La enfermera nueva, esa chiquilla que cuida bien a mi hombre
Duración estimada de lectura: 7 minutos
Visitas: 1,357
En el pequeño pueblo de San Rafael, donde todos se conocían y los chismes corrían más rápido que el viento, Ricardo llevaba casi dos meses postrado. Tenía 47 años, piel quemada por el sol de tantas obras, el cabello siempre revuelto y un tatuaje de dragón que le cubría casi todo el brazo izquierdo. Era albañil de toda la vida, fuerte como un toro, de esos que cargaban bloques sin quejarse. Pero un “accidente laboral” lo había dejado con la espalda jodida, la pierna derecha medio dormida y el ánimo por el piso.
Algunos decían que no había sido solo un accidente: que se había agarrado a golpes con otro albañil porque le había manoseado a la mujer de este. Fuera como fuese, ahora estaba incapacitado. El médico del centro de salud público había dicho que la recuperación sería lenta.
Lorena, su esposa, tenía que trabajar el doble. Limpiaba casas por las mañanas y atendía la caja de la única ferretería del pueblo por las tardes. Llegaba cansada, con ojeras, pero siempre le preparaba la comida a Ricardo y lo ayudaba a moverse. Lo veía cada día más apagado, más callado, como si se estuviera rindiendo.
Hasta que llegó **Dulce**.
Dulce tenía 24 años y estaba haciendo su año de servicio social en provincia. Venía de la capital, flaquita pero bien formada: pelo castaño con mechas rubias que le caían sobre los hombros, piel pálida que contrastaba con el bronceado de las mujeres del pueblo, unas tetas abultaditas que se notaban bajo la bata blanca y un culito redondo y firme que hacía que más de uno se olvidara del motivo de su visita al centro médico.
Era coqueta sin ser obvia. A veces tímida, bajaba la mirada y se mordía el labio; otras, soltaba una sonrisa confiada y una mirada que parecía decir “yo sé exactamente lo que estoy haciendo”.
Las enfermeras mayores atendían primero a Ricardo, pero sus turnos eran complicados y los resultados no muy efectivos, por no decir completamente inexistentes. Poco a poco, Dulce empezó a hacerse cargo de él.
La primera vez que lo vio, Dulce entró a la sala de curaciones con su sonrisa fresca.
—Buenos días, don Ricardo. Soy Dulce, la nueva. Hoy me toca a mí revisarlo.
Ricardo, acostado en la camilla, la miró de arriba abajo. Esa chiquilla parecía demasiado delicada para estar en un pueblo como este.
Desde ese día, las visitas se volvieron más frecuentes. Al principio eran solo controles en el centro: le revisaba la espalda, le hacía ejercicios suaves de movilidad, le ponía inyecciones. Pero Lorena notaba cosas. Cómo Dulce se inclinaba más de lo necesario sobre él, cómo le hablaba bajito al oído mientras le masajeaba los hombros, y cómo Ricardo, por primera vez en semanas, parecía tener un brillo distinto en los ojos.
Un mes después, el médico autorizó controles domiciliarios porque Ricardo apenas podía caminar. Y como Lorena salía temprano y volvía tarde, Dulce empezó a ir a la casa tres veces por semana.
La primera visita en casa fue inocente… casi.
Dulce llegó con su uniforme blanco ajustado, el estetoscopio colgado al cuello y una bolsita con aceites y vendas. Ricardo estaba sentado en la cama, con una camiseta vieja y un short flojo.
—Vamos a trabajar esa circulación hoy —dijo ella con voz suave mientras se ponía guantes.
Empezó con masajes en las piernas. Sus manos pequeñas pero firmes subían por los muslos de Ricardo, presionando, aflojando. Cada vez más arriba. Cuando llegó cerca de la ingle, Ricardo sintió que su verga, que llevaba semanas sin dar señales de vida, empezaba a despertar.
Dulce lo notó. Sonrió bajito, tímida al principio.
—¿Siente eso? Es buena señal, don Ricardo. Su cuerpo está respondiendo bien.
Al día siguiente fue más directo. Lorena había salido a las seis de la mañana. Dulce llegó a las ocho. Después de los ejercicios de espalda, le pidió que se quitara el short para “trabajar la zona pélvica”.
—Relájese… esto es parte de la terapia —susurró.
Le untó aceite caliente y empezó a masajearle los muslos internos. Sus dedos rozaban cada vez más cerca. Ricardo estaba completamente duro. La chiquilla lo miraba con esa mezcla de inocencia y picardía.
—Se está poniendo muy fuerte aquí… —dijo bajito, casi sorprendida, mientras rodeaba su verga gruesa con la mano resbalosa—. Esto es excelente para la circulación.
Ricardo soltó un gemido ronco cuando Dulce empezó a masturbarlo lento, con movimientos profesionales y a la vez traviesos. La mano subía y bajaba, apretando justo donde tenía que apretar.
—¿Le gusta así? —preguntó ella, mordiéndose el labio.
—Sí… carajo, sí —gruñó él.
Dulce se arrodilló entre sus piernas y continuó con ambas manos, mirándolo a los ojos. Cuando sintió que él estaba por explotar, aceleró. Ricardo se corrió con fuerza, chorros espesos que cayeron sobre su abdomen mientras gemía como un animal.
—Buen chico… —susurró Dulce limpiándolo con una toallita caliente—. Esto va a ayudar mucho con su recuperación.
A partir de ahí, las visitas se volvieron más intensas.
Dulce experimentaba todo lo que había aprendido en la universidad… y mucho de lo que no estaba en los libros. Le hacía mamadas profundas y lentas, tragando casi todo mientras le masajeaba los huevos. Se subía encima de él en la cama matrimonial y lo cabalgaba despacio, controlando el ritmo, sus tetitas saltando dentro de la bata abierta mientras gemía bajito:
—Se está poniendo más duro cada día, don Ricardo… Siento cómo recupera fuerza.
Lo montaba en diferentes posiciones, siempre cuidando su espalda, pero dejando que su pelvis trabajara. Le pedía que empujara, que la agarrara de las caderas, que recuperara el control de su cuerpo. Y Ricardo respondía. Cada vez con más fuerza. Cada vez más macho.
Un mediodía caluroso, Dulce llegó sudada. Se quitó la bata completa y se quedó solo en braguitas. Se acostó al lado de él y le guio la mano hasta su coñito depilado.
—Tóqueme… quiero que sus dedos también recuperen movilidad —le dijo con voz juguetona.
Ricardo, con esa aura de galán de barrio que nunca había perdido del todo, empezó a meterle dos dedos gruesos mientras ella gemía y se retorcía. Poco después la puso de lado y la penetró desde atrás, lento pero profundo, recuperando el ritmo de un hombre hecho y derecho.
Lorena empezó a notar los cambios. Su marido ya se levantaba solo, caminaba mejor, incluso había empezado a hacer pequeños esfuerzos en la casa. Pero también notaba otras cosas: el olor a perfume femenino en las sábanas, chupones en el cuello que él intentaba ocultar, y esa sonrisa satisfecha que Ricardo tenía ahora.
Una tarde llegó más temprano y escuchó los gemidos desde la ventana entreabierta. Se asomó con el corazón latiéndole fuerte. Vio a Dulce completamente desnuda, montada sobre su marido, moviendo las caderas en círculos mientras Ricardo le apretaba el culo con esas manos grandes y callosas de albañil.
—Más fuerte… quiero que me cojas como el macho que eres —gemía la chiquilla.
Ricardo la embestía desde abajo con renovada potencia, gruñendo.
Lorena se quedó ahí, paralizada, sintiendo una mezcla de dolor, rabia y una excitación traicionera entre las piernas. No dijo nada. Se fue en silencio.
Esa noche, mientras cenaban, Ricardo estaba más animado que nunca. Le dijo a Lorena que se sentía mucho mejor, que pronto podría volver a trabajar.
Ella solo lo miró, con una sonrisa triste y cargada de morbo.
—Me alegro, amor… Parece que la enfermerita nueva te está cuidando muy bien.
Si te gusta la historia y quieres leer una versión más larga y extendida, puedes visitar mi página: Patreon.com/PasionesProhibidas
