruzó su mirada. La idea de pasar de la amistad a algo tan explícito parecía haber encendido una mecha que ya estaba seca.
—¿Así de directo, eh? —respondió ella, con la voz ahora completamente ronca.
Sin quitarme la vista de encima, Luna deslizó la mano que tenía cerca del borde de mi ropa hacia abajo. Sus dedos rozaron la tela tensa del bóxer blanco y negro, apretando ligeramente la base de mi erección, comprobando la firmeza de esos 17 centímetros. Un pequeño gemido de satisfacción escapó de sus labios al sentir la dureza a través de la tela.
—Creo que es una propuesta mucho mejor que cualquier ejercicio de matemáticas —dijo ella, mientras empezaba a bajar la mirada hacia mi regazo con una determinación absoluta.
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Sostuve su mirada, dejando que el peso de nuestra historia llenara el espacio entre nosotros. Me acerqué un poco más, hablando con una honestidad que solo se tiene con alguien que ha estado en tu vida durante casi una década.
—Pues mira, prefiero ser directo con mi mejor amiga —le dije, y mi voz sonaba firme pero llena de afecto—. Te conozco desde que yo tenía 16 y tú solo 13. Hemos crecido juntos, Luna. Ahora tienes 25, y eres la persona en la que más confío en este mundo.
Ella me escuchaba con atención, conmovida por la sinceridad de mis palabras. El hecho de que no fuera solo un impulso sexual, sino algo basado en la trayectoria de nuestra amistad, hizo que su expresión se volviera mucho más dulce y entregada.
—Sinceramente… simplemente quería buscar la situación adecuada —continué, acariciando suavemente su mejilla—. Quería el momento perfecto para ser así de confianzudo contigo… y bueno, para invitarte a hacerme cosas.
Luna cerró los ojos por un instante, asimilando todo. Cuando los volvió a abrir, ya no había rastro de duda ni de timidez; solo había una complicidad absoluta. Se apoyó contra mí, sintiendo la dureza de mi erección presionando contra su muslo, y soltó un suspiro que parecía liberar años de curiosidad y deseo reprimido.
—Tantos años siendo “solo amigos”… —susurró ella, con una sonrisa traviesa mientras sus manos bajaban definitivamente hacia el elástico del bóxer—. Me gusta que seas directo, Yitsuki. Me gusta mucho más que me lo pidas así.
Con un movimiento decidido y lento, Luna enganchó sus dedos en la banda elástica del bóxer negro y blanco, empezando a deslizar la tela hacia abajo, revelando poco a poco mi anatomía mientras mantenía el contacto visual, dejándome claro que estaba más que dispuesta a aceptar mi invitación.
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En un movimiento fluido y decidido, me deshice de la camiseta, lanzándola a un lado sin dejar de mirarla. Me acerqué a ella y, con cuidado, me senté sobre su pierna, sintiendo la presión de nuestros cuerpos conectando. El contacto era eléctrico; la cercanía física eliminaba cualquier rastro de duda que hubiera quedado entre los dos.Con suavidad, tomé su mano y la guié hacia abajo, envolviendo sus dedos alrededor de mi polla, que ya estaba completamente expuesta y palpitante. Luna soltó un suspiro entrecortado al sentir la magnitud y el calor de mi erección contra la palma de su mano. Sus dedos se cerraron con firmeza, y empezó a deslizarse rítmicamente, con un movimiento lento y deliberado que me hizo cerrar los ojos por un instante, disfrutando de la fricción perfecta.Mientras ella se concentraba en el movimiento, yo me incliné hacia adelante, buscando su mirada. Quería que supiera que esto no cambiaría lo que significaba para mí. La miré a los ojos, encontrando en los suyos una mezcla de deseo y una ternura profunda.—No importa que me manosees… —le susurré con voz ronca, mientras el placer empezaba a nublar mis sentidos—. Siempre serás mi mejor amiga.Luna sonrió, una sonrisa llena de complicidad y afecto. No dijo nada, pero respondió apretando un poco más el agarre y acelerando el ritmo de sus movimientos, demostrándome que ella también valoraba esa confianza ciega. El sonido de la respiración agitada de ambos llenaba el espacio, y la sensación de sus dedos recorriendo cada centímetro de mi longitud se volvió el único centro de mi universo.Nos quedamos así, en una danza de placer y cariño, donde la línea entre la amistad y el deseo se había borrado por completo, dejando solo la sinceridad de dos personas que se conocían y se querían más que nadie.
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A medida que Luna aumentaba el ritmo, la atmósfera en la habitación se volvió asfixiante, cargada de una electricidad que ya no se podía contener. Sus movimientos se volvieron más rápidos, más decididos, y la fricción de su palma contra mi piel empezó a generar un calor intenso que se irradiaba por todo mi cuerpo.
No pude evitarlo; la sensación era tan abrumadora que el silencio se rompió. Primero fue un suspiro profundo, que rápidamente se transformó en gemidos bajos y guturales que escapaban de mi garganta. Cada vez que ella subía y bajaba la mano, recorriendo la longitud de mis 17 centímetros con una presión perfecta, yo arqueaba ligeramente la espalda, rindiéndome por completo al placer.
—Ah… Luna… —gemí, con la voz quebrada por la excitación.
Ella, al escuchar mis reacciones, pareció motivarse aún más. Sus ojos estaban fijos en los míos, observando cómo mi rostro se contraía por el placer y cómo mi respiración se volvía errática. Ver que yo disfrutaba tanto la hacía moverse con una intensidad casi frenética; sus dedos se ajustaban con precisión, asegurándose de no dejar ni un solo espacio sin estimular.
El sonido de la respiración agitada de ambos y el roce constante de la piel crearon una melodía hipnótica. Yo sentía que el mundo exterior, el trabajo de la universidad y las matemáticas habían desaparecido por completo. Solo existíamos ella, yo y esa descarga de endorfinas que empezaba a acumularse en la base de mi columna, empujándome peligrosamente hacia el límite.
Mis gemidos se volvieron más frecuentes y sonoros, perdiendo cualquier rastro de control, mientras sentía que la tensión llegaba a su punto máximo, justo antes de la explosión final.
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La tensión llegó a un punto insoportable. Sentí que todo mi cuerpo se tensaba, desde las piernas hasta los hombros, mientras la mano de Luna mantenía aquel ritmo frenético y preciso. Un último gemido fuerte escapó de mis labios y, de repente, el mundo se volvió blanco. La descarga fue explosiva y profunda, liberando toda la presión acumulada en una serie de espasmos intensos que me dejaron sin aliento.
Luna no soltó la presa hasta que el último rastro de placer terminó de recorrer mi cuerpo. Ella soltó una exhalación larga, con los ojos brillantes y una sonrisa de satisfacción, observando la reacción de mi cuerpo ante el orgasmo. Se quedó allí un momento, procesando la intensidad de lo que acababa de suceder y el vínculo que acabábamos de estrechar.
Aún jadeando, con el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas, me dejé caer un poco más sobre ella. Envolví su cabeza con mis brazos en un abrazo cálido y protector, pegando su rostro a mi pecho mientras recuperábamos la respiración. El aroma de su cabello y la calidez de su piel me devolvieron lentamente a la realidad.
Me incliné hacia su oído, rozando sus labios con la respiración todavía errática, y le susurré con una voz suave, cargada de gratitud y afecto:
—Gracias, Luna… gracias por concederme mi pequeño capricho.
Ella se rió suavemente contra mi piel, un sonido dulce que borró cualquier rastro de incomodidad. Me devolvió el abrazo, apretándome contra ella, confirmando que, más allá del deseo, la confianza y el cariño seguían siendo la base de todo. En ese momento, el trabajo de la universidad parecía lo más irrelevante del mundo; lo único que importaba era esa paz compartida después de la tormenta.
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Espero que les hayan gustado mi historia, posiblemente en el futuro hay más,
