La panadera, la hija de la panadera y mi marido

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Mauricio tenía 55 años y todavía conservaba esa presencia de macho maduro que pocos hombres lograban mantener. Alto, de hombros anchos, brazos fuertes por años de trabajo manual, cabello entrecano y una voz grave que hacía que más de una mujer volteara cuando hablaba. Llevaba más de veinticinco años casado con Valentina, quien a sus 48 años aún lo miraba con cariño, aunque la rutina había enfriado bastante la pasión.

Todo cambió cuando llegaron Lena y Lía al pueblo.

Hacía cinco meses que madre e hija habían abierto la panadería “El Horno de Lena” en la esquina de la plaza principal. Lena tenía 39 años: una mujerona curvy, de caderas anchas, tetas grandes y firmes, cintura marcada y un culo que se movía con cada paso. Siempre tenía harina en los brazos, el delantal ajustado y un olor a pan recién horneado que se le pegaba a la piel. Lía, su hija de 20 años, era más delgada pero igual de atractiva: misma cara bonita, cabello largo y oscuro, cuerpo joven y firme, con una sonrisa tímida que ocultaba una curiosidad peligrosa.

Venían de otra provincia, solas. Del padre ni se hablaba. Habían llegado buscando empezar de cero y el pueblo las recibió bien. La panadería pronto se volvió el lugar más concurrido por las mañanas.

Valentina, siempre generosa, le comentó una noche a Mauricio:

—Pobrecitas, son tan luchadoras… La mamá trabajando desde las cuatro de la mañana y la hija ayudando después de clases. ¿Por qué no les echas una mano por las tardes? Así ganas algo extra y les ayudas.

Mauricio aceptó. Al principio era solo cargar sacos de harina, arreglar el horno viejo y ayudar a descargar la leña. Pero todo cambió rápido.

El flechazo entre Mauricio y Lena fue casi inmediato.

La primera chispa saltó una tarde calurosa. Mauricio estaba sin camisa, sudado, cargando un pesado saco de harina de 50 kilos hacia la bodega. Lena lo observaba desde la puerta, mordiéndose el labio.

—Ten cuidado, Mauricio… no vayas a lastimarte esa espalda tan ancha —le dijo con voz ronca, sonriendo.

Él se giró, la miró de arriba abajo y respondió con esa sonrisa canalla:

—Esta espalda ha cargado cosas más pesadas que sacos, Lena. No te preocupes.

Ella se rio, pero sus ojos se quedaron más tiempo de lo normal en el pecho sudoroso de él.

A partir de ahí, los coqueteos fueron constantes y cada vez menos discretos. Lena le rozaba el brazo “sin querer” cuando pasaba, le limpiaba harina del pecho con la mano, y le hablaba bajito cuando Lía no estaba cerca:

—Sos un hombre de verdad, Mauricio. Se nota en cómo cargás las cosas… y en cómo mirás.

Él no se quedaba atrás. Le respondía con piropos directos:

—Vos sí que sabés cómo hacer que un hombre tenga ganas de trabajar… y de otras cosas también.

Valentina empezó a notar el cambio. Cuando llevaba a Mauricio en el auto por las tardes, lo veía más animado. Cuando lo recogía al anochecer, percibía el olor a pan mezclado con perfume femenino en su ropa. Al principio fingía no darse cuenta, pero el morbo empezó a crecerle en el pecho.

Los toqueteos empezaron en la bodega.

Una tarde, después del cierre, Lena cerró la puerta principal y dejó solo la luz de la cocina encendida. Mauricio estaba apilando leña. Ella se acercó por detrás, presionando sus tetas grandes contra su espalda.

—Gracias por todo lo que hacés por nosotras… —susurró.

Mauricio se giró, la tomó de la cintura y la besó con fuerza. Lena respondió con hambre, metiendo la lengua en su boca mientras le acariciaba el bulto que ya se marcaba en el pantalón.

—No podemos… mi hija está arriba —jadeó ella, pero no se apartaba.

—Entonces calladita —gruñó Mauricio, metiendo la mano debajo de su delantal y dentro de sus bragas. Lena estaba empapada. La masturbó con dos dedos gruesos contra la pared mientras ella le mordía el hombro para no gemir fuerte.

Esa fue la primera vez que él la hizo correrse con la mano. Lena tembló, apretando los muslos alrededor de su muñeca, susurrando su nombre.

Desde entonces, los encuentros se volvieron más arriesgados.

Por las tardes, cuando Lía salía a la universidad o a entregar pedidos, Mauricio y Lena desaparecían en la bodega o en el pequeño cuarto de atrás. Él la ponía contra las bolsas de harina, le subía la falda y la follaba de pie, con embestidas fuertes y profundas. Lena gemía bajito, mordiéndose el labio:

—Sos tan grande… me llenás toda, Mauricio… Mi marido nunca fue así.

Él la agarraba del pelo y le hablaba al oído:

—Esta concha ahora es mía. Cada vez que horneás pan, quiero que sientas cómo te dejé adentro.

Valentina lo sabía. Ya no eran solo sospechas. Una tarde lo dejó en la panadería y, en vez de irse, dio la vuelta y miró por la ventana lateral. Vio claramente a su marido embistiendo a Lena desde atrás, las tetas de ella saltando mientras se agarraba a una mesa. Valentina se quedó ahí, respirando agitada, una mano entre las piernas, tocándose mientras observaba.

Lía empezó a sospechar poco después.

Al principio eran detalles pequeños: la forma en que su mamá sonreía cuando Mauricio estaba cerca, las miradas largas, el desorden en la bodega. Una tarde llegó más temprano de lo esperado y escuchó ruidos desde el cuarto de atrás: gemidos ahogados, el sonido húmedo de cuerpos chocando y la voz grave de Mauricio:

—Tomá toda mi verga, Lena… así, apretá.

Lía se quedó paralizada detrás de la puerta, con el corazón latiéndole fuerte. No se atrevió a abrir, pero se quedó escuchando hasta el final, sintiendo una mezcla extraña de shock, curiosidad y algo caliente entre las piernas.

A partir de ahí, empezó a observar más. Veía cómo su mamá se arreglaba mejor cuando Mauricio venía, cómo él le tocaba disimuladamente el culo cuando creían que nadie miraba. Y, sobre todo, notaba cómo Mauricio la miraba a ella también, con esa intensidad madura.

El punto de quiebre llegó una noche de mucho calor.

Valentina había llevado a Mauricio y le dijo que lo recogería más tarde. Lena y Lía estaban cerrando. Mauricio se quedó a ayudar. Cuando terminaron, Lena subió un momento al baño del segundo piso. Lía se quedó sola con él en la cocina, limpiando la mesa.

El aire estaba cargado. Mauricio la miró fijamente.

—Estás creciendo muy linda, Lía —dijo con voz baja.

Ella se sonrojó, pero no bajó la mirada.

—Usted también es… muy hombre, don Mauricio.

Él se acercó. Lía no se movió. Mauricio le levantó suavemente el mentón y la besó. Primero suave, luego más profundo. Lía gimió bajito contra su boca y le correspondió, rodeándole el cuello con los brazos.

El beso se volvió caliente rápido. Mauricio le apretó el culo joven y firme por encima de los shorts. Lía jadeaba, frotándose contra él.

—No sé qué estoy haciendo… —susurró ella.

—Tranquila… —respondió él, guiándole la mano hasta su verga dura—. Solo tocame.

Lía, temblando de nervios y excitación, le bajó el cierre y sacó su verga gruesa y madura. Se arrodilló allí mismo, en la cocina, y se la metió a la boca por primera vez. Era torpe pero entusiasta. Chupaba con ganas, mirándolo con ojos grandes y húmedos.

Mauricio le acariciaba el pelo, gruñendo bajito:

—Así, mijita… despacito… qué boquita tan rica.

Desde la puerta entreabierta del segundo piso, Lena observaba todo escondida. Tenía una mano dentro de sus bragas, tocándose mientras veía a su hija mamándole la verga al hombre que la follaba a ella. Sentía celos ardientes, pero también una excitación perversa y profunda. Gemía bajito, mordiéndose el labio, sintiendo una extraña sensación de unidad prohibida.

Lía chupaba cada vez mejor, animada por los gruñidos de Mauricio. Él no aguantó mucho. Le agarró la cabeza con suavidad y se corrió en su boca, soltando chorros espesos. Lía tragó como pudo, tosiendo un poco, con semen escurriéndole por la barbilla.

Mauricio la levantó, la besó en la boca con su propio sabor todavía en la lengua de ella, y le susurró:

—Esto recién empieza, linda.

En ese momento, Lena bajó las escaleras fingiendo que no había visto nada. Sus miradas se cruzaron las tres. Hubo un silencio denso, cargado de tensión sexual.

Nadie dijo nada. Pero todos sabían que ya no había vuelta atrás.

Valentina, que había llegado un poco antes y observaba desde afuera a través de la ventana, sintió que le temblaban las piernas. Su marido ya no solo se follaba a la panadera… ahora también empezaba con la hija.

Y lo peor (o lo mejor) era que eso la excitaba más de lo que quería admitir.

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Ivanmont
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