Mi marido pelea por otra mujer, gana y cobra el premio

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Era una de esas noches de verano en el barrio que se ponían pesadas. La calle cortada, mesas largas con choripanes y asado, heladeras llenas de Quilmes y Fernet, y la cumbia sonando fuerte desde los parlantes. Luces de colores colgaban entre los cables y el aire olía a humo, cerveza y sudor.

Sofía estaba apoyada contra la pared de la casa de los vecinos, con una birra en la mano, mirando todo con esa mezcla de nervios y calor entre las piernas que ya conocía demasiado bien. Su marido, Enzo, era de esos tipos que al principio nadie le daba bola: flaco, fibroso, metro setenta y ocho, brazos marcados pero sin un gramo de más. Cara de pibe bueno. Pero ella sabía la verdad. Sabía lo que escondía abajo y cómo la dejaba destruida cada vez que se ponía malo.

Del otro lado del patio, cerca de la pileta inflable, estaba Cami. Una pendeja bajita, no pasaba del metro cincuenta y cinco, pero con un cuerpo que era un pecado: tetas grandes y pesadas que se le salían del top rojo chiquitito, culazo enorme, redondo y parado que se movía solo cuando caminaba. Marcelo, su marido, era todo lo contrario: un grandote tatuado, musculoso, lleno de fierros y con esa cara de macho del barrio que se creía el dueño de todo.

Esa noche Marcelo ya estaba medio en pedo y no paraba de hacerse el vivo.

—Esta mina es mía, boludos —decía agarrándole el culo a Cami delante de todos—. ¿Quién se anima a sacármela?

Enzo estaba charlando con unos pibes, pero no le sacaba los ojos de encima a Cami. Y ella tampoco a él. Hacía semanas que se comían con la mirada en el chino y en las reuniones de vecinos. Esa noche Cami se soltó del brazo de Marcelo y se fue derechito para Enzo, sonriendo como perra.

—¿Me convidás una birra, flaco? —le dijo poniéndose en puntas de pie y hablándole cerca de la boca.

Marcelo lo vio al toque. Se le cambió la cara.

—¿Qué carajo te creés, flaquito de mierda? —gruñó acercándose con el pecho hinchado.

La gente empezó a armar rueda. Sofía sintió que se le mojaba la concha al instante. Sabía que Enzo no era de pelear… o eso pensaba todo el barrio.

Enzo ni se movió. Solo sonrió de costado.

—Solo estoy hablando con ella, che. Si quiere ir con vos, que vaya.

Cami no se movió ni un centímetro. Al contrario, se pegó más contra el cuerpo flaco de Enzo, restregándole las tetas contra el pecho.

Marcelo explotó. Lo empujó fuerte. Enzo retrocedió dos pasos pero no cayó. Cuando el grandote tiró el primer derechazo, Enzo lo esquivó y le metió un golpe al hígado que lo dobló en dos. Un segundo golpe limpio en la mandíbula y Marcelo besó el piso.

El grandote intentó levantarse, furioso, pero Enzo se le tiró encima, lo agarró de la remera y lo mantuvo en el suelo con firmeza. Marcelo quedó tirado en la tierra, sin poder reaccionar.

El silencio duró dos segundos. Después llegaron los silbidos y los “¡uuhhh!” del barrio. Nadie se esperaba que el flaco de Enzo le ganara al toro de Marcelo.

Enzo se levantó, apenas transpirado, y miró a Cami. La pendeja tenía los cachetes colorados y los pezones duros como piedras debajo del top. Se le tiró encima, lo agarró de la nuca y le metió la lengua hasta la garganta delante de todo el mundo. Un beso asqueroso, lleno de saliva y ganas.

Sofía apretó los muslos. Su marido había ganado. Y ahora venía lo mejor.

Marcelo seguía en el piso, intentando levantarse.

—Cami… ¿qué mierda hacés, boluda? —balbuceó.

Ella ni lo miró. Enzo sí. Con Cami todavía pegada a su cuerpo, Enzo le habló fuerte para que todo el barrio escuchara:

—Quedate ahí tirado, cornudo. Tu mujer ya eligió verga de verdad.

Cami soltó una risita cachonda y apretó su culazo contra la entrepierna de Enzo, sintiendo cómo se le ponía dura al toque. Enzo la agarró de la mano y la llevó para adentro de una de las casas que habían dejado abierta para la fiesta. Sofía los siguió de lejos, el corazón a mil y la concha empapada.

Entraron a una pieza del fondo. Enzo dejó la puerta entreabierta, sabiendo perfectamente que su mujer estaba ahí. Sofía se acomodó en el pasillo oscuro, desde donde podía ver casi todo.

Enzo empujó a Cami contra la pared. La bajita jadeaba como en celo.

—Sos una puta enana cachonda, ¿no? —le gruñó mientras le sacaba el top de un tirón.

Las tetas grandes de Cami saltaron libres, pesadas y con pezones oscuros. Enzo las agarró fuerte con las dos manos, las chupó, las mordió y las pellizcó hasta hacerla gemir alto.

—Mirá qué tetas de puta tenés… re grosas.

Cami le bajó el short a Enzo con desesperación y soltó un gemido de sorpresa cuando la pija gruesa y venosa le saltó a la cara. Era larga, gruesa y desproporcionada para un tipo tan flaquito.

—La puta madre… qué verga enorme, Enzo…

Se puso de rodillas y se la empezó a comer con ganas. Su boquita chiquita apenas entraba. Saliva le caía por la barbilla mientras hacía arcadas y lo miraba con ojos de puta. Enzo la agarró del pelo y le empezó a coger la boca.

—Así, mamita… chupale la pija al que le rompió la cara a tu marido.

Sofía ya tenía la mano adentro del short, frotándose el clítoris hinchado mientras miraba cómo esa enana culona le mamaba la verga a su marido.

Enzo la levantó, la tiró en la cama deshecha y le abrió las piernas. El conchito de Cami estaba depiladito, hinchado y chorreando. Le metió dos dedos y empezó a comerla con hambre, chupándole el clítoris y metiendo la lengua bien adentro. Cami se retorcía y le agarraba la cabeza.

—¡Sí, boludo! ¡Ahí! ¡Me vas a hacer acabar, la puta madre!

Se corrió temblando, apretándole la cabeza con los muslos gorditos. Enzo no esperó. Se paró, la agarró fuerte de las caderas y se la metió de un solo saque hasta el fondo. Cami gritó de gusto.

—¡Me partís, Enzo! ¡Es re gruesa!

Empezó a cogérsela fuerte. El contraste era brutal: él flaquito y fibroso, clavándole toda la verga a esa pendeja bajita llena de carne. Las tetas de Cami rebotaban como locas. Enzo le agarraba el culazo con las dos manos, abriéndolo mientras la taladraba.

—Decile a tu cornudo cómo se siente una pija de verdad, dale.

—¡Es mucho más grande y dura que la de Marcelo! ¡Me está destrozando la concha! ¡No pares!

Sofía estaba loca. Se había bajado el short y se metía dos dedos mirando la escena.

Enzo la puso en cuatro. Ese culazo enorme quedó para arriba, moviéndose en círculos buscando más. Le escupió en el orto y le metió un dedo mientras seguía cogiéndosela. Después cambió de agujero. Cami soltó un gemido largo cuando la verga gruesa empezó a abrírselo.

—Despacio… es muy grosa… ¡ay sí, metémela toda, hijo de puta!

Poco a poco se la tenía completa adentro. Enzo la cogía más lento pero profundo, alternando concha y orto. Cami estaba destruida, baboseando y gimiendo como loca.

Marcelo apareció en la puerta de la casa, con la cara hinchada y la mirada rota. Alguien le había contado dónde estaban. Se quedó congelado mirando cómo su mujer se hacía coger como una perra por el flaquito que lo había humillado.

Enzo lo vio y sonrió con maldad, sin dejar de cogérsela.

—Mirá bien, cornudo de mierda. Esta es tu mujer ahora. Mirá cómo tiembla con mi verga adentro.

Cami ni miró para la puerta. Solo empujaba el culo para atrás pidiendo más.

Enzo le dio varias palmadas fuertes en ese culazo que dejaron marcas rojas, aceleró y se acabó adentro de la concha con un gruñido ronco. Chorros espesos que le salían por los bordes cuando sacó la pija brillante.

Cami quedó tirada en la cama, temblando y con cara de satisfecha total.

Enzo se acercó a la puerta todavía con la verga semi dura y le habló a Marcelo cara a cara:

—Andate a tu casa, boludo. Esta noche tu mujer duerme conmigo.

Marcelo, completamente humillado, dio media vuelta y se fue.

Enzo cerró la puerta pero no del todo. Miró hacia la rendija y sonrió.

—Vení, Sofi… ahora te toca a vos disfrutar lo que queda.

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Ivanmont
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