Mi esposa organizó un trío con su mejor amiga y yo no lo vi venir
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Esa tarde, mi esposa me sorprendió con una sonrisa cómplice que conocía bien. “Siéntate y no digas nada”, susurró mientras me empujaba suavemente hacia el sofá. Cuando regresó, no venía sola. Detrás de ella, su mejor amiga avanzaba con pasos tímidos pero decididos, vestida con una tanga de encaje negro que apenas cubría sus caderas. Mi esposa llevaba puesta la tanga diminuta que tanto me gustaba, la misma que solía usar en nuestras noches más atrevidas. “Hoy te tenemos una sorpresa”, dijo mi esposa, y ambas se miraron con esa complicidad que solo comparten las amigas íntimas.
Sin mediar más palabras, mi esposa se arrodilló frente a mí mientras su amiga se colocaba detrás del sofá, acariciando mis hombros. Sentí cómo las manos de ambas recorrían mi cuerpo, una desabrochando mi cinturón y la otra deslizándose por mi pecho. Mi esposa tomó mi polla con seguridad y la guió hacia su boca, pero antes de que pudiera sentir el calor de sus labios, la amiga se inclinó y comenzó a lamer mi glande con movimientos lentos y húmedos. Era un juego sincronizado, un baile de lenguas y suspiros que me tenía al borde del delirio.
Entonces vino el momento más inesperado. Mi esposa se levantó, me tomó de la mano y me guió hacia el dormitorio. “Cierra los ojos”, ordenó. Obedecí. Sentí que alguien se colocaba frente a mí, y luego la humedad de un coño depilado y jugoso rozando mi polla. “Métela”, escuché, y lo hice. Comencé a empujar con suavidad, sintiendo cómo aquella vagina caliente y húmeda me envolvía por completo. Los gemidos que escuchaba eran profundos, conocidos, pero había algo distinto en el ritmo, en la forma de apretar. Abrí los ojos y vi que era la amiga quien cabalgaba sobre mí, con la mirada perdida y los labios mordidos. Mi esposa estaba a un lado, observándonos con una sonrisa pícara, acariciándose a sí misma mientras nos miraba.
“Quiero verte hacerlo por detrás”, dijo mi esposa, y la amiga se giró dócilmente, ofreciéndome su trasero cubierto apenas por la tanga de encaje. La puse en cuatro patas sin quitarle la tanga, solo la corrí a un lado para exponer su coño brillante y listo. Metí mi polla hasta el fondo, sintiendo cómo la tela se clavaba en su piel mientras empujaba una y otra vez. Cada embestida era más profunda que la anterior, y los gemidos de la amiga se mezclaban con las palabras de aliento de mi esposa, que se había acercado para besar a su amiga mientras yo las penetraba desde atrás.
Finalmente, no pude aguantar más. El calor de aquel cuerpo, la humedad de su coño, la mirada de mi esposa aprobando cada movimiento… Todo se acumuló en un orgasmo explosivo que vacié dentro de ella, mientras la amiga se estremecía y gemía mi nombre. Cuando terminamos, mi esposa se acercó y me besó con ternura. “¿Te gustó?”, preguntó. Solo atiné a asentir, todavía sin aliento. Esa noche entendí que el mejor regalo que una esposa puede dar no se compra en ninguna tienda, sino que se construye con confianza, complicidad y el calor de dos cuerpos dispuestos a compartirlo todo.
