Me tiré al feíto de la oficina
Duración estimada de lectura: 5 minutos
Visitas: 1,225
Estaba tan cachonda esa noche que no pude resistirme. Mi cuerpo ardía, mis pezones duros rozaban contra la blusa y mi coño palpitaba con una necesidad urgente. Abraham, ese compañero de trabajo con cara de sapo, pero cuerpo atlético y, según los rumores, una polla enorme, me había invitado a una chifa. Normalmente lo habría mandado a la mierda por su fealdad, pero el calor entre mis piernas me traicionó. ‘Está bien, vamos’, le dije por mensaje, sintiendo ya cómo mi culo grande se movía con anticipación al imaginarlo follándome.
Llegamos al chifa, un lugar cutre con olor a arroz chaufa y pollo salteado. Nos sentamos en una mesa apartada. Él me miraba con ojos hambrientos, pero yo evitaba sus labios asquerosos. En cambio, me acerqué y le besé el cuello, mordisqueando su piel salada mientras mi mano bajaba a apretar el bulto en sus pantalones. ‘Estás duro para mí, ¿verdad?’, le susurré al oído, dominante como siempre. Se le escapó un gemido. Pedimos algunos platos, pero yo no podía esperar.
Comimos rápido, pagó y salimos directo al hostal más cercano, un tugurio con habitaciones baratas y camas chirriantes. Apenas cerramos la puerta, lo empujé contra la pared. ‘Quítate la ropa’, mandé. Su polla saltó libre, enorme, venosa, al menos 20 centímetros de grosor impresionante. Me relamí los labios. Me desvestí despacio, dejando que viera mis curvas: 88-70-98, mi culo enorme y redondo que tanto le gustaba, algo subido de peso, pero perfecto para lo que venía. Le metí la cara sobre mis tetas a la fuerza, mientras le decía ‘Chupa fuerte, lame hasta que te diga basta’. Su boca chupaba y mordía, saliva por todas partes, mientras yo me tocaba el coño empapado.
No quería ver su cara fea, así que me puse de perrito en la cama, arqueando la espalda para que mi culo se ofreciera como un banquete. ‘Fóllame así, métemela toda’. Él se colocó detrás, agarrando mis caderas anchas. La cabeza de su polla rozó mi entrada húmeda y empujó. Dios, qué grosor. Me abrió el coño de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. Gruñí de placer, empujando hacia atrás para controlarlo. ‘Más fuerte, cabrón, dame duro’. Él obedecía, embistiéndome con fuerza, sus bolas golpeando mi clítoris. Mi culo rebotaba contra su pelvis, ondas de carne temblando con cada estocada. Yo dominaba el ritmo, moviéndome para que su polla rozara justo donde lo necesitaba. ‘Sí, así, fóllame el coño profundo’. Sudábamos, el cuarto olía a sexo mientras escuchábamos los gritos de los cuartos vecinos. Sentí su polla hincharse. ‘Sácamela y córrete en mi espalda’, ordené. Él salió jadeando y chorros calientes de semen me salpicaron la espalda, resbalando por mis curvas hasta mi culo. Gemí satisfecha, mi coño aun palpitando sin correrme del todo.
Descansamos un rato, pero el fuego no se apagó. Yo seguía caliente, mi culo grande ansiando más. ‘Otra vez, pero deja de intentar besarme en la boca, feo’, le advertí. Lo puse de rodillas y le chupé la polla un momento para endurecerla de nuevo, saboreando mi propio jugo en ella. Luego, de nuevo de perrito, porque así no veía su jeta y porque sabía que a él le volvía loco mi trasero enorme. ‘Métemela ya’. Entró resbaladizo, follándome con más furia esta vez. Agarré las sábanas, gimiendo alto mientras su polla me taladraba. ‘Más rápido, hazme correrme’. Mis tetas colgaban balanceándose, mi culo aplastándose contra él. Él gruñía, perdiendo el control. Yo empujaba hacia atrás, dominante, ordeñando su polla con mis paredes vaginales. De repente, sentí que se corría sin avisar. Intentó sacarla, pero el cabrón apuntó mal… o a propósito. Chorros espesos de semen caliente me cayeron en el cabello, empapando mis mechones largos y pegajosos.
¡Mierda! Me giré furiosa, su polla aun goteando. ‘¡Idiota! ¿En mi pelo? ¡Tengo que ir a casa con mi familia, ahora voy a oler a tu corrida toda la noche!’. Él balbuceaba disculpas, pero yo no escuchaba. ‘¡Fuera de aquí, lárgate ya!’. Abrí la puerta, aventé su ropa y lo empujé desnudo hacia afuera, cerrando la puerta en su cara. Me miré en el espejo sucio del baño: mi espalda pegajosa de la primera corrida, y ahora el pelo hecho un desastre, semen chorreando por mi cuello. Maldito vengativo. Tuve que lavarme el pelo en la ducha mugrienta del hostal, frotando mi cara con jabón barato mientras maldecía. Mi coño aún latía de placer, pero la rabia me quemaba. Al final, salí oliendo a champú rancio, con el coño adolorido pero satisfecha… menos por el pelo arruinado.
