Mi suegro me chantajeo para follarme

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Soy Eva, tengo 26 años, llevo 5 casada con Tomás, y hace 2 años que se nos complicó la vida. Bueno, se nos complicó cuando el padre de Tomás le dejó la empresa familiar en herencia y se retiró a vivir la vida. Y la empresa venía con deudas. Deudas que Tomás no conocía, que el viejo había escondido bien, y que cuando cayeron en nuestras manos nos pillaron por sorpresa.

Y Tomás, en vez de ir a hablar con su padre, se puso el traje de orgulloso y dijo que él no le iba a pedir ni un duro al viejo, que ya le había dado todo y que él no se iba a rebajar. Y yo, mientras tanto, con la tarjeta de crédito reventada y el móvil con notificaciones del banco que no paraban.

Y una mañana, así, sin más, me levanté, me puse el vestido que me queda bien, me arreglé el pelo, y me fui a casa del viejo. Sin decirle nada a Tomás. Porque yo soy muy mía para estas cosas, y cuando hay pasta de por medio, yo me arremango.

Víctor vive en un piso en Recoleta. Un piso enorme, tiene 57 años, está gordo, es calvo, alto, blanco, con barba.

Me recibió con una sonrisa e invitó pasar, me ofreció un café, me senté en un sillón de cuero, y él se sentó enfrente de mí, con las manos en la barriga. Y yo arranqué con la labia. Que cómo estás, que qué bonito el piso, que hacía mucho que no nos veíamos. Y él me dejaba hablar. Y a los cinco minutos me dijo:

—Eva, córtalo. Tú no has venido a ver el piso. Dime qué pasa.

Y ahí le solté todo. Las deudas, la empresa, que Tomás no quiere pedirle nada, que estamos hasta el cuello. Le dije la verdad. Le dije que estábamos mal, que necesitábamos ayuda, y que yo había venido porque él era el único que podía echarnos una mano. Le di la cifra. Una cifra grande.

Él se quedó callado. Un momento largo. Con la taza de café en la mano, mirándome. Y yo pensé que me iba a decir que no. Que nos iba a mandar a la mierda a Tomás y a mí. Y después de un rato, dejó la taza en la mesa ratona, se acomodó en el sillón, y me dijo:

—Está bien. Te ayudo.

—¿En serio?

—En serio. Pero con una condición.

—¿Cuál?

Y ahí se rio, se inclinó hacia delante, y me sobó la teta -Tu que crees- . Así, sin más y después se volvió a recostar en el sillón como si nada. Y yo me levanté del sillón de un salto.

—¿Qué te crees que eres? —le dije—. ¿Te piensas que puedes hacerme eso? Te pedí ayuda, no te pedí que me tocaras. Me estás ofendiendo, Víctor. Me estás faltando el respeto. Y más te vale que no se te ocurra contarle esto a Tomás.

Le dije que era un cerdo, que se aprovechaba de la situación, que era un viejo asqueroso. Y cuando me quedé sin palabras, porque ya no se me ocurría nada más que decirle, me senté otra vez en el sillón, y me puse a llorar.

Me quebré. Me quebré de verdad. Porque la empresa se nos caía, porque Tomás se hacía el héroe y no movía un dedo. Esperó. Y después se levantó, se sirvió otra copa de whisky, y me dijo:

—Ya pasará, nena. Pero te voy a aclarar una cosa.

—Qué.

—Yo te voy a dar el dinero. Todo. Hasta el último céntimo. Pero me voy a tomar mi tiempo contigo.

—Bien….

Yo levanté la cara y le miré. Y él me miró. Y yo entendí todo. Entendí exactamente lo que quería. Y no dije nada. Me quedé ahí, con los mocos en la cara, con el rímel corrido, mirándole. Y él me puso una mano en la cabeza, y me la empujó hacia abajo. Y me dijo:

—Ponte de rodillas.

Yo no me moví. Pero él me empujó otra vez, con la mano en la nuca. Y yo bajé. Me arrodillé en la alfombra, entre las piernas de mi suegro. Y él se bajó la cremallera del pantalón. Y se sacó la polla.

Y la tenía grande, oye. Grande y gorda. Yo a Tomás le conozco la polla de memoria y es normal, sin más. Y este viejo tenía una polla que, cuando la vi, me quedé un segundo mirándola. Gorda, con la punta colorada, con la vena marcada. Y él me la puso en la cara, me la pasó por los labios, y me dijo:

—Abre.
Abrí la boca y me la metió. Me la metió hasta el fondo, de golpe, y yo tuve que agarrarle la base con la mano para que no me la hundiera hasta la garganta. Y él no me dejó prepararme. Me agarró de la cabeza con las dos manos y me empezó a follar la boca. Con ritmo. Despacio primero, después más rápido. Y yo le chupaba la polla arrodillada en la alfombra de su piso, con la baba saliéndome por el lado de la boca, y con una sensación rara en el cuerpo. Porque la polla de este viejo tenía un sabor fuerte. Y a mí me estaba gustando. Me estaba gustando de verdad. La tenía en la boca y la chupaba y sentía que se me estaba mojando el coño, y que el vestido se me apretaba en las tetas.

Y ahí él me sacó la polla de la boca, me agarró del escote del vestido con las dos manos, y me lo bajó. Me dejó las tetas al aire de un tirón. Y yo tengo las tetas pequeñas, pero paradas, con el pezón marrón y la aureola pequeña. Y él me las miró un segundo, y después me las agarró con las dos manos, y me las apretó. Me las apretó fuerte. Me las retorció. Me agarró los pezones con los dedos y me los pellizcó, y me los estiró hacia arriba, y me los retorció como si fueran perillas. Y a mí me dolía. Me dolía de verdad. Pero también me calentaba. Y él lo sabía, porque me miraba la cara mientras me las retorcía, y me decía:

—¿Te duele?

—Sí.

—¿Y te gusta?

—Sí.

—Ya sé que te gusta. Se te nota en la cara de guarra que tienes.

Y me volvió a meter la polla en la boca. Y yo se la chupé otra vez, él me agarraba de la cabeza y me la empujaba, y me decía guarra, y me decía que Tomás no sabía la mujer que tenía, y me decía que él sí que lo sabía. Y yo seguía chupando. Como una loca. Con las dos manos en sus muslos gordos y la polla en la boca.

Y cuando ya le pareció, me levantó de un brazo, me llevó al sofá, me tiró encima, y me sacó el vestido. Y después las bragas. Y me dejó desnuda en el sofá de cuero, que estaba frío, y yo sentí el frío en la espalda y me dio un escalofrío. Y él se puso de rodillas en el suelo, me agarró las piernas con las dos manos, me las abrió, y me puso la cara en el coño. Y me lo empezó a comer. Y me lo comió con ganas. Con la lengua dura, moviéndola de arriba abajo, chupándome el clítoris con los labios, metiéndome la lengua bien adentro. Y yo tengo el coño carnoso, con el vello recortado al ras, y le encantó. Me chupaba y me mordía los labios del coño suaves, me pasaba la lengua por el clítoris, jugaba con la punta de la lengua, me lo chupaba, me lo soltaba, y volvía.

Yo me agarré del respaldo del sofá con las dos manos y le empujé la cara. Y le dije que no parara. Y él siguió. Y a los cinco minutos me corrí. Me corrí en su cara. Me corrí con un grito que retumbó en todo el piso, y él me siguió chupando mientras yo me corría, y yo me retorcía en el sofá, y le tiraba del poco pelo que tenía. Y cuando terminé, cuando ya no aguantaba más, él levantó la cara, con la boca toda mojada de mí, y me miró sonriendo.
Y después me sujetó. Me agarró de las muñecas con una mano, me las apretó fuerte, me las puso encima de la cabeza, y con la otra mano se agarró la polla y me la puso en el coño. Y me la metió. Entera, de una. Y yo grité. Porque la tenía grande, y porque me la metió sin avisar, y porque me estaba dejando las muñecas marcadas de la fuerza con la que me agarraba. Y él me empezó a dar. Y me daba fuerte. Como un viejo que sabe lo que hace. Me agarraba de las muñecas y me daba, y me miraba a los ojos, y me decía cosas. Me decía guarra, me decía que Tomás no la tenía así, me decía que a él le gustaban las mujeres como yo, que saben lo que quieren.
Y me folló un rato largo. Un rato largo, en el sofá, con las muñecas apretadas y las piernas abiertas. Y después, en un momento, me sacó la polla del coño, me dio la vuelta, me puso boca abajo en el sofá, con la cara contra el cuero, y me la metió en el culo. Y ahí sí grité. Grité de verdad. Porque la tenía grande y por detrás duele más. Pero él no paró. Me la metió despacio primero, con la punta, y después me la empujó hasta el fondo. Y se quedó quieto un segundo, y después empezó a darme por el culo, y a la vez me metía los dedos en el coño, y me jugaba el clítoris con el pulgar. Me corrí con la cara contra el cuero del sofá, apretando los dientes, y él siguió dándome.

Y así, entre el coño y el culo, me folló un rato largo. Y en un momento se sacó la polla, me dio la vuelta otra vez, me puso de rodillas en la alfombra, y me dijo:

—Ahora abre la boca y no te muevas.

Abrí la boca. Y él se agarró la polla con la mano y se la empezó a menear, mirándome desde arriba. Y a los pocos segundos me agarró de la cabeza, me la apretó contra su polla, y se corrió. Se corrió en mi boca. Sentí la leche caliente entrándome, y él me la dejó toda en la boca, y me dijo:

—Traga.

Y yo me tragué toda su leche con gusto. El semen de mi suegro. La tragué con la boca llena, con la polla todavía dentro, mirándole desde abajo. Y estaba rica. Estaba rica de verdad. Un poco espesa, un poco salada, pero deliciosa.

Y él se quedó ahí, con la polla en mi boca, hasta que se le puso blanda del todo. Y después se la sacó, se la guardó en el pantalón, se ajustó el cinturón, y se fue hasta el escritorio. Y yo me quedé arrodillada en la alfombra, desnuda, con la boca llena de su sabor, mirándole. Y él abrió un cajón, sacó un talonario, se puso las gafas, y escribió un cheque. Y me lo trajo. Y me lo puso en la mano.

—Aquí tienes el dinero —me dijo—. Deposítalo mañana y paga lo que tengas que pagar.

Y yo miré el cheque. El número. Y me quedé con la boca abierta. Y él me sonrió.

—Y enhorabuena, Eva.

—¿Por qué?

—Porque eres una puta de verdad. Y yo sé distinguir. Y las guarras como tú son las que duran.

Y se rio. Y me puso la mano en la cabeza. Y me dijo:

—Y si en algún momento necesitas más ayuda… ya sabes dónde vivo.

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