Infidelidad, anal y un mal cálculo
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Introducción de Personajes y Contexto
Martín tenía 42 años y trabajaba de manera independiente. Medía 1.59 metros, tenía un cuerpo blando con algo de panza y un pene de solo 12 centímetros. Llevaba una vida modesta, sin grandes lujos. Su novia, Stephanie, de 30 años, medía 1.63 metros, con medidas 90-70-98. Estaba algo excedida de peso, pero era bonita, especialmente por su gran trasero. Trabajaba como analista en una entidad estatal, era licenciada de San Marcos y provenía de un origen humilde. En su vida sexual, solo había tenido dos parejas: una única vez con un chico antes de conocer a Martín, y luego con él, con quien mantenía una relación estable pero no vivían juntos.
En la misma oficina llegó Johann, de 26 años, midiendo 1.90 metros. Era el pituco estereotípico, licenciado de la Pacífico, en forma gracias al surf y al pádel. Entró como nuevo analista en el área de Stephanie, quien ya llevaba un año allí. Emilio, amigo de infancia de Martín, trabajaba en otro piso de la entidad y conocía a Johann, aunque este no sabía de la conexión con Stephanie y Martín.
Inicio de la Interacción en la Oficina
Johann llegó a la oficina un lunes por la mañana, y Stephanie no pudo evitar fijarse en él. Su altura imponente, su cuerpo atlético y ese aire de superioridad pituca la impresionaron de inmediato. Contrastaba tanto con Martín, que era más bajo, blando y de vida sencilla. Durante los días siguientes, interactuaron mucho por el trabajo: revisiones de informes, reuniones rápidas en el pasillo. Stephanie sentía una atracción creciente, pero se convencía a sí misma de que era solo admiración inocente. “Es solo un compañero guapo”, se repetía.
Johann, en secreto, la veía como una culona que podría interesarle si ella también estaba abierta, y le coqueteaba con sonrisas y comentarios sutiles, sin presión ni juego sucio.
Presunción de Johann con Emilio
Una tarde, en la cafetería del edificio, Johann se acercó a Emilio, a quien conocía de vista por el pádel. “Oye, Emilio, ¿has visto a esa analista del piso de arriba? Stephanie, se llama. Está buena, y me gusta su energía. Me mira como si estuviera algo interesada, pero no quiero forzar nada”, le dijo Johann con una sonrisa tranquila. Emilio, que sabía que era la novia de su amigo Martín, se quedó callado, pero no intervino. Más tarde, observó discretamente las interacciones en la oficina: las miradas prolongadas, los roces accidentales. Vio cómo Stephanie se ruborizaba ante los halagos de Johann, pero no dijo nada.
Escena en el Bar
Al final de la semana, después del trabajo, Johann invitó a Stephanie a un bar cercano. “Vamos, solo una copa para celebrar el fin de semana”, le dijo con esa sonrisa confiada. Ella aceptó, pensando que era solo una salida amistosa. “No es nada malo, Martín ni se enterará, y no pasará nada”, se mintió a sí misma mientras caminaban.
En el bar, se sentaron en una mesa apartada. Conversaron sobre el trabajo, la universidad, risas superficiales. Bajo la mesa, Johann deslizó su mano por el muslo de Stephanie, apretando suavemente la carne suave de su pierna. Ella protestó fingidamente: “¡Ey, no, eso no!”. Pero no se alejó, solo se ruborizó y sintió un calor creciente entre las piernas. Johann sonrió: “Relájate, solo estamos charlando”. Stephanie respondió: “Sí, pero no hagamos locuras, ¿ok? Solo amigos”. Internamente, se convencía: “Esto no es traicionar a Martín, solo una copa”.
La conversación fluyó, con más toques sutiles. Stephanie bebía más de lo usual, excitada por la atención, pero cuidando no perder consciencia ni control.
Convencimiento para Ir al Departamento
Cuando el bar empezó a vaciarse, Johann insistió: “Vamos a mi departamento, vemos una película para rematar la noche”. Stephanie dudó, mirando su reloj: “No sé, Johann, es tarde, y tengo que volver a casa. No quiero que pienses mal de mí”. Él la miró a los ojos, con respeto: “Vamos, solo un rato más, y si en algún momento no te gusta, paramos. No te voy a presionar en serio”.
Ella sonrió, ilusionada pero consciente: “Bueno, solo un rato, pero sé un chico bueno, ¿ya?”. Johann asintió solícitamente. Stephanie mintió de nuevo consigo misma: “Solo iremos, no haré nada, es inofensivo, Martín ni se enterará”. No mencionó a su novio para no sentirse más culpable, pero dentro de sí sabía que cruzaría una línea.
Llegada al Departamento e Inicio del Encuentro
Llegaron al departamento de Johann, un lugar moderno y lujoso que contrastaba con la vida de Stephanie. Apenas cerraron la puerta, él la besó apasionadamente, presionando su cuerpo alto contra el de ella. Stephanie respondió al beso, pero se apartó un poco: “Espera, Johann, prometiste que ibas a respetar si no me gusta algo. ¿Seguro que estamos bien así?”. Él la miró con calma: “Sí, siempre que tú digas ‘para’ o ‘más lento’, lo hago”.
La llevó al sofá y la besó de nuevo, más profundo, su lengua invadiendo su boca. Ella pidió tiernamente: “Solo besitos y abracitos al inicio, ¿sí?”. Johann asintió y la besó largamente, sin presión, mientras ella se relajaba. Pronto sus manos bajaron a desvestirla, pero fue preguntando cada paso. Le quitó la blusa, revelando sus pechos llenos, y luego la falda, dejando al descubierto su gran trasero en bragas.
Stephanie se hizo la difícil, pero con coquetería: “No, en serio, no estoy lista para todo aún. Pero… si vamos despacio, me gusta”. Mientras él la tocaba, besando su cuello y apretando sus nalgas con suavidad, ella protestaba de forma juguetona, sus manos temblorosas acariciando el pecho de él, mientras este se desabotonaba la camisa.
Desnudos en el sofá, conversaban entre besos. “Eres tan hermosa”, murmuró él, esta vez con genuina admiración. Ella: “Sé gentil, por favor”.
Descubrimiento del Pene de Johann y Primera Penetración Vaginal
Se movieron a la cama. Stephanie miró el pene de Johann: 25 centímetros erectos, grueso como su muñeca. Quedó en shock, recordando solo haber visto algo así en un porno que Martín insistió en ver una vez, nunca en la vida real. Intentó masturbarlo torpemente con la mano, pero apenas podía rodearlo: “¡Dios, es enorme! ¿Cómo… cómo entra eso?”.
Johann sonrió, pero con cuidado: “Vamos despacio, si te duele, paramos. ¿Quieres que use condón?”. Ella dudó. “No sé… la primera vez con él lo hice sin condón y fue muy fuerte. Pero si quieres, usamos”. Él respondió: “Lo hago como tú prefieras”.
Ella, excitada más allá de la culpa, decidió: “Bueno… pero si me duele, me dices, ¿sí?”. Johann asintió.
La puso en posición de perrito, sus nalgas grandes expuestas. Usó condón, le pidió permiso antes de tocarla, y aplicó lubricante. Frotó la cabeza gruesa contra su entrada húmeda y empujó despacio. Stephanie gritó: “¡Ay, duele! Es muy grueso, despacio… ¿por qué no me abrazas?”. Él la abrazó por la espalda, con la mano en su pecho, y la penetró vaginalmente, centímetro a centímetro, hasta que su pelvis chocó con sus nalgas.
La escena duró más de 10 minutos en esa posición, pero con variaciones de ritmo. Johann se detenía cada vez que ella pedía más lento, preguntaba si estaba bien, y se aseguraba de que ella también disfrutara. Cacheteaba sus nalgas de forma juguetona, no como castigo.
Stephanie conversaba: “Ay, duele al principio, pero… me gusta cuando acomodas”. Johann respondía: “Te digo cuándo voy a empujar fuerte, así sabes qué esperar”.
Después de menos de 10 minutos, Johann se corrió abundantemente dentro del condón, su eyaculación se acumuló en la punta. Stephanie sintió el calor contenido: “¿Terminaste?”. Él retiró el condón, se lo cambió y preparó de nuevo.
En otros 20 minutos se corrió por segunda vez, siempre dentro del condón, preguntando antes si ella seguía cómoda.
Entre Corridas: Felación Consentida
Después de la segunda corrida vaginal, Johann se sacó el pene, aún cubierto de sudor y lubricante, pero con el condón retirado. Lo miró a ella: “¿Quieres seguir probando? Nunca es obligación, pero si quieres, te guío”.
Stephanie, que nunca había hecho felación a nadie —ni siquiera a Martín—, se puso nerviosa: “La verdad nunca lo he hecho, y no sé cómo hacerlo bien”. Él sonrió: “No tienes que hacerlo perfecto, solo lo que tú quieras”.
Se acercó despacio, lo tomó en la mano y luego en la boca, con curiosidad. “Es rarísimo el sabor, pero no me molesta”, murmuró entre movimientos. Gemía más de timidez que de asco, con lágrimas de emoción, pero sin sentirse forzada.
Johann agarraba su cabello con suavidad, guiándola: “Si te incomoda, suéltate. No te obligo”. Ella asintió, manteniendo el control.
Entre la felación y lo siguiente, Stephanie rompió a llorar: “¡Dios, engaño a Martín! Nunca le fui infiel, solo he estado con él de verdad, ¿qué estoy haciendo?”. Lágrimas corrían por sus mejillas, pero Johann la abrazó, sin burlarse: “Shh, esto es solo una noche, una experiencia. Si quieres parar, lo dejamos ahora”.
Ella dudó, pero al final decidió: “No, ya estoy aquí. Solo… prométeme que no lo contarás como si fuera una conquista”. Él asintió: “Jamás”.
Segunda Ronda (Anal)
La puso de nuevo en perrito, esta vez con más calma. Frotó su pene lubricado por el lubricante contra su ano apretado. Stephanie protestó, pero con dudas: “¡Nunca lo he hecho por atrás! Es demasiado largo y grueso, me da miedo que me parta, ¿me preparas bien?”.
“Claro, si quieres”, respondió él, y le pidió que le ofreciera un dedo primero para que ella se sintiera segura. Ella se relajó, y él fue penetrando con un dedo, luego dos, despacio, sin presión.
“Cuando me digas ‘para’ o ‘no me gusta’, paramos”, le recordó.
Tras varios minutos de preparación, ella se sintió lista: “Bueno… pero si me duele, me dices”.
Él empujó lentamente, abriéndose paso en su culo virgen, con la mano en su cadera, deteniéndose cada vez que ella respiraba fuerte. “Gime si te gusta, pero no te obligo a fingir”, le dijo.
La folló analmente de manera frenética solo cuando ella misma pidió ritmo más fuerte, cacheteando sus nalgas con cariño, por unos 10 minutos. Ella hablaba todo el tiempo: “Me duele al principio, pero ahora… me gusta más así”.
Él respondió: “Si te gusta, lo hacemos más, pero si quieres parar, dime”. Y ella asintió.
Se corrió dentro de un condón, llenando su recto de semen caliente, pero siempre con su permiso.
Cuarta Ronda y Final del Sexo
Después del anal, Stephanie, ilusionada y emocionada, susurró: “Me dolió un poco, pero me gustó”. Johann, sin cariño romántico real, pero excitado por el enorme culo de Stephanie, no demoró en ponerse duro una vez más, consiguiendo follarla analmente una vez más, esta vez con menos ritmo y más ternura.
Duró otros 10 minutos, sus caderas chocando con sus nalgas enrojecidas, pero con pausas y caricias. Hasta que se corrió por cuarta vez dentro de la goma protectora, cumpliendo siempre con el uso de condón.
Toda la sesión había durado algo más de una hora. Ninguna cámara escondida.
Stephanie conversaba incesantemente durante todo: pidiendo afecto, pidiendo que le hablara, protestando cuando algo dolía, pero siempre con la posibilidad real de parar. “Abrázame, Johann, dime que estás bien conmigo”, gemía, y él respondía con ternura, sin burlas.
Después del Sexo y Partida
Exhaustos, yacían en la cama. Stephanie, con el cuerpo adolorido pero satisfecho, le dijo ilusionada: “¿Me llamas mañana, amor? ¿Salimos el fin de semana?”. Pensaba que eran pareja ahora. Él le sonrió: “Claro, si quieres, pero no te prometo nada más que respeto”.
Ella asintió.
Emilio, que había visto conversaciones discretas entre ellos, y que había notado que Stephanie estaba coqueteando, le escribió a Martín: “Amigo, vi algo entre Stephanie y Johann en la oficina. No sé si es algo serio, pero estás en tu derecho de preguntarle”.
Martín, inseguro, le envió a Stephanie un mensaje: “¿Qué hubo entre tú y Johann?”.
Reacción de Martín y Despertar de Stephanie
Al mediodía, Stephanie despertó en su casa con resaca y el cuerpo dolorido. Vio 15 mensajes y 4 llamadas de Martín. Leyó su mensaje y le respondió: “Amorcito, lo siento, pero no puedo seguir contigo. Quiero experimentar otras cosas, no es por ti, es por mí”.
Luego, ilusionada, le escribió a Johann: “Amor, ¿almorzamos juntos? ¿Vienes por mí?”.
Johann respondió minutos después: “No puedo perrita, estoy saliendo con alguien del club, pero te caería bien. Solo que ahora no tengo espacio para más”.
Stephanie miró el mensaje, sin foto explícita. Lágrimas brotaron: “¡Cómo pude ilusionarme! No es el amor que quería, pero tampoco me trató como una conquista”.
Lloró desconsoladamente, sintiéndose usada, tonta y humillada, pero también consciente de que había elegido entrar en esa noche. Arrepentida, pero con el consentimiento propio como referencia, empezó a repensar sus límites y lo que quería en una relación, con el cuerpo aún marcado por la experiencia.
