Infiel a mi novio en el trabajo – I, II, III

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El vapor del lavaplatos se condensaba en el metal inoxidable, formando gotas gruesas que resbalaban por las paredes de la cocina como sudor frío. El ruido era ensordecedor: el chasquido rítmico de los cuchillos contra las tablas de cortar, el siseo constante de los quemadores y el estruendo de la campana extractora intentando devorar el humo de los asados. Yoalli se pasó el dorso de la mano por la frente, dejando una estela de harina y grasa en la piel. Su uniforme blanco ya no era tan blanco; las manchas de azafrán y vino tinto en el delantal eran medallas de batalla de otro turno doble perdido.

Armando estaba a su lado, picando cebollas con una precisión militar que no correspondía con su actitud relajada. Cada vez que el cuchillo golpeaba la madera, su codo rozaba el hombro de ella. No era un golpe accidental, ni un movimiento torpe por la estrechez del espacio. Era una presión constante, deliberada, una fricción de tela contra tela que enviaba pequeñas descargas eléctricas a través de la manga de Yoalli. Ella tensó los hombros, intentando encogerse, pero la línea de preparación de ensaladas no daba margen para la huida.

—Te falta sal, esto está insípido —murmuró Armando, acercándose demasiado para probar el aderezo que ella estaba batiendo.

Su aliento, caliente y con un dejo a mentol del cigarrillo que se había fumado minutos antes en el callejón, le golpeó el cuello. Yoalli sostuvo el batidor con ambas manos, apretando tanto que los nudillos se le pusieron blancos. Armando no miró el bol. Miró la clavícula de ella, luego sus ojos, y bajó la vista hacia sus labios. El silbido de la freidora pareció apagarse en ese instante.

—Está bien así —respondió ella, con la voz ronca por el humo y el nervio. Dio un paso al lado, buscando el refugio de la estufa.

Armando sonrió, un gesto lento que solo curvó la comisura derecha de sus labios. No dijo nada, solo volvió a su cebolla, pero su pie derecho se estiró bajo la mesa, rozando la pantorrilla de Yoalli. Ella se apartó como si la hubieran quemado, casi volcando un recipiente con aceite de oliva. El corazón le golpeaba contra las costillas con una fuerza que nada tenía que ver con el ajetreo de la cocina. Pensó en Miguel. Miguel estaba en casa, probablemente viendo televisión o durmiendo, esperando su turno para ir a buscarla. Miguel era seguro, era silencio y paz, era el olor a jabón de lavandería y no a grasa quemada.

Pero el olor de Armando era distinto. Era a tabaco, a especias picantes y a una testosterona animal que parecía evaporarse de su piel en el calor de la cocina.

El turno terminó y la cocina quedó en un silencio fantasmal, iluminada solo por la luz fría de la nevera y la señal de «Abierto» del escaparate. Yoalli se desabrochó el delantal, sintiendo el alivio de la presión sobre el estómago, pero el nudo en la garganta persistió. Armando estaba en la puerta del fondo, sacándose la chaqueta de cocina.

—¿Vienes? —preguntó, sin darle la espalda, sabiendo que ella lo estaba mirando.

—¿A dónde? —preguntó ella, aunque sabía la respuesta.

—Al cerro. A despejarnos la cabeza. Necesito correr antes de que me explote la cabeza.

Yoalli miró su reloj. Miguel no la esperaba hasta dentro de una hora. Podría ir a casa, ducharse, lavarse el olor de la cocina y ponerse la ropa limpia que le gustaba a Miguel. Podría sentarse en el sofá y ser la novia fiel. Pero sus pies ya se estaban moviendo hacia la puerta trasera, hacia el callejón oscuro donde el aire fresco de la noche intentaba colarse entre los botes de basura.

—Solo una vuelta —dijo ella, más para convencerse a sí misma que a él.

El camino al cerro estaba en silencio, salvo por el crujido de sus zapatillas sobre el asfalto y su respiración entrecortada. Armando iba unos metros delante, su musculatura de espalda marcándose bajo la camiseta de gimnasio ajustada con cada paso que daba. Yoalli no podía apartar la vista de cómo se movían sus omóplatos, de la tensión de sus glúteos al subir la pendiente. La imagen de Miguel se desdibujaba en su mente, sustituida por la realidad física de Armando. Miguel no corría. Miguel no sudaba de esa manera.

Llegaron a un mirador que dominaba las luces de la ciudad. El aire estaba frío, pegajoso, y el olor a pino y tierra húmeda era un golpe directo a los sentidos después de horas encerrada entre olores cocinados. Armando se detuvo, apoyando las manos en las rodillas, recuperando el aire. Yoalli se detuvo a su lado, el pecho levantándose y bajando violentamente.

—Aquí se respira mejor —dijo Armando, enderezándose y girándose hacia ella.

La luna llena iluminaba su perfil, resaltando la humedad en su cuello. Se acercó, invadiendo el espacio personal de Yoalli, esa barrera invisible que ella siempre mantenía con todos menos con Miguel. Pero esta vez, ella no retrocedió.

—Deberías ir a casa —susurró él, aunque sus manos decían lo contrario. Una mano se posó en su cintura, caliente y firme, atrayéndola hacia él.

—Miguel me espera —dijo ella, pero la frase sonó débil, aplastada por el peso de la noche y la cercanía de Armando.

Armando no mencionó a Miguel. No le importaba Miguel. Bajó la cabeza y sus labios encontraron el cuello de Yoalli, justo debajo de la oreja. El contacto fue húmedo, un beso abierto que dejó un rastro de saliva que se enfrió instantáneamente al aire libre. Un temblor recorrió el cuerpo de ella, desde las rodillas hasta el cuero cabelludo. Sus manos, que habían estado colgando inertes a los lados, subieron instintivamente hacia los hombros de Armando, aferrándose a la tela de su camiseta.

La imagen de la cara de Miguel, preocupada y dulce, parpadeó en su mente como una bombilla fundida. Es solo esto, pensó. Es solo un momento. Es solo el calor.

Armando la empujó suavemente contra la barandilla de protección del mirador. El metal frío le presionó la espalda a través de la camiseta deportiva, contrastando con el fuego del cuerpo que se le pegaba por delante. La mano de Armando subió desde su cintura, deslizándose por la costura de la camiseta de Yoalli hasta tocar la piel desnuda de su cintura. Los dedos rugosos de cocinero, callosos por el manejo de cuchillos y ollas, rasparon suavemente la piel suave del abdomen.

Yoalli exhaló un gemido que se perdió en el viento. Armando aprovechó el sonido para cubrir sus labios con los suyos. No fue un beso tierno; fue un ataque, una invasión de lengua y dientes. Sabía a mentol y a deseo. Yoalli abrió la boca, permitiendo la entrada, sintiendo cómo la lengua de él exploraba, dominaba, reclamaba.

La mano de él bajó con decisión, pasando por debajo de la cintura elástica de sus leggings deportivos. No hubo preámbulos, no hubo caricias suaves en el muslo. Sus dedos se deslizaron directamente entre sus piernas, encontrando la tela de la ropa interior ya empapada.

—Ya estás mojada —gruñó Armando contra su boca, y la vulgaridad de la observación hizo que las mejillas de Yoalli ardieran, no de vergüenza, sino de una excitación vergonzosa.

Ella separó las piernas más, invitándolo, rogándolo sin palabras. Los pensamientos de Miguel se habían convertido en un murmullo ininteligible, ahogado por el ruido de su propia sangre bombeando en los oídos. Armando deslizó un dedo bajo el borde de la tela de la tanga, encontrando el clítoris hinchado y sensible. Yoalli mordió el labio inferior, conteniendo un grito, mientras las caderas empezaban a moverse solas, buscando la fricción de ese dedo experto.

—¿Te gusta? —preguntó él, mordiéndole el lóbulo de la oreja.

—Sí —siseó ella, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, exponiendo la garganta al ataque de sus labios.

Armando retiró la mano húmeda y, con un movimiento brusco, bajó el leggings y la ropa interior de Yoalli hasta las rodillas. El aire nocturno golpeó su piel desnuda, helado y excitante. Ella no tuvo tiempo de pensar en la exposición, en lo público que era el lugar, porque Armando se había desabrochado el pantalón y sacó su miembro, erecto y palpitante al aire libre.

Se acercó, levantando una de las piernas de Yoalli y apoyándola en la barandilla metálica. La posición la dejaba abierta, vulnerable, totalmente a su merced. Armando se posicionó entre sus muslos, y la cabeza de su pene rozó la entrada húmeda de Yoalli. Ella miró hacia abajo, viendo el contraste de su piel pálida y la oscuridad de él, viendo cómo se preparaba para penetrarla.

—Mírame —ordenó él.

Yoalli levantó la vista, encontrando los ojos oscuros de Armando clavados en los suyos. En ese reflejo, ella se vio a sí misma: despeinada, sudorosa, con los labios hinchados y la mirada vidriosa de lujuria. No vio a la novia de Miguel. Vio a una mujer que quería ser cogida ahí mismo, contra una barandilla oxidada en lo alto de un cerro.

Armando empujó las caderas hacia adelante y entró en ella de un golpe. El estiramiento fue brusco, llenándola por completo, golpeando el fondo con una intensidad que le arrancó un gemido gutural. Ella se aferró a sus hombros, clavando las uñas en la piel, sintiendo cómo los músculos de él se tensaban bajo sus dedos.

Empezó a moverse. Cada embestida era profunda, dura, haciendo que la barandilla crujiera contra la roca. El ritmo no tenía nada de la suave dulzura de las noches con Miguel; era salvaje, urgente, puramente físico. El sonido de la piel chocando contra la piel resonó en el silencio de la montaña, mezclado con los jadeos y los susurros sucios de Armando.

—Eres una zorra, Yoalli —susurró él al oído, acelerando el ritmo—. Viniendo aquí conmigo mientras él te espera.

Las palabras fueron como gasolina en el fuego. La culpa, lejos de detenerla, actuó como un afrodisíaco potente. Ella apretó los músculos internos alrededor de él, sintiendo cómo él crecía dentro de ella, cómo el control se le escapaba.

—Más —pidió ella, perdiendo cualquier rastro de compostura—. No pares.

Armando la agarró de las nalgas con ambas manos, levantándola ligeramente para penetrar aún más profundo. El orgasmo se construyó en la base de su columna vertebral, una ola de calor que crecía imparable, alimentada por el riesgo, por el engaño, por la crudeza del momento. Cuando el placer estalló, Yoalli mordió el hombro de Armando para no gritar, sacudiéndose en sus brazos mientras las luces de la ciudad abajo se difuminaban en manchas de color ciego.

Armando siguió bombeando, buscando su propio clímax, y cuando eyaculó dentro de ella, con un gemido ronco y profundo, Yoalli sintió que el peso de la infidelidad se asentaba sobre ella, pesado, real e irrevocablemente placentero. Se quedaron así un momento, pegados, respirando el mismo aire, mientras el sudor se enfriaba en sus cuerpos y la realidad intentaba abrirse paso de nuevo en la noche.

PARTE II

El aire nocturno en el cerro ya no tenía la misma violencia; ahora solo era un frío húmedo que se pegaba a la piel sudorosa de Yoalli, enfriando el calor del acto a golpes bruscos. Armando se separó de ella con un movimiento torpe, el sonido de la bragueta al cerrarse resonando con una crueldad metálica en el silencio de la montaña. Ajustó su cinturón, sin mirarla a los ojos, mientras ella se quedaba contra la barandilla, las piernas temblando por el esfuerzo y la adrenalina que se drenaba lentamente de su cuerpo. Bajó los leggings y la tanga con movimientos descoordinados, la tela elástica rozando la piel sensible de sus muslos, todavía marcada por la presión de los dedos de él. No hubo palabras de despedida, solo el chasquido de su encendedor encendiendo otro cigarrillo, la pequeña llama iluminando por un segundo su perfil satisfecho y distante antes de que él se girara y empezara a bajar el sendero.

Yoalli se quedó sola bajo la luz de la luna llena. El viento se coló por debajo del delantal manchado de azafrán, recordándole que su uniforme blanco estaba desordenado, con las manchas de vino tinto extendidas como un mapa de culpa en el pecho. Se pasó la mano por el cabello, intentando desenredar los nudos que el sudor y las manos de Armando habían creado, sabiendo que era inútil. El olor a tabaco, a pino y a sexo crudo emanaba de ella, una nube invisible que la precedería antes de que pusiera un pie en la casa. Caminó hacia el coche con las piernas todavía inseguras, cada paso un recordatorio físico de la traición que acababa de consumar.

El trayecto de vuelta fue una mancha de luces urbanas y asfalto. Dentro del coche, con las ventanas cerradas, el aroma se volvió asfixiante. Ella intentó ventilarse, bajando la ventanilla un poco, pero el aire frío solo sirvió para avivar el rubor en sus mejillas. Al llegar a la calle de Miguel, apagó las luces del coche y se quedó sentada un momento, inhalando profundamente, intentando componer una expresión de normalidad que ya no le pertenecía. Se miró en el retrovisor: los labios estaban hinchados, el maquillaje corrido, y había un brillo en los ojos que no había sido provocado por el cansancio del turno.

Abrió la puerta de la casa con cuidado. El interior estaba en penumbra, iluminado solo por la luz cálida de una lámpara de pie en el salón. Miguel estaba allí, sentado en el sofá, leyendo un libro que pareció ignorar en cuanto escuchó el cierre de la puerta. Él se levantó, sus movimientos pausados y familiares, y se acercó a recibirla. Yoalli se tensó, los hombros subiendo hacia las orejas, preparándose para una pregunta, para un grito, para cualquier cosa que no fuera la calma que él irradiaba.

—Llegaste tarde —dijo Miguel, su voz suave, sin acusación.

Mientras hablaba, se inclinó para besarla en la mejilla, pero se detuvo a medio camino. Su nariz se frunció imperceptiblemente, un movimiento pequeño y animalístico. Él aspiró el aire cerca de su cuello, donde el perfume barato de Yoalli se había mezclado irrevocablemente con el humo del cigarrillo de Armando y la resina de los pinos del mirador. Miguel se retiró apenas unos centímetros, sus ojos oscuros escaneando su rostro. Yoalli desvió la mirada, fijándose en una costura del hombro de la chaqueta de él, incapaz de sostener esa mirada que parecía despojarla de capas.

—El tráfico estaba… denso —mintió ella, su voz rasposa, más baja de lo habitual.

Miguel no respondió de inmediato. Su mano subió, no para tocarla, sino para apartar un mechón de pelo pegado a su frente sudorosa. Sus dedos rozaron la piel de su mejilla, donde el rubor caliente contrastaba con la palidez de su cuello. Él notó la textura grasienta de la piel, el residuo del sudor ajeno, y vio cómo sus pupilas estaban dilatadas, no por la oscuridad de la calle, sino por algo más químico, reciente. En lugar de retroceder o de soltar una explosión de ira, Miguel tomó su mano con una firmeza tranquila.

—Siéntate —dijo, guiándola hacia el sofá.

Yoalli obedeció, sintiendo que las piernas le fallaban al llegar al borde del asiento. Él se arrodilló frente a ella, a la altura de sus rodillas, una posición que ella esperaba fuera de súplica, pero que en él emanaba control. Le quitó las zapatillas con cuidado, dejándolas a un lado con precisión. Luego, miró hacia arriba, directo a sus ojos evasivos.

—Hueles a tabaco y a bosque —dijo Miguel, su tono plano, casi clínico. Y no es el olor de la cocina. Hueles a él.

Yoalli sintió un nudo en el estómago, el pánico subiéndole por la garganta. Abrió la boca para negarlo, para inventar alguna excusa absurda sobre un cliente fumador en la terraza, pero Miguel levantó una mano para silenciarla.

—No quiero mentiras, Yoalli. No quiero perderla —continuó él, sus ojos fijos en los suyos, buscando algo más allá del miedo. Pero sé que algo pasó. Puedo verlo en tu cara, puedo sentirlo en tu piel.

La respiración de Yoalli se aceleró, el pecho subiendo y bajando bajo el uniforme manchado. Miguel acercó sus manos a las caderas de ella, deslizando las yemas de los dedos por la tela de los leggings deportivos. La presión de sus manos era familiar, pero la intención era nueva, desconocida y peligrosa.

—Vamos a hacer algo —propuso Miguel, su voz bajando a un murmullo que vibró en el aire tranquilo de la sala. Vas a contármelo todo. Con lujo de detalles. Cada cosa que hizo, cada lugar donde te tocó, cada palabra que te dijo.

Mientras hablaba, una de sus manos se deslizó desde su cintura hacia el centro de sus muslos, presionando con firmeza a través de la tela. Yoalli contuvo la respiración, su cuerpo reaccionando instintivamente al contacto, mezclando el recuerdo del orgasmo en el cerro con la seguridad de la presencia de Miguel.

—Mientras me lo cuentas… —Miguel deslizó su mano hacia adentro, bordeando la cintura elástica de los leggings y encontrando la tela de la tanga húmeda y fría, todavía manchada por el encuentro anterior. Yo te voy a tocar así. Lento.

Sus dedos ásperos, acostumbrados al trabajo manual, comenzaron a moverse sobre el tejido y la piel expuesta, trazando círculos lentos y deliberados. No hubo prisa en sus movimientos, solo una exploración minuciosa que transformó la confesión en un juego físico. Yoalli cerró los ojos, la cabeza cayendo hacia atrás contra el respaldo del sofá, atrapada entre la vergüenza de la revelación inminente y el placer creciente que la mano de Miguel provocaba con una precisión calculada.

—Empieza por el principio —ordenó él, aumentando levemente la presión de sus dedos en el punto exacto donde la tensión de ella se concentraba. Dime cómo subió al coche, o a dónde te llevó. Y no te saltes nada, Yoalli. Todo.

La dinámica había cambiado irrevocablemente; la culpa ya no era un peso que la aplastaba, sino el combustible que Miguel usaba para reafirmar su dominio, convirtiendo la memoria de la traición en el presente de su propia intimidad.

PARTE III

La vibración del teléfono sobre la mesa de cristal rompe el silencio denso del salón. El zumbido es agudo, insistente, resonando contra la madera y haciendo que mis nervios se estremezcan. La pantalla se ilumina en la penumbra y el nombre de Armando parpadea como una señal de alarma. Miguel no aparta la mirada de mi entrepierna, donde sus dedos siguen presionando la tela húmeda de mi tanga, pero su cabeza se gira ligeramente hacia el dispositivo. Ve el mensaje. Leo las letras blancas sobre el fondo negro: «¿Llegaste bien?».

El aire se me atraganta en la garganta. Espero que su mano se detenga, que grite, que golpee la mesa. Nada de eso sucede. Al contrario, la presión de sus dedos aumenta, frotando con más fuerza mi clítoris a través de la licra deportiva. Una risa baja, ronca, sale de su pecho.

—Qué considerado —susurra Miguel, con una voz que no muestra ira, sino una curiosidad perversa—. Contéstale. Pero no con texto. Hazlo con tu voz. Quiero que le envíes un audio.

Me quedo paralizada, con la boca abierta, intentando procesar la orden. Miguel retira su mano de mi entrepierna y me da una palmada suave en el muslo.

—Vamos, no seas tímida. Dile que llegaste bien, pero hazlo sonando como lo que eres ahora: una mujer bien usada. Haz que sepa que te acuerdas de su polla.

Mis manos tiemblan mientras cojo el teléfono. El sudor de mis dedos hace que la carcasa resbale. Desbloqueo la pantalla y pulso el icono del micrófono en WhatsApp. El círculo rojo empieza a parpadear. Miguel me mira de abajo a arriba, expectante, con los ojos brillantes, dominando el momento desde el suelo.

—Armando… —empiezo a decir, pero la voz me sale quebrada, un susurro rasposo—. Sí, llegué… llegué bien.

Miguel hace un gesto con la mano, indicándome que suba el tono, que deje de ser tan formal. Me muerdo el labio inferior, sintiendo el sabor metálico de la sangre seca. Cierro los ojos y me dejo llevar por la imagen de Armando en el cerro, su aliento a mentol, la fuerza bruta de sus manos.

—El coche huele a ti —continúo, el volumen subiendo involuntariamente, un tono más gutural y lascivo—. Huele a lo que hicimos. Tengo el uniforme manchado y… y mi coño todavía late por donde me la metiste.

Hago una pausa, jadeando un poco al final para que se note el deseo. Miguel asiente con aprobación, sonriendo como si acabara de ganar una apuesta. Pulso el botón de enviar y el audio desaparece de la pantalla, comprimiéndose y viajando hacia el teléfono de ese hombre que me dejó temblando en el bosque.

Miguel se acerca de nuevo, esta vez colocando ambas manos en mis rodillas, separándolas más para tener acceso total. La humedad de mi tanga se enfría con el aire del salón, pero su piel caliente la contrasta de inmediato.

—Muy bien —dice Miguel, y sus dedos vuelven a la carga, deslizándose bajo el borde de los leggings para tocar la piel velluda y húmeda de mis labios mayores directamente—. Ahora, mientras él escucha eso, quiero que me cuentes todo. No te guardes nada. ¿Qué te hizo? ¿Cómo te tocó?

La vergüenza me quema las mejillas, pero mi cadera se impulsa hacia adelante, buscando sus dedos.

—Me… me agarró fuerte —susurro, mirando al techo, incapaz de sostener la mirada de Miguel mientras traiciono su memoria con la realidad de Armando—. Me empujó contra la puerta del coche. No fue suave como tú. Fue… bruto.

—¿Y eso te gustó? —pregunta Miguel, introduciendo un dedo en mi conducto, que está todavía dilatado y resbaladizo por el semen y el flujo de Armando—. Dime la verdad. Compáralo.

Sí, un grito interno se desata en mi mente. Me encanta.

—Él es… él es mucho mejor —confieso, las palabras saliendo disparadas, liberadas por la presión de sus dedos dentro de mí—. Armando me folla como tú no puedes, Miguel. Es más grande, más duro. Tú eres suave, eres… eres aburrido. Él me rompe, me deja sin aire.

Miguel no se inmuta. Al contrario, mete otro dedo, estirándome, escarbando en mi interior mientras se excita con mi humillación.

—Sigue —ordena, moviendo los dedos en un ritmo rápido, húmedo y obsceno—. Cuéntame cómo deseas que te vuelva a tener. Cuéntame qué te hizo ese día en el cerro que yo no puedo hacer.

—Me la metí toda… hasta el fondo —gimo, arqueando la espalda, el delantal de tela blanca manchado de vino apretándose contra mi estómago—. Me cogió como si fuera una perra, sin importarle si me hacía daño. Quiero que vuelva a hacerlo, Miguel. Quiero que me vuelva a usar así. Aquí, en la cocina, a veces se me acerca cuando tú no estás… me roza el culo cuando pasamos por los pasillos estrechos, me sopla en el cuello con ese olor a cigarrillo…

La imagen de la cocina se superpone a la del salón. El calor de las ollas, el ruido de los cuchillos golpeando las tablas de cortar, y el cuerpo de Armando apretándome contra la nevera industrial.

—¿Y qué sientes cuando te toca a escondidas? —insiste Miguel, su pulgar apretando mi clítoris ahora con movimientos circulares precisos—. ¿Te sientes culpable?

—No… me siento viva —admito, la respiración entrecortada—. Disfruto más cuando él me toca a escondidas que cuando estamos en nuestra cama. Me mojo solo con verlo trabajar, con verle la espalda sudar bajo la chaqueta blanca. Desde que lo vi, desde el primer día, lo deseé. Siempre quise que me cogiera así, pero nunca lo acepté… hasta hoy.

Miguel acelera el ritmo de su mano, frotándome con fuerza, aprovechando la lubricación ajena para masturbarme con brutalidad.

—Eres una zorra, Yoalli —dice, y su voz es un susurro sucio—. Una zorra que necesita una verga real. ¿Y sabes qué más quiero que me confieses? Quiero que me digas qué esperas que pase con toda esa leche que te ha dejado dentro.

El orgasmo se acerca, una ola de calor que sube desde mis muslos. La idea es repugnante y excitante a la vez.

—Espero… espero que me embarace —gimo, perdiendo el control, las palabras manchándose de placer y lujuria—. Con lo mucho que corre dentro de mí… con esas venidas frenéticas… quiero que se me quede en el vientre. Quiero tener a su hijo, Miguel. Quiero que sus hijos me llenen mientras tú miras.

Miguel gruñe, satisfecho, y aprieta con tal fuerza que veo estrellas, mi cuerpo convulsionándose en el sofá, manchado de azafrán y vino, entregado por completo a esta confesión obscena que nos está destruyendo y armando al mismo tiempo.

Desde aquí voy a empezar a narrarlo en primera persona como lo sentí como lo viví, gracias por leerlo y quiero saber que piensan en los comentarios.

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2 comentarios

  1. Los detalles en esta narrativa, la mente libidinosa y morboso es tan interesante que, ya Vemos a Miguel con su nariz y boca frente a los labios deseosos de ser comidas para compartir.

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