Sexo clandestino con mi compañera casada

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Hay historias que no empiezan con un flechazo. Empiezan con una suma de mañanas idénticas: el mismo despertador, la misma ruta, el mismo tráfico, el mismo café. Y un día, sin avisar, una de esas mañanas se rompe y ya no hay manera de volver atrás.

Esto pasó aquí. En Monterrey, Nuevo León. Entre cerros, calorón de mediodía, fríos que te cortan la cara y un tráfico que te va desgastando el alma. Como todo lo importante, pasó sin permiso.

Todo comenzó cuando mi entonces jefe consiguió una oportunidad en otra empresa. Al irse, yo quedé a cargo del área. El detalle: su esposa trabajaba en la misma empresa, así que ella siguió ahí.

Todos los días por la mañana y tardes nos encontrábamos en el estacionamiento. Como el lugar estaba retirado de las oficinas, teníamos que caminar un buen tramo juntos. Al principio, nada fuera de lo común:

—Buenos días.
—Hola, buenos días…

Ella trabajaba en el área administrativa y, como yo estaba a cargo de la parte técnica, era común que me marcara por alguna «falla» de su computadora o del sistema. Fallas que, con el tiempo, empecé a sospechar que no eran tan urgentes. Yo iba, la ayudaba, y de paso nos quedábamos platicando. Primero de lo de siempre: el trabajo, el clima, los Rayados, los Tigres, la comida. Ya después, una que otra cosa más personal, con esa confianza que se cocina a fuego lento.

Ella es chaparrita. En ese entonces ya era mamá y su cuerpo había cambiado un poco, pero seguía siendo muy atractiva: cara bonita, figura equilibrada —ni gorda ni flaca—, personalidad agradable. Y si te fijabas bien, había algo en ella, un aire «antojable», de esos que te mantienen alerta sin que sepas por qué. Caminaba con una cadencia que no pedía permiso, y cuando se reía echaba la cabeza atrás y se le marcaba el cuello, ese cuello que después me pasaría horas besando.

El tráfico se puso cada vez más insoportable, así que opté por llegar más temprano. No sé si fue coincidencia, pero ella también empezó a llegar temprano. Primero minutos después de mí. Después, a veces ya estaba ahí esperándome, con el motor apagado y el celular en la mano.

Al principio nos saludábamos de lejos. Pero noté algo: cada día se acomodaba más cerca. Hasta que un día quedó justo a mi lado. Y luego ya buscábamos estacionarnos juntos, como si fuera lo más natural del mundo.

Así pasaba e l tiempo, un día llegaba con café, otro con unos tacos, otro con un pan. Nos empezamos a mandar mensajes fuera de horario —de esos que empiezan con «¿ya llegaste?» y terminan a las once de la noche hablando de la vida. Empecé a saberme sus gustos, sus manías, costumbres, lo que le molestaba de su casa. Y ella se aprendió los míos. Nos reíamos de los mismos compañeros, de los mismos jefes. Había una sintonía que ya no se podía fingir.

Tardé en entenderlo, porque ella no se quejaba. Pero un día, entre pláticas de nada, lo soltó sin querer:

—Es que en mi casa… pues ya sabes uno cómo es. Llevas años con la misma persona y todo se vuelve un trámite.

Llevaban años juntos y el sexo se había convertido en un formulario que llenaban una vez cada cierto tiempo, a veces al mes, casi siempre un domingo por la noche, casi siempre con la luz apagada y la tele prendida en la recámara.

Él la buscaba solo cuando ya tenía ganas, y las ganas le duraban lo que dura un comercial. Se le subía encima, le metía la verga sin más preámbulo —a veces ni la tocaba antes—, le daba tres o cuatro empujones, se venía y se volteaba a dormir.

Y ella se quedaba ahí, con las piernas abiertas y el deseo a medias, viendo el techo.

Ella aprendió a fingir. Aprendió a decir «ya estuvo» cuando apenas empezaba, para no incomodarlo. Y muchas veces, después de que él roncaba, se metía a bañar solo para terminar con la mano lo que él había dejado a medias. Se tocaba rápido, con culpa, bajo el chorro de agua, pensando en cualquier cosa. En nada. En nadie.

Así llevaba tiempo. Sintiéndose invisible. Sintiéndose un hueco en su propia casa: la que hacía la comida, la que lavaba, la que organizaba las posadas y los cumpleaños. Pero mujer, mujer deseada, mujer caliente, mujer con ganas… eso nadie se lo recordaba.

Hasta que llegué yo, con mis mañanas, mis tacos y mis preguntas pendejas, y empecé a mirarla de otra manera.

Eso fue lo que la volvió loca. No el sexo, todavía no. El sexo vino después. Lo que la desarmó primero fue sentirse vista.

Llegó la época de frío. El frio entró a la ciudad y amaneció con ese viento que te corta la cara. Esa mañana llegué temprano, dejé el carro encendido con la calefacción, esperando la hora de caminar a la oficina. En eso llega ella, toda arropada, temblando, con la nariz roja.

Se acercó a mi ventana y me dijo:

—Hola… oye, no seas gacho, invítame a entrar a tu carro. Tú tienes calefacción y yo me estoy muriendo de frío.

—Sí, pásale, con confianza.

Traía dos chocolates y pan. Me dijo: «Ten, te traje chocolate». Nos quedamos ahí, desayunando, envueltos en el calor del auto, con el viento golpeando los vidrios y el mundo entero reducido a esa burbuja de aire tibio.

De repente me dice:

—Tengo muchísimo frío, mira mis manos, están heladas.

Me las mostró y, con una timidez que me resultó provocativa, me indicó que las tocara. Tomé sus manos. Efectivamente, parecían trozos de hielo. Las mantuve entre las mías, frotándolas suave. Fue el primer roce real. El primer contacto.

Hasta ese segundo yo la veía solo como una compañera. Y sobre todo, como alguien prohibido. Pero sentir su piel, el aroma de su perfume en ese espacio cerrado, la cercanía de nuestros cuerpos… algo se encendió. Sentí una descarga de excitación inmediata; la verga se me puso dura en segundos y me quedé callado, disfrutando el silencio. Por la forma en que ella me miraba, por cómo se acomodaba en el asiento, entendí que a ella tampoco le disgustaba.

Desde ese día dejé de ver el estacionamiento como un lugar de paso. Empecé a buscarla. A querer estar cerca. Con una curiosidad peligrosa: quería saber hasta dónde era capaz de llegar y qué tan dispuesta estaba ella a jugar con fuego.

En nuestras charlas siempre estaba la indirecta: «¿Cuándo vamos a comer?» Y ahí salían lugares, tacos, una carnita asada, un café en San Pedro, el Barrio Antiguo. Una promesa latente. Un día, después de que la ayudé con un reporte que le urgía, me dijo:

—Te debo una comida. Siempre me ayudas y me salvas la vida, jaja.

—Cuando quieras. Tú di la hora, yo estoy listo.

Ella replicó con una sonrisa pícara:

—¿Hoy o qué? Además, quiero platicarte unas cosas…

Quedamos en el estacionamiento para salir desde ahí, por si algún compañero nos veía juntos. No sé por qué, pero desde ese momento empezamos a sentirnos cómplices del pequeño ocultismo. Llegamos al lugar, nos sentamos en una esquina oscura. La tensión se podía cortar con un cuchillo.

—¿De qué querías platicar? ¿Todo bien?

—Simplemente quería salir de lo aburrido que es el comedor de la oficina. Y la verdad, me gusta mucho estar contigo. No sé… te he tomado un sentimiento especial.

—Gracias. Tú también me agradas. Los demás compañeros me parecen tan aburridos, pero contigo siento que estamos en la misma sintonía.

Ella bajó la voz, con cierta timidez:

—Te voy a confesar algo que me ha estado haciendo ruido en la cabeza, pero no sé cómo lo vas a tomar.

—A caray, ¿de qué se trata? Me estás asustando, jaja.

Tomó aire.

—Hace tiempo que venimos platicando y cada vez me siento más en confianza contigo. Te hablo de mis cosas, de mi matrimonio, y tú me escuchas, no me juzgas, no me criticas, no minimizas nada. Como quisiera que así fuera en mi casa.

—Gracias —le dije, sintiendo esa conexión.

En ese momento me tomó la mano, pero antes volteó, nerviosa, para asegurarse de que no hubiera nadie conocido cerca. Me susurró:

—No sé si solo sea cosa mía, pero cada vez que estamos cerca siento ganas de abrazarte.

Se agachó un poco, ruborizada, casi temblando.

—No sé… esto me está volviendo loca.

—¿Cómo es eso?

Confesó, casi en un susurro:

—No sé qué me pasa cuando estoy cerca de ti. Como si te deseara. Quisiera abrazarte y darte un beso.

La tomé suavemente de la barbilla, me acerqué despacio y sin dudarlo le di un beso tierno. Luego otro. Y otro, hasta que se apartó un poco, sorprendida.

—No… espera, ¿qué estamos haciendo? —preguntó, con la respiración entrecortada.

—Lo que hemos estado deseando cada día.

Se recargó en mi hombro, las manos entrelazadas, y nos abrazamos. Busqué sus labios con hambre contenida. El mundo entero se desvaneció. Afuera seguía la ciudad: los coches, la gente, el ruido. Adentro de ese rinconcito oscuro, solo nosotros.

Terminamos de comer y regresamos a la oficina, platicando de cuándo empezó esto en cada uno, de lo difícil que fue decirlo porque temíamos que todo pudiera salir mal. Pero ya nada importaba.

Ya en el estacionamiento, antes de volver a trabajar, sin decir palabra nos acercamos y nos besamos de una manera tan intensa que, solo de recordarlo, todavía me pone duro. Nos comíamos a besos de todas las formas: mordiditas, lengua, yo le besaba suave el cuello mientras le acariciaba las piernas y las manos, explorando todo lo que podía.

—¡Qué rico besas! —susurró, agitada—. Hace tiempo que no sentía algo así… esa electricidad recorriéndome todo el cuerpo.

Noté cómo su cuerpo respondía, húmeda por el deseo.

—Me mojas toda —dijo, con la voz apenas contenida—. Lástima que ya tengamos que regresar. ¿Qué pasaría si no fuera así?

—Pasará lo que tenga que pasar.

Tomé su mano y la puse sobre mi pene, duro, a punto de estallar.

—¿Y eso? —preguntó, sorprendida.

—Lo que me provocas. Deberíamos escaparnos, aprovechar la hora de comida para que ocurra todo lo que deseamos.

—¿Qué cosas dices? —mordió su labio—. La verdad, hace días que no tengo nada, y traigo unas ganas acumuladas que contigo sí quisiera sacar.

—Mañana nos vamos a un lugar íntimo y privado.

—No sé… esto es tan repentino. Déjame pensarlo, ¿va? Por cierto, qué rico besas, papi.

Se fue rumbo a la oficina y yo esperé unos minutos para no llegar juntos. No podía creerlo: tal vez estaba a punto de tener sexo con una mujer casada. El morbo y la excitación me recorrían cada fibra.

Al día siguiente, como siempre, estacionados juntos, pero todo era distinto. Cuando ella llegó, se bajó de su auto y se subió al mío sin dudar. Continuamos la sesión de besos del día anterior, pero ahora ella fue directa y llevó la mano a mi pene, que reaccionó al instante.

—Qué rico, papi… —susurró mientras me acariciaba—. Qué rico se siente aquí.

Me miró con decisión.

—Ya lo pensé bien. Quiero ser tuya, entregarme a ti. Quiero que me quites este deseo, que nos quitemos las ganas. Te espero a la hora de comida. No llegues tarde; recuerda que tenemos poco tiempo, así que piensa dónde vamos a ir.

Desde ese instante el reloj se volvió mi enemigo. Las manecillas se arrastraban, burlándose, y yo no dejaba de mirarlas cada dos por tres, como si con la mirada pudiera apurarlas. Cuando por fin dio la hora, aguanté unos minutos —no fuera a parecer desesperado— y salí disparado. Ella ya me esperaba. Nos subimos al coche y arranqué hacia el lugar que tenía pensado: un motel discreto, lejos de ojos conocidos.

En el trayecto no hacíamos otra cosa que besarnos. Cada semáforo en rojo era una excusa, una tregua que agradecíamos. Yo le deslizaba la mano por la pierna, subiendo despacio, muy despacio, hasta acariciarla justo en medio. Ella, sin dejar de besarme, bajaba la suya hasta mi pene ya duro y me lo acariciaba de arriba abajo con una lentitud que me sacaba de quicio.

—Qué rico se siente —murmuraba contra mi boca—. No sabes las ganas que tengo de sentirlo dentro de mí.

Llegamos a la habitación y no perdimos ni un segundo. Parecíamos dos adolescentes estrenando el cuerpo, torpes de puro deseo. Nos abrazamos con fuerza, con esa urgencia de quien lleva demasiado tiempo aguantándose, y nos besamos tan rico que ella empezó a gemir antes de que yo siquiera le tocara un botón.

Empecé a desvestirla. Ese día traía una blusa de tirantes roja, de escote sexy, una chaqueta de mezclilla, jeans ajustados que dibujaban una figura hermosa y tacones rojos —uff, cómo se veía—. Su estatura me permitía cargarla; me rodeó con las piernas y sentí sus pechos contra mi pecho, una sensación riquísima. Empecé a besarle el cuello, a recorrerle los lóbulos con la lengua, y mientras ella echaba la cabeza atrás, yo le acariciaba las nalgas cuanto podía, abriéndolas de arriba abajo para pasar por su vagina.

La senté sobre el lavabo. Le quité la chaqueta y di un paso atrás solo para mirarla: esa mujer prohibida que en unos minutos iba a ser mía. Besé sus hombros, le bajé los tirantes, le quité la blusa. Ahí estaba ese par de tetas, llenas, con los pezones ya duros. Le bajé el brasier y me puse a besarlas, a succionarlas, a masajearlas como si me sobrara tiempo. Para ese punto ella ya solo jadeaba.

—Ay, qué rico… uff… ahh, qué rico, mi vida. Se ve que traes muchas ganas. Cómelas, son tuyas. Muérdeme los pezones rico, aaagh… te deseo, hazme tuya.

Y no paraba de decir cosas. Ahí entendí lo incomprendida, lo abandonada que estaba esa mujer. Cuántos años de silencio cabían en cada gemido.

Me quité los zapatos y la ropa. Ella se quitó el pantalón y quedó en una tanguita roja por la que bien se veía lo mojada que estaba. La ayudé a quitársela y, en cuanto la tiró, me lancé a darle un tremendo beso mientras pasaba la lengua por entre esos labios ricos, metiéndola como si quisiera follarla con ella. Ella solo gimió fuerte.

—Ahhhg… aaagh, ¿qué haces? —le temblaban las piernas mientras yo saboreaba ese sabor de mujer cachonda.

La guie hacia la cama a besos, acariciándole la panochita con los dedos. Le pedí que se pusiera los tacones: verla así me prendía más. Fui besándola desde los pies —los tobillos, las rodillas, las piernas, el interior de los muslos—, disfrutando ese aroma que emanaba de ella, aroma de placer puro, hasta llegar a esa ricura en medio de sus piernas.

Pasé la lengua suave, una y otra vez, hasta que con sus manos me presionó contra ella. Ahí empecé a introducir la lengua, buscando su clítoris, pero también metiendo y sacando. Le abrí las piernas y las sostuve con las manos mientras me hundía cada vez más.

A los pocos minutos, con la mano derecha fui acariciando hasta meter un dedo, luego otro. Con la izquierda le masajeaba las tetas, le presionaba un poco los pezones color café claro. Ella gemía y decía cosas.

—Oh, no… qué rico. Lo haces bien. Me tienes bien caliente, bien mojada. No sabía que eras buenísimo, quién lo diría, tan serio y calladito… oh, qué ricooo. No sabía que se sentía tan rico con la lengua ahí… oooh, fóllame, fóllamee.

De pronto levantó las caderas y gimió largo, profundo.

—Aaaaaag… aaaaaaaah.

Sus piernas temblaban y me presionaban más contra ella. Sin dejar de mover la lengua, sentí su orgasmo: se retorcía, temblaba, tardó minutos en recuperarse.

—Oh, no, qué placer… nunca había gozado así, nunca había podido venirme tan rico con una lengua, ohhh.

—¿Te gustó?

—Lo haces riquísimo. Oooh, afortunada la que te tenga en su vida, jaja.

Y ahí estaba la prueba de todo. Su esposo nunca le había bajado la cabeza en años. Yo la había hecho venir con la boca en menos de diez minutos, y ella lo dijo con esa mezcla de asombro y reclamo contenido que solo da una vida entera de sexo mediocre.

Sin dejarla recuperar del todo, besé su ombligo, sus costillas, le succioné cada pezón, la besé en el cuellito y en los labios. Me acomodé encima, en misionero, y pasé la punta de mi verga por ella varias veces. Ella se retorcía.

—Qué rico se siente, y más porque ya estoy sensible. Métemela ya, no aguanto más, quiero tu verga dentro de mí.

Fui entrando poco a poco, queriendo disfrutar la calidez de esa vagina. Hasta el fondo. Vi cómo puso los ojos en blanco.

—Aaaah, qué rica verga… se siente cómo me va abriendo, la tienes riquísima, está gruesa, uffff.

Empezó a moverse de arriba abajo y yo tomé esa señal para iniciar el mete y saca: primero suave, despacio, después subiendo el ritmo. Le abrí las piernas, las subí a mis hombros, puse una almohada bajo sus caderas y sentía cómo se la metía hasta el tope. Ella gemía, se entregaba. Se escuchaba el choque de nuestros cuerpos como aplausos, ese sonido tan rico de mi verga entrando en su humedad una y otra vez, como coditos en mayonesa, jajaja.

Después la puse de lado, sin soltarle la pierna derecha, levantada, y seguí metiéndosela fuerte y duro. Esas ricas nalgas había que disfrutarlas, porque uno nunca sabe si será la única vez o habrá más. Se cansó. La puse en cuatro. Se acomodó riquísimo, con esas nalguitas paraditas, y yo no dejaba de besar y abrir para toquetear con la lengua su vagina y el anillito de su trasero. Ella se retorcía.

Estuve cogiéndola así varios minutos. Cada que podía le daba una nalgada y ella respondía:

—Ay, ay, ay, dame más, más, cógeme, métela, uuuf, aaaah.

Sentía que podía venirme en cualquier momento, pero me concentraba: quería más.

—Ahora te toca a ti descansar, jaja —me dijo.

Me recosté y ella fue montándose poco a poco, introduciendo mi verga despacio. Recuerdo cómo le temblaban las piernas hasta que se acomodó y empezó a cabalgar riquísimo, moviendo las caderas con una intensidad que me desarmaba. Yo también hacía lo mío, empujando hacia arriba para meter todo lo que podía, mientras le besaba y le masajeaba las tetas. Unos diez minutos y su cuerpo volvió a temblar.

—Aaaah… aaaaagh… aaaaaaah —se echó hacia atrás.

Yo seguí moviéndome, la tomaba de las caderas y la jalaba hacia mí. Con las piernas aún temblando, se dejó caer sobre mi pecho. Se había venido un par de veces más, seguidas. Tardó unos minutos en recuperarse, decía que se le acababa el aire.

—Y tú, ¿no te piensas venir, o qué?

—¿Dónde quieres que me venga?

—Donde quieras, menos adentro, pues ando en los días peligrosos.

Revisé la hora: ya casi estábamos al límite para regresar a la oficina.

—¿Me ayudas?

Tomó mi verga con la mano y empezó a masturbarme mientras yo acariciaba sus tetas una vez más. Sentía que la corrida se acercaba.

—Oh, me vengo, me vengo —le avisé, pensando que se quitaría.

e acomodó un poco y el primer chorro de semen le dio en la cara. Los demás ella misma los guio hacia sus tetas. Mordiéndose el labio, decía:

—Uy, qué rico, papi, qué rico…

Y sí, en ese momento tan sensible, después de un sexo así, mi verga necesitaba recuperarse. Quedamos recostados.

—Ufff, qué delicia. En verdad lo necesitábamos. Te deseaba tanto, hacerte mía, sentir tu cuerpo junto al mío, abrazaditos.

—Lo sé, también yo lo necesitaba. Aún no creo lo que pasó, pero estuvo riquísimo.

Salimos y volvimos a la oficina. Una o dos horas más tarde me llega un mensaje:

—No manches, estoy adolorida de las piernas, se me dificulta fingir que camino bien. Coges rico. Espero que lo hayas disfrutado tanto como yo eh. Pero debemos tener cuidado, confío en ti.

—No te preocupes, quédate tranquila.

Intentamos seguir con nuestra vida normal. Seguíamos trabajando en el mismo lugar, y no dejábamos de besarnos, de toquetearnos, todo a escondidas. A veces le decía que subiera a mi oficina, había un área solitaria, pero decía que le daba miedo, jajaja.

Unos meses después me cambié de trabajo. No sin antes decirle que quedaba algo pendiente.

—¿Qué es?

—Pues que aún me falta saber cómo es la calidez de tu boquita aquí.

Le tomé la mano y la puse sobre mi verga.

—¡Estás locoooo! Nos pueden ver, jajaja.

Pasaron algunas semanas desde aquel encuentro que cambió nuestras vidas. A pesar de la rutina diaria, la tensión entre nosotros nunca se enfrió; al contrario, crecía en la clandestinidad de miradas furtivas, mensajes cargados de doble sentido y encuentros robados en la sombra del estacionamiento o en pequeños descansos.

Una tarde, mientras compartíamos un café en una banca apartada del parque cercano a la oficina, ella se animó a abrir una puerta que hasta entonces había mantenido cerrada. Sus palabras salieron tímidas, como si temiera desnudarse más allá de lo físico.

—Te voy a contar algo que nunca le he dicho a nadie… —susurró, mirando hacia otro lado para evitar que mi mirada la delatara—. En casa… bueno, con mi esposo… es muy distinto. Él solo quiere lo básico. Rápido, sin juegos, sin detalles. Me mete, se viene pronto, y ya. Queda todo ahí, y yo… me quedo con ganas de más, con el deseo sin saciar.

Su mano jugaba con la taza, nerviosa pero liberadora al mismo tiempo.

—Contigo —continuó, con una voz que bajaba casi a un gemido—, es diferente. Tú me escuchas, me entiendes, me haces sentir… deseada de verdad. No solo quieres mi cuerpo, me quieres a mí. Y eso… eso me vuelve loca.

Los colores del atardecer teñían su piel y hacían brillar sus ojos, llenos de una sinceridad que me calaba profundo. La mezcla entre su vulnerabilidad y el fuego que guardaba en su interior era embriagadora.

—Nunca —siguió, ya sin miedo—, nunca me habían besado el cuello así. Nunca me habían bajado hasta abajo a besarme con la lengua. Nunca me habían cargado, ni me habían hablado al oído mientras me la metían, ni me habían dado una nalgada, ni me habían esperado para que yo terminara primero. Nunca me habían hecho sentir que era yo la que importaba. Y tú, en una sola tarde, me hiciste todo eso. Y más.

Bajó la mirada y luego la subió, directa, con una valentía nueva.

—¿Sabes qué es lo más cabrón? Que con él llevo años, y contigo… contigo me siento viva. Se me olvida que soy mamá, que soy esposa, que tengo que estar fingiendo todo el día. Contigo soy otra. Soy yo, la de antes. La que tenía ganas. La que se sentía bonita.

Se acercó un poco más, hasta que su rodilla tocó la mía.

—Y ahorita, nada más de tenerte aquí al lado, ya estoy mojada. Y me da coraje, porque es una banca de parque, jajaja.

—Entonces no es cosa mía.

—No es cosa tuya —dijo, y me tomó la mano—. Es cosa de los dos. Y no pienso soltarlo.

Llegó el día en que me tocaba salir de esa empresa. Y como no podía ser de otra manera, nos vimos en el estacionamiento por la mañana, temprano, cuando todavía no llegaba nadie. Nos metimos al carro y nos dimos un rico faje; le bajé la blusa, le saqué una teta y la lamí, la succioné a más no poder, mientras ella me apretaba la nuca y se retorcía en el asiento.

—Espera… espera —dijo, con la respiración cortada—, ya estoy mojadísima y no me quiero quedar con las ganas.

Bajó un poco el asiento, se desabrochó el pantalón y metí la mano por dentro de su tanga. Estaba empapada, caliente, palpitando. Le metí dos dedos y con el pulgar le trabajé el clítoris, despacio primero, después más rápido, mientras con la otra mano le apretaba la teta y le mordía el lóbulo.

—Ay, mi amor, así, así, no pares… —gemía bajito, con la mano tapándose la boca para no hacer escándalo.

No aguantó ni dos minutos. Se vino ahí mismo, en el asiento del copiloto, con las piernas temblando.

No aguantó ni dos minutos. Se vino ahí mismo, en el asiento del copiloto, con las piernas temblando y el Cerro de la Silla de testigo y la ciudad despertando a lo lejos.

Y así, entre jadeos y risitas nerviosas, nos despedimos de esa etapa.

—Te debo una —le dije, acomodándole la blusa.

—Tú me debes dos, y una es la de la boca —contestó, mordiéndose el labio.

—Pues entonces quedamos pendientes.

—Pendientes —repitió.

Tal vez a veces es bueno dejar cosas pendientes. Para tener una razón de volver. Para que la historia no tenga punto final, sino solo un «continuará» escrito a mano, con la letra apurada de quien escribe desde una oficina.

Uno nunca sabe lo que pasará.

Pero de que va a pasar, va a pasar.

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