Como me convirtieron en toda una mujercita
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Que tal lectores les voy a contar como es que me converti en mujercita hace ya un buen tiempo como 15 años ahorita ya tengo 33 años, voy a empezar a describirme como estaba en ese entonces, ahorita me veo mejor pero pues para que se imaginen mi figura en ese entonces. Hacia ejercicio para darle forma y volumen a mis nalgas. Media 1.40 y pesaba 60 kg. Mis nalgas se pusieron redonditas y paradas, mis piernas se tornearon… y mi pene seguía igual de chiquito(ese no cambio mucho).
En ese entonces viajaba a casa de mis abuelos, a un pueblito, y me quedaba allá todas las vacaciones. Después de los juegos con Santiago tenía muchas ganas de tener un verdadero pene entre mis manos y que alguien jugara otra vez con mi culito.
En ese pueblito tenía una prima tres años mayor que yo: Lupita. El día que llegué la vi y traía un short que se le metía todo entre las nalgas. Tenía un cuerpo que cualquier hombre querría cojerse: nalgas paraditas y unas chichotas que, para sus 21 años, la hacían verse como una mujer de 30. Mediamos casi lo mismo. En mi cabeza solo pensé que ese short lo luciría mejor mi cola.
Un día fui de visita y vi que mi tía estaba lavando. Aproveché, le robé el short y un cachetero negro de encaje de mi prima, y me fui corriendo a casa de mis abuelos. En cuanto llegué me quité la ropa rápido y me medí la ropa de Lupita. Mientras me subía el cachetero y sentía la tela, mi pene quiso pararse… pero solo parecía un botoncito. Sentía cómo se me iba metiendo entre las nalgotas. Cuando terminé de subírmelo me miré en el espejo y… mmm, delicioso que se me veía. Mis nalgas se lo comían tanto que en lugar de cachetero parecía tanga. Jijiji.
Me puse el short. Me costó subírmelo completo. Cuando me lo vi puesto confirmé lo que había pensado: se me veía mejor que a mi prima. Se metía tanto entre mis nalgas que el short parecía un cachetero. Me imaginé a Santiago (fue con el que tuve unos juegos) viéndome vestido así y corriendo a jugar con mis nalgotas mientras yo le tocaba el pene, que de seguro lo tiene más grande.
A partir de aquí empieza lo rico.
Cerca de la casa había una tienda que por las tardes-noches atendía Don Guillo, un viejo de 60 años. Como todo viejo de pueblo, era cochino de mente. Era sabido que ya se había echado a varias del pueblo porque, según decían, la tenía de muy buen ver. No me animaba a calentarlo, pero un día de calentura me animé. Solo quería tener un verdadero pene entre las manos y que alguien jugara con mi colita.
Como hacía ejercicio, usé un short negro de licra que uso para correr, el que se pega todo a mis nalgotas. Me puse una playera que me tapara un poco para que mis abuelos, por ser muy cerrados, no me dijeran nada. Cuando llegué a la tienda vi a Don Guillo sentado (ya saben cómo son las tiendas de pueblo: el que cobra ve toda la mercancía de frente). Busqué el mejor ángulo para que no se perdiera ni un centímetro de mis nalgas. Agaché a buscar las sabritas que estaban más abajo y me empiné. De reojo vi cómo Don Guillo me miraba completamente; sus ojos se abrieron más. Yo movía las nalgas de un lado a otro como si no supiera qué agarrar. Tomé unos chetos y me fui a pagar. Él no quitaba la vista de mis piernas. Le dije que me cobrara y estaba como ido. Me imaginé que en su mente estaban mis nalgas moviéndose de un lado para otro. Cuando reaccionó solo dijo:
—Perdón… me perdí.
Pagué y me fui. Estaba muy caliente después de ver la cara de ese viejo pervertido imaginándose mis nalgas entre sus manos o en su cara. No sabía cómo hacer para que él se me insinuara.
Así estuve un par de días. Iba a comprar cuando sabía que él estaba y me ponía diferentes colores de short de licra. Solo lograba que dijera cosas sobre el ejercicio y que si me estaba viendo bien. Pero yo esperaba leperadas, algo sobre mis nalgas o mis piernas.
Un día, después de ver un video porno de un negro dándole a una trans, me quedé muy caliente y decidí ir más allá. Me puse el calzón negro de mi prima y un short de licra blanco. Me puse una playera que parecía casi ombliguera, mis tenis para correr y las calcetas que me llegaban hasta la rodilla. Me miré en el espejo: me veía como toda una putita que quiere pene. Sabía que ahora sí ese viejo diría algo. Esperé a que mis abuelos se metieran a su cuarto para que no me vieran vestido como mujer. Nadie sospechaba que a mí me gustaba sentirme una mujercita.
Me fui a la tienda cuando vi que ya estaba por cerrar. Cuando llegué le dije:
—Espere, Don Guillo, déjeme comprar algo.
Pasé y vi cómo clavó la mirada entre mis nalgas.
—Pásale, Carmelo —dijo (ese era mi nombre).
Se sentó a apreciar el espectáculo que ahora le daría. Me volví a empinar hasta abajo, lo más que pude, para que mis nalgas se pararan y él viera por completo la tanguita (el cachetero). Lo veía de reojo disfrutando, pero no decía ninguna leperada… hasta que escuché:
—Fíjate más adentro, creo que están de los que te gustan.
Solo contesté:
—¿En serio?
Sabía que lo tenía en mis manos. Me puse de perrito, levanté la cola y pegué casi la cara en el piso. Él decía “uff, qué rico” y se sobaba el bulto. Entonces escuché:
—Se te ven tan ricas las nalgas como a la Lupita.
Me quedé quieta, pero enojada. Yo sabía que tenía la cola más rica que mi prima. Volteé así como estaba, como perra en celo, y le contesté:
—¿Quiere ver que las tengo más ricas?
Me levanté y le dije:
—Espéreme aquí.
Corrí a la casa, me puse rápido el short y esta vez me lo subí un poco más para que se me metiera todavía más entre las nalgas y se me viera como si tuviera vagina. Regresé casi corriendo. Me metí a la tienda y Don Guillo cerró la puerta. Solo dijo:
—A ver… déjame verte.
Como toda una putita que hace caso, me puse de nuevo de perrito y le movía más la cola. Entonces me dijo:
—Sí, se te mira más rico que a la Lupita… pero ¿también sabes hacer lo que ella sabe hacer?
Recordé lo que había visto en el porno. Me acerqué a él gateando como toda una perrita caliente. Le empecé a bajar el pantalón y vi lo que todos decían: sí tenía una verga hermosa, de 25 cm de largo y 5 de ancho, con venas bien marcadas y unos huevos bien cargados. Empecé a darle besos y luego abrí mi virgen boquita e intenté meter esa cabeza que sabía delicioso. Me dolía la quijada al intentar meter cada milímetro. Él, muy cabrón, me dijo:
—La Lupita sí que la chupa rico…
Yo ya sabía que mi prima era toda una putita, que medio pueblo se la había comido. Y él sabía que yo no iba a dejar que ella fuera mejor que yo. Así que seguí comiendo esa rica verga como había visto: la sacaba de la boca, la escupía, le pasaba la lengua por todo el tronco y me metía las bolas hasta la garganta. Así duré como quince minutos comiendo verga, hasta que Don Guillo dijo:
—Deja te saboreo ese culito que se ve que está bien rico.
Me paré. Él me quitó el short y me dijo que me pusiera otra vez de perrito. Entonces sentí que metió toda su cara entre mis nalgotas. Me mordía las nalgas, pasaba su lengua por mi culito aún virgen… y yo estaba en las nubes, gimiendo del placer que ese viejo cerdo me estaba dando. Estuvo un rato saboreándome el culito hasta que empecé a sentir un dedo en la entrada. Me dijo:
—Tú disfruta. Voy a abrirlo un poquito para después hacerte mi mujer.
Como pude, entre gemidos, le dije:
—Ten cuidado, mi amor… que tu culito es virgen.
Eso lo calentó más. Empezó el mete y saca con su dedo. Después metió otro, y cuando los sacaba metía su lengua. Luego de un rato me dijo:
—Ya estás lista, mi amor. Ahora sí te voy a hacer mi mujer.
Me temblaban las piernas. Solo volteé y le dije:
—Quiero ser solo tuya, mi amor.
Puso esa hermosa verga en la entrada de mi culito. La metió y pegué un pequeño grito. Cuando brinqué, mi macho me agarró de la cintura y me dijo:
—Ya entró la cabecita, Carmela…
Eso me calentó todavía más. Ya me veía como toda una mujercita. Quería ser la putita de Don Guillo para siempre. Fue metiendo más hasta que dijo:
—Ya se la comió toda tu culito, mi amor. Ahora sí ya eres toda una mujer.
Prosiguió con un mete y saca suave. Yo saboreaba cada milímetro de esa hermosa verga que me estaba haciendo mujer, algo que siempre había querido. Estuvo un rato así hasta que me dijo:
—Te toca enseñarme cómo mueves esa colita para tu macho.
Me la sacó y se escuchó en la tienda un plop como cuando abres una botella de champagne. Se acostó en el piso con esa hermosa verga apuntando al techo. Le di unas chupadas para mojarla y, más que nada, para sentir a qué sabía mi culito (no estaba de mal sabor). Me puse arriba de él y me enterré esa hermosa verga hasta lo más profundo. Don Guillo solo gimió. Me movía como había visto en los videos: movía mi culito de arriba a abajo y en círculos. Mi macho me dijo:
—Te mueves mejor que ninguna putita que me he cojido.
Eso me hizo sentir la mejor putita. Seguí con mis movimientos hasta que me dijo:
—Ahora sí, mi amor… te voy a llenar todo el culito con mi semen.
Yo le gritaba:
—¡Sí! ¡Llénamelo todo de ti! ¡Quiero que me embaraces, amor!
Entonces sentí cómo esa hermosa verga se hinchó más dentro de mi culito y empezó a aventar chorros de semen dentro de mí. Nos quedamos un rato así, pegados, hasta que se salió sola. Se empezó a salir su semen de mi culito todo abierto. Le dije que no quería que se cojiera más a la Lupita, que para eso me iba a tener a mí. Me dio un beso y me dijo que era una reina para coger, que me la iba a meter todos los días hasta que me fuera de ahí.
Me paré. Sentía todo el culo abierto y el semen se me salía. Me puse el calzón y el short. Ya era muy tarde. Iba para la casa con el culo abierto y llena de semen. El corazón se me quería salir. Quería que ya fuera el siguiente día para que mi macho volviera a llenar ese vacío que sentía en mi culito. Llegué a la casa y dormí como bebé.
Espero les haya gustado mi relato. Es 100% real. Les seguiré contando cómo fui disfrutando de otras aventuras.
