Mi marido no hizo nada
Duración estimada de lectura: 6 minutos
Visitas: 1,300
La fiesta en la casa de unos conocidos estaba en pleno apogeo. La música tronaba desde el salón principal, las risas y el choque de vasos llenaban el aire, y el aroma a licor y humo de tabaco lo impregnaba todo. Yo, Stephanie, con mi cuerpo de 88-70-98 que siempre atraía miradas, pechos plenos de 88 cm apretados en la blusa ceñida, cintura de 70 cm realzada por el vestido ajustado y caderas de 98 cm que hacían mi trasero carnoso y prominente, había bebido más de la cuenta junto a mi marido Martín. “Necesito un descanso”, le dije, sintiendo el cansancio en las piernas. Él asintió, tambaleante por el alcohol.
Entramos a un cuarto aparte, una salita pequeña separada del bullicio por una puerta entreabierta. Dos sillones se enfrentaban, una mesita y una luz mortecina. Nadie venía aquí. Era un oasis olvidado. Me tumbé boca abajo en uno de los sillones, el vestido subiéndose un poco por mis muslos rellenitos, dejando asomar el encaje de mis bragas blancas. Mi culo se elevaba un tanto. “Descansa tú también, amor”, murmuré a Martín antes de cerrar los ojos. El agotamiento y el alcohol me vencieron rápido. Me quedé dormida profunda, el rostro hundido en el cojín.
No sé cuánto tiempo pasó. Un roce firme en mis nalgas me despertó de golpe. Sentí unas manos enormes subiendo mi vestido hasta la cintura, exponiendo mi trasero al aire. Abrí los ojos excitada. Un hombre alto y fornido, de más de 1.90 metros con músculos que abultaban su camisa, se arrodillaba detrás de mí. Barba densa, pelo corto, ojos lujuriosos. “Sí, hazlo”, gemí, incorporándome un poco para facilitarle. Su peso me presionó contra el sillón. Se montó encima desde arriba, su torso masivo cubriéndome por completo.
Miré hacia Martín en el sillón de enfrente. Estaba ladeado, respirando pesado, como dormido por la borrachera, pero sus ojos entreabiertos brillaban de excitación. “Martín, míranos”, jadeé, moviéndome con él. El grandulón bajó mis bragas con cuidado, el aire fresco golpeando mi coño expuesto: labios gruesos, húmedos de anticipación. “Mi marido está aquí, y lo sabe”, murmuré, abriendo las piernas. Él me presionó la nuca con suavidad, y con la otra mano se abrió el pantalón. Sacó su verga y me la restregó contra la cara: un monstruo grueso y venoso de unos 22 cm, el capullo púrpura palpitando.
Luego la frotó contra mis nalgas, untándome de su líquido pegajoso. “Tómame, sí”, rogué, separando más las piernas. Escupió en su palma para engrasarla. Sentí la punta presionando mi entrada. “¡Sí, entra!”, gemí cuando empujó, la cabeza gruesa abriendo mis paredes vaginales. Se abrió paso centímetro a centímetro en mi coño apretado, estirándome con placer. Empujó la mitad, luego todo el eje con un movimiento firme que me hizo gritar de gusto. “¡Aaaah! ¡Qué grande!”.
Estaba empalada bajo su cuerpo pesado. Empezó a bombear desde arriba, cada embestida un impacto profundo: su pelvis chocando mi culo, sus huevos peludos azotando mi clítoris. La verga salía y volvía a hundirse hasta el fondo, rozando mi cervix. “¡Sí, Martín, míralo!”, jadeé, arañando el sillón con placer, girando la cabeza hacia mi marido. Él nos observaba, excitado. El tipo me agarró el pelo con firmeza, obligándome a mirar al frente, y aceleró: folladas rápidas y profundas, “plaf plaf plaf”, mi coño chorreando.
Mis tetas de 88 cm se aplastaban contra la tela, pezones endureciéndose por el roce. Mordió mi cuello con pasión, dejando marcas leves, mientras su verga martilleaba. Sacó su polla casi entera, el glande cubierto de mi crema blanca, y la clavó de nuevo, sacándome gemidos. “¡Joder, qué coño tan chupapollas! Puta casada”, jadeó él. Mi cuerpo respondía: humedad facilitando sus acometidas.
La puerta se abrió de pronto. Dos hombres entraron con copas, riendo. “¿Qué rollo es este?”, dijo uno al vernos: yo gimiendo bajo el grandulón que me follaba. El otro soltó una carcajada: “La parejita calentita. No molestemos”. Sonrieron con complicidad y salieron, cerrando. Nadie más entró. El cuarto era nuestro paraíso privado.
Martín nos miraba fijamente. El tipo me levantó el culo un poco, cambiando ángulo para clavarse más hondo, su pubis frotando mi clítoris hinchado. “¡Sí, muévete!”, ordenó, y mis caderas se arquearon. Me volteó sin desclavarse: ahora boca arriba, piernas abiertas de par en par, vestido hecho jirones dejando mis tetas al descubierto, redondas, con pezones oscuros erectos. Se montó encima, embistiendo hacia abajo, la verga desapareciendo en mi coño depilado.
Agarró mis pechos, apretándolos con deseo, pellizcando pezones. “¡Sí, mis tetas!”, gemí, mientras chupaba uno, succionando fuerte mientras follaba. Sus caderas chocaban furiosas, embestidas rápidas, el sillón temblando, jugos salpicando mis muslos. Me besó con fuerza, lengua en mi boca. Mi coño palpitaba alrededor de su grosor.
Me puso a cuatro patas, culo en pompa hacia Martín. Sentí sus dedos en mi ano, escupiendo saliva. “Ahora el culo”. “¡Sí, por Dios, ahí!”, supliqué, relajándome. Presionó la punta contra mi esfínter. Empujó lento: el anillo cedió con placer, la verga estirándome el recto. “¡Aaaah!”, gemí, intestinos llenos mientras tragaba ese bestia centímetro a centímetro. Folló mi culo con pasión, alternando: una en el ano, dos en el coño, mis agujeros dilatados y chorreantes.
Sus manos azotaban mis nalgas de 98 cm, dejando huellas rosadas, huevos golpeando mi clítoris. “Tu cornudo mira mientras te follo los dos hoyos”, se mofó. Gemí sin control, placer inundándome. Martín nos observaba, masturbándose discretamente. Volvió a ponerme boca abajo, montándome como al inicio. Folló mi coño con furia: decenas de embestidas profundas, sudor goteando sobre mi espalda. “Te lleno adentro”. “¡Sí, lléname!”.
Gruñó, clavándose al máximo, y explotó: semen caliente inundando mi útero, chorros desbordando por mi coño hinchado. Sacó la verga, aun eyaculando sobre mi culo y espalda, pegajoso y abundante. Se levantó, se abrochó y salió silbando. Yo jadeé, coño y ano palpitando, semen goteando, cuerpo tembloroso de placer. Martín “despertó” minutos después: “¿Qué pasó, amor?”. Lo miré con picardía: “Nada… un sueño caliente”. Sabíamos que lo había visto todo, el excitado cornudo.
