Cambiando la imagen – I, II, III, IV, V

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Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.

Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.

Hace unos días, leyendo un relato de la web, me hizo reflexionar en que desde hace un buen tiempo a esta parte había dejado de observar con más detalle a las mujeres jóvenes. Quizá por mi edad, apuntaba regularmente a conseguir favores de cama con damas de 45 en adelante para evitar desplantes o rechazos, pero… ¿por qué no probar suerte con alguna de mucha menos edad?

Con este pensamiento básico, recurrí a mi amigo de andanzas: el famoso Tito. Le mandé un par de mensajes de WhatsApp, coordinamos para juntarnos a tomar algo el miércoles por la noche y allí hablar sobre este tema.

Como siempre, Tito llegó casi media hora tarde, vestido como si fuese un muchacho de 30 y no de 58, mientras que yo (por vestimenta) parecía más su padre.

Tito: ¿qué anda pasando Negro?
Alejo: pasa que las últimas 6 mujeres con las que tuve algo, son casi de mi edad a lo sumo 40 y largos, eso pasa.
Tito: ¿y qué querés? Te vestis como viejo, usas corte de pelo de viejo, barba de viejo… así te regalás querido.
Alejo: gracias por levantarme el ánimo
Tito: pero es así, te ven viejo y te esquivan. Hagamos algo, mañana a las 11 te encuentro en el shopping, vamos a comprar alguna pilcha y pasas por una barbería.
Extendimos por tres cervezas la charla, me contó sus ideas, organizó una salida para el viernes y otra para el sábado. La primera a una cervecería muy reconocida y la segunda a otra donde había muchísima variedad de mujeres generalmente y se hacían las juntadas previas a las salidas de marcha.
Nos despedimos y coordinamos donde encontrarnos al día siguiente.
Obviamente, me duché al levantarme, desayuné algo liviano y a las 10 me encaminé al shopping. Siendo las 10:30, ingresé y me dispuse a observar vidrieras mientras esperaba la llegada de Tito. Me gustaron algunas prendas y los precios me parecieron razonables. A las 11:15 un mensaje de Whatsapp de Tito me confirmaba que ya estaba ingresando. Fui a esperarlo a uno de los bares, tomamos un café y comenzamos la recorrida.
Primero la ropa: me llevó a un par de comercios y seleccionó una camisa y una chomba de colores que jamás yo hubiese elegido, pero una vez puestas me parecieron razonables. De allí a buscar un jean donde tuvimos que negociar: los de moda no iban conmigo, elegimos un intermedio entre ese y un clásico.
En la barbería hubo un corte intermedio, ya que tengo muchas canas y bastante rebeldes a la hora del peinado y un trabajo muy bueno con la barba.
Finalmente, antes de ir a almorzar, pasé por una perfumería y me di un gusto particular: Acqua di Gio, mi aroma favorito. Abrí el envase y realicé dos disparos al vaporizador.
Tito: vamos a ver qué tal te miran ahora.
Alejo: todavía falta vestirme con las nuevas pilchas.
Tito: pero vas a ver cómo cambian las miradas, vamos al patio de comidas.
Nos ubicamos en una plaza intermedia entre tres locales, y como era de esperar las meseras se aproximaron a dejarnos las cartas para elegir el menú que deseáramos. Las tres mujeres que se acercaron eran jóvenes cuyas edades no superaban los 25 años, imaginé.
La primera nos saludó amablemente, nos extendió las cartas y se alejó prontamente. La segunda no solo nos dio las cartas, sino que además nos aconsejó un plato especial y se quedó esperando nuestro potencial pedido mientras nos observaba con detenimiento; Tito pidió un tiempo para elegir y la chica prometió volver en breve, regalándonos una sonrisa. Finalmente la tercera fue más allá: nos extendió las cartas, hizo sugerencias, se quedó a nuestro lado dándonos un buen rato de charla, halagó los comercios donde habíamos hecho las compras y finalmente dejó un mensaje: “¡qué buenos perfumes usan, chicos! ¡Saben elegir muy bien!” dijo antes de retirarse guiñándonos un ojo. “No duden en llamarme, estoy para lo que necesiten” remató mientras se retiraba meneándose de manera notable.
Tito: ¿viste? No pedimos nada, no dimos propinas y ya tenemos ventaja con una
Alejo: ¿te parece Tito?
Tito: apostemos, yo le pido algo a la morochita del segundo local, esa me gustó, vos a la flaquita del tercero: dos pavadas que le digas y mañana salimos con ellas. El que pierde, paga el almuerzo.
Alejo: estás loco Tito.
Él llamó a la morocha y yo a la flaca, se sorprendieron que ambos pidiéramos de distinto local, pero tomaron las órdenes y se deshacían en atenciones con nosotros. Al finalizar el almuerzo, la morochita se acercó con la cuenta y Tito abonó su parte, aprovechando el ticket para dejarle su número de teléfono y la invitación para el día siguiente. La chica sonrió, le hizo un gesto de aceptación, metió el papel en su bolsillo y fue a entregar el pago a la encargada. Minutos más tarde mientras Tito iba a los sanitarios, se acercó la flaquita, retiró la vajilla y antes que pudiera decirle nada, me avisó que por gentileza de la casa nos brindaban un café sin cargo. Mientras retiraba las cosas, dejó un papel bajo mi copa: había un número telefónico y un nombre Dina. Hubo una sonrisa cómplice y se fue a buscar los cafés que trajo una vez que Tito volvió.
Tomamos la bebida y nos pusimos de pie para retirarnos, Tito le hizo gesto de “llamame” ubicando sus dedos a la altura de su cara y la morocha asintió sutilmente. Dina nos saludó amablemente y completó con la frase “Nos vemos pronto”.
Mientras salíamos del shopping, Tito me extendió el comprobante de su pago con billetera virtual. “Pagá querido, te ganó papito” dijo entre carcajadas.
Alejo: no cantes victoria, nene
Tito: mirá y aprendé
Abrió el WhatsApp y me mostró el mensaje de Susan (la morochita), ella saludaba y él al invitaba a la cervecería el viernes a las 23 horas, obviamente ella aceptaba y le dejaba un emojis de una cara con un beso. Se sabía ganador, cosa que quedó ratificada cuando le mostré el papel con el número de Dina.
Tito: dale Negro, escribile y decile que vaya mañana a las 23 a la cerve.
Nos sentamos en mi auto y mandé el mensaje, los minutos pasaban y no había respuesta, casi a la media hora cuando ya me daba por vencido llegó la respuesta. “Nos vemos, hermoso”.
Tito: viste que era fácil, cuestión de cambiar la imagen.
Alejo: no te puedo creer, ¿así de fácil es todo?
Tito: depende del lugar y las mujeres. Estas buscan viejitos piolas, una noche y fuiste, salvo que la des vuelta como una media. Si quedan conformes tenés minita por un buen tiempo.
Me resultaba difícil de creer pero las pruebas estaban a la vista. Coordinamos para el día siguiente, Uber para poder tomar sin problemas y algún alojamiento cercano por si las cosas progresaban: eso sí cada uno por su lado, nada de compartir y mucho menos intercambiar.
El viernes se me hizo interminable, el reloj no avanzaba ni a palos… Algo de Netflix, un buen baño, la prueba de ropas, el pedido del móvil y a las 22 horas partida rumbo a la cervecería. Llegué temprano, tal mi costumbre, me aseguré una mesa para 4.
Una chica rubia de unos 20 años se acercó a tomar mi pedido, me extrañaba con la amabilidad que me atendía y pedí mi primer Ultra Stout para amenizar la espera. Cuando la trajo, hizo referencia a si me habían dejado “de seña”, le aclaré que no, que había llegado un rato antes. “Qué lástima, si te fallan, me avisas, ¿si?” dijo después de dejar la bebida y un par de platillos con algo para completar la atención. No podía dar fé de lo que estaba pasando, esperaba a una chica de veinti pocos y otra se ofrecía a reemplazarla si no venía. Mi cabeza volaba por cualquier lado cuando llegó Tito, que a diferencia mía, había esperado a Susan en la vereda, entraron juntos. Se ubicaron en la mesa y la mesera vino a tomar el pedido de ambos, Susan eligió y Tito acompañó el pedido, mientras pude observar que Dina entraba al lugar.
Una cosa es ver a dos mujeres con uniformes de trabajo y otra muy distinta cuando están vestidas para una salida. Susan usaba leggins de cuero negro apretadísimos y un top muy breve que cubría con un saco oscuro; Dina llevaba una falda azul oscura brevísima y una blusa blanca que traslucía un brassier de puntillas con una campera corta azul haciendo juego. Eran dos hembras muy apetecibles y se notaban mucho más jóvenes que nosotros.
Le hice una seña, se acercó a la mesa, se saludó con Susan como viejas amigas y completé la presentación de Tito.
Nos ubicamos en la mesa y las cervezas comenzaron a desfilar. Para la 1 de la mañana del sábado, ya nos reíamos de todo, Susan algo más risueña y Dina más contenida, pero no menos chispeada por el alcohol.
Tito: chicas, ¿vamos a tomar unos tragos a algún boliche?
Dina: te agradezco, pero mañana entro a las 10, hoy no hay boliche para mí
Susan: yo me prendo, mañana tengo franco, no trabajo ¿dónde me vas a llevar?
Tito: donde me digas
Ya se pusieron de pie, Susan se calzó su saco y despidiéndose de Dina y de mí enfiló a la puerta con Tito detrás. “Mañana hablamos” dijo mientras la seguía rumbo a la salida. Allí quedamos Dina y yo, solos en la mesa. Fue en aquel momento que ella se liberó y comenzó a hablar un poco más.
Me contó que a sus 20 años se había venido de su pueblo en Rio Negro para estudiar Psicología en la Uni pero que tras dos años de malos resultados, había cambiado de carrera: asistente social. Ya llevaba 2 años de cursado con resultados aceptables y a sus casi 25, había empezado a trabajar para tener algún dinero extra para sus gustos y lo que empezó como algo temporal se había vuelto trabajo formal. Trabajaba durante las mañanas y estudiaba en turno nocturno, se había retirado de la residencia estudiantil y ahora vivía en un departamento pequeño y cómodo cerca del instituto donde cursaba.
No quería ser una carga para sus padres y agregó algunas horas extras para tener su espacio, sin problemas de horarios ni restricciones para las visitas. Lentamente se estaba independizando.
Dina: no suelo salir muy seguido, pero cada tanto lo hago si encuentro con quien. Susan y yo nos conocemos desde el verano, pero no compartimos muchas cosas, somos diferentes.
Alejo: ¿a qué te réferis con diferentes?
Dina: mmm ¿cómo ser delicada en la explicación?
Alejo: ¿Pistas? ¿Algo que me ayude a entender?
Dina: cambia mucho de parejas, demasiado y muy seguido…
Alejo: ¿rapidita? Pero no atleta…
Rio de buena gana, hasta le cayeron algunas lágrimas de los ojos por ello.
Dina: exactamente, seguro que tu amigo termina pagando alguna habitación en un motel esta noche…
Alejo: pregunta necesaria, ¿por qué aceptaste salir conmigo?
Dina: me caíste bien, tenía ganas de salir y me pareces interesante
Alejo: le salió la psicóloga a Dina…
Dina: ese es mi gran problema, analizo todo y mucho. ¿Tomás mate?
Alejo: obvio, ¿por?
Dina: hay mucho ruido acá, ¿vamos a mi departamento?, vivo cerca y no hay alcohol
Alejo: ok, vamos.
Se puso su abrigo y tras abonar lo consumido, nos fuimos caminando hasta su departamento. Mientras recorríamos el trayecto, aproveché a fumar y vi que se aproximaba a mí, le ofrecí un cigarrillo que declinó pero me comentó que sentía algo de frio. Ayudado por el alcohol, no lo sentía así y le ofrecí mi campera, la aceptó y la colocó por encima de la suya. Seguimos caminando y podía sentir como temblaba, instintivamente la abracé para brindarle calor y lo aceptó sin problemas.
Fueron unas 15 cuadras de caminata, donde pasamos de calles súper iluminadas a absolutamente oscuras, hasta llegar a una cortada. A mitad de cuadra se detuvo frente a un portón blanco y metiendo la mano en su cartera extrajo una llave con la que abrió la puerta de acceso, un pasillo largo con algunas luces y al final del mismo el departamento 6. Puso la llave y en segundos abrió y encendió una luz.
El típico de departamento de estudiantes: cocina-comedor, una puerta lateral que daba a la habitación, a su lado otra puerta que luego descubrí que era el baño. Un placar que estaba a los pies de la cama y sobre él un tv, una repisa con libros y sobre la mesa la notebook de estudio.
Dejó su saco en un perchero, mi campera sobre una silla y encendió la cocina para preparar el mate.
Dina: no es un palacio, pero me sirve por ahora, además casi nunca estoy en casa. No tengo vecinos, el 5 está vacío y es seguro.
Alejo: cómodo y funcional.
Dina: cálido y tranquilo.
Junto a la mesa del comedor una cama de una plaza que oficiaba de sillón, donde nos sentamos a tomar mate. La charla era muy buena, pasaba por muchos temas, hasta que tocamos el más caliente.
Alejo: Dina, estamos solos, me trajiste a tu departamento…
Dina: si, y antes que me preguntes nada voy a decirte lo que querés saber
Alejo: ¿qué cosa?
Dina: hoy no voy a dormir sola, te elegí y sé que voy a acostarme con vos
Alejo: ¿así de simple?
Dina: si, no pidas explicaciones. Tengo muchos deseos de tener sexo y no pienso conformarme con mis manos. ¿Querés cogerme?
Alejo: por supuesto
Dina: ¿y que esperamos? Vamos a la cama
Me tomó de la mano, me llevó al baño, me quitó la ropa y se dedicó a limpiarme a conciencia. Luego se quitó la ropa, quedando desnuda frente a mí y metió bajo la ducha a asearse por completo: se frotó jabón en los pechos, bajó sus manos a su entrepierna y la limpió a conciencia, tras cerrar el grifo salió y me extendió un toallón para que la secara por completo. Tiró sus ropas en la ducha y así desnuda me llevó a su cuarto.
Abrió la cama, se metió bajo las sabanas y me invitó a acompañarla. En ningún momento hizo mención al tamaño de mi verga (normalita), solo se limitó a subirse sobre mí y comenzó a besarme como si no hubiese mañana. Abrió sus piernas para que mi miembro se posicionara en la puerta de su concha apenas cubierta de una hilera de vellos bien recortados. Se arrodilló en la cama y comenzó a frotarse sin llegar a meterla en su interior, desde mi posición me aferré a los pechos redondos y puntiagudos, coronados por pezones oscuros y grandes. Me miró a los ojos y con un movimiento suave la fue metiendo lentamente entre sus labios, el calor que brotaba de la concha era intenso, con escasos fluidos, lo que hacía algo incómoda la penetración, raspaba un poco.
Dina: soy algo seca, me cuesta mojarme pero tranquilo que lo disfruto como si chorreara… Metela a fondo…
Le hice caso, y efectivamente ella gozaba, sabiendo de su poca humedad, cabalgaba lentamente para evitar irritaciones y cada embestida era acompañada por un gemido.
La tomé por las caderas tratando de apurar el momento, asegurándome de no salir de su interior y en medio de un bramido, llegó a su orgasmo, intenso y profundo, que prolongó por varios minutos moviéndose lentamente. La falta de humedad no me ayudo a acabar, pero lo disfruté y mucho.
Rendida, se dejó caer y se recostó sobre mí. Descansó un buen rato y sin sacarla de su interior, se afirmó a la cama.
Dina: no sabés lo que me cuesta que un hombre me haga acabar. Me sienten seca y salen, dejándome con las ganas, por eso elijo hombres maduros: ustedes saben aguantar y aceptan mi problema.
Alejo: deberías usar algún lubricante
Dina: no es lo mismo, pierdo intensidad, como que no lo siento.
Alejo: ¿has consultado con alguien?
Dina: si, pero es algo fisiológico. Si me mojo, no acabo.
Alejo: ¿y con sexo oral?
Dina: ¿chupármela? Nadie lo hizo, siempre voy directo a la penetración
Alejo: deberías probar, quien te dice que sea una posibilidad
Dina ¿lo harías? Es medio asqueroso
Alejo: no si le gusta a quien te lo hace, las conchas tiene un sabor especial
Dina: me estas mintiendo
Alejo: hagamos un trato: si te hago gozar con mi lengua, me entregas la cola
Dina: ¿por el culo? Si no me mojo la concha, el culo debe ser una lija apretadísima.
Alejo: ¿no te hicieron el culo? Con lo lindo y redondito que lo tenes…
Dina: escuche que duele bastante, no me animo…
Alejo: yo no tengo la súper verga, de eso te habrás dado cuenta
Dina: me han metido más grandes…
Alejo: ¿cuándo tenés franco? Eso lleva su tiempo para que no duela y se acostumbre
Dina: el martes, ¿por qué?
Alejo: el martes a la mañana vengo, te cocino algo rico y por la tarde me dedico a tu culito ¿o preferís que venga el lunes a la noche y nos tomemos todo el día?
Dina: si me haces acabar con la lengua, venís el lunes, ¿sí?
Alejo: bueno Dinita, a la ducha, voy a lavarte bien así te dejo lista para una buena comida de concha
Dina: cada vez me estoy convenciendo más que elegí al hombre indicado para esta noche… Vamos a la ducha…

PARTE II

Después de un primer polvo con Dina, mientras nos reponíamos, averigüé que jamás le habían comido la concha y mucho menos había tenido sexo anal.
Alejo: ¿cuándo tenés franco?
Dina: el martes, ¿por qué?
Alejo: Estrenar un culito lleva su tiempo para que no duela y se acostumbre
Dina: perdí la apuesta y tengo que pagar ¿cierto?
Alejo: Si, el martes a la mañana vengo, te cocino algo rico y por la tarde me dedico a tu culito ¿o preferís que venga el lunes a la noche y nos tomemos todo el día?
Dina: si me haces acabar, empapada y con la lengua, venis el lunes a la noche y te quedas todo el martes
Alejo: Acepto, bueno Dinita, a la ducha, voy a lavarte bien así te dejo lista para una buena comida de concha
Dina: cada vez me estoy convenciendo más que elegí al hombre indicado para esta noche… Vamos a la ducha…
Salimos de entre las sábanas y sin preocuparnos por la desnudez de ambos, fuimos al baño. Si bien era pequeño, permitía que uno estuviese bajo la ducha y el otro a su lado sin derramar agua afuera.
Tomé una esponja, la embadurné con jabón líquido que había en un recipiente, la presioné un poco para generar espuma y comencé a pasarla por su espalda, frotándola de manera delicada mientras ella se dedicaba a lavar su cabello. Ya terminada su espalda, bajé a una de las piernas: primero por fuera y luego por dentro, cambié de pierna y repetí el proceso. Cuando traté de pasar la esponja entre las piernas, recorriendo la raja del culito hasta llegar a la concha, se giró sobre sus talones y se puso de frente a mí. Eso facilitó que pudiese completar la tarea entre sus piernas y su zona vaginal, rosada de labios finos donde resaltaba el clítoris que se asomaba entre ellos.
Dejé caer la esponja al suelo y con delicadeza comencé a frotarle los labios, mientras trataba de ingresar el dedo mayor entre ellos y prolongar la caricia dentro de la concha. De su boca salió un gemido suave y prolongado que me tentó a arrodillarme y quedar con mi cara a escasos centímetros de su cueva.
Observé con detalle como era su concha, abrí apenas los labios y dirigí mi lengua hacia el lugar. Cuando recibió la primera incursión, se afirmó a mis hombros e hizo un ligero movimiento tratando de echarse hacia atrás, pero no había tanto espacio. Se conformó con colocar uno de sus pies en el borde de la pared que encerraba la ducha, y dejó un poco más abiertas las piernas, favoreciendo el recorrido de mi lengua por su raja. El agua tibia caía desde sus pechos y bajaba por el vientre hasta unirse a mi lengua en el recorrido.
Dina: ¡qué lindo se siente y cómo me calienta!
Alejo: te lo dije, te iba a gustar y lo vas a disfrutar mucho
Dina: no hables y seguí mimándome la conchita, suavecito, despacito…
Me dediqué a lamer y alternar con chuponcitos en los labios, sin atacar el clítoris. Sentía como se aferraba con más fuerza a mi cabeza y trataba de hundirla entre sus piernas, se tensaba y aflojaba acompasadamente. En uno de esas aflojadas, arremetí contra el clítoris y le interné el dedo mayor en la concha, a fondo, bramó de placer. Se lo presioné entre mis labios y lo estiré con fuerza, lanzó un grito cuando sintió que ya eran dos los dedos que se metían en su cuerpo y noté que le palpitaba la concha de manera descontrolada. Se aferró a la jabonera y mi cabeza para no caer, le flaquearon las piernas y acabó violentamente. Respiraba agitadísima y gemía de modo intenso.
Lentamente se fue recomponiendo, el agua ayudaba a relajar su cuerpo.
Dina: es por cosas como estas que me encanta elegir con quien acostarme, jamás me hubiera imaginado el placer que se siente cuando tenes sexo oral.
Alejo: ¿lo considero un halago?
Dina: obvio, acabé como una yegua… por momentos pensé que me caía…
Alejo: el agua ayudó mucho, los dedos entraron sin problemas
Dina: ¿cómo sería esto mismo en la cama? Ahí no hay agua…
Alejo: tendremos que averiguarlo, tengo alguna idea, pero no para ahora
Dina: ¿me vas a dejar con ganas de más? No seas malito…
Alejo: ya te dije, si te hacía acabar con la lengua, volvía el martes. Voy a traer algo que nos ayude a hacerlo en la cama, ¿sí?
Dina: no te voy a dejar ir si no me sacas otro orgasmo.
Alejo: andá a la cama y esperame ahí, ya voy
Se secó el cuerpo, dejó el cabello revoleado después de secarlo con fuerza con la toalla y dándome un beso corto en los labios salió del baño. “No tardes mucho, que dentro de unas horas trabajo”.
Quedé solo en el baño, terminé de ducharme y mientras me secaba, abrí el botiquín del baño y observé que había dentro. Crema depilatoria, pasta dental, su cepillo de dientes, algún peine y un cepillo para el cabello y un pequeño bote de crema corporal. Lo tomé y leí el contenido, era perfumada y eso podría irritarla con el roce. Ya estaba por salir y vi un sachet algo arrugado en la jabonera de la ducha: crema neutra para alisado de cabello, aspiré la abertura del mismo y noté que no había fragancia, apenas apreté el sobre y salió un gel viscoso trasparente que froté en mis dedos. Algo suave y poco pegajoso: era perfecto.
Lo agarré, apagué la luz del baño y me fui a la habitación, llevando conmigo el sobre. Lo escondí un poco para que no lo viera, entré en el cuarto y noté que estaba recostada, casi dormida del lado derecho de la cama. Me encaminé al otro lado y dejé el sachet sobre la mesa de noche, abrí las sábanas y me metí en la cama junto a ella.
Al sentir el contacto de mi cuerpo con el suyo, ronroneo como gata mimosa y se apegó más a mí. “Me estaba durmiendo… ¿por qué tardaste?” susurró.
No se estaba durmiendo, simplemente se durmió abrazada a mí, y por qué no decirlo: yo también me dormí, aspirando su perfume delicado y acariciando sus cabellos aún húmedos.
A las 8:30 sonó el despertador, interrumpiendo el descanso de ambos. Entreabrió los ojos y con una sonrisa forzada, me dio un beso a modo de saludo, retiró las sábanas y desnuda como estaba viajó al baño. Sentí como se aseaba y se preparaba para ir a su trabajo, me levanté y me vestí para no demorarla.
Apareció ya con su uniforme de trabajo, presta a tomar alguna bebida rápida y partir a sus labores. Agarró una mochila con algunas cosas dentro, bebió la taza de café de pie y buscó las llaves para cerrar el departamento.
Salimos juntos, no había nadie en el pasillo, las ventanas cubiertas con cortinas no dejaban ver el interior de los otros departamentos. Antes de salir a la calle, nos dimos un beso generoso e intenso.
Dina: hermoso, te agradezco por una noche buenísima. Espero que podamos repetirla.
Alejo: seguro, gané la apuesta y voy a venir por mi premio.
Dina: si, es cierto. No desaparezcas, te voy a estar escribiendo.
Alejo: estaré esperando.
Salió rápidamente en busca del transporte que la llevaría a su trabajo, mientras yo hacía lo mismo para ir a mi casa. Tomé el celular y le mandé un mensaje a Tito, quería saber cómo le había ido y agradecerle por haber ayudados.
Cuando ya estaba camino a casa en el transporte, recibí la respuesta. “Estuvo buenísimo, no te das una idea de lo que es esta minita. Preparate algo de almorzar y nos juntamos para armar el finde. Tipo 13:30 ando por ahí”, era típico de Tito, cada juntada debía incluir comida o salida a tomar algo.
Llegué a casa, me cambié de ropas y me dispuse a preparar el almuerzo. A las 13 horas, Tito tocaba timbre.
Tito: Negro, no sabés que fiera es esta minita, se mueve como una loca, se sabe todo lo que te puedas imaginar y ¡¡como grita cuando acaba!!
Alejo: y vos te lo creiste todo…
Tito: te juro, nos llamaron la atención en el “telo”, me dejó la tanga de regalo, está empapada de jugos, es terrible
Alejo: sí, claro. Los retaron telefónicamente…
Tito: nooo, me llevó a un telo que hay en el centro, “El Eden”, parece hotel común pero es un telo. Vinieron a golpear la puerta para que bajemos el tono.
Me contó con lujo de detalles lo hecho: posiciones, perversiones, hasta un anal bruto a seco. Estaba maravillado con la minita de 23 añitos. “Quedamos para el domingo a la noche, me la pienso llevar al telo de la ruta 3, ese que son cabañas individuales, para no pasar otro papelón. Trabaja hasta la 18 y no entra de nuevo hasta el lunes a las 20. ¡¡Qué día me espera!!” contaba mientras ponía los cubiertos en la mesa para el almuerzo.
Tito: ¿y la tuya? ¿Qué tal?
Alejo: después que ustedes se fueron, nos quedamos charlando un rato más y me invitó a su departamento.
Tito: bien ahí, jugada la flaquita.
Alejo: si, tomamos unos mates y fue directo “a los bifes”, sin rodeos.
Tito: así de una, cero dramas.
Alejo: lo hablamos un poco después del revolcón y me aseguró que tenía ganas de ponerla y que le pareció interesante que fuera conmigo, por eso se dio todo. Muy tranquilo, no tan vehemente como lo tuyo.
Tito: mejor, nada de compromisos. ¿Qué hacemos hoy?
Alejo: vamos a tomar algo y vemos que se presenta, sin obligaciones.
Tito: me parece genial, si surge algo, vamos al frente.
Terminamos de almorzar y fuimos organizando la noche, siempre con la idea de no volvernos locos en busca de una pesca. Él se fue para su departamento y yo quedé en casa, dispuesto a dormir una siesta y al levantarme, ir al centro en busca de algún lubricante para el martes, cuando me encontrara con Dina. Desperté a las 17 horas, me cambié y partí rumbo a una de las galerías de la zona céntrica, sabía que en ella había un sex-shop donde podría encontrar lo necesario: lo único que me faltaba era saber exactamente dónde funcionaba y lo que podría hallar.
Recorrí el lugar y no hallaba nada que me indicara donde estaba el comercio. Me crucé con un muchacho que llevaba una caja con el membrete del lugar y le consulté. “Al final de la galería, hay una escalera a un subsuelo, está ahí, bien escondido” me indicó. Llegué a una puerta que no tenía cartel alguno, un portero eléctrico y una luz roja en la parte superior, supuse que era el lugar y accioné el timbre; segundos después, un sonido indicó que la puerta estaba abierta y empujé para ingresar. Un biombo con una abertura en un extremo y al fín una luz algo más potente (aunque no demasiado). Un mostrador y un hombre de unos 35 años esperándome.
Empleado: buenas tarde caballero, ¿Qué está necesitando?
Alejo: un lubricante para una mujer que no tiene buena lubricación vaginal
Empleado: ¿tiene alergia a algún producto?
Alejo: desconozco, ya que anoche tuvimos nuestra primera relación y allí me enteré.
Empleado: ¿algún detalle que pueda ayudarme para asesorarlo?
Evidentemente el empleado sabía del tema, pero no quería venderme algo que no cumpliera con la función. En ese momento se me ocurrió comentarle de la penetración que le hice con los dedos en la ducha, sacudió la cabeza de manera afirmativa y se giró hacia el escaparate a sus espaldas, abrió una vitrina y tomó un par de empaques que tenían algo en común: base acuosa.
Tomó el primero y me indicó que era natural y neutro, colaboraría con la lubricación pero solo eso. En tanto el segundo tenía algún componente químico más, pero al roce o al ser frotado generaba calor en la zona.
Empleado: si fuese usted, llevaría un envase pequeño de ambos y probaría primero con el neutro, si la respuesta es adecuada seguiría con ese, pero si no hay respuesta, colocaría algunas gotas del segundo. Recuerde solo unas gotas
Alejo: ¿por algo en particular?
Empleado: seguro, el calor suele ir en aumento y se utiliza en frígidas
Alejo: gracias por el asesoramiento, llevo ambos
Empleado: ¿algo más en que ayudarle?
Dudé unos segundos pero finalmente decidí preguntar: “¿Sirve también para uso anal?”. El muchacho sonrió y negó con la cabeza: “Esto es de aplicación vaginal únicamente, si quiere algo para lubricar y dilatar analmente, le recomiendo éste otro: lubrica, relaja y colabora con la dilatación” dijo mientras tomaba otra caja y la colocaba junto a las dos anteriores.
Alejo: espero no equivocarme al usarlos
Empleado: no lo hará, los primeros son líquidos sin perfume y el último tipo gel, además tiene un aroma particular, como de flores.
Agradecí el asesoramiento y me disponía a abonar cuando observé algunas cajas de preservativos que me llamaron la atención. “Son ultrafinos y saborizados, ideales para las mujeres que no suelen disfrutar del oral” dijo el muchacho. “¿Saborizados?” respondí. “Si. Fresa, chocolate, vainilla entre otros” completó. “Agrégueme una caja de fresa y una de chocolate” le pedí. El hombre ya tenía una sonrisa cómplice y adivinaba cuales serían mis intenciones. Colocó todo en una bolsa de cartón sin membretes y procedió a cobrarme, cuando ya estaba a punto de salir me dijo “hay más cositas como para disfrutar en pareja, no dude en venir y lo asesoraré para su satisfacción”. Tomé la bolsa y salí del negocio.
Mientras caminaba en busca del auto, me iba riendo al imaginar las cosas que le propondría a Dina (si es que volvía a verla) o a quien llevara a casa para que tuviésemos una noche movidita.
Me subí al auto mientras sonaba el celular con avisos de mensajes de WhatsApp. Antes de ponerme en marcha, opté por leerlos: el primero era un audio de Tito que se excusaba de salir esa noche, pues se le había presentado una chance con una clienta de su negocio con la que estaba intentado ligar desde hacía un buen tiempo. Le respondí con algo de enojo, pues me dejaba sin salida ya que jamás solía hacerlo solo y menos con la idea de ir en busca de aventuras.
Frustrado, abrí el segundo mensaje, era de Dina; pensé que se me caía la juntada del martes y debería recurrir a mi amigo Face para buscar con quien tener algún encuentro el fin de semana: nada más equivocado.
“Hermoso, me pidieron cambiar mi franco del martes para mañana domingo. ¿Tenes ganas de venir a buscarme esta noche a las 20 y nos quedamos juntos hasta el lunes a la mañana? Contestame pronto y confirmo el cambio” un audio que me devolvía la alegría. “Si Dinita, voy por vos en un rato más. Ando por el centro, paso por algunas cosas para cocinar y voy al shopping a buscarte” le respondí inmediatamente.
Unos minutos más tarde, otro audio: “a las 20 en el ingreso te voy a estar esperando” era la confirmación.
Fui por algunos alimentos y de allí al shopping. Puntualmente a las 20 llegué al portal de acceso y la ví, parada aun con su uniforme, me acerqué y detuve el auto casi junto a ella. Abrí la puerta y la llamé, se subió rápidamente y partimos.
Dina: hola hermoso, vamos a casa, asi me doy una ducha y me pongo más cómoda. ¿Qué vas a hacerme de rico hoy para cenar?
Alejo: ya veremos. Te llevo, buscas algo de ropa y vamos a mi casa.
Dina: ¿a tu casa? ¿Qué ropa llevo? ¿Para salir?
Alejo: noooo, no vas a salir hasta el lunes a la mañana. Ropa cómoda, livianita y fácil de sacar
Se rió de la ocurrencia, llegamos a su casa y no quise bajar para no demorar ni tentarme con acostarme con ella de inmediato. Tardó unos 10 minutos y volvió con su uniforme y una mochila al hombro. “¿te molesta que me bañe en tu casa y lave allí mi uniforme? Quiero aprovechar todo el tiempo que tenemos” dijo mientras cerraba la puerta. “Para nada, espero estés cómoda y la pasemos genial” le dije mientras tomaba dirección a casa. Al llegar, la hice permanecer en el auto, abrí el portón y lo guardé. Una vez dentro y con el portón cerrado, la ayudé a bajar, abrí la puerta de acceso y entramos.
Miraba todo en detalle, dejó la mochila en una silla y la tomé de la mano para llevarla a recorrer el lugar; le enseñé la casa: las dos habitaciones, el baño, la cocina y le indiqué donde estaba el lavadero para que colocara allí sus ropas para lavar. Volvimos a la cocina, tomó la mochila y fue a darse la ducha mientras yo preparaba una picada y un par de cervezas. Aproveché el momento para bajar del auto lo que había comprado en el sex-shop y lo dejé en la mesa de noche de mi lado, algo escondido pero muy a mano.
Regresó con un camisón celeste corto, descalza y se aproximó a mí. Por primera vez nos dimos un beso desde que volvimos a encontrarnos, deslicé mis manos por su espalda desde los hombros hasta la curva de su culito, al que apreté de buena manera.
Dina: no te apures hermoso, tiempo nos sobra, déjame reponer algo de energía, que estoy cansadita de tanto caminar. Tuve un día muy movido
Alejo: mmm… tengo ganas de comerte.
Dina: no seas malo, te llamé porque yo también quiero estar con vos, pero necesito un poquito de descanso.
Comimos poco, nos tomamos un par de cervezas cada uno y después de juntar los restos, nos fuimos a la cama. Le abrí el lado izquierdo, la dejé ingresar y tras cubrirla, le entregué el control remoto del tv mientras iba por mi ducha. Una vez higienizado, me calcé un bóxer y una remera y me metía a la cama con ella, me recosté y le extendí un brazo para que se acomodara junto a mi mientras mirábamos una película que ella había elegido. Nos dimos calor mutuamente, y varios besos cortos durante los cortes comerciales, hasta que la película acabó. A partir de ese momento, dejamos de mirar tv y nos dedicamos a acariciarnos y jugar con nuestras lenguas.
No habrán pasado unos 10 minutos que su camisón quedó tendido en el suelo al igual que su brassier y tanga. Extendió una de sus manos y bajó apenas el bóxer, para luego calzar con uno de sus pies el elástico y bajarlo hasta quitarlo, se subió sobre mi cuerpo y se dedicó a besarme y cada tanto arquear sus cuerpo para que yo besara sus pechos y mordisqueara los pezones. Abrió sus piernas y trató de ubicarse para que ya hubiese roce de mi verga con los labios de su concha. Se movía lentamente, provocándome sin dejar que la penetrara, rodeaba la punta y la desplazaba a todo lo largo de su raja.
Retiré las sábanas y tomándola de las caderas, la ubiqué directamente a punto de penetración. Así montada, costaría muy poco que entrara en ella, pero no se lo permití. La abracé y la hice girar, que quedara debajo de mí. Extendí una de mis manos y tomé el frasco con el lubricante neutro, como pude desenrosqué la tapa y corriéndome apenas de su cuerpo, dejé caer varias gotas sobre la hilera de vellos, al sentirlas tan frías tembló.
Dina: ¿Qué estás haciendo?
Alejo: déjame trabajarte y ya verás
Pasé la verga por la zona y llevé el fluido a los labios vaginales. La froté apenas y la humedad se hizo notar.
Dina: me la estás mojando, te dije que no funcionaba
Insistí y podía notar como resbalaba, buscando entrar en su cueva.
Dina: mmm se siente lindo, aunque frío, lo que daría porque esa humedad me hiciera calentar un poco más…
Dejé el primer frasco y tomé el segundo, repetí el proceso, algunas gotas en la zona de la raja y la fricción lenta pero continua.
Dina: guau… qué lindo se siente, calentita, resbalosa mmm… quiero más…
No volví a echarle lubricante, sino que comencé a acelerar el roce, abriéndole los labios y metiendo apenas la punta, entrando y saliendo…
Dina: Dios… que caliente la tengo… como me gusta… metela, dale, metela…
Lejos de apurar el bombeo, fui entrando más y más, de manera lenta y tan profundo como me era posible, hasta que mi cuerpo hacía tope con el de ella, sus gemidos se multiplicaban y se volvían más intensos cuando llegábamos a chocar nuestros cuerpos.
Dina: así papito, así me gusta, ah!! Aahh!!
Se aferró a mi cuerpo y me presionaba sin dejarme salir de su interior, tensó toda su humanidad y clavó sus uñas en mi espalda mientras llegaba a un orgasmo intenso, sentía como latían sus músculos vaginales y para mi sorpresa empezó a escurrir líquido desde su interior, bañando mi verga.
Se aflojó totalmente, con su concha palpitante y mojadisíma, quedó rendida casi inerte.
Algunas lágrimas brotaban de sus ojos y rodeaban sus mejillas, mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.
Dina: gracias por este regalo, jamás me había mojado tanto y disfrutado de hacer el amor… que bien se siente, como lo disfruté…
Mientras hablaba no paraba de acariciar mi rostro y cubrirlo de pequeños besos. El agradecimiento se sentía genuino, y yo no podía dejar de pensar en lo bueno que había resultado concurrir al sex-shop y aceptar las recomendaciones del empleado. Sin dudas, debería volver y agradecerle los consejos y asesoramiento.
Un rato después y ambos repuestos de la actividad, nos levantamos de la cama y vimos cómo habían quedado las sábanas, con grandes manchas producto de los lubricantes y los fluidos que ambos habíamos derramado. Nos reímos y quitamos la ropa sucia, la hicimos un bollo y la llevamos al baño donde procedimos a darnos una ducha reparadora.
Tras armar la cama nuevamente, nos metimos en ella desnudos a mimarnos y prodigarnos cariño, mientras nuestros cuerpos recuperaban temperatura.
Dina: ¿cómo sabías que hacer y usar para arrancarme tantos jugos?
Alejo: voy a hacerte una confesión, fui a un sex-shop y hablando con el empleado me guio en la compra y aconsejó qué y cómo utilizarlo.
Dina: ufa… te atendió un hombre, ¿qué pasa si voy yo a comprar? Ni loca le diría todo lo que me pasa para que me aconseje…
Alejo: entiendo que también habrá alguna mujer para atender clientes
Dina: vas a tener que decirme donde queda y así voy a buscar “provisiones”
Alejo: seguro Dinita, pero hay algunas cositas más que compré para nosotros, ya verás.
Dina: ¡¡guau!! Si es tan bueno como lo que ya usaste, voy a terminar el domingo destruida… ¿me adelantas algo? Dale contame…
Alejo: no seas ansiosa
Dina: dale… no seas malito…
Alejo: bueno, pero solo una cosita más ¿entendido?
Giré hacia la mesa de noche, abrí el primer cajón y tomé la caja de preservativos saborizados. Me volví hacia ella y se los alcancé.
Dina: ¿forritos? Hace años que me cuido, y soy muy puntillosa con eso, no quiero quedar embarazada, me gusta disfrutar del sexo piel a piel.
Me reí pues no había reparado en la escritura de la caja y mucho menos imaginado cuál sería el uso.
Dina: malo, ¿de qué te reís?
Alejo: lee la caja Dinita…
Me hizo caso y comenzó a leer el envase.
Dina: preservativos de látex, extrafinos, lubricados, aromatizados sabor chocolat… ¿¡¡¡qué!!!?? ¿Forritos con sabor?
Abrió los ojos bien grandes de manera sorpresiva y la boca del mismo modo. No pude evitar la carcajada y recibir un codazo como respuesta a la misma: “¿Y para qué queres forritos con sabor?” Preguntó de manera ingenua. Nueva carcajada de mi parte y reiterado codazo…
Alejo: dijiste que no habías hecho orales, solo entregada la conchita y bueno, para que sea conmigo con quien te estrenes, te compré algo especial para que te animes y no tengas que ir directamente sobre la piel.
Dina: ¡¡Tramposo!! ¿Quién te dijo que voy a chupártela, con o sin forro?
Alejo: la primera vez que nos acostamos, hablamos de cosas nuevas y romper con lo tus bloqueos ¿no?
Dina: si, pero no pensaba en eso. Tal vez entregarte mi culito, pero de chupar nada. Además esos pelos que te rodean la verga, me dan cosita.
Alejo: ok, al levantarnos mañana solucionaremos ese tema y dejaremos todo listo para la tarde, en que vas a debutar como chupapijas.
Me miró medio extrañada, me devolvió la cajita y se abrazó a mí, acomodándose para dormir. “Ya veremos, mañana será otro día” dijo antes de besarme y entregarse al descanso. Apagué la luz de la mesa de noche y la imité en el descanso.
El ruido de la ducha del baño me despertó, miré la hora en el celular, eran la 12:30. Me estiré aún dentro de la cama y cuando estaba por levantarme, la vi entrar a la habitación solo cubierta por un hilo y una toalla enroscada en su cabello.
Dina: buenos días hermoso, ¿descansaste bien?
Alejo: si Dinita, ¿vos?
Dina: también, además relajadísima. ¿Vas a ducharte?
Alejo: si y a eliminar una de las barreras de tus bloqueos, los pelitos de allí abajo.
Dina: si querés te ayudo
Alejo: obvio que vas a ayudar, hay sectores que no puedo ver.
Se sonrió y buscó dentro de su mochila algo de ropa para ponerse. Me levanté y pasando a su lado, le hice una caricia en la cola, deslizando el dedo mayor por la raja.
Dina: ¡¡¡epaaa!!! ¿Ya estamos buscando acción?
Alejo: esa colita es una tentación permanente…
Dina se giró y me dejo la conchita a tiro para que también la acariciara, cosa que hice sin dudar, abriendo a través de la fina tela los labios vaginales. “¿No habrá ni un besito para mis tetitas? Se van a poner celosas” dijo con voz acaramela.
Las uní con mis manos y juntando los pezones, los recorrí con la lengua lentamente. “Ufff, no sigas o vamos a volver más rápido a la cama. Andá a la ducha, ya voy a ayudarte con lo tuyo” dijo empujándome.
El primer paso estaba dado, ya estaba pensando en quitar mis vellos por lo que la chupada de verga estaba ahí, muy cerca…

PARTE III

Me levanté y pasando a su lado, le hice una caricia en la cola, deslizando el dedo mayor por la raja.
Dina: ¡¡¡epaaa!!! ¿Ya estamos buscando acción?
Alejo: esa colita es una tentación permanente…
Dina se giró y me dejo la conchita a tiro para que también la acariciara, cosa que hice sin dudar, abriendo a través de la fina tela los labios vaginales. “¿No habrá ni un besito para mis tetitas? Se van a poner celosas” dijo con voz acaramela.
Las uní con mis manos y juntando los pezones, los recorrí con la lengua lentamente. “Ufff, no sigas o vamos a volver más rápido a la cama. Andá a la ducha, ya voy a ayudarte con lo tuyo” dijo empujándome.
El primer paso estaba dado, ya estaba pensando en quitar mis vellos por lo que la chupada de verga estaba ahí, muy cerca…
Me metí al baño y busqué en el vanitory, una tijera, una máquina de afeitar nueva, espuma de afeitar y algún humectante. Está clarísimo que quienes nos afeitamos seguido utilizamos esos productos en la cara, por lo que supuse que sería lo adecuado para mi zona baja: si, lees correctamente, jamás me había depilado la zona.
Habiéndolos encontrado, los ubique sobre la tapa del inodoro y me metí en la ducha. Abrí el agua caliente y me dedique al aseo, poniendo especial atención en la zona, mientras lo hacía Dina ingresó al lugar y soltó una risita cómplice.
Dina: ¡¡por favor!! ¿¿No me digas que jamás te quitaste pelos del vientre y los huevos?? No se afeitan hermoso, porque después te pica terriblemente
Alejo: ¿qué se hace, señorita experta?
Dina: se recorta de manera prolija y eventualmente se aplica alguna crema depilatoria, jamás se afeita por molesto y por riesgoso.
Cerré los grifos y salí de la ducha. Me sequé cuanto pude y quedé frente a ella, absolutamente desnudo. Me miró, tomo las tijeras y se aproximó. “te voy a pedir que trates de no moverte, para evitar accidentes y cortes. Seguramente se te va a parar cuando la manipule, y eso genera más irrigación en la zona, ¿si?”
Con delicadeza, comenzó a cortar los vellos más largos y lentamente fue aproximándose a la piel. Lo hacía con maestría, obviamente sabía bien lo que estaba haciendo.
Dina: Además de arreglarme una vez cada 10 o 15 días, hice un curso de estética y depilación corporal en un instituto y las prácticas las hacíamos con bailarines, y modelos, la mayoría gays, que traía la profe al curso. Vi cada cosa…
Alejo: ¿la mayoría? ¿Y los otros?
Dina: obvio que se les paraba, pero la profe se encargaba de “bajarle” el ánimo: un chorrito de agua helada y listo.
Alejo: habrás visto cada verga…
Dina: te reirías si supieras que las más grandes las tenían los trolitos, alguna propuesta tuve para terminar trabajos en sus casas, pero no acepté
Alejo: se te haría agua la boquita y algo más…
Dina: no puedo negarlo, algunas me sorprendían con el tamaño, pero al ser putitos, me bajaban la calentura…
Mientras hablaba, seguía con el corte de manera tranquila, evitando que se me parase y provocase algún accidente. Cuando ya solo quedaban unos milímetros de vellos, se detuvo, observó el trabajo y se sintió conforme con lo logrado. “Cuando vuelvas a ducharte, usa apenas unas gotas de acondicionador de cabello para que sea más suave, como si te lavaras la cabeza, ¿sí?“ Con el toallón levanto los pelos cortados del suelo y los tiró a un cesto.
Dina: Caballero, terminé con mi trabajo ¿piensa pagarme? No acepto tarjetas de crédito, tal vez transferencias y efectivo.
Alejo: ¿no hay canje?
Dina: lo voy a pensar, mientras ¿me prepara algo de comer?
Alejo: será un placer
Me calcé un bóxer, una remera y entre risas nos fuimos a la cocina. Ella preparó el mate y yo busqué en la heladera un trozo de carne que coloqué a cocinar en el horno mientras improvisábamos un desayuno.
Dina: te agradecí varias veces hacerme gozar tan intensamente, pero no te pregunté por qué me buscaste
Alejo: Dinita, no soy joven claramente y necesitaba saber si podía satisfacer a una mujer muy joven. Las viejitas son más sencillas… ¿y vos?
Dina: los pendejos solo quieren ponerla y no se preocupan por ayudarte a disfrutar a vos también. Solo lo maduritos lo hacen y además saben cómo lograrlo. Eso me gusta
Alejo: buen razonamiento, ¿tuviste muchas aventuras con gente como yo?
Dina: no, pero las disfruté muchísimo pese a mi problema de humedad
Alejo: ¿cómo hiciste para gozar en esos casos?
Dina: me dejaba embadurnar con gel o cremas, pero al día siguiente lo sufría mucho. El ardor era insoportable.
Alejo: espero no pase con los lubricantes que traje.
Dina: ya lo hubiera notado. Vas a tener que decirme donde ir a buscarlos
Revisé si ya estaba lista la comida y mientras almorzábamos, sentimos los primeros truenos y la lluvia golpear los vidrios de las ventanas. “Hermoso clima para pasar la tarde en la camita mirando tele” dijo mientras un escalofrío le recorria el cuerpo. “Andá y metete en la cama, ya te alcanzo, limpio un poco y voy” le respondí. “No tardes mucho, te voy a estar esperando” dijo mientras se iba a la habitación. Junté todo, lo dejé en el fregadero y me fui tras ella. Cuando entré, la vi acostada y pude observar que la remera que llevaba puesta estaba colgada del respaldo de la silla de la habitación, con suerte, solo estaría cubierta por el hilo. La imité, me quite la remera y son el bóxer solamente me metí bajo las frazadas, había elegido una serie algo intensa, donde el sexo y las drogas era la temática dominante.
Se acercó y me abrazó, pude notar que el hilo tampoco estaba presente. Imaginarla desnuda bajo las frazadas motivó el inicio de la erección, los primeros besos y las caricias consecuentes. Unos minutos después, ya no sabíamos si los protagonistas de la serie eran buenos o malos, si escapaban o se entregaban. Definitivamente habíamos perdido el interés en la tv y lo reemplazábamos por recorrernos con caricias y besos.
Dina: negri, ¿me comerías la conchita como la primera vez?
Alejo: obvio, ¿y vos probarías devolverme el favor?
Dina: sin presiones, voy a intentarlo.
Con la habitación iluminada solo por el resplandor de la tv, corrimos las sábanas y frazadas, quedando tendidos en la cama. Busqué a tientas la caja de preservativos y el gel para dilatarle el culito, le entregué la caja y me llevé conmigo el pomo. Me fui ubicando entre sus piernas, que abrió a la espera de recibir la lengua en su raja.
Comencé a besarle los labios vaginales con ternura, cada tanto metía mi lengua entre ellos, buscando abrir la cueva y rozar el clítoris. Abrí los cachetes del culito y prolongué por primera vez el beso hasta rozar su ano, se sobresaltó pero dejó que siguiera. Sus manos luchaban con el elástico del bóxer para retirarlo y liberar la verga que ya estaba empezando a destilar jugos previos. Cuando logró quitarlo, aferró la verga y la llevó a sus tetas, la paseaba de una a otra, dejando rastros de jugos en el recorrido, podía notar cuando la posaba en los pezones y la frotaba en la punta. A cada roce de pezón y verga, le correspondía con un lengüetazo dentro de la concha, dejando por unos segundos de abrirle los cachetes del culo, pude destapar el gel para regarlo con él y deslizar un dedo al borde, para empezar a dilatarlo y meterlo en su interior. Lanzó un suspiro cuando sintió que ya entraba la punta del dedo, dejó de menearme la verga y se puso de lado, se sintió un ruido a plástico desgarrado, segundos después volvió la presión en la verga y una caricia desde la punta a la base. Dina estaba a punto de romper una nueva barrera: ya había colocado el forro en la verga, con dos o tres mamadas más que le hiciera o le metiese un poco más el dedo en el culo, me la estaría mamando.
Sin dudar, me aferré a sus piernas, enterré la lengua tan hondo como pude y dejé que el dedo se fuese por completo al interior de su culo: no me equivoqué, el comienzo del mete-saca de mi dedo coincidió con un calor envolvente en la verga: Dina estaba empezando a mamarla. Algo torpe, es cierto, pero con intensidad como si quisiera tragarla por completo.
Hacía arcadas, pero no dejaba de meterla y sacarla de su boca, chupando con fuerza, rozando con sus dientes la punta y parte del tronco. No podía liberarme de entre sus piernas que me apretaban con fuerza, para pedirle fuese más despacio; opté por dejar el dedo quieto unos segundo y mi lengua sin volver a meterse en su concha, eso la llevó a frenar su intensidad.
Lentamente, comencé a moverme otra vez y comprendió el mensaje: si yo aceleraba, ella también lo hacía, si frenaba, me imitaba. En un esfuerzo, la monté sobre mí, se acomodó un poco mejor y completamos un 69 con todas las letras. Le bombeaba la verga en la boca y ella respondía oprimiendo sus piernas sobre mi cara. A duras penas, pude alcanzar otra vez el pomo de gel y dejé caer un chorro sobre el agujero del culo, para que mi dedo resbalara más fácilmente: primero uno y luego dos, la dilatación funcionaba a pleno y la boca de ella también: chupaba, retenía, presionaba y se tomaba fuertemente de mi culo para enterrarla tan adentro como podía soportar.
En un momento dado, liberó su boca y pidió casi a gritos que le llenara el culo de verga, rápidamente y sin sacar mis dedos de ella, me moví y ubiqué a su espalda, abrí sus cachetes y cambié los dedos por la verga, que se fue dentro de su cuerpo sin dificultad. Hacer tope por primera vez de mi cuerpo con el suyo mientras estaba totalmente dentro de su culo fue lo máximo.
La agarré de la cintura y mantuve por unos segundos esa penetración.
Dina: movete, cógeme, lléname el culo de leche que me vengo y no voy a aguantar mucho más. ¡¡Dale!!
Di dos o tres bombazos y noté como sus dedos acariciaban mi verga mientras la metía en su culo, para luego perderse dentro de la concha y pajearse de manera muy furiosa. Ya estaba a punto de explotar, no podía resistir mucho más la presión de ese culito firme, saqué la verga, arranqué el forro y así, directamente a pelo volví a meterlo, quería dejarle la leche adentro, aunque solo fuesen dos o tres chorros, pero suficientes para hacerla mía.
Gritamos cuando mi leche la inundó y su culo se cerró apretando la verga hasta hacerme doler. Podía sentir como le palpitaba el esfínter, y con un movimiento furioso, como si despidiera un gas, me sacó de su interior.
Cayó de frente a la almohada, sus piernas se aflojaron y quedó tendida en la cama. A duras penas, pude correrme unos centímetros y también caí rendido.
Las respiraciones que hacía unos minutos eran desbocadas, lentamente se regularizaban. Con un gran esfuerzo, logré cubrir nuestros cuerpos con sábanas y frazadas y sin más energía, nos dormimos.
Fui el primero en despertar, me ubiqué boca arriba en la cama y tomando el control de la tv, la encendí con volumen bajo. El reloj anunciaba las 23:30 del domingo, la lluvia seguía cayendo aunque mucho más tranquila.
Una hora después, Dina se movió un poco, llevó una de sus manos al culo y extrañamente, dejó el dedo mayor en su interior, quieto pero profundo.
Balbuceo algo inentendible y volvió a quedarse inmóvil. Una hora más tarde despertó, y mirándome sonrió.
Dina: Estoy muerta, no doy más pero estoy tan satisfecha que no podría soportar un polvo más
Alejo: yo tampoco, si se me para de nuevo hago una fiesta.
Nos reimos de nuestros dichos y quedamos en la cama hasta que las piernas y los brazos volvieron a respondernos.
Dina: Voy a llevarme no solo los mejores recuerdos y polvos de los últimos que tuve, sino todos los truquitos que trajiste para cogerme.
Alejo: pero tenemos para varias juntadas más…
Dina: tengo miedo que si volvemos a hacerlo, ya no sienta lo mismo.
Alejo: ¿fuimos un touch and go?
Dina: FUE EL TOUCH AND GO, único y por eso no puede volver a repetirse
Así, tirados aún en la cama, desnudos y con rastros de lo vivido, Dina me daba un mazazo. Me levanté de la cama y fui a la cocina, me serví un vaso de whisky y me quedé sentado allí. Ella se levantó, armó la mochila, guardó sus ropas ya lavadas, aún desnuda, se sentó a mi lado, se sirvió un vaso de jugo y tomó mis manos. “Entendeme, cualquier cosa que hagamos de aquí en más solo lo haríamos para comparar lo que vivimos o lo que es peor, intentaríamos iniciar una relación y no lo quiero por ahora” dijo mientras bebía.
Lo habíamos pasado genial, pero no podía entender que ya no habría otro encuentro. “¿te puedo pedir un favor? Le dije haciendo un último intento por evitar que todo quedara allí. “Obvio, mientras no sea volver a dormir juntos en algún otro momento” respondió.
Alejo: quédate hasta mañana y que pase lo que tenga que pasar
Dina: ok, pero nada de metérmela de nuevo en el culo.
Me tomó de la mano, nos duchamos juntos y bajo la ducha empezamos a comernos mutuamente, mojados nos fuimos a la cama y nos revolcamos con furia, ella misma se llenó la concha con el lubricante que calentaba y subiéndose a mi cuerpo cabalgó hasta obtener un orgasmo intensísimo, gritó cuando llegó al punto más alto y luego se dejó caer a mi lado. Estábamos exhaustos y nos dormimos al instante.
Al despertar, no la encontré a mi lado, me levante y fui a buscarla pero no la hallé. Tan solo había una nota sobre la mesa: “Gracias por un fin de semana único, de nuevas experiencias y placer intenso. Dina”.
Preparé un café, me senté a la mesa e hice un bollo con el papel. Tito tenía mucha razón, las chicas de veintitantos solo quieren una buena noche o (en mi caso) un buen fin de semana.

PARTE IV

Si leíste las tres entregas anteriores, sabrás que con la ayuda de mi amigo Tito hice un cambio de look tratando de conseguir compañía femenina más joven. Después que Dina se fue, quedé con ganas de algo más pero salir solo no es uno de mis fuertes por lo que me resignaba a pasar el lunes (feriado en Argentina) leyendo relatos y no mucho más.
Pasado el mediodía, el timbre de casa empezó a sonar de manera insistente: ¿a quién se le ocurriría salir a la calle con un día de perros? Lluvia, frío…
Enojado, pues ya había armado mis actividades de lunes, fui a la puerta y me encontré con Tito, que traía un six-pack de cervezas y una caja de la que salía el inconfundible aroma de empanadas recién hechas.
Tito: ¿qué haces viejo? ¿Te estas por preparar un tecito para ir a ver tv a la cama? ¿Vas a mirar Volver (Canal de tv del recuerdo)?
Entró entre carcajadas, viéndome en jogging, pantuflas y remera muy desgastada. Dejó la caja sobre la mesa, corrió una de las sillas y se sentó, abrió una de las latas de cerveza y le dio un buen sorbo.
Alejo: te hacía en el telo con Susan
Tito: hace un rato la dejé en la casa, tiene un evento de baile a las 18
Alejo: ¿evento de baile?
Tito: si, una amiga tuvo un accidente vial y hacen algo para juntar dinero para el tratamiento de rehabilitación
Alejo: y vos ni loco vas a ir…
Tito: solo, no, por eso estoy acá.
Alejo: Tito, no jodas. ¿Yo en un evento de baile?
Tito: son demostraciones, no vas a ir a bailar
Abrió la caja de las empanadas, tomó el folleto ilustrativo que identificaba cada sabor, eligió una y empezó a comer, mientras me contaba del fin de semana que estaba pasando con Susan, solo interrumpido por el revolcón con la clienta del sábado. “No te das una idea de lo que es esta minita, le gusta la verga a lo loco. Me exprimió entre el viernes y el sábado a la mañana, entrega todo y le gusta lo que se te pueda ocurrir” contaba mientras la segunda empanada desaparecía. “Cuando me llamó Lucre, el sábado a la tarde no sabía que hacer: seguía con la morochita o al fin me encamaba con Lucre. Menos mal que Susan me pidió que la dejen en la casa hasta ayer a las 12 de la noche, porque me perdía todo” Remató.
Me contó que fue a lo de Lucre a las 4 de la tarde y se quedaron encerrados en casa de ella hasta las 11 de la noche, en que fue a su casa, se dio un baño y fue en busca de Susan. La llevó a su casa y estuvieron juntos hasta hacía unos 40 minutos.
Tito: me tenés que hacer la gamba, me dejó dos entradas para el evento y a la salida nos vamos para Sierra a pasar dos o tres días.
Alejo: ¿y qué querés que haga yo?
Tito: acompañame, dijo que había buena mercadería, por ahí ligas algo que te saque a la flaquita de la cabeza.
Alejo: la pasé genial con Dina, no sé si me enganche tan fácil.
Tito: dale, vamos y si no hay nada que te calce, te volves.
Sonaba interesante la idea, no muy convencido accedí. Me vestí con algunas de las ropas elegidas en el shopping, me subí al auto y lo seguí a Tito rumbo al evento.
Al llegar fuimos recibidos por dos integrantes de la organización del evento, una de ellas me resultaba conocida: su rostro, algo de su figura y la forma de expresarse, me recordaban a Rita.
¿Quién era Rita? La conocimos cuando éramos estudiantes del instituto terciario donde nos graduamos. Ella era, por aquel entonces, la novia de uno de nuestros profesores: Cacho, él era mucho más grande que ella, quizá unos 10 años, y organizaba encuentros de vóley con empleados de una empresa extranjera. Resultaba sencillo que desafiara a los alumnos a armar un equipo que enfrentara a los “rusos” para los que Cacho trabajaba, además de la docencia. Esas tenidas deportivas terminaban siempre en una cena conjunta, donde los extranjeros concurrían con sus esposas y nosotros con nuestras novias de ocasión.
Por aquel entonces Rita tendría unos 27 o 28 años, parecía una modelo, rubia, alta, vestida siempre muy sugerente y resaltaba de su físico un buen par de tetas (obviamente operadas) que oprimía debajo de remeras y tops deportivos muy ajustados. Hija única de una familia de prósperos ganaderos, era la novia oficial de Cacho (que jamás tenía pareja fea).
Cuando egresamos del estudio, nos enteramos que Cacho fue despedido del instituto por haberse involucrado con un par de alumnas que eran la atracción del curso: eso sí tenían tantos conocimientos informáticos como yo de energía nuclear, habían egresado con nuestro mismo título gracias a ciertos “beneficios”.
Le perdí el rastro a Rita, hasta que ingresé como técnico en mantenimiento de centros de computación en un par de escuelas de la ciudad. Casualmente, ella era la vicedirectora de una de ellas. Se había divorciado de Cacho cuando descubrió la infidelidad (que no era la primera, sabíamos de varias) y por razones de fuerza mayor se había dedicado a la docencia, para escalar por méritos y así llegar a la vice dirección de la escuela.
No fue hasta la segunda reunión de personal que me reconoció y comenzamos a tener una relación más fluida. En días de trabajo, fuimos compartiendo historias, charlas y afianzamos nuestra relación, siempre con distancia, pues ella me lleva unos 5 años de edad.
Cuando ya habíamos compartido unos 6 años de trabajo, se dio una oportunidad única: nuestra escuela fue seleccionada para un proyecto y se montaría en ella un centro informático de última generación. Debimos concurrir a la ciudad de La Plata para la entrega protocolar del equipamiento, compartimos el viaje y el hotel donde nos alojábamos. Tras la cena formal, volvimos al hotel y como típicos viciosos, permanecimos en el bar del lugar bebiendo un par de tragos y fumando hasta avanzada la madrugada. En aquel momento, dejamos de ser directivo y técnico, para ser dos viejos conocidos que hablaron de sus vidas, sus buenos y malos momentos, sus historias y algunas anécdotas. Cuando ya la noche había dejado paso a la madrugada, y el alcohol nos pegaba un poco, subimos a nuestras habitaciones y al despedirnos, nos dimos un abrazo, cálido y peligroso, que concluyó con un ligero beso en los labios. No nos atrevimos a más, pero eso sentó un precedente.
Un par de meses después, volvimos a ser citados, ahora en Mar del Plata, compartimos el viaje nuevamente y a diferencia del viaje anterior ya no fuimos a un hotel sino a su departamento. “No vamos a depender de horarios establecidos y podemos pasarla mucho mejor” me dijo en un break a las 9 de la mañana del primer día. Concluyó el día de trabajo a las 17 horas, y nos fuimos a su departamento: pequeño, con dos habitaciones, cercano a la playa y eso nos permitía salir a cenar sin depender de horarios y guardarnos los viáticos para gastar en cosas personales. Compramos algo de comer en una rotisería y un par de botellas para beber mientras extendíamos la charla.
Volvimos al departamento, nos duchamos, cenamos con ropas muy cómodas y extendimos la charla por horas. Cuando las botellas ya habían quedado vacías, nos fuimos a despedir y aquel primer beso tímido de La Plata, se volvió algo más intenso y terminamos pasando la noche juntos en su cama. Fueron horas de pasión desenfrenada, donde disfruté de una mujer con una experiencia increíble. Aquello duró las tres noches que permanecimos en Mar del Plata, basta con decir que jamás pisé la arena, ni compré alfajores y mucho menos sweters. Recorrí cada rincón de su cuerpo, disfruté de sus habilidades amatorias, de su capacidad de aguantar por horas en la cama, de esas tetas operadas que se endurecían con el roce de mis dedos o de sus labios mamándome.
Fuimos amantes por cerca de dos años, aprovechando viajes, reuniones en poblados cercanos y hasta los sillones de su despacho cuando no había clases en la escuela.
Hasta aquí los recuerdos, y ahora volvamos a la actualidad.
El evento musical fue bastante atractivo, pudimos observar mujeres de nuestra edad moviendo las caderas con habilidades que hacían imaginar lo que serían en una cama, desnudas y sacudiéndose en pleno acto sexual. Por otro lado, jóvenes como Susan o Dina con vestimentas que poco dejaban a la imaginación: rajas súper marcadas, tangas que se perdían entre los cachetes de culos firmes, pechos a punto de reventar brassier deportivos y al final las bailarinas se acercaron a sus invitados para llevarlos a la pista y compartir un rato de danza.
Obviamente Susan vino por Tito, y éste tras hacerse rogar un poco aceptó y se mezcló entre las parejas compartiendo un buen momento. Por mi parte, me quedé allí observando todo: aclaro que para mí la danza es equivalente a hablar chino mandarín, nulo.
Estaba observando todo cuando se acercó a mi Rita.
Rita: discúlpame, ¿sos Alejo?
Alejo: si Rita, más viejo, más canoso pero sigo siendo yo
Me abrazó y me plantó un par de besos, me contó que se había quedado mirándome y tratando de recordar de donde me conocía. Un gesto de mi parte la hizo identificarme, y allí quedó casi convencida de quien yo era.
Rita: ¿qué hacés por acá? ¿Viniste a ver a alguien o con alguien?
Alejo: acompañé a un amigo, estudiábamos juntos y él quiso ver a su amiga
Rita: que bueno ¿qué haces después? Me gustaría charlar con vos
Alejo: nada al menos por ahora
Rita: genial, termino con unos temitas y vamos a tomar un café, ¿sí?
Alejo: aquí te espero
Rita: ya vuelvo
Tito volvió a donde yo estaba y como es su costumbre, no se anduvo con rodeos. “¿Te enganchaste con la veterana? Está interesante” dijo.
Alejo: no tenés idea quien es… ¿te acordás de la novia de Cacho? ¿El profe el SPED II?
Tito: cómo olvidarse de él, se enfiestaba con las mejores hembras del curso
Alejo: esa es la ex de Cacho, fue vice de una de las escuelas donde trabajé
Tito: ¿no jodas? ¿La esposa de Cacho? Estaba buenísima, la rubia…
Alejo: esa misma.
Tito: pasala bien Negro, yo me voy con Susan a Sierra a un spa, cuando vuelva te llamo y cuento como me fue.
Alejo: no te enganches Tito
Tito: ni loco, pero me voy a dar todos los gustos. Nos vemos.
Casi se chocan cuando Tito se iba, Rita ya traía su abrigo y cartera al hombro, dispuesta a salir.
Rita: Pido un Uber y nos vamos
Alejo: no hace falta, estoy con auto
Rita: ok, vamos entonces.
Nos encaminamos a la salida, ella se despedía de varios al salir y quedaba en volver a verse a la brevedad. Ya en la calle, la tomé por la cintura y la guie al auto, nos detuvimos y ascendimos, puse el auto en marcha y girándome hacia ella pregunté: “¿A dónde vamos?”, dudó unos segundos para luego responder “A mi casa, quiero sacarme estos zapatos que son una tortura. Llevo casi 5 horas de pie y necesito descansar”. Yo sabía dónde vivía hace unos 15 años atrás, pero no si aún lo hacía en el mismo lugar.
Alejo: ¿Dónde siempre?
Se rio, y asintió con la cabeza. “sigo viviendo en la misma casa, aunque ya debería mudarme, estoy grande y no me resultan cómodas las escaleras, además que ya me quedé sola, los chicos formaron pareja” comentó.
Al cabo de 15 minutos, me detenía en la puerta de su casa. Abrió la puerta y la escolté por aquella escalera que alguna vez había sido testigo de besos y caricias en la penumbra. Llegamos a la planta alta y accionó la luz de una lámpara, la habitación se iluminó tenuemente: el mismo sillón, el juego de living donde más de una vez habíamos dado rienda suelta a nuestra locura y deseos. Colgó el abrigo y si detenerse fue a la cocina. Yo permanecía recordando detalles y ella me trajo a la realidad “Dale, pasá que los fantasmas no te atrapen” dijo mientras se sentía como abría los grifos y ponía en marcha la vieja cafetera.
Alejo: Está todo igual, como lo última vez…
Rita: no todo, algunas cosas han cambiado otras no tanto
Alejo: ¿vos decis?
Rita: obvio, estamos más grandes, ya somos dos ex docentes
Alejo: solo eso, Rita
Rita: no Negro, éramos dos locos, desesperados, desatados… Más jóvenes
Alejo: ¿estas segura? Tanto no has cambiado, yo sí, más gordo, más viejo
Rita: No jodas Negro, estoy fofa, se me cae todo, menos las operadas claro
Alejo: habría que ver si es tan así
Rita: no me ves desde hace ¿cuánto 10 años? Y decís que estoy igual
Alejo: si te viera en bolas… podría ser más objetivo…
Se rio de buena gana, más de 10 años sin verla y apenas entrado en su casa le pedía que se pusiera en bolas, un descarado total. Ya se había quitado el saco y la calefacción central empezaba a templar bastante el ambiente, sirvió los cafés y nos sentamos en aquel sillón, mudo testigo de nuestras locuras, bebimos tranquilos y charlamos por casi dos horas, las chanzas nos hacían chocarnos los hombros, darnos cortos abrazos, mirarnos a los ojos cuando la charla se volvía sería y finalmente darnos cariños cuando los recuerdos se volvían calientes.
Se acercó a la mesa y tomó uno de sus típicos cigarrillos largos y finos, lo encendió y le dio una buena calada. Se recostó en el sillón y las apetitosas tetas operadas se pusieron muy firmes, apuntando con los pezones al techo.
Rita: ¿por qué te fuiste de la escuela?
Alejo: por vos
Rita: ¿cómo por mí?
Alejo: ¿te hubieses bancado que fuese tu amante y trabajar juntos?
Rita: no creo, había dos o tres que estaban atrás tuyo, no me lo bancaba
Alejo: ahí tenés tu respuesta
Rita: pero te fuiste y ni siquiera volviste a casa, a dormir conmigo cuando ya no estabas en la escuela, me dio mucha bronca
Alejo: puse distancia, y eso ayudó
Rita: a vos te ayudó, a mí no
La charla se estaba poniendo tensa y no quería discutir con ella, ¿cómo hacía para aflojar la tensión? Se me ocurrió que una caricia podría ayudar y así lo hice. Pasé mi mano por su frente, acomodé su cabello a un lado y recorrí con un dedo la mejilla hasta llegar a su cuello.
Se enderezó levemente, apagó el cigarrillo y se giró hasta ponerse de frente a mí. Se aproximó a escasos centímetros de mi rostro y cerrando los ojos me invitó a besarla, entreabriendo sus labios previamente humedecidos por su lengua.
Le tomé el rostro entre mis manos y le di un primer beso, corto, suave. Vi un gesto de aprobación y volví a arremeter, ahora más intenso, dejando que mis manos abandonaran el rostro y bajando por su cuello se instalaran en sus pechos, buscando los pezones que comenzaban a endurecerse.
Nada me costó desprender los botones de la camisa y menos aún desplazar el brassier, ya una vez atrapados los pechos por mis manos, ella cruzó una de sus piernas por sobre las mías y se fue ubicando lentamente sobre mí. La pollera se desplazó hacia arriba y dejó libres esos cachetes ya no tan duros, marcados por huellas propias de la edad que fui amasando. Abandoné su boca y bajé a esas tetas tan duras como siempre, pezones erguidos que recibían mi lengua, recorriéndolos con deseo.
Quiso desprender el cinto y liberarme del jean, pero era muy difícil. Se puso de pie y jalándome de la mano me llevó a su habitación. Aquella cama pequeña donde varias veces habíamos hecho equilibrio para no caer, ya no estaba, ahora la reemplazaba un somier King size, muy mullido que me recibió amablemente.
Se mantuvo de pie y dejó caer todas sus ropas, quedando absolutamente desnuda a los pies de la cama, se aproximó, desprendió el cinto y arrastró el jean y el bóxer, dejando solo la remera como única prenda.
Esos pechos incomparables, esa raja depilada totalmente que brillaba por su humedad incipiente eran una tentación. Se acomodó su cabello en una cola y se acercó a mí. Me empujó dentro de la cama, se montó sobre mi cuerpo y se dejó caer.
Rita: no sabes cuánto extrañaba estar así, desnuda y montando.
Alejo: ¿No me dirás que no la pones desde nuestra última vez?
Rita: no Negro, hace casi un año que no hay un hombre en mi cama y que mejor que volver a tenerlo con alguien que ya sabe lo que quiero y me gusta
Nos enredamos en besos, caricias y mimos por un buen tiempo, ni siquiera intentamos una penetración, jugamos y buscamos la excitación máxima antes de avanzar más allá.
Giramos y la puse debajo, sabía que ella disfrutaba de mi lengua, del recorrido que podía darle desde los pechos hasta aquel agujero más oscuro que me había entregado por primera vez.
Abrí sus piernas, me ubiqué de rodillas entre ellas y comencé a comerme esos pechos cuya firmeza contrastaba con el resto del cuerpo, mamé primero un pezón y luego el otro, junté ambos pechos y di pequeños mordiscos en los pezones para luego de dejarlos firmes y erectos, abandonarlos y bajar por el canal que los separaba rumbo al vientre. Entre besos y lamidas fui surcando las arrugas que el tiempo había dejado en su abdomen, esa ligera pancita que ya cubría lo que antes fue un sector plano que te enviaba directamente a su entrepierna.
Aún mantenía la costumbre de rasurarla por completo, limpia de vellos para que resaltaran esos labios vaginales abultados que siempre se marcaban en los leggins, dejando poco a la imaginación y mucho al deseo.
La escuchaba respirar lentamente, de manera profunda, sin emitir gemidos, tan solo algún resoplido cuando la lengua se abría camino entre esos pliegues suaves.
Me ayudé con dos dedos para abrir su cueva de placer, lentamente fui recorriendo toda su extensión dejando huellas de saliva por cada pliegue, hasta hallar su clítoris aún dormido. Como si de un flash se tratara, recordé que le gustaba que lo chupara profundamente y rematara el momento con mordiscos suaves. Mientras me aplicaba en el tratamiento empecé a escuchar algunos gemidos y supe que estaba en el camino correcto, me dediqué a aplicarle ese trato un buen rato.
Rita: mmm… que rico se siente, casi me había olvidado de eso…
Jugaba con mi cabello mientras recibía mi lengua y labios por toda su raja, no presionaba, pero hacía más intensas las caricias cuando le metía la lengua dentro y arrastraba algo de sus jugos al exterior.
“Ya es hora que la metas, pero con cuidado, la falta de uso y algún arreglito estético me la redujeron un poco, necesitaba hacerla más apretada para gozar mucho más” murmuró mientras se acomodaba en la cama, apoyando sus pies en el colchón para darme el espacio justo para montar sobre ella.
Fui subiendo con los besos hacia sus pechos nuevamente y apuntando a aquel agujero que palpitante esperaba ser penetrado. Guie con mi mano derecha la punta de la verga hacía allí y apoyándola me fui abriendo paso a su interior.
Me costó entrar, evidentemente el trabajo del cirujano había sido muy bueno y se la había dejado casi virginal, apretada, ajustada pero bastante más seca de lo que la recordaba.
Rita: uff… que bien se siente, así despacito que me encanta sentirla entrar
Alejo: que estrecha estás, pareces una pendejita
Rita: me alegro que te guste
Cuando ya casi la había metido por completo, abandonó la posición de sus pies sobre el colchón y me abrazó con sus piernas, llevándome completamente al interior. Me retuvo así unos minutos, presionando y pidiendo besos mientras sus músculos vaginales se contraían alrededor de mi verga. Después de un beso muy profundo, comenzó a moverse, guiándome en el ritmo aferrada a mi cadera, indicando cuando entrar y cuando salir.
Un polvo suave, delicado, lento pero profundo y placentero, fue liberando la presión de sus piernas y permitiendo que le diese un poco más de intensidad. Cuando me excedía, clavaba sus uñas en mi espalda a modo de freno. “Esperá un ratito más, no acabes todavía, quiero disfrutar más, por eso no te monté” murmuró a mi oído. Mantuvimos la cadencia unos minutos más, hasta que ella aceleró.
Sus gemidos se hicieron más intensos, sus manos se aferraban a las sábanas y el movimiento de la pelvis aceleraba más y más. “Ahora si negrito, dame toda tu lechita, lléname que extraño mucho esa sensación” pidió mientras su cuerpo se tensaba y arqueaba hacia arriba. Mis últimos bombazos fueron acompañados con varios chorros de leche, que fueron rebalsando de la cueva y cayendo por sus piernas hacia el colchón.
Me apoyé en mis manos y me separé para ver su rostro, perlado de sudor, con una sonrisa en los labios y los ojos cerrados. Le di besos cortos en las mejillas y finalmente se apoderé de los labios.
Rita: negri, tenes un olor a concha terrible en la boca.
Alejo: es el tuyo, cariño
Rita: es cierto, ya no lo recordaba. Clavarte pajas y después ir a lavarte, o hacerlo en la ducha, hizo que ya no me acordara de mi olor a hembra caliente.
Alejo: voy a lavarme un poco y vuelvo, ¿sí?
Rita: te acompaño, quiero limpiarme.
Fuimos juntos a su bañera, abrió el grifo y dejó caer agua caliente hasta la mitad, para luego meterse y sentarse. Así se fue enjabonando y frotando con sus clásicas esponjas naturales y el perfume de vainilla que solía verter en el agua. Tras lavarme, me senté en el borde y la observé asearse, meticulosa, exigente, revisando cada pliegue de piel: “Negri, ¿me enjabonas la espalda?” pidió acomodándose para que pudiese hacerlo con facilidad.
La ayudé y tras devolverle la esponja, busqué en el placar un toallón para secarla. Quitó el tapón de la bañera, el agua comenzó a bajar de nivel y volvió a abrir el grifo para quitarse los restos de jabón con un duchador. Finalizado el proceso, se puso de pie y tomó el toallón para secarse y envolverse en él. El cabello húmedo cayendo por su espalda, le provocó un escalofrío. Volvimos a la habitación y buscó en un cajón un camisón para cubrirse, siempre lo hacía: después de hacer el amor, ducharse y volver al lecho, siempre se cubría el cuerpo aún sin ropa interior, pero era algo que hacía instintivamente.
Se giró hacia la cama y vio como habían quedado las sábanas, manchadas, revueltas. “¡¡Noooo, mirá como dejamos todo!! Hoy había cambiado las sábanas y todavía no lavé las otras. Ni loca me acuesto ahí de nuevo” dijo mientras retiraba las sábanas sucias, las hacía un bollo y las llevaba al cesto del baño.
Alejo: ¿querés ir a casa? Allá tengo sabanas limpias, no será tu súper cama, pero podemos compartirla.
Rita: ¿y si nos vamos a un hotel?
Alejo: un pernocte en un telo ¿Te gustaría?
Rita: aceptado, me visto y vamos.
Para quienes no sepan, “un pernocte en un telo” es pasar la noche en un motel, con habitaciones especialmente preparadas para mantener relaciones sexuales.

PARTE V

Como comenté en mi relato anterior, fuimos a casa de Rita tras el evento de danzas. Los fantasmas del pasado me asaltaban a cada rincón de la casa que recorría. Bebimos un café en aquel viejo sillón donde más de una vez habíamos dado rienda suelta a nuestro desenfreno sexual.
Tras un par de horas de charlas, la situación se fue calentando y finalizaron como debían terminar: revolcándonos como animales en su nueva cama extra gigante.
Disfruté enormemente los retoques estéticos que se había hecho Rita en su zona vaginal, la había dejado como una jovencita casi virgen: estrecha, caliente, aunque algo más seca que antes. Tras ese fenomenal polvo, nos duchamos y volvimos a la habitación.
Como era su costumbre tras la ducha, se puso un breve y gastado camisón, se giró hacia la cama y vio como habían quedado las sábanas, manchadas, revueltas. “¡¡Noooo, mirá como dejamos todo!! Hoy había cambiado las sábanas y todavía no lavé las otras. Ni loca me acuesto ahí de nuevo” dijo mientras retiraba las sábanas sucias, las hacía un bollo y las llevaba al cesto del baño.
Alejo: ¿querés ir a casa? Allá tengo sabanas limpias, no será tu súper cama, pero podemos compartirla.
Rita: ¿y si nos vamos a un hotel?
Alejo: un pernocte en un telo ¿Te gustaría?
Rita: aceptado, me visto y vamos.
Para quienes no sepan, “un pernocte en un telo” es pasar la noche en un motel, con habitaciones especialmente preparadas para mantener relaciones sexuales, con todo lo que desees utilizar: juguetitos, yacusi, ducha escocesa, frigo bar bien surtido, camas especiales, sillones de formas exactas para todas las posiciones, entre otras cosas.
En mi ciudad supo haber 7, de los cuales uno se incendió, otro simplemente dejó de funcionar, quedando solo 5: dos que aparentan ser hoteles convencionales y están en zona céntrica y otros tres en la periferia, pero que lentamente van quedando en sectores muy transitados, debido a las nuevas urbanizaciones.
Conociéndole los gustos a Rita, los céntricos quedaban descartados de plano por el horario de liberación de las habitaciones. De los tres restantes, había uno que era su debilidad, sobre todo por un par de habitaciones temáticas: Arabia y Atlántida; sabía que ese sería el destino, por lo que llamada mediante quise asegurar que estaban libres y reservar. La respuesta fue negativa, se liberarían (como mínimo) pasadas la 3 de la mañana. Sólo quedaba saber cuál de los otros dos sería el destino final.
Mientras todo eso sucedía, Rita cumplió con sus costumbres habituales: acomodó en una mochila el clásico camisón gastado, algunos elementos propios de su higiene personal (siempre los lleva como si no hubiese en los moteles), alguna prenda íntima de recambio y se enfundó en un leggins azul oscuro con malla que resaltaba su culo y raja, una remera y un buzo que hacía juego. Se puso una campera para cubrirse, comenzó a apagar luces y cerrar puertas de la casa.
Salimos a la calle y prontamente nos subimos al auto para partir con destino al motel.
Rita: ¿a cuál vamos negri? ¿Al temático?
Alejo: mala suerte Rita, solo quedaban comunes y una de sado
Rita: ufaa… ¿qué tenes en mente?
Alejo: las cabañitas de la ruta, ahí tienen algunas consideradas especiales
Rita: ok, sorpréndeme entonces.
En el trayecto, ella jugaba con mi entrepierna, acariciando como para mantener el clima y yo le respondía de igual modo. Meterle mano con ese leggins tan ajustado, era como si lo hiciera sobre una segunda piel. Cuando tomamos la ruta por esos escasos 10 km., se calmó un poco pues el transito era intenso.
Llegamos al portón de acceso y tras un par de curvas, me detuve ante la conserjería. Desde el interior y a través de un portero electrónico me habló el conserje.
Conserje: buenas noches, ¿qué podemos ofrecerles?
Alejo: un alojamiento con pernocte en cabaña especial.
Conserje: perfecto. Si desean, pueden tomar una promoción especial
Alejo: ¿Cuál sería?
Conserje: permaneciendo hasta las 16 horas, la casa les ofrece como cortesía el almuerzo sin cargo y solo un cobro extra de 3 horas y no las 6.
Me dí vuelta y miré a Rita, como consultándole con la mirada. Ella asintió con la cabeza “Si no tenés nada que hacer, nos quedamos” completó.
Acepté la propuesta, aboné el servicio básico y recibí un llavero con el número 12. Se habilitó el paso, levantando la barrera, y al enfrentar el pasillo que rodeaba las cabañas, pude observar al fondo un aviso lumínico verde con el número en cuestión. Se abrió de manera automática un portón corredizo que volvió a cerrarse cuando mi auto quedó detenido en el garaje.
Tras el cierre, se encendió una luz roja sobre la puerta de acceso a la cabaña y coloqué la tarjeta sobre el lector que destrabó la puerta.
Ingresamos y nos encontramos con una pequeña recepción con percheros y una mesa pequeña para dos personas, donde había una carta con las opciones y servicios que se prestaba a cuartos, una pequeña puerta en la pared que era desde donde se proveía lo solicitado. Dejamos los abrigos y la mochila de Rita, pasamos al cuarto propiamente dicho.
Una cama amplia, igual a la de Rita, luces algo intensas para el lugar, un tv colgado en la pared que enfrentaba la cama, un sillón tipo caballete para posiciones especiales y al fondo cubierta con una mampara de acrílico, un yacusi con ducha escocesa. A uno de los lados de la cama, había un placar de puertas abiertas donde podían verse toallones, batas, una serie de envoltorios con elementos para higiene y en un apartado, lubricantes íntimos, preservativos variados y un set de juguetes sexuales prolijamente embolsados en envases individuales sellados.
Rita: a bueno… tenemos de todo para pasarla genial
Alejo: ya lo creo, pero solo abri lo que vayas a utilizar ya que lo utilizado se factura al salir.
Rita: negri, no es la primera vez que voy a un telo, conozco varios y sé cómo funciona todo esto. Sello roto, pago asegurado.
Lentamente la temperatura de la habitación fue subiendo, invitándonos a desvestirnos. Nos sentamos en la cama, nos descalzamos y apoyar los pies en el suelo, la losa radiante nos indicó que la temperatura subiría un poco más. Solo nos quedamos con la ropa interior, tirados en la cama, observando todos los detalles y los comentábamos.
Rita: una pena el tema de la luz, es muy fuerte para una habitación así
Alejo: tenés razón, estaría mejor algo más oscurito
Se giró hacia la cabecera de la cama y halló una perilla que accionó despacio: se empezó a escuchar música lenta, cuyo volumen subía al accionar más la perilla. Lo ajustó para que fuese adecuada y vió una botonera de 4 fichas: presionó la primera y la luz blanca cambió a roja, luego la segunda y pasó a azul, la tercera mutó a verde y la cuarta nos dejó a oscuras por completo. Los colores variaban no así la intensidad.
En la mesa de noche que estaba de su lado, había un teléfono, no dudó y lo levantó. Segundos después fue atendida por una voz de mujer, le pidió instrucciones para bajar la intensidad de las luces y recibió las mismas. Con una perilla que estaba junto a la puerta de acceso al cuarto, podía modificarse y así lo hizo, dejando la roja casi al mínimo.
Rita: ahora si negri, el ambiente está perfecto.
Aprovechó el haberse levantado y pasando por el placar, tomó un par de sobres de lubricantes, abrió una caja de preservativos y retiró uno, y una bata.
Dejó las cosas sobre la mesa de noche, la bata en el suelo y se volvió a acostar a mi lado.
Rita: ¿te acordás la primera vez en el hotel de Lobos?
Alejo: cómo olvidarme, si fue la primera vez que te comí la concha hasta hacerte acabar.
Rita: no solo eso, fue la primera vez que me comían el culo, ¡¡cómo me hiciste gozar esa noche!! Y eso que no me cogiste.
Alejo: a ver si me acuerdo como fue…
Me desnudé por completo mientras ella hacía lo mismo y ya desnudos se ubicó en el centro de la cama, abriendo las piernas flexionadas hacia los costados, dándome espacio más que suficiente para ubicarme entre ellas y sacando la lengua, comencé a pasarla por los bordes de los labios vaginales.
Rita: mmm… que lindo se siente… qué calentita me voy poniendo…
Puso los brazos bajo la nuca y se dejó hacer, la respiración se fue haciendo más intensa y profunda, pero la concha no lubricaba lo suficiente, estaba húmeda pero no tanto como para ayudarme colocándole los dedos dentro y abrirla para liberar el clítoris. Ya gemía, dejó caer las piernas y quitó las manos de la nuca, cuando sintió que intentaba meter uno de mis dedos en su interior, dio un pequeño saltito, el roce le molestaba. Extendió su mano hacia la mesa de noche, tomó un sobre de lubricante, lo abrió y bajando la mano, lo dejó caer entre mi boca y su concha.
Un sabor a fresa empezó a brotar de ella, con sus dedos ayudó a esparcirlo mientras yo permanecía pasando la lengua por la raja.
Rita: ahora si negri, mete los dedos.
El gel ayudó mucho y la raja se volvió una pista de patinaje, la lengua iba y venía por fuera y los dedos resbalaban a su interior, era víctima de una paja absolutamente placentera que provocó un par de gemidos roncos e intensos.
Aceleré el movimiento de los dedos y la llevé a un orgasmo pleno, donde por primera vez logré que destilara jugos propios mezclados con el lubricante. Dio un pequeño grito mientras tensaba el cuerpo y caía rendida en el colchón.
Rita: cuánto hacía que no terminaba así, ya casi me había olvidado de lo que era un orgasmo con la lengua, qué rico se siente…
Alejo: como si nunca te la hubieran chupado, turrita…
Rita: una cosa es que te la chupen y otra muy distinta que lo disfrutes y acabes como perra en celo
Me situé a su lado y reposamos un buen rato, ella había quedado exhausta y yo con ganas, pero sabía que a lo largo de la noche y la mañana siguiente tendría mi recompensa.
Rita: negri, andá a lavarte un poco, mi olor a concha me está matando, tenés la cara brillosa por el gel y mi acabada.
Me empujó hacia el borde de la cama, y para no caerme, me levanté y fui al baño a limpiarme un poco. En eso estaba cuando entró, aún desnuda y puso a llenar el yacusi.
Rita: ahora un bañito juntos para relajar músculos y volvemos a la camita para seguir ¿te parece?
Arrojó sales de baño y se metió lentamente en la bañera, se sentó y me invitó a acompañarla, a su lado, nada de sentarme frente a ella.
Rita: quién diría que volveríamos a encontrarnos y terminaríamos encamados en un telo, ¿no?
Alejo: tenés razón, pero siempre hubo química y ganas entre nosotros
Mientras las burbujas jugaban con nuestros cuerpos, allí sentados recordamos nuestras primeras aproximaciones, la noche en que sonó la alarma de la escuela y me llamó para que la acompañase a recorrer las instalaciones, terminando en nuestro primer polvo en el sillón de su despacho, o aquel último día en la escuela donde cerramos la sala de informática con llave y terminamos cogiendo sobre el escritorio.
Rita: estuvimos a nada de ser pareja, de no ser por nuestros cargos y mis obligaciones.
Alejo: tuviste miedo del “qué dirán” y por eso decidí irme.
Rita: no te lloré, pero si estuve mucho tiempo enojadísima con vos
Alejo: ¿muchas parejas hasta hoy?
Rita: pocas, estables solo dos. La última me incentivó a retocarme la conchi y rejuvenecerla, ya parecía una cacerola, me costaba sentir placer. ¿vos?
Alejo: muy pirata, solo una estable que duró 6 años. Me hice muy adicto a las maduritas
Rita: pero largaste poca lechita… ¿Cuánto hace que no tenías sexo?
Alejo: mmm… ¿unas 24 horas?
Rita: ¡¡qué hijo de puta!! ¿Y era una viejita como yo?
Alejo: una pendejita de 24 años
Rita: ¡¡profanador de cunas!! ¿Estaba buena?
Alejo: digamos que interesante, aunque algo complicada
Rita: las pendejas están terribles, se regalan muy fácil, incluso mi nena
Alejo: ¿Rochi? No jodas
Rita: cambia de macho como de calzones, se operó para no quedar embarazada y disfruta de una “sexualidad libre”
Alejo: ¿hombres y mujeres?
Rita: ¿lo podés creer? Si hasta participo en fiestachas, una trola terrible ¿los tuyos?
Alejo: ambos en pareja, el más chico muy estable pero el otro un veleta terrible
Nos levantamos de la bañera, nos secamos, nos pusimos las batas y nos fuimos a la cama otra vez. Ya recostados, seguimos la charla y como quien no quiere la cosa, empezamos a mimarnos y besarnos nuevamente, ya habíamos recargado baterías y estábamos listos para otro encuentro.
Rita: se te está poniendo durito…
Alejo: no es para menos, con semejante hembra…
Rita: pero ahora me toca a mí trabajar, si te portas bien te doy el postre que tanto te gustaba
Alejo: estoy a su merced, mi putita.
Se rio y se retiró la bata, desprendió la mía sin quitarla, tan solo la corrió y dejó mi frente al descubierto. Comenzó su labor con una serie de besos corto por el rostro, arrodillada a mi lado, fue bajando con sus besos por el pecho, siguió por el vientre hasta comenzar a rodear mi verga que lentamente se ponía más y más dura. Sabía muy bien lo que hacía, pues dejaba al alcance de mis manos su raja para que la acariciara mientras cubría de besos la zona.
“Es la primera vez que te veo casi sin pelos aquí abajo” dijo mientras acariciaba los huevos y daba ligeros apretones a la verga. “Trabajo de la pendejita del viernes, le daba algo de asquito tanto pelo” le respondí. “Hizo un excelente trabajo, así es mucho más cómodo” mencionó antes de depositar los primeros besos en la cabeza de la verga.
Yo sabía que no le gustaba mamar verga, siempre me lo había recalcado, pero si le gustaba jugar alrededor de la misma, buscando el mejor tamaño.
Se había vuelto una experta en excitar y lograr su cometido, ya la verga me dolía de lo dura que estaba, necesitaba una buena mamada o bien ponerla en la conchita con urgencia. Justo en ese momento, sucedió algo que no esperaba: comenzó a lamerla desde la base hasta la cabeza y jugaba con la misma rodeándola sus labios casi al límite de meterla en su boca. Estuve tentado de bajarle la cabeza y enterrársela hasta donde pudiera, pero no quería forzar la situación: la mamada era inevitable. Cambió la posición y aprovechó el momento para abrir un preservativo y con una habilidad que le desconocía, lo colocó con la boca. Por primera vez, Rita me estaba mamando la verga, de manera lenta, profunda y acompasada: realmente una delicia.
Tenía la capacidad de engullirla por completo, retenerla en el interior de su boca y la liberaba lentamente con un chupón intenso, repetía el movimiento una y otra vez, de manera tranquila provocándome un placer inmenso.
Se aferró a la base y lo apretó de tal modo que retuvo mis deseos de explotar, aceleró las mamadas y me llevó a un límite incontrolable. Se detuvo, se sentó en la cama y me hizo señas que me ubicara de pie ante ella, con la misma maestría que me colocó el preservativo, lo retiró y tomando sus tetas, lo ubicó entre ellas y completó una turca increíble, en la que al llegar al borde superior de sus tetas, abría la boca y pasaba la lengua por la cabeza. Fueron unos dos o tres minutos y no pude resistir más: al subir la última vez, me descargué totalmente: mi leche bañó su cara, cayó entre las tetas y tuve que apoyarme en sus hombros para que la flojedad de mis piernas no me llevaran al suelo.
Ver su cara embarrada de leche, me encantó.
Rita: ¡¡pero que lindo!! Un bombazo más y me llenas la boca de leche
Alejo: perdón no me pude contener
Rita: me hubiera gustado que lo hicieras, ya sabés que no me agrada chuparla a pelo, pero estaba muy tentada y quería probarla
Alejo: ¿seguís sin tragar leche?
Rita: si, solo me animo a mamar con forros, es lo último virgen que me queda
Alejo: ¿entregaste el culo?
Rita: y me encanta que me enculen, más que tenerla en la concha, ya vas a ver todo lo que aprendí en estos años
Volvimos al baño, nos dimos una ducha rápida para quitar restos y volvimos a la cama, previo hacer desaparecer un par de latas de cerveza y los sándwiches de miga que había en el frigo.
Nos abrazamos y así nos dormimos. El sonido del teléfono del cuarto me despertó: “Caballero, en la puerta de intercambio tienen un desayuno de cortesía de la casa” dijo una voz al otro lado del aparato. Agradecí el gesto y fui en busca de él. Había un par de vasos de café, unos sobres de leche, azúcar, edulcorante y cuatro medialunas.
Los traje a la cama y tras despertar a Rita, desayunamos. La habitación permanecía cálida por lo que no era necesario estar vestidos, pero ella se colocó su infaltable camisón… Se sentó y mientras bebía el café comenzó un breve monólogo.
“Negri, sabes que ya no estamos para relaciones estables, pero espero que no desaparezcas otra vez por diez años. Está clarísimo que la pasamos genial y me encanta, sabés muy bien lo que me gusta y también lo sé lo que a vos te gusta, no perdamos esto ¿si?” dijo mientras dejaba el vaso del café vacío en la mesa de noche.
Alejo: ¿querés que seamos amigos con derechos?
Rita: obvio, nada de compromisos ni de fechas establecidas, una llamada y coordinamos para pasar un buen rato o día juntos ¿te va?
Alejo: suena bien, pero para confirmarlo, quiero que me muestres más de lo que aprendiste en estos años
Rita: seguro, cambiamos las sábanas y en un ratito te muestro.
No había perdidoo la costumbre, no podía coger más de una vez si no cambiaba sábanas y mucho menos si quedaban rastros y manchas en ellas, era muy obsesiva con eso.
Tras buscar en el placar y no hallar lo necesario, tomó el teléfono de la habitación y solicitó un juego limpio de sabana, tras recibirlo quitó las manchadas y preparó el terreno para el último round del encuentro. Fue hasta su mochila y extrajo del interior un vaporizador con aroma a vainilla que gatilló dos o tres veces sobre las sábanas limpias. Abrió la cama y me invitó a compartirla un rato más, nos dimos algo de calor corporal y por un tiempo más conversamos organizando futuros encuentros: que si en mi casa, que si en la de ella o en algún telo. Finalmente quedamos en que el próximo encuentro sería en el telo que tanto le gustaba y que ella se encargaría de reservar la habitación, con tiempo para disfrutar un detalle más al momento de pasar un rato a puro sexo.
Sería muy cerca del mediodía cuando inició el proceso de nuestro último combate cuerpo a cuerpo.
“Antes de empezar, quiero saber algo: ¿la vas a poner con o sin forro en mi culo? Es para prepararme” pidió parada a los pies de la cama. “Como más te guste y lo disfrutes” le respondí. “Ok, pero tenés que saber que una vez que me la hayas metido en el culo, no voy a dejarte meterla en la concha, porque será a pelo ¿entendido? Es mi condición” sentenció.
Me resultó extraño, pero acepté la propuesta. Se encaminó al baño y pude escuchar cómo se accionaba el duchador por un par de minutos. Volvió casi lista para empezar, se tomó el tiempo de seleccionar un par de sachet de lubricantes, me hizo señas de que abandonara la cama, se ubicó en el centro de la misma, observando hacia el cabezal, selección las luces adecuadas, colocó un par de almohadas en una ubicación específica, y lentamente fue acomodándose para quedar en cuatro, con las piernas ligeramente abiertas, bajó el torso y quedó con el culo en pompa.
Rita: dejá a mano los sobres de lubricantes, los vas a usar cuando te lo diga
Alejo: si jefa
Rita: no te rias, es para no cortar la excitación en el momento justo. Recordá que si la metes en el culo y la sacas para pasarla por la concha, se termina ahí nomás.
Alejo: ¿algo más que deba saber?
Rita: si, me la podes chupar, pasearla por la concha para calentarme bien, pero nada de intercambiar agujeros. Y un detalle más, me encanta que me laman el culo antes de ponerla adentro, también podes mandar un dedo o dos para dilatarlo antes de metérmela. ¿De acuerdo?
Si bien parecía una master class, era ni más ni menos que aquello que la excitaba y me llevaría a poder perforarle el culo por primera vez a la hembra con la que tantas veces había soñado encular.
Me masajee la verga un ratito para darle un buen tamaño y comencé con la tarea, siempre respetando sus reglas. Primero la acomodé para comerle la concha un poco y lograr algo de lubricación (recuerden que es bastante seca), cuando comenzó a humedecerse, le di una repasadita al orificio del culo con la lengua. Sabía a vainilla, obviamente lo había lavado muy a conciencia. Con ello surgieron los primeros gemidos y noté como llevaba su mano derecha a la raja, para frotarse despacio ayudando a la lubricación y excitándose de manera tranquila.
Reemplacé la lengua por la verga a lo largo de su raja y notaba como sus dedos se rozaban con la verga, casi penetrándola simultáneamente.
Ubicó la cara contra las almohadas y ahogaba sus gemidos intensos para que no se escucharan. Sacudió la otra mano cerca de los sachet de lubricantes, era la señal de que ya quería que lo vaciara en el culo, abrí uno y lo dejé caer exactamente en el hoyo. “Meteme el dedo, ahora, así se va dilatando, y entiérramela en la concha” pidió entre gemidos.
Seguí sus órdenes, primero la verga en la concha y segundos después el dedo mayor en el culo. No bombeaba, pero se movía para que mi dedo le abriera el esfínter lentamente, empecé a embestirla pero me detuvo enseguida “Dejame hacer, que se agrande el agujero y cuando te haga señas, me pones la verga en el orto” fue lo último que dijo antes de empezar a manejar la situación. Se meneaba de manera contínua, buscando que el anillo se ampliara, en un momento dado vi que estaba bastante abierto y retirando aquel dedo, volví a embestir pero ahora con dos. “AHHHH!!!! Ni se te ocurra sacarlos ahora, ya falta nada” pidió con un grito. Le hice caso y mantuve los dedos dentro cuando volvió a sacudir la mano cerca del último sachet. Era la orden para verterlo en el agujero de su culo, así lo hice y pude mover los dedos en un mete saca leve, Rita ya no podía evitar los gemidos intensos, al borde del grito.
Rita: ¡¡ya!! ¡¡Méteme la verga ya!!
Saqué los dedos y sin perder tiempo se la mandé a fondo. La lubricación y la dilatación eran las adecuadas, por lo que no me costó nada entrar en ella, hasta hacer tope con su culo. Una vez adentro, me quedé quieto y dejé que ella fuera la que manejara el movimiento que se inició lento y fue aumentando paulatinamente. Cada empujón recibía como respuesta un gemido y no pude más que aferrarme a sus caderas para colaborar con el movimiento.
Habrán sido no más de 5 minutos, cuando aceleró descontrolada y en cuestión de segundos gritó y apretó mi verga con su ano. Me escurrió en menos de lo que podía imaginar, arrancó lo poco que me quedaba de leche y la dejó en el interior de su cuerpo. Temblando, cayó sobre la cama, aún con mi verga dentro, arrastrándome con ella. Aplasté su cuerpo, mientras sentía como le palpitaba el culito.
Unos minutos después, me despidió de su interior violentamente. Me retiré de arriba de su cuerpo y pude ver como la leche empezaba a escurrir desde aquel agujero enrojecido rumbo a sus piernas y para terminar en las sábanas.
Descansamos casi hasta el final del turno, quizá eran las 15 cuando lentamente se fue incorporando con algo de dificultad.
Rita: no te creas que tenes la super verga, siempre me queda sensible el culo
Caminó hacia el baño, mostrando que estaba dolorida. Sentí el bidet abrirse y el agua golpear su cuerpo, volvían lo gemidos y un chapoteo propio de sus manos llevando agua a su concha. Unos 15 minutos más tarde, dejó el baño caminando algo más recompuesta, no se calzó sus clásicos hilos, sino que solo se puso un protector y las leggins, el brassier claro con puntillas y la remera. Se sentó de lado en la cama y mirándome preguntó “¿qué tal? Te gustó trabajarte mi culito?” Asentí con la cabeza y agregué: “lo tenés muy apretadito, está casi tan bueno como la conchita reparada”.
Rita: lo entrego bastante poco, porque quieren romperlo sin piedad y eso no me hace gozar para nada. Si siguen mis reglas lo disfrutamos ambos.
Alejo: voy a tener que guardarte más leche la próxima vez, estuve buenísimo
Rita: seguro, si me das una buena cantidad, hasta trato de llevarte a un segundo polvo, si aguantas.
Alejo: habrá que probarlo.
Tomó el teléfono de la habitación, pidió el almuerzo prometido y tras vestirnos ambos, nos sentamos a la mesa de la entrada a reponer energías.
Rita: repito lo que dije anoche, no desaparezcas, la paso muy bien con vos
Alejo: después de semejante turno, no pienso en otra cosa que volver a cogerte pronto
Rita: así me gusta, que quieras cogerme, ni loco enamorarte o algo así
Alejo: prometido
Terminamos de almorzar, nos recostamos un rato hasta que el aviso de liberar la habitación llegó. Tomamos nuetras cosas y nos subimos al auto. Pasados unos 10 minutos, se abrió el portón y nos permitió salir, la tarde seguía lluviosa y fría como el día anterior. Marchamos hasta el portón de salida, se verificó el estado de la habitación, nos solicitaron las llaves y nos extendieron una tarjeta con un descuento especial a utilizar en los próximos 20 días. Nos miramos y con una sonrisa cómplice entendimos que volveríamos pronto.
La llevé a su casa, no quiso que bajara con ella, se despidió con un beso intenso antes de abandonar el auto y murmuró: “te llamo en unos días”.
Ingresó a la casa, aún con dificultades al caminar y cuando cerró la puerta, me fui a mi casa.

Estaba acomodando algunas cosas cuando sonó el celular. “Te comiste a la viejita negro, tenías el celu apagado. El miércoles vuelvo, nos juntamos y me contas. Tito”. El tipo se había tomado un tiempo para molestar y hacerme notar que había ayudado en mi fin de semana. Tito es terrible, pero gracias a él, pude disfrutar de un buen fin de semana.

Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago

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Alejo Sallago
Alejo Sallago

Mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.

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