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Se llamaba Nuria y yo llevaba meses viéndola en el gimnasio con el imbécil de mi colega Raúl, que la tenía de novia. La tía era bajita, uno sesenta y cinco como mucho, rubia natural, con el pelo siempre recogido en una coleta tirante y las manos llenas de callos de las dominadas. Yo la miraba de reojo cuando hacía peso muerto y le miraba el culo, un culo bueno, gordo y firme, de los que se marcan en el punto de la sentadilla y te hacen perder la serie. Me pillaba mirándola y en vez de apartar la vista hacía lo contrario, se ponía de espaldas y bajaba más, hasta el suelo, y se quedaba ahí abajo, apretando.
El caso es que aquel martes me escribió. A las once y media de la mañana, un mensaje suelto: «Luis, ¿estás en casa? Necesito hablar contigo, es urgente.» Yo estaba en el salón con el portátil y un café, sin camiseta, con el ventilador puesto a tope porque en agosto en Madrid no hay quien viva. Le contesté que subiera. No le pregunté para qué. No hacía falta.
Llamó al timbre y abrí la puerta y ahí estaba, con una sudadera corta que le dejaba el ombligo al aire, unos leggings grises que le marcaban hasta el último músculo del glúteo y las zapatillas de rayas sin calcetines. Se había puesto perfume. Eso lo noté antes que nada. En el gimnasio siempre huele a sudor y a crema de las manos, pero ahí olía a algo dulce.
—Qué pasa —le dije, apartándome para que pasara.
—Una movida gorda —dijo, y entró y se quedó en el recibidor, mirando los zapatos apilados como si no supiera dónde ponerse—. ¿Estás solo?
Se cruzó de brazos. Tenía los pezones marcados bajo la sudadera, unos pezones grandes, oscuros, que se le notaban aunque la tela era gruesa. Yo no sabía si los tenía así porque estaba haciendo frío o por lo que iba a venir después.
—Unos quince mil. Es para una cosa de mi familia, no te voy a contar el rollo, pero me hacen falta esta semana o estoy jodida. Y he pensado en ti porque sé que ganas bien.
Me apoyé en la pared del pasillo y la miré de arriba abajo. Sin disimular. Ella aguantó la mirada perfectamente, quieta, con las manos en las caderas.
— ¿Y yo qué gano con eso, Nuria?
—Te los devuelvo. En dos semanas. Te lo juro por mi madre.
—Ya. —Me reí—. Nena, yo presto dinero a mucha gente y me lo devuelven fatal. La última vez perdí mil pavos con un primo. Así que, mira, te lo presto, pero por el morro, no. Por el morro va a ser que no. —Y en broma, con esa cara de imbécil que se me pone cuando digo una barbaridad, solté—: Mínimo me tienes que dejar follarte por el culo. Y si te parece bien, te presto hasta el doble.
Esperaba que me mandara a la mierda. Esperaba una hostia, o un «qué asco de tío», o que se diera la vuelta y se fuera escaleras abajo.
En vez de eso se le cambió la cara. Se le puso una sonrisa torcida, de esas lentas, y se le movió un poco el pecho al respirar.
—¿Por el culo? —dijo.
—Por el culo.
—Vale, acepto.
—Pues eso. —Y me pasó por delante, entró en el salón, se dejó caer en el sofá y se puso a mirar el ventilador como si aquello fuera su casa—. Trae agua o algo, que vengo seca.
Le llevé un vaso de agua con hielo. Me contó el marrón entero: que su padre tenía una deuda con no sé quién, que su madre le había pedido el favor a ella y no al hermano porque el hermano era un inútil, que necesitaba el dinero para el viernes y que si no lo conseguía se iba a armar la de dios en su casa. Yo la escuché y le hice un par de preguntas de abogado, porque en el fondo esa es mi deformación profesional, y ella fue contestando entre sorbo y sorbo, con el vaso pegado a la boca, con las piernas dobladas debajo del cuerpo.
Lo dijo tan tranquila que yo tardé dos segundos en captarla. Y cuando la capté se me puso dura de golpe, como si tuviera un interruptor.
—Nuria, ¿tú estás segura de esto? Porque yo lo de antes era broma, ¿eh? Yo te presto la pasta y ya me la devolverás cuando puedas.
Y se sacó la sudadera por la cabeza. Debajo no llevaba sujetador y se le pusieron las tetas al aire: dos tetas pequeñas, duras, redondas, palpitando con la respiración, con las aureolas pequeñas de color rosa claro y los pezones largos, carnosos, ya tiesos, apuntándome a la cara. Se le marcaban las costillas al inhalar. Tenía el abdomen duro, marcado, con la línea de los abdominales cruzada por esa sombra que le hacía la tripa al ponerse de pie.
—Calla.
Y se bajó los leggings.
Lo hizo girándose de lado, con las dos manos en la cintura, empujándolos hacia abajo hasta que se le quedaron en los tobillos, y al doblarse para sacarlos se le puso el culo hacia mí, un culo hinchado, grande, redondo, sin una sola marca, con las nalgas tan anchas que le tapaban las piernas. No llevaba bragas. O llevaba un hilo, no lo sé, porque cuando se incorporó y se giró del todo ya no llevaba nada, y lo que vi fue un coño carnoso, grueso, con los labios grandes y oscuros y el monte depilado del todo, reluciente, y las piernas fuertes de la sentadilla.
—Estás empalmado —miró, y era verdad, se me marcaba la polla contra el pantalón de chándal como una barra—. Ven aquí.
Me levanté y fui hacia ella y en el mismo paso que di ya nos teníamos encima. Le puse las manos en la cintura y noté la piel fría por el aire acondicionado, y ella me tiró del bajo de la camiseta y me la sacó por la cabeza y me desabrochó el pantalón. Me lo bajó con los calzoncillos a la vez, con un tirón seco, y cuando se me soltó la polla se quedó mirándola de abajo arriba, apoyada en mis abdominales, con los ojos entrecerrados, y soltó una risa corta por la nariz.
—No me jodas, Luis.
—¿Qué pasa?
—Que esto no es una polla, esto es una amenaza. —La cogió con la mano por la base y me la levantó, sopesándola, mirándola como quien mira un objeto de valor—. ¿Cuánto te mide esto?
—Veinte los días buenos. —No era mentira.
Se pasó la lengua por los labios y se echó el pelo hacia atrás con las dos manos, y luego, sin más ceremonia, se puso de rodillas.
Me chupó el glande primero, despacio, con los labios finos esos que tenía, cerrándolos alrededor de la cabeza como si estuviera sorbiendo un caramelo, y me la metía un poco y la sacaba y me la volvía a meter, y yo notaba la lengua por debajo, la punta de la lengua pasándome por el sitio donde tengo el frenillo, y me miraba desde abajo con los ojos azules abiertos como platos, sin cerrarlos nunca, buscándome la cara. Se la metió más. Se le llenó la boca y se le hincharon las mejillas y empezó a bajarla, y bajarla, y bajarla, y le llegó al fondo, y noté su garganta cerrarse un segundo alrededor de la punta y noté la arcada y ella no se apartó, aguantó, con las manos apoyadas en mis muslos y la nariz pegada a mi vientre, y ahí noté todo: el calor de su garganta, la presión, el moco resbalando por los lados de mi polla y cayéndole por la barbilla.
Salió a respirar y sonrió con la boca abierta.
—Tienes la garganta muy profunda —le dije.
Se rió y se la volvió a meter entera y esta vez arrancó un ritmo, un ritmo fuerte, de arriba abajo, con una mano en la base de mi polla y la otra agarrándome la nalga, y yo le puse la mano en la cabeza y le cogí un puñado de pelo rubio y la llevé yo, marcándole el compás, y ella me dejó hacer, mejor dicho, lo buscó, me agarró la muñeca y me la apretó contra su nuca para que no le quitara la mano, y me la chupó durante minutos y minutos con un sonido húmedo, guarro, un sonido que se oía en todo el piso vacío, hasta que se la saqué de la boca agarrándola del pelo y le levanté la cara.
Tenía la barbilla brillante. Tenía un hilo de saliva colgándole del labio inferior.
—¿Qué —dijo, respirando por la boca.
—Que yo no acabo en la boca así de fácil. Y que la deuda es por el culo.
—Ya lo sé. Pero quería calentarlo. —Se levantó con las rodillas rojas de la madera y se dio la vuelta sin dejar de mirarme—. ¿Tienes condones?
—En el cajón del escritorio.
—Pues tráete el paquete.
Se me quedó la boca seca de golpe. Estaba de perrita en el suelo de mi casa, con el pelo rubio cayéndole a los lados, las tetas colgando, la espalda arqueada y el culo alto, un culo que se le abría solo, gordo, y en el medio lo tenía todo abierto y rojo, el coño carnoso, brillante, mojado ya, goteando, y por encima de eso el agujero del culo, pequeño, oscuro, fruncido, y yo me quedé ahí parado con el paquete de condones en la mano mirando aquello como si fuera lo primero que veía en la vida.
Me puse el condón de pie, mirándola, y me arrodillé detrás de ella. Le puse las dos manos en el culo y le abrí las nalgas, y el agujero se me abrió y se me cerró solo, y ella soltó un sonido por la nariz. Escupí en mi mano y me embadurné la punta y le pasé los dedos por el coño, dos veces, arriba y abajo, y tenía razón, estaba empapada, se me quedaron los dedos brillantes.
Y se la metí por el coño.
Le entró hasta el fondo de una sola embestida, sin piedad, porque ya estaba lo suficientemente abierta. Ella gritó. Un grito largo, agudo, que rebotó en las paredes del salón y en el techo, y luego otro, y luego ya no gritos, sino jadeos, unos jadeos roncos que le salían del pecho mientras yo empujaba y empujaba agarrándola de las caderas, con los dedos metidos en su carne, tirando de ella hacia mí cada vez que la embestía.
—Pues no paro.
Le follé el coño sin compasión durante un buen rato. En esa postura, de perrita, en el suelo, con las rodillas clavadas en la alfombra y ella empujaba hacia atrás, me pedía más, me decía guarradas con la boca pegada a la alfombra, y yo le miraba el culo abrirse y cerrarse con cada embestida, ese culo hinchado subiendo y bajando, y de vez en cuando levantaba la mano y le daba una palmada seca en la nalga y la carne se le movía como gelatina y se le quedaba la marca roja. Me dejaba hacer. Cada vez que le daba, el coño se le apretaba alrededor de mi polla. Un segundo, dos, y luego se soltaba.
Entonces me cansé de la postura. La agarré por la cintura, la levanté, y ella se puso de pie conmigo todavía dentro. Y la giré. La cogí a horcajadas, con las piernas abrazándome la cintura, las manos agarrándome del cuello, y la levanté así, ensartada en mi polla, y me la llevé andando por el pasillo hasta mi habitación. Pesaba poco. Era pequeña y ligera, con el culo gordo y las tetas apoyadas en mi pecho, y durante todo el trayecto, con cada paso que yo daba, con cada paso que le rebotaba dentro, ella se agarraba a mi cuello y mordía el aire y decía cosas al oído, cosas sucias, cosas que no voy a repetir todas, cosas como «así, así, no me la saques ni para andar», y se reía, se reía de gusto, con la cara pegada a mi cuello.
La tiré en la cama. Cayó de espaldas con el pelo abierto sobre la sábana, las tetas de lado, el coño abierto y brillante, y se quedó mirándome desde abajo con las pupilas dilatadas.
—Ven.
Me eché encima. Le levanté las piernas y le apoyé los tobillos en mis hombros y le metí la polla otra vez, entera, dura, y esta vez la follé más fuerte todavía, con el peso de mi cuerpo encima, y ella empezó a gemir de otra manera, más baja, más larga, unos gemidos que le subían del pecho y le salían como si le doliera algo, y empezó a arquearse, a apretarme las sábanas con las manos, a decir «ahí, ahí, ahí» con los ojos cerrados.
Y entonces le llegó.
Le llegó y fue la primera vez, y le vino con un grito ronco y con todo el cuerpo apretado, con las piernas clavándome las uñas en los hombros, y yo noté su coño cerrarse y latir a mi alrededor, latir de verdad, en oleadas, cinco, seis, siete latidos, y ella abría la boca y respiraba fuerte y decía que parara y luego decía que siguiera, que no parara, que siga, y yo seguí. No le di tregua. Seguí dándole duro con las caderas elevadas y ella empezó a temblar, a temblar de arriba abajo, y entonces le llegó el segundo, y el segundo fue peor, porque pilló el primero todavía abierto y se le montó encima, y le vino con los ojos en blanco y las manos agarrotadas en el pecho, y noté el segundo apretón, más fuerte que el primero, y ella ya chillaba, chillaba de verdad, sin palabras, sin frases, solo sonidos.
Y entonces le llegó el tercero. Casi pegado al segundo, dos embestidas después, y el tercero la partió, la partió literalmente, porque empezó a convulsionar, a convulsionar de verdad, a moverse en la cama como si tuviera un cable eléctrico dentro, con la cabeza echada hacia atrás y el cuello estirado y las tetas temblando y las piernas abiertas y temblando también, y yo notaba su coño abrirse y cerrarse sin ritmo, sin orden, apretándome y soltándome y apretándome otra vez, y ella gritaba que ya no, que ya no podía, que parara, y lloraba, se le salían las lágrimas por las sienes, y yo seguí, seguí, seguí, hasta que se le pasó. Hasta que se quedó quieta bajo mi cuerpo, con los ojos cerrados, respirando como si hubiera corrido diez kilómetros, empapada de sudor, con el pelo pegado a la cara.
Ese fue el multiorgasmo. Un triple. Le vinieron tres seguidos, casi pegados, uno encima del otro, y nunca en mi vida he vuelto a ver a nadie acabar así.
La dejé un momento. Le aparté el pelo de la frente y me quedé dentro, quieto, respirando yo también. Se abrió los ojos despacio y me miró desde abajo con una sonrisa boba.
Y se giró sola. Se puso boca abajo, en la cama, con la cara apoyada en una mejilla y el culo hacia arriba, y me miró por encima del hombro y me dijo:
Yo me cambié el condón. Saqué uno nuevo, me lo puse, y me arrodillé detrás de ella. Le puse la mano abierta en la espalda baja y le apreté, hundiéndole la cintura, y con la otra mano le abrí las nalgas. Metí los dedos en su coño, todavía empapado, y le unté el agujero del culo con lo que saqué, y ella respiró fuerte y se le puso todo carne de gallina en la espalda.
—No espero. Métemela de una vez.
Y se la metí. Primero la punta, despacio, hasta que cedió. Cerró los ojos y apretó los dientes y apretó la sábana con las manos, y yo le fui metiendo centímetro a centímetro, sin prisa, y ella apretaba el culo, apretaba tanto que casi me echaba, y yo le puse la mano en la espalda y le empujé hacia abajo y le dije que se relajara, y ella se relajó, y entonces le entró entera, entera, veinte centímetros en su culo, y ella soltó un gemido largo, largo, y yo me quedé quieto dentro para que se acostumbrara.
Empecé despacio, en círculos pequeños, y luego ya en serio, y en cuanto cogí ritmo aquello se convirtió en una cosa bruta. La follé severamente. Le daba duro, con todo el cuerpo, con las dos manos en sus caderas tirando de ella hacia mí con cada empujón, y ella gritaba con la cara metida en el colchón, gritos amortiguados pero gritos, y yo, cada tres o cuatro embestidas, levanto la mano y le doy una palmada en la nalga, y le dejo la marca roja, y luego otra en la misma, y luego otra, y otro, y el salón entero se llenaba del sonido de mi mano contra su carne, ese chasquido seco que da el culo gordo cuando le pegas, y ella no se quejaba, al contrario, cada vez que yo le pegaba empujaba el culo hacia atrás para recibir el siguiente.
Le puse las nalgas rojas. Rojas de verdad, con la marca de los dedos y todo. Y ella me pedía más. Y yo le daba más. Le di durante no sé cuánto tiempo, hasta que tuve la sensación de que la iba a romper de verdad, y entonces noté la cosa esa subiéndome por la espalda, esa cosa que avisa. Le empecé a embestir más fuerte y más rápido y le agarré la cadera con las dos manos y le dije:
—Nuria.
—Qué.
—Que me voy.
Y ahí, sin que yo dijera nada más, ella hizo una cosa que todavía me acuerdo: se sacó sola, se arqueó, se giró en la cama y se puso de rodillas delante de mí en un movimiento, y me arrancó el condón de la polla con los dedos, y me la agarró con la mano y se la metió en la boca hasta el fondo.
Me corrí en la garganta mientras ella me tenía la punta pegada a la campanilla, con la mano en mi nalga, apretando, y yo le eché todo, todo lo que tenía, entre estertores, y ella lo tragó. Lo tragó entero, con los ojos cerrados, notándolo salir, apretando los labios alrededor de la base para no perder nada, y cuando acabé siguió chupando un momento, un momento nada más, en la punta, hasta que le aparté la cabeza porque ya me dolía.
Se limpió la boca con el dorso de la mano. Tenía la cara roja, el pelo revuelto, las nalgas marcadas y una gota blanca en la comisura de los labios que se quitó con el pulgar y se chupó.
—Dos favores —dijo.
—Dos.
—Uno, la pasta. Otro, esto. —Y se tumbó de espaldas en la cama con los brazos abiertos como en cruz—. A partir de ahora, lo que necesites, me lo pides. Y si me lo pides bien, te lo hago.
Yo me quedé de pie al lado de la cama mirándola, con la polla todavía dura pero cayendo, y ella se miró el reloj de la pared, se sentó, y empezó a buscar su ropa.
—¿Te vas ya?
—Tengo que estar en casa a las tres. Mi madre me espera para comer.
Yo la seguí hasta el salón. Se fue vistiendo mientras yo me quedaba de pie, apoyado en el marco de la puerta, mirándola. Se puso los leggings y se le marcó todo otra vez, y luego se puso la sudadera y se recogió el pelo en la coleta tirante y se sentó en el sofá a ponerse las zapatillas. Estaba casi igual que cuando había llegado, salvo que ahora tenía una marca roja en la nuca, donde yo le había agarrado el pelo, y otra en la nalga derecha, que le sobresalía un poco por encima del elástico de los leggings.
—Oye, que los mil cuatrocientos no me los voy a olvidar —le dije.
—Ni yo. —Se levantó, cogió el bolso—. Pásamelos mañana o pasado y yo te los devuelvo en dos semanas. Y lo otro ya lo veremos.
Y entonces sí, ahí es donde hice lo que tenía que hacer. Antes de que saliera, la agarré por la muñeca. Ella se paró y me miró. Y con la otra mano, con la mano libre, le agarré el elástico de los leggings por detrás, por encima del culo, y tiré hacia abajo despacio, y ahí estaba, lo que yo sabía que iba a encontrar: un hilo negro, minúsculo, metido entre las nalgas, una cosa de nada, dos dedos de tela y un cordón que le subía por los riñones.
—Esto me lo quedo —le dije.
Le pasé los dedos por el hilo y se lo saqué, bajándolo por las piernas, y ella levantó un pie y luego el otro para que se lo quitara del todo, y se quedó ahí en mi salón, con los leggings puestos y sin bragas, mirándome con mi botín en la mano.
—¿Es un recuerdo?
—Es un recuerdo.
Se rió. Se rió de verdad, con la cabeza echada hacia atrás, con esa risa corta y ronca que le había oído en el gimnasio pero nunca tan cerca. Me dio dos besos en la mejilla como si fuéramos dos compañeros de trabajo, me dijo «mañana te mando un bizum con la cifra exacta» y se fue por el ascensor, con las manos en los bolsillos de la sudadera.
Me quedé con el hilo negro en la mano. Lo olí. Olía a ella, a coño, a sudor, a ese perfume de coco que llevaba al llegar.
Lo puse en el cajón del escritorio, al lado de los condones.
Días después, un jueves, me la encontré en el vestuario del gimnasio después de entrenar. Raúl estaba en la ducha. Ella estaba en el banco, atándose las zapatillas, mirándome por el espejo mientras yo abría mi taquilla. No dijo nada. Yo tampoco. Nos miramos un rato y luego me fui.
Esa noche, a las once, me escribió.
«¿Qué haces?»
Le contesté que estaba en casa.
Y ella me mandó una foto. Sin más. Sin texto. Una foto hecha en el baño de su casa, con el móvil en la mano, tumbada en el suelo sobre una toalla, con las piernas abiertas y el culo levantado y la cámara apuntando al espejo, de manera que en el mismo encuadre salía su coño y su culo entero, rosa, brillante, sin nada puesto.
Le mandé un «joder».
Y me dijo una sola frase: «Pues ahora tócatela pensando en mí, cabrón.»
Lo hice. Me la machaqué mirando esa foto en el sofá, con el ventilador puesto, y me corrí en una servilleta de papel de cocina que tiré después a la basura como un animal.
Desde entonces funciona así. Hay días que me pide el bizum de vuelta y me manda una foto. Hay días que me manda la foto sin pedir nada y yo sé que ha discutido con Raúl. Hay días que quedamos en un bar a tomar algo y acabamos en su coche, en un descampado, y hay días que no quedamos y solo hay fotos. Lo de la pasta al final se lo presté de verdad. Lo está devolviendo, un poco cada mes, con transferencias que me ponen un concepto graciosos para que no sospeche nadie.
Y una cosa que sé: cada vez que me la machaco mirando
