El ascenso de Valentina: el nuevo trabajo de mi novia
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Me llamo Valentina, tengo 23 años y, aunque todavía no lo sepa nadie, estoy a punto de cambiar mi vida para siempre.
Cada mañana, cuando me miro al espejo del diminuto baño de nuestro departamento, intento reconocerme. Los ojos grandes y marrones, con esa forma ligeramente saltona que me da cara de buena chica, me devuelven la mirada. Tengo tres lunarcitos casi invisibles: uno bajo el ojo izquierdo, otro en la mejilla derecha y el más coqueto justo encima de la comisura del labio. Mati dice que me hacen ver inocente. Yo ya no estoy tan segura de querer seguir siéndolo.
Me arreglo con cuidado. Hoy elegí una blusa blanca de seda bastante ajustada, con los primeros botones abiertos lo suficiente para que se note el encaje del sujetador cuando me inclino. La falda negra lápiz me llega justo por encima de la rodilla, pero se ajusta tanto a mis caderas que marca cada curva. Tacones medianos, pero elegantes. El cabello castaño suelto, con ondas suaves. Perfume dulce y caro que compré con mi primer sueldo.
—Estás preciosa, amor —me dice Mati desde la cama, todavía medio dormido.
Sonrío y me acerco a darle un beso. Huele a sueño y a hombre. Su mano sube por mi muslo, intentando colarse bajo la falda.
—Mati… voy a llegar tarde —protesto suavemente, aunque dejo que sus dedos rocen mi piel unos segundos más.
Él suspira y se deja caer de nuevo.
—Esta noche te compenso, ¿sí? Hoy tengo deliveries hasta tarde.
Asiento, aunque sé que cuando llegue a casa probablemente él ya esté dormido o yo demasiado cansada para sentir algo real. Nuestro sexo se ha vuelto… rutinario. Rápido. Cómodo. Pero ya no suficiente.
La agencia de publicidad “Montenegro & Asociados” es otro mundo. Cristales, muebles modernos, olor a café caro y ambición. Aquí nadie llega lejos solo con talento. Hay que “esforzarse”. Y yo estoy dispuesta.
Llevo casi dos meses como asistente ejecutiva. Mi jefe directo es Alejandro Montenegro, 38 años, el socio principal. Alto, traje impecable, voz grave que se siente en el pecho. Cada vez que me llama a su oficina, siento un cosquilleo incómodo y delicioso entre las piernas. Sus ojos verdes-grises me miran siempre un segundo más de lo necesario.
Esa tarde lo vi por primera vez con claridad.
Estaba saliendo de la sala de reuniones cuando noté movimiento al final del pasillo. La puerta de la oficina de Alex se abrió y salió Sofía Vargas, la chica que había ascendido hace poco a Junior Account Executive. Tenía 24 años, como yo, pero parecía de otro nivel. Rubia con mechas, curvas pronunciadas, labios siempre rojos.
Pero esa tarde no se veía impecable.
Su cabello rubio estaba revuelto, como si alguien hubiera pasado los dedos varias veces entre sus mechones. Tenía una fina capa de sudor brillando en el escote. El labial corrido hacia un lado y las mejillas sonrojadas. Caminaba con las piernas un poco temblorosas, ajustándose la falda con disimulo. Cuando pasó a mi lado, pude olerlo: ese aroma inconfundible a sexo reciente.
Nuestras miradas se cruzaron solo un segundo. Ella sonrió de forma extraña, casi cómplice, y siguió su camino.
Me quedé paralizada. Sabía exactamente qué había pasado ahí dentro. Y en lugar de escandalizarme… sentí calor. Mucho calor. Un latido insistente entre mis muslos que me obligó a apretar las piernas.
Esa misma noche, a las 9:40 pm, casi todos ya se habían ido. Yo seguía organizando archivos en mi escritorio cuando Alex salió de su oficina, chaqueta en la mano.
Todavía se estaba abotonando el último botón de la camisa. Cuando pasó junto a mi escritorio, el olor me golpeó de lleno: su perfume caro mezclado con el aroma almizclado del sexo, y un toque dulce que seguramente era el perfume de Sofía. Olía a hombre recién follado. Ese detalle, lejos de asquearme, hizo que un calor líquido se acumulara entre mis piernas.
—Valentina —su voz grave me hizo levantar la vista—. Es muy tarde. ¿Cómo piensas volver?
—Tomaré un taxi, señor Montenegro.
Él negó con la cabeza, acercándose.
—No voy a permitir eso. Te llevo yo. Mi auto está en el estacionamiento subterráneo.
Dudé. Sabía que debía negarme. Mati estaba trabajando, pero igual… era mi novio. Vivíamos juntos. Sin embargo, la imagen de Sofía saliendo de esa oficina no dejaba de repetirse en mi cabeza.
—Está bien… gracias —respondí finalmente, con la voz más suave de lo que pretendía.
Bajamos juntos en el ascensor. El espacio era reducido y su perfume masculino lo llenaba todo. Cuando las puertas se abrieron en el subterráneo, me puso suavemente la mano en la parte baja de la espalda para guiarme. Ese simple contacto me erizó la piel.
Su auto era negro, elegante, con vidrios polarizados. Me abrió la puerta del copiloto como todo un caballero. Cuando entré, la falda se me subió un poco por los muslos. No la bajé.
Mientras conducía por las calles casi vacías, el silencio se volvió denso. Podía sentir su mirada deslizándose de vez en cuando por mis piernas.
—Has estado haciendo un excelente trabajo, Valentina —dijo de pronto—. Tienes algo especial. Ambición… y algo más.
Tragué saliva.
—Gracias, señor.
—Alex —corrigió, sonriendo de lado—. Cuando estemos solos, llámame Alex.
Su mano derecha abandonó la palanca de cambios y descansó casualmente sobre mi rodilla. No la movió. Solo la dejó ahí, caliente, pesada.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
—¿Estás cómoda? —preguntó, subiendo muy lentamente los dedos por el interior de mi muslo, apenas unos centímetros.
—Sí… —susurré, sin atreverme a mirarlo.
Sabía que estaba cruzando una línea. Sabía que Mati existía. Pero en ese momento, con la mano de Alex subiendo cada vez más y mi respiración volviéndose irregular, solo podía pensar en una cosa:
Esta era mi oportunidad.
El auto olía a cuero caro y a su perfume masculino. Apenas habíamos salido del estacionamiento cuando la mano de Alex volvió a posarse en mi muslo, esta vez más arriba, por debajo del borde de la falda. Mis piernas temblaron ligeramente.
—Alex… —susurré, intentando sonar firme—. Tengo novio.
—Lo sé —respondió con calma, sin apartar la mano—. Y yo tengo novia. Pero eso no cambia lo que está pasando aquí, Valentina.
Sus dedos subieron lentamente, rozando la piel sensible del interior de mi muslo hasta llegar al borde de mis bragas. Sentí que me humedecía de inmediato. Mi respiración se volvió entrecortada.
—Estás muy mojada ya —murmuró, pasando un dedo por encima de la tela fina—. ¿Esto es por mí?
No pude responder. Solo solté un gemido bajito cuando presionó mi clítoris por encima de la braga. Mis caderas se movieron solas hacia su mano.
Con la otra mano mantenía el volante con seguridad, conduciendo por calles secundarias menos iluminadas. Yo, sin pensarlo demasiado, abrí un poco más las piernas, dándole mejor acceso.
—Buena chica —susurró.
Metió dos dedos bajo la tela y los deslizó entre mis labios mojados, untándose con mi excitación. Cuando encontró mi entrada, los hundió despacio, curvándolos dentro de mí. Gemí más fuerte, agarrándome al asiento.
—Tan apretada… —gruñó—. Tu noviecito no te folla como mereces, ¿verdad?
No respondí. No podía. Solo jadeaba mientras sus dedos entraban y salían con ritmo experto, su pulgar frotando mi clítoris hinchado en círculos perfectos. El placer subió rápido, demasiado rápido. Mis muslos temblaban y mis pezones se marcaban duros contra la blusa de seda.
—Alex… voy a… —intenté avisar.
—Córrete para mí, Valentina. Déjame sentir cómo te corres en mis dedos.
El orgasmo me golpeó fuerte. Me arqueé en el asiento, apretando los muslos alrededor de su mano mientras olas de placer me recorrían el cuerpo. Gemí su nombre entre dientes, intentando no hacer demasiado ruido, aunque sabía que era inútil.
Cuando bajé del orgasmo, él sacó los dedos lentamente y los llevó a su boca, lamiéndolos con deleite frente a mí.
—Deliciosa —dijo con una sonrisa oscura.
Todavía temblando, miré hacia su entrepierna. Su erección era evidente, marcándose gruesa contra el pantalón del traje. Sin decir nada más, me deslicé hacia él, torciendo el cuerpo en el asiento del copiloto. Bajé el cierre de su pantalón con manos nerviosas y saqué su polla.
Era grande. Más gruesa y más larga que la de Mati. La cabeza estaba hinchada y brillaba con una gota de precum. La olí: masculina, excitada. Me mojé los labios y la metí en mi boca sin pensarlo dos veces.
—Joder… —gruñó Alex, poniendo una mano en mi cabeza mientras seguía conduciendo con la otra.
Empecé a chuparla con ganas, moviendo la cabeza arriba y abajo, usando la lengua en la parte inferior. Lo sentía palpitar dentro de mi boca. Saliva corría por mi barbilla mientras lo succionaba más profundo, intentando llegar lo más lejos posible. Sus gemidos graves me incentivaban.
—Así… chúpala bien, Valentina. Usa esa boquita inocente que tienes.
Aceleré el ritmo, masturbándolo con la mano al mismo tiempo que lo mamaba. Sus caderas se movían ligeramente, follándome la boca con cuidado. Sentía su polla hincharse más, volverse más dura.
—Voy a correrme… —advirtió con voz ronca.
No me aparté. Al contrario, lo succioné más fuerte. Con un gruñido profundo, Alex se corrió dentro de mi boca. Chorros calientes y espesos golpearon mi lengua y el fondo de mi garganta. Tragué todo lo que pude, pero algo se escapó por la comisura de mis labios. Sabía salado, fuerte, masculino. Me quedé unos segundos más con su polla en la boca, limpiándola con la lengua mientras él respiraba agitado.
Cuando me incorporé, tenía los labios hinchados y el sabor de su semen todavía fresco en la boca. Me limpié la comisura con el dedo y lo lamí, mirándolo a los ojos.
Él sonrió satisfecho.
Llegamos a mi edificio. Justo cuando estacionó en la esquina, vi la moto de Mati acercándose por la calle. El corazón me dio un vuelco.
—Mi novio… —susurré, agachándome un poco en el asiento.
Alex no se inmutó. Apagó las luces del auto y se giró hacia mí. Me tomó por la nuca y me dio un beso profundo, posesivo, metiendo la lengua en mi boca todavía con sabor a su propia corrida.
—Te veré el lunes, Valentina —murmuró contra mis labios—. Descansa este fin de semana… porque la próxima semana va a ser muy larga e intensa.
Me bajó la falda con delicadeza, como si nada hubiera pasado, y esperó a que Mati entrara al edificio. Solo entonces me dio otro beso rápido y me dejó bajar.
Subí las escaleras con las piernas todavía temblorosas y el sabor de Alex en la boca.
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