La devoción de una esposa: tarde de domingo en un motel

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El domingo amaneció como tantos otros en nuestra vida tranquila. María, con sus 37 años, se paró frente al espejo del dormitorio mientras se ponía su vestido azul del coro. El tejido suave caía con elegancia sobre sus curvas, abrazando sus pechos firmes y su cintura estrecha. Se colocó con cuidado el crucifijo de plata entre los senos y me sonrió con esa dulzura habitual.

—Vamos, Roberto. No quiero llegar tarde a misa. Hoy canto el salmo.

En la iglesia cantó con su voz clara y angelical, las manos juntas, la mirada elevada al altar. Pero desde hacía varias semanas, Bastian y Laura nos observaban desde unas filas más adelante. Él, un hombre alto y maduro de 55 años, imponente y seguro. Ella, elegante y con una mirada que parecía guardar secretos.

Después de la misa, nos invitaron a almorzar a un restaurante italiano cercano. El ambiente era agradable, el vino tinto excelente. Durante el postre, Laura sacó su cámara compacta.

—María, cantas precioso. Tienes una luz muy especial. ¿Puedo tomarte una foto?

Click!

María se sonrojó ligeramente y asintió. Laura capturó su sonrisa devota, el crucifijo brillando sobre el vestido azul.

—Eres muy hermosa —comentó Laura—. Me encantaría tomarte algunas fotos más… en un lugar más íntimo.

La conversación derivó poco a poco hacia terrenos peligrosos. Al final del almuerzo, Bastian habló con voz calmada pero firme:

—Hay un motel discreto y elegante a las afueras de la ciudad. Nos gustaría invitarlos esta misma tarde. Roberto puede mirar todo lo que desee. Y tú, María… serías el centro de nuestra adoración.

María se puso roja como nunca. Sus dedos apretaron el crucifijo.

—Yo… no puedo. Soy una mujer casada. Canto en el coro de la iglesia. Esto es pecado grave. Dios no lo aprobaría —susurró, visiblemente avergonzada.

Laura sonrió con dulzura.

—Precisamente porque eres tan devota, puede ser aún más excitante dejarte llevar por una vez.

Yo sentí mi polla endurecerse bajo la mesa. Tras varios minutos de silencio tenso, María me miró buscando aprobación. Finalmente, con voz temblorosa, aceptó:

—Está bien… pero solo un poco. Y despacio.

Llegamos al motel una hora después. La habitación era amplia, con una cama king size, luz tenue y un sillón cómodo frente a ella. Yo me senté allí, el corazón latiéndome con fuerza.

María permanecía de pie, todavía vestida con su precioso vestido azul del coro. Bastian se acercó lentamente y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Tan bella cuando cantas himnos en la iglesia… Hoy quiero descubrir a la mujer pecadora que se esconde debajo de esa voz angelical.

La besó en el cuello con lentitud. María cerró los ojos y murmuró con voz temblorosa:

—Dios mío… perdóname por lo que estoy permitiendo. Esto es una tentación muy grande.

Bastian bajó la cremallera lateral del vestido azul con deliberada lentitud. El tejido se abrió y cayó suavemente hasta su cintura, dejando al descubierto su sujetador blanco sencillo.

Click! Laura capturó el preciso instante.

Bastian desabrochó el sujetador y liberó sus pechos firmes. Tomó un pezón entre sus labios y lo chupó con devoción, lamiendo en círculos lentos.

—Ah… Señor, dame fuerzas… —gimió María bajito, mordiéndose el labio.

Click! Click! La cámara de Laura registraba cada detalle.

Bastian se arrodilló frente a ella y terminó de bajar el vestido hasta los tobillos. Luego enganchó los dedos en la cinturilla de la braga blanca y la deslizó lentamente por sus muslos, revelando su coño completamente depilado y ya brillante de humedad.

Click!

—Qué coñito tan bonito y mojado tiene la santita del coro —murmuró Bastian con voz ronca—. ¿Quieres que te lo coma, María?

María cubrió su rostro con ambas manos, muerta de vergüenza.

—Yo… nunca me habían hablado así… Pero sí… por favor, cómelo.

Bastian la tumbó en la cama, le abrió las piernas y hundió su lengua entre sus labios hinchados. Lamió su clítoris con paciencia, introduciendo la lengua dentro de ella y chupando sus jugos.

—Qué rico… Ay, Dios mío, qué placer tan prohibido… Perdóname por disfrutar tanto —jadeaba María, las manos aferradas a las sábanas.

Click! Click! Click! Laura tomaba primeros planos de la lengua de Bastian devorando el sexo de mi esposa.

Bastian introdujo dos dedos gruesos y comenzó a follarla con ellos mientras succionaba su clítoris. Los gemidos de María se volvieron más intensos.

Después de varios minutos, Bastian se levantó y sacó su polla gruesa, venosa y completamente erecta.

—Arrodíllate y chúpamela como la buena devota que eres.

María se arrodilló frente a él, dudosa y avergonzada. Miró la polla grande con ojos muy abiertos y luego me lanzó una mirada suplicante. Yo asentí, masturbándome lentamente.

Abrió la boca y tomó solo la cabeza, lamiendo con timidez.

—Más adentro, santa. Chúpala bien —ordenó Bastian.

Poco a poco fue metiéndosela más profundo. Bastian tomó su cabello y comenzó a follarle la boca con suavidad.

Click! cuando le golpeó la mejilla con la polla y María soltó una risita nerviosa y avergonzada.

—Qué linda se ve la putita del coro cuando se ríe con una verga en la cara —comentó Laura.

María se sonrojó aún más, pero siguió chupando, cada vez con más ganas, aunque todavía con cierta timidez.

Bastian la levantó y la puso a cuatro patas sobre la cama. Le abrió las nalgas y frotó su polla gruesa contra el coño empapado de mi esposa.

—Mírame, Roberto. Mira cómo voy a follarme a la que canta salmos los domingos.

Entró de una sola embestida profunda. María soltó un gemido largo y entrecortado.

— ¡Ahhh! ¡Es demasiado grande! ¡Despacio… por favor!

Bastian empezó a follarla con ritmo firme. Cada embestida hacía que sus pechos se balancearan y que el crucifijo golpeara contra la sábana.

—Dime qué eres ahora, María —exigió.

—Soy… una mujer casada… que está cometiendo adulterio… Perdóname Señor —respondió ella, todavía intentando mantener un tono devoto.

Click! cuando María, tímidamente, empujó sus nalgas hacia atrás buscando más profundidad.

María alcanzó su primer orgasmo con un gemido ahogado y tembloroso, todo su cuerpo convulsionando. Bastian siguió follándola unos minutos más y luego sacó la polla.

—Arrodíllate otra vez. Voy a pintarte la cara como la puta que empiezas a ser.

María se puso de rodillas, claramente avergonzada. Cerró los ojos con fuerza y abrió ligeramente la boca.

Bastian gruñó y comenzó a eyacular con fuerza. El primer chorro potente cayó sobre su mejilla izquierda, el segundo directamente sobre sus labios, varios más sobre su nariz, barbilla y pechos, salpicando incluso el crucifijo.

Click! Click! Click!

María recibía el semen con timidez, tragando solo lo que caía en su lengua, el resto corriéndole por el rostro y las tetas. Se veía profundamente avergonzada, pero su respiración agitada delataba su excitación.

—Traga, santita. Prueba el semen de otro hombre —ordenó Bastian.

Ella tragó obedientemente, roja hasta las orejas.

Bastian le dio unos minutos para recuperarse, besándola y limpiándole suavemente la cara con los dedos. Luego la miró con ojos oscuros de deseo:

—Ahora sí quiero a la verdadera puta que llevas dentro, María. Se acabó la vergüenza. Quiero que te sueltes completamente. ¿Estás lista?

María respiró hondo. Tenía semen seco en la cara y los pechos. Miró el vestido azul arrugado en el suelo y luego a mí. Su mirada había cambiado. La timidez estaba desapareciendo.

—Sí… —dijo con voz más ronca y decidida—. Quiero ser vuestra puta. Quiero que me usen como una zorra.

La segunda ronda fue completamente distinta: salvaje, intensa y sin frenos.

Bastian la tiró sobre la cama y la penetró de un solo golpe brutal. María soltó un grito de puro placer.

— ¡Sí! ¡Fóllame fuerte! ¡Quiero que me rompas el coño!

— ¿Qué eres ahora, María? —gruñó Bastian mientras la embestía sin piedad.

— ¡Soy una puta! ¡La puta del coro! ¡Fóllame como a una zorra barata!

Click! Click! La cámara de Laura no paraba.

María empezó a cabalgarlo con desenfreno, moviendo las caderas como una posesa. Sus pechos rebotaban violentamente y el crucifijo saltaba con cada movimiento.

— ¡Mírame, Roberto! ¡Mira cómo tu santa esposa se comporta como una verdadera puta! ¡Me encanta que me follen duro!

Se puso a cuatro patas y empujaba su culo hacia atrás con fuerza, exigiendo más profundidad.

— ¡Más duro! ¡Quiero que me destroces! ¡Soy vuestra santa puta! ¡Úsenme!

Bastian la follaba con embestidas salvajes. Laura se subió a la cama y María, sin dudarlo ni un segundo, enterró su cara entre sus muslos y le devoró el coño con hambre.

— ¡Come ese coño, zorra! ¡Lámelo bien! —gemía Laura mientras tomaba fotos.

— ¡Sí! ¡Me encanta comer coño mientras me follan! —respondía María entre lamidas.

Se corrió por segunda vez con un grito desgarrador, todo el cuerpo temblando violentamente.

Bastian la puso de espaldas, le levantó las piernas hasta los hombros y la folló con fuerza brutal.

—Voy a llenarte ese coño de leche caliente, puta.

— ¡Sí! ¡Córrete dentro! ¡Lléname toda! ¡Quiero estar chorreando semen como una verdadera zorra!

Con un gruñido profundo, Bastian se corrió violentamente dentro de ella, inundando su coño con chorros espesos y calientes. Cuando sacó la polla, un grueso hilo blanco de semen salió lentamente de su coño abierto y hinchado, resbalando por sus nalgas y cayendo sobre la sábana.

Click! Laura capturó ese momento final y obsceno.

María quedó tumbada en la cama, jadeando pesadamente, el cuerpo cubierto de sudor y restos de semen, el crucifijo todavía colgando entre sus pechos manchados. Ya no quedaba nada de la tímida mujer devota que había entrado en la habitación. Solo una santa puta satisfecha y feliz.

Bastian le acarició el cabello sudoroso y le susurró:

—La próxima vez vamos a follarte ese precioso culito virgen también. ¿Te gustaría?

María sonrió con picardía, todavía respirando agitada, y respondió con voz ronca:

—Sí… quiero que me follen el culo como a una puta. Quiero que me usen por todos lados.

Caía la tarde cuando salimos del motel. María caminaba a mi lado todavía con su vestido azul del coro puesto, ahora visiblemente arrugado y con alguna mancha discreta. Su rostro aún conservaba un ligero rubor y en su cuello brillaba el crucifijo, testigo silencioso de todo lo que había ocurrido.

El trayecto a casa fue en silencio, pero un silencio cargado de complicidad. De vez en cuando la miraba y ella me devolvía una sonrisa pícara, casi traviesa.

Nada más cerrar la puerta de casa, la atraje hacia mí y la besé con ganas. Todavía podía saborear un leve resto salado en sus labios.

—Vamos a ducharnos —susurró ella contra mi boca.

Bajo el agua caliente, enjaboné su cuerpo con lentitud. Mis manos bajaron hasta su coño hinchado y todavía sensible. Al meter dos dedos, sentí claramente los restos espesos de Bastian saliendo de ella.

—Todavía está lleno de su leche… —murmuró María, mordiéndose el labio.

—Eres una santa puta —le dije al oído mientras la masturbaba despacio—. La que canta en el coro y luego se deja llenar como una zorra.

María gimió y pegó su culo contra mi polla dura.

—Fóllame, Roberto. Quiero que mezcles tu semen con el suyo.

No necesité más invitación. La apoyé contra la pared de la ducha y la penetré de una sola vez. Su coño estaba caliente, resbaladizo y todavía abierto. Empecé a follarla con embestidas profundas y posesivas.

—Dime qué eres ahora —gruñí mientras la embestía.

—Soy tu santa puta… —jadeó ella—. La devota del coro que hoy se comportó como una verdadera zorra. Me encantó… me encantó que me corrieran en la cara y que me llenaran el coño.

Aceleré el ritmo, follándola con más fuerza. María gemía sin control.

—Quiero que hagamos esto más veces —le confesé—. Quiero verte entregada otra vez… Quiero compartirte.

María giró la cabeza y me miró con ojos brillantes de lujuria.

—Yo también lo quiero. Quiero ser tu hotwife… Quiero que me veas brillar con luz propia.

Salimos de la ducha y terminamos en la cama. La follé con ganas, casi con desesperación, hasta que me corrí profundamente dentro de ella, mezclando mi semen con los restos de Bastian. Cuando salí, un hilo espeso y blanco escapó de su coño y cayó sobre las sábanas.

Nos quedamos abrazados, respirando agitados.

María trazó círculos en mi pecho con el dedo y habló con voz suave pero cargada de intención:

—La semana que viene tengo práctica con el coro… Hay un chico nuevo, de unos 20 años. Se llama Lucas. Siempre me mira… incluso cuando su novia viene a recogerlo después del ensayo. Me mira de una forma que no debería.

Hizo una pausa y sonrió con picardía.

—Quizá… solo quizá… podría invitarlo a tomar algo después de una práctica. ¿Qué piensas?

Yo sentí un nuevo latido de excitación en el estómago. La besé en la frente y respondí:

—Pienso que nuestra nueva vida ya ha empezado… y que va a ser mucho más interesante de lo que imaginábamos.

María sonrió, satisfecha, y se acurrucó contra mi pecho.

El vestido azul del coro seguía tirado en el baño, esperando el próximo domingo.

Y nosotros… ya estábamos listos para lo que viniera después.

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Ivanmont
Ivanmont

Autor de relatos eróticos de alta intensidad. Especializado en dinámicas de poder, seducción y ficción contemporánea. Publico semanalmente en mi biblioteca personal: patreon.com/PasionesProhibidas

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