La libertades de mi novia con mi culo

Mi novia María y yo vivíamos nuestra sexualidad con total libertad y de forma atrevida, innovadora y sin ningún tipo de límites. María era una mujer transexual que, pese a tener unas tetas más grandes que su cabeza, aún conservaba su gran pene. Eso me ponía súper cachondo, ya que a veces era yo el que le daba por culo a ella, y a veces era ella la que me daba por culo a mí. Tanto monta, monta tanto. De cualquiera de las dos formas, ambos disfrutábamos a tope de los dos roles. Aquella noche en concreto, tocaba que ella me follara a mí, así que decidí relajarme para que cuando mi novia me penetrara, me entrara suave y sin dolor alguno.

Ella llevaba un sujetador capaz de sostener sus grandes tetas, y unas braguitas en las que sobresalía su polla larga y dura. María estaba tan empalmada como yo, así que no queríamos esperar más para gozar del sexo en todo su esplendor. Empezó frotando su polla contra mi culito, de manera que fuera ensanchando el agujero y estimulándolo a tope. Yo mismo abrí el cajón de la cómoda y saqué un bote de lubricante para facilitar la penetración anal. Ella me lo untó por todo el ano, y con el gel sobrante, se lo untó en su pene erecto. Una vez que ambos estábamos totalmente lubricados, era el momento de pasar a la acción y practicar el sexo anal más delicioso que pueda existir.

Como siempre, con cada embestida que ella me daba, yo veía las estrellas del gusto que me daba. Y es que, además de notar su polla en mi culo, podía sentir sus tetas botando y frotándose contra mi espalda sudorosa. Al mismo tiempo que María me follaba, yo me pajeaba con la mano que me quedaba libre. Me gustaba ir excitándome para conseguir correrme al mismo tiempo que lo hacía ella. Sincronizar nuestros orgasmos era una auténtica maravilla, porque así podíamos experimentar la misma pasión al mismo tiempo, y acabar a la vez abrazándonos al terminar la acción.

María me pegaba pequeños azotes en el culo de vez en cuando, porque sabía que aquello me ponía a cien. Además, me ponía las pilas para que yo también meneara mi culo y le ayudara a penetrarme moviéndome de adelante hacia atrás. Incluso a veces, ella se podía quedar completamente quieta, mientras yo, con un suave movimiento de cintura, me metía su polla en mi culo prieto. Se notaba que aquella noche los dos estábamos muy entregados, y la explosión final estaba a punto de llegar a ocurrir de un momento a otro.

De repente, ella me avisó que estaba lista para correrse dentro de mí, así que aceleré el ritmo a la hora de pajearme y, a los pocos segundos, los dos nos corrimos de gusto. Ella, dentro de mi culito, y yo, sobre las sábanas de nuestra cama. Exhaustos, nos tumbamos uno encima del otro, de manera que nuestros penes se juntaban. Le acaricié las tetas, reposé mi cabeza en ellas y me dormí de forma plácida y tranquila.

Autor: Aldo

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