Mi marido tiene la culpa para convertirme en una puta
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Cuando la rutina llega a una pareja de esposos, lo más excitante para romperla es follar con mi marido y su amigo al mismo tiempo.
Mi marido y yo ya cumplimos más de veintidós años de casados. Tenemos dos hijos: la mayor, con veinte años, y el varón de dieciocho.
Me llamo Graciela, tengo cuarenta y cinco años y mi esposo Germán me lleva dos.
Al principio de nuestro matrimonio éramos puro fuego. Apenas nos casamos cogíamos todos los santos días, y los fines de semana a veces amanecíamos cogiendo dos o tres veces. No importaba dónde: en el auto estacionado en una calle oscura, en la playa de noche, en el baño de un restaurante… Éramos jóvenes, arrechos y no nos alcanzaba el tiempo para saciarnos. Pero los años pasaron, los chicos crecieron, el trabajo nos consumió y la rutina se fue metiendo como una sombra entre las sábanas. Lo que antes era pasión desenfrenada se convirtió en sexo mecánico una vez cada quince días, cuando mucho.
Una noche, después de varios vasos de vino, Germán me soltó lo que venía pensando hacía meses. Quería probar cosas nuevas. Lo primero que me propuso fue un intercambio de parejas. Me negué de plano, casi ofendida. Ni loca iba a dejar que otra mujer pusiera sus manos (y menos su boca) sobre mi marido. No quería compartirlo. Me daba asco solo imaginarlo.
—Cariño, te entiendo y lo acepto —me dijo Germán con esa voz calmada que usa cuando quiere convencerme de algo—. Entonces, quedamos, yo no me acuesto con ninguna mujer. Pero tú… tú sí podrías tirarte a otro hombre. ¿Qué te parece?
Me quedé mirándolo con los ojos bien abiertos. Sentí un calor raro subiéndome por el cuello. El corazón me empezó a latir más fuerte, como si de repente estuviera corriendo.
—Pe-pero… ¿no te molestaría? —pregunté con la voz entrecortada—. ¿No te darían celos si yo follo con otro?
—Para nada. Siempre y cuando yo esté ahí presente, viendo todo —respondió, y en sus ojos vi un brillo que nunca antes había notado. Una mezcla de excitación y algo más oscuro que me descolocó.
Me quedé callada, con la boca seca. Sentía las mejillas ardiendo. Una parte de mí quería levantarse e irse al cuarto, pero otra parte… La otra parte se quedó ahí, clavada en el sillón, imaginando cosas que jamás me había permitido pensar.
—¿No te daría celos verme chupándole la verga a otro hombre? —continué, casi en un susurro, probando hasta dónde llegaba esto—. ¿Que me meta su pene bien duro primero en el coño y después por el culo… que me folle como una puta mientras tú miras?
Germán tragó saliva visiblemente. Su respiración se hizo más pesada y noté que se acomodaba en el asiento, claramente excitado.
—Aunque no lo creas, mi amor… eso me pondría la verga más dura que nunca. Me excitaría como nunca. Me harías el hombre más feliz del planeta.
Sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas. Me molestó darme cuenta de que me estaba mojando un poco con solo hablar de eso. ¿Qué carajo me pasaba? Llevaba más de veinte años siendo una esposa fiel y ahora mi propio marido me estaba proponiendo que me dejara coger por otro delante de él.
—¡Estás loco, Germán! ¿Cómo puede excitarte ver que me estoy revolcando con otro tipo? ¿Que me esté morreando, que me esté agarrando fuerte las tetas, que me esté metiendo todo su palo mientras yo gimo como una loca?
Él se inclinó hacia adelante, me tomó de las manos y me miró fijo a los ojos. Su voz salió ronca, cargada de deseo:
—Respóndeme con toda sinceridad, Graciela… ¿A ti te gustaría follarte a otro hombre que no sea yo?
Me quedé callada un buen rato, mordiéndome el labio inferior mientras sentía cómo se me calentaba la cara. El corazón me latía fuerte y, para mi vergüenza, empecé a sentir esa humedad traicionera entre las piernas. Respiré hondo y al final solté lo que de verdad sentía:
—Eeeh… bueno… Tú sabes que entre nosotros no hay mentiras… ¡Sí! Me gustaría hacerlo, no te lo puedo negar… —confesé casi en un susurro.
Germán sonrió con esa cara de triunfo que me puso todavía más nerviosa.
—¡¿Ya ves? ! Entonces, ¿cuál es el problema…?
—Es que… me da pena traicionarte, mi amor —le dije, aunque por dentro ya estaba imaginando cosas que me hacían apretar los muslos—. Siempre te he sido fiel, nunca le he dado ni los buenos días a otro hombre. No quiero que nuestro matrimonio se destruya solo porque estamos hastiados de coger siempre lo mismo, en la misma posición y en la misma cama.
Él se acercó más, me agarró las manos y me miró con esos ojos que ya le brillaban de puro vicio.
—A nuestro matrimonio no le va a pasar nada, estoy completamente seguro. Yo te amo con locura y sé que tú también a mí. Esto no nos va a dañar, al contrario… a mí me va a poner la verga dura como garrote cada vez que lo recuerde. Y estoy seguro de que a ti también te va a gustar, mi amor. Ahora, ¿por qué lo llamas traición? Si yo te estoy dando permiso y voy a estar ahí mirándote. Traición es cuando te coges a otro a mis espaldas, escondiéndote como una mujer infiel. Eso es diferente.
Sus palabras me golpearon directo en el coño. Sentí cómo se me mojaban las bragas. Me imaginé por un segundo a un hombre desconocido agarrándome fuerte de las caderas, metiéndomela hasta el fondo mientras Germán nos observaba desde una silla… y ese pensamiento me puso arrecha como nunca.
—Entonces, Germán, ¿estás totalmente seguro, cariño? —le pregunté, mirándolo fijamente—. No vaya a ser que después te pongas celoso, me reclames o me lo eches en cara cada vez que discutamos…
—Graciela, nunca he estado más seguro en mi vida —me respondió con la voz afónica—. Y te voy a ser bien sincero: hace varios meses que lo pienso todos los días. Cada vez que me imagino que estás desnuda con otro hombre, cogiendo rico, que le mamas esa verga gruesa hasta el fondo de la garganta, babeándola toda, que te la mete bien duro en esa vagina apretada y después te abre el culito y te la encaja hasta las bolas… se me para al instante y empiezo a soltar líquido preseminal como un adolescente. Me pongo durísimo, mi amor.
Solté una carcajada nerviosa, pero por dentro estaba ardiendo. Sentía los pezones duros contra el sostén y un calorcito rico pulsando en mi clítoris. La imagen que él describía me estaba volviendo loca: yo de cuatro, gimiendo como una perra mientras un desconocido me follaba salvajemente delante de mi marido.
—¡Qué loco eres, mi amor! No puedo creer que me estés diciendo todo esto… y que a mí me esté mojando el chocho solo por el hecho de escucharte.
—¿Entonces? ¿Trato hecho…? —me preguntó con esa sonrisa pícara.
Sentí un escalofrío de puro morbo recorriéndome el cuerpo. Sabía que estaba a punto de aceptar algo que podría cambiarlo todo… y eso mismo me excitaba todavía más.
—¡Trato hecho! —le respondí, casi sin pensarlo dos veces—. Pero Germán… ¿Quién sería el afortunado que va a comerse este cuerpo de diosa? ¿Quién va a poder meterle la verga a esta casada madura que lleva más de veinte años siendo solo tuya?
—Ya llegará, cariño, ya llegará. Déjalo de mi cuenta. Yo me encargo de encontrar al indicado.
A partir de esa noche todo se puso mucho más caliente entre nosotros. Solo con imaginarnos la escena, cogíamos como animales. Germán me follaba con una fuerza que hacía años no sentía, y yo me corría pensando en que pronto otro hombre me iba a estar abriendo las piernas y metiéndomela mientras mi marido miraba.
Muchas veces, mientras Germán me penetraba profundo, me mordía la oreja y me susurraba cosas sucias, yo cerraba los ojos y me dejaba llevar por la fantasía: yo de rodillas chupando una verga desconocida, sintiendo cómo me agarraban del pelo, cómo me daban nalgadas fuertes, cómo me llenaban el coño y el culo sin piedad… y Germán ahí, viéndolo todo con la pija en la mano.
Cada vez que pensaba en eso me mojaba más. Me preguntaba una y otra vez: “¿Cómo será de rico que otro hombre me folle de verdad delante de mi marido? Si solo con imaginarlo me corro como una puta… ¿Qué va a pasar cuando tenga una verga extraña metida hasta el fondo mientras Germán me mira a los ojos?”
Pasaron dos semanas después de esa charla que me dejó la cabeza hecha un lío y el coño constantemente húmedo. Un viernes como a las diez de la noche llegó Germán con su amigo Julio, los dos bien borrachos, con la risa floja y oliendo a cerveza y cigarro.
—Buenas noches, Gracielita —dijo Julio con voz gutural, mirándome de arriba abajo sin ningún disimulo—. Disculpa que lleguemos así de entonados a tu casa, pero estamos celebrando algo grande…
—¡Acaban de ascender a Julio, mi amor! —agregó Germán, emocionado y con los ojos brillantes de vicio.
—¡Bien, Julito, bien! ¡Felicitaciones, amigo! Te lo mereces, de verdad —respondí con un fuerte abrazo, pero inmediatamente me separé, recordé que me encontraba vestida como una puta en mi propia sala: una blusita de tiritas super delgada de algodón licrado, sin sostén, que apenas me cubría las tetas y dejaba todo el ombligo al aire, y un shorcito, también de algodón licrado tan corto y ajustado que se me marcaba el coño y apenas tapaba la mitad de mis nalgas grandes y redondas.
Soy una mujer de cuarenta y cinco bien conservada: tetas grandes, paradas y pesadas, culo jugoso que llama la atención, cintura angosta. Por donde paso, los hombres se voltean a comerme con la mirada.
—Ay, Julio, discúlpame por estar vestida así —le dije, cruzando los brazos sobre mis senos, sintiendo cómo se me marcaban los pezones duros contra la tela—. No pensé que ibas a venir. Me cambio en un minuto…
—No te molestes, Gracielita —contestó Julio con una sonrisa bien coqueta, sin quitarme los ojos del escote y las piernas—. Por mí estás perfecta… de verdad.
—¡Claro que sí, mi amor! Quédate así —dijo Germán al instante, con la voz cargada—. Total, Julio es de confianza. Nos conocemos hace años… Además, te ves bien rica.
Me quedé mirando a mi marido un segundo, desconcertada pero cachonda. Sentí un calorcito rico bajando desde mi estómago hasta mi coño. “¿Esto es casual o ya lo planeó?”, pensé. Si a él no le importaba que su amigo me viera casi desnuda… pues, a mí tampoco, yo estaba en mi casa.
Los dos se sentaron en el sofá y yo me acomodé en el sillón de enfrente, cruzando las piernas despacio. El shorcito se me subió todavía más, casi mostrándoles el borde de mis nalgas. Felizmente mis hijos estaban en Lima, teníamos toda la casa para nosotros.
—Caray, Gracielita… Tú siempre tan bonita y con ese cuerpo tan delicioso —comentó Julio, mirándome sin pudor alguno y delante de mi marido—. Tienes unos senos y unas nalgas que ni te imaginas…
Germán sonrió con picardía.
—¿De verdad que es hermosa mi mujer, Julio?
—Oigan, ¿están bien borrachos o qué? —les dije riéndome, pero con la voz entrecortada. Sentía los pezones tan duros que me dolían y el coño ya se me estaba mojando, pulsando debajo de la licra.
—Pero Graciela, ¿qué tiene de malo decirte la verdad? —insistió Julio—. Yo solo expreso lo que veo… Ese cuerpo está para comérselo. ¿Sí o no, hermano?
Mi marido me recorrió entera con la mirada, excitado.
—La verdad, cariño… Julito está diciendo lo que ven mis ojos: estás espectacular. Esas tetas grandes y paradas, ese culazo redondo que se mueve rico cuando caminas… Caray, me tienes duro solo de verte.
Sentí que me ardía la cara, pero al mismo tiempo un chorrito caliente me mojó las bragas. Me removí en el sillón y apreté los muslos, sintiendo cómo la tela se me enterraba entre los labios hinchados de mi coño. La forma en que Julio me devoraba con los ojos me estaba poniendo mal. Me imaginé de repente de rodillas frente a él, sacándole la verga y mamándosela mientras Germán miraba… y ese pensamiento me hizo soltar un suspiro bajito.
—Aaay… Ustedes los hombres… ¡Siempre igual! —respondí, tratando de disimular—. Ya me dio sed también. Si no les importa, voy a traer unas cervezas de la refrigeradora para acompañarlos.
Me levanté despacito, dándoles la espalda. Caminé contoneando las caderas más de lo necesario, sabiendo que el short se me subía y les estaba mostrando casi la mitad del culo. Sentía sus miradas clavadas en mis nalgas, quemándome. Mientras abría la refrigeradora, el corazón me latía en la garganta y el coño me palpitaba de puro morbo.
“¿Será Julio el que me va a follar? ¿Será este el hombre que me va a meter la verga delante de mi marido?” Pensar en que Julio me agarrara fuerte, me bajara el short, me abriera las piernas y me diera verga dura mientras Germán nos miraba… me tenía empapada. Me imaginé gritando de placer, corriéndome en la pinga de su amigo, y tuve que apretar las piernas para no gemir.
Mientras tanto, en la sala, mi marido y Julio hablaban en voz baja.
—¿Te gustó lo que viste, Julito? —preguntó mi esposo con una sonrisita bien pícara.
—¿Si me gustó? ¡Hermano, me puso la verga dura al instante! Tu mujer tiene unas piernas gruesas y un culo que parece hecho para que se lo cojan rico… Discúlpame, Germán, sé que es tu señora, pero no lo puedo evitar. Me la tiene tiesa desde que la vi con ese shortcito metido entre las nalgas.
Los dos se rieron con complicidad justo cuando yo entraba con las cervezas.
—¿Se puede saber de qué se ríen tanto? —pregunté intrigada, aunque ya me imaginaba.
—Nada, amor. Cosas de hombres —contestó Germán.
—Seguramente de sus mañoserías… Si no los conociera… —dije—. ¿Saben qué, chicos? Mejor vamos a la cocina, ahí tenemos la cerveza más a la mano.
—Caray, mi cielo, sí que tienes sed —comentó mi marido, mirándome el culo descaradamente—. O será que te gusta que te miren con ese culazo al aire…
“De verdad me gusta que admiren mi cuerpo, eso me pone más cachonda y mejor delante de mi marido” —pensé.
Nos acomodamos en la mesa de la cocina. Germán puso música y entre trago y trago nos fuimos poniendo bien alegres. Julio, el muy atrevido, empezó a tocarme las piernas por debajo de la mesa, acariciándome los muslos y subiendo cada vez más.
Después de media hora, Germán se levantó para ir al baño y nos dejó solos. Julio no perdió tiempo.
—Gracielita, disculpa la franqueza, pero no te imaginas las ganas que te tengo, carajo. Años soñando con cogerte, con meterte la verga hasta el fondo…
—¡Oye, mañoso! —respondí bajito, sintiendo que me ardía la cara—. Ya lo sabía, con esos ojos de enfermo con que me miras… Y no es de ahorita, ¿eh? Prácticamente desde que nos conocimos me has querido comer.
—Desde la primera vez que te vi con Germán —confesó, acercándose más—. Me imaginaba poniéndote en cuatro y dándote verga dura mientras él no estaba. ¿Sabes cuántas veces me he jalado la verga pensando en esas tetas grandes?
Aprovechando que estábamos solos, Julio metió una mano entre mis muslos y con la otra me apretó el pezón con más fuerza por encima de la blusita.
—¡Oye, carajo! —gemí bajito—. Saca tus manos de ahí… Puede llegar Germán en cualquier momento.
—¿Y qué si llega? —dijo Julio sin soltarme, pellizcando el pezón más duro—. Yo creo que a tu marido le encanta la idea de verte cogida por otro. ¿O me equivoco? Apuesto a que ya se le paró solo de imaginarse metiéndotela.
—Julio… estás loco… —susurré, pero abrí un poco las piernas.
—Dime la verdad, Gracielita. ¿Te mojas cuando te toco? ¿Sientes cómo te palpita el coño? Porque yo tengo la verga que me duele de lo dura que está por ti.
En ese momento escuchamos los pasos de Germán acercándose. Julio sacó las manos rápido, pero no sin antes darme un último apretón en el muslo.
—Mmm… ¡Qué linda balada, chicos! —dijo Julio disimulando—. Esto me recuerda cuando era un chibolo… Germancito, ¿me permites bailar con Graciela?
Mi marido sonrió con toda la intención del mundo y respondió bien claro:
—Por supuesto, hermano. ¡Es toda tuya! Ella está de acuerdo, ¿verdad, mi amor?
—¿Por qué no? Me encantaría… Sería un placer —respondí, también con picardía.
Nos pusimos a bailar la balada bien pegados, casi como si estuviéramos cogiendo parados. Julio bajó las dos manos sin ningún disimulo y me agarró las nalgas completas con fuerza, clavándome los dedos en la carne por encima del short de licra. Me apretó, me abrió las nalgas y empezó a masajearlas con ganas, restregando su verga durísima contra mi vientre.
—¡Oye, huevón! ¿No te das cuenta que Germán nos está viendo? —le susurré al oído a Julio.
—No te preocupes, Graciela —me susurró, Julio—, vas a ver que le va a gustar a tu marido.
Yo, por un lado nerviosa y por el otro lado, sentía que se me empapaba más la tanga por el morbo de la presencia de mi esposo.
—Mi compadrito… —gruñó Julio con la voz cargada de lujuria, mirando a Germán mientras me sobaba el culo sin vergüenza—. Quién como tú, mi hermano, que puede disfrutar todos los días de estas nalgas hermosas, grandes y protuberantes… Caray, Germán, qué culo tan rico tiene tu mujer. Se siente durísimo, caliente…
Germán, desde la silla, con los ojos brillantes de excitación, respondió sin titubear, después de tomar un sorbo de cerveza.
—Pero Julito… en estos momentos tú también estás disfrutando de las nalgas de mi mujer. Apriétaselas más duro, hermano. Siente ese culazo. Ábrele las nalgas bien, que sienta tus dedos. Ella no se está quejando… al contrario.
Al escuchar a mi propio marido animándolo a que me manosee el culo delante de él, me quedé completamente pasmada. El corazón me latía desbocado. Por un segundo quise quitarle las manos a Julio y reclamarle a Germán, pero el calor que sentía entre las piernas fue más fuerte.
Estaba empapada. El coño me palpitaba con fuerza, soltando jugo que ya me estaba mojando el short. Sentir las manos grandes y fuertes de Julio clavándose en mi culo, abriéndome las nalgas, rozándome el ano por encima de la tela mientras mi marido nos miraba y lo alentaba… me estaba volviendo loca de morbo.
De vez en cuando le echaba el ojo a mi marido y, en lugar de verlo molesto, me guiñaba un ojo y me sonreía como sintiendo placer de lo que veía. En vista de que mi marido estaba disfrutando de la escena, en vez de apartarme, arqueé la espalda y empujé mi culo hacia atrás, restregándome contra sus manos como una perra en celo.
Julio soltó un gemido áspero y me apretó todavía más fuerte, casi levantándome del suelo.
—¿Ves, compadre? Tu mujer está arrecha. Este culazo pide verga… Se siente cómo tiembla. Apuesto todo lo que tengo a que ya tiene el coño chorreando.
Germán se acomodó la pija por encima del pantalón y contestó con voz gruesa y excitada:
—Sigue, Julito. Disfrútala. Tócala como quieras. Esta noche ese culo y ese coño también son tuyos. ¿Verdad, mi amor? Dile a Julio que te puede agarrar todo lo que quiera…
Seguía sin creer que Germán, mi propio esposo, padre de mis hijos, incitaba más a su amigo a que me follara. Lo peor de eso, es que me ponía más cachonda. Me mordí el labio con fuerza, respirando agitada contra el cuello de Julio. Estaba temblando de vergüenza, de morbo y de pura excitación. Había decidido seguirles el juego hasta el final… aunque eso significaba terminar siendo follada por el amigo de mi marido delante de él.
Terminó la balada y Julio me soltó a regañadientes, pero no sin antes darme un último apretón fuerte en las nalgas. Los dos se sentaron y empezaron a comerme con la mirada. Sus ojos recorrían mis tetas y mi culo sin disimulo. Los dos tenían la verga bien parada, marcándose gruesos y duros en los pantalones.
Por dentro pensé: “Les voy a dar lo que tanto quieren… y lo que yo también necesito. Mi concha está chorreando como una catarata. Tengo ganas de verga dura, pero todo en su momento”.
—Ufff, chicos… me muero de calor —dije con voz entrecortada—. Voy a cambiarme de ropa más ligera. Ya vuelvo, no se vayan a mover de ahí… y no se vayan a ir, ¿eh? Los quiero bien calientes esperándome.
Al llegar a la puerta me giré, les saqué el culo y les regalé una sonrisa bien puta.
—No demores, Gracielita, por favor… —imploró Julio con la voz ronca—. Tengo la verga que me va a reventar el pantalón de lo dura que la tengo por ti.
—Acá te esperamos impacientes, mi vida —añadió Germán, sobándose la pija abiertamente por encima del pantalón—. Ve a ponerte bien puta para nosotros.
Subí al cuarto, me cambié rápido y bajé. Me planté en el umbral de la puerta de la cocina con los brazos estirados, apoyados en los marcos, ofreciéndome completa.
Llevaba una lencería azul infernal: un sostén que apenas sujetaba mis tetas grandes, con dos estrellitas doradas tapando apenas mis pezones duros como piedras. Abajo, una mini tanga ridícula; por delante solo una fina cinta que se perdía entre mis labios hinchados del coño, y por atrás un hilo que desaparecía entre mis nalgas grandes. Tacones altos azules. Parecía una puta de lujo.
—Mmm… ¿Qué tal, chicos? —pregunté con voz sensual, girando despacio—. ¿Les gusta lo que ven? ¿Les gusta esta señora madura que les está mostrando todo?
Julio casi se levanta de la silla, con los ojos desorbitados.
—Mierda, Gracielita… ¡Qué rica estás! Mira esas tetas grandes… y ese coñito tapadito con esa cintita que se te mete entre los labios. Me tienes la verga chorreando, carajo. Quiero metértela ya.
Germán se sobaba la pija con más fuerza, respirando pesado.
—Carajo, mi amor… Pareces una puta de lujo, pero de las buenas. Ese hilo se te pierde en el culo… Se te nota lo mojada que estás. Ven acá para que te comamos con la mirada.
—Ah-ah… ¡Quédense sentaditos donde están! —les ordené, levantando el dedo—. No se muevan. Ahora me toca a mí.
Empecé a caminar alrededor de la mesa como una zorra en celo, moviendo las caderas y haciendo que mis tetas rebotaran. Pasaba cerca de ellos y les acariciaba los hombros, el cuello y la espalda con las uñas.
—Miren bien este culo… —dije deteniéndome frente a ellos, dándoles la espalda e inclinándome un poco—. Este mismo culo que Julio estuvo apretando hace rato. ¿Quieren ver el hilo metido entre las nalgas? ¿Les gusta ver a la mujer de Germán vestida de puta?
Me giré, les mostré las tetas y apreté mis senos con las manos.
—¿Y estas tetas? ¿Quieren chupármelas? ¿Quieren sacarme los pezones y mamármelos mientras me meten los dedos en el coño?
Julio gruñó, visiblemente desesperado:
—Gracielita, me estás matando… Quiero arrancarte esa tanguita con los dientes y comerte ese coño hasta que grites.
Germán sonrió con lujuria y añadió:
—Hazle caso, mi amor. Enséñales a estos dos machos lo puta que puedes llegar a ser.
Después de dar unas tres vueltas alrededor de la mesa, provocándolos, me detuve al lado de Julio. Le agarré el mentón con firmeza, lo miré a los ojos con cara de puta y le metí un beso con lengua bien profundo. Lo besé como una desesperada, chupándole la lengua, mordiéndole los labios y gimiendo bajito en su boca durante más de dos minutos, mientras mi marido nos miraba sentado, sin poder hacer nada.
Cuando por fin separé mi boca de la de Julio, un hilo de saliva nos unió por un segundo.
—Ahora me toca a mí, princesa —reclamó Germán con voz ansiosa.
—Ah-ah… De ninguna manera, señor —le respondí con una sonrisa maliciosa—. De aquí en adelante usted solo va a mirar y a sufrir rico. Siéntate y calladito.
Me puse a bailar de forma bien puta, como las cabareteras más calientes. Me daba la vuelta, les movía el culo en círculos lentos y provocadores, abriéndome las nalgas con las manos para que vieran el hilo de la tanga perdiéndose entre mis carnes. Luego me giraba, agarraba mis tetas grandes y se las acercaba a la cara, casi rozándoles la nariz con mis pezones duros.
—¡Qué rica estás, mamacita deliciosa! —balbuceaba Julio, loco de arrecho.
—¡Estás para cogerte toda la noche, mi amor! —farfullaba Germán, con los ojos vidriosos.
Los dos se sobaban la verga por encima del pantalón, acariciándose las pollas duras mientras me devoraban con la mirada.
Sin decir nada, me quité el brasier lentamente, lo hice girar en el aire y se lo tiré a Julio en la cara. Mis tetas grandes saltaron libres, pesadas y con los pezones bien parados.
Seguí bailando, contorneándome como una zorra, haciendo que mis tetas rebotaran frente a sus caras. Luego, sin dejar de mirarlos, me bajé la mini tanga despacio, la hice pasar por mis muslos y se la tiré a Germán. Me quedé completamente desnuda, solo con las sandalias de tacón alto.
Giré lentamente sobre mí misma, abriendo las piernas un poco para que Julio pudiera apreciar todo: mi coño depilado, hinchado y brillante por lo mojada que estaba. El jugo me corría por los labios y me bajaba por los muslos.
Los dos se quedaron mudos, con la boca abierta y la verga a punto de reventarles el pantalón.
—Chicos… vamos a la sala —dije con voz ronca—. Allí vamos a estar más cómodos para lo que viene.
Caminé delante de ellos contoneando exageradamente el culo, sabiendo que me estaban gozando cada paso. Sentía sus miradas clavadas en mi culo grande y mis piernas.
Cuando llegamos a la sala les ordené:
—Tú, Julito, siéntate aquí en el medio del sofá. Y tú, maridito mío, te sientas a la derecha, bien cerquita, para que veas todo lo que le voy a hacer a tu mejor amigo.
Tomé un cojín grande, lo tiré al suelo entre las piernas de Julio y me arrodillé sobre él como una puta obediente. Sin decir una palabra, le bajé el cierre del pantalón, metí la mano y le saqué la verga. Era gruesa, venosa y estaba durísima, palpitando en mi mano con la cabeza hinchada y ya mojada de presemen.
La miré un segundo, mordiéndome el labio, y luego levanté la vista hacia Julio con cara de viciosa.
—Mmm… Julito, qué buena verga te manejas, carajo —gemí visiblemente excitada, resoplando—. De haber sabido antes que tenías esta pinga gruesa y venosa, ya me la habría estado comiendo hace rato.
Mi coño estaba tan mojado que los flujos me chorreaban por los labios hinchados y caían gota a gota sobre el cojín. Se me formaba un charquito debajo de las rodillas.
—¿Qué te parece la pinga de Julio, cariño? —pregunté mirando a Germán mientras agarraba con fuerza el tronco grueso de su amigo. Mi marido ya se había sacado la pija y se jalaba despacio, mirándonos con los ojos vidriosos.
—Es más larga y más gruesa que la tuya, mi amor… Mira nomás qué hermoso ejemplar. Ahora tu mujercita va a disfrutar de esta rica polla.
Incliné la cabeza y acerqué la nariz a la verga de Julio. Empecé a olerla profundamente, como una perra en celo.
—Sniiiif… sniiiif… sniiiif… ¡Aaaah, qué rico olor a macho! Me encanta este olor a verga dura… ¿Sabías, Julito, que también me pone loca olerle la pija a Germán? Ese olor me pone la concha chorreando.
Sin soltar la verga de Julio, que seguía masturbándolo con la mano, giré la cabeza hacia mi marido.
—Ven, cariño… acércame tu pichula para olerla también.
Germán se acercó rápido, poniéndome su verga tiesa frente a la cara. Empecé a olerla alternadamente: primero la de Julio, después la de mi marido, gimiendo como una puta barata.
—Sniiiif… sniiiif… ¡Ufff! Me pone tan arrecha olerlas… ¿Te gusta ver que le masturbo la verga a tu mejor amigo mientras le huelo los huevos, mi amor?
—¡Eres toda una puta, Graciela! —gruñó Germán, jalándose más rápido—. Y me encanta, carajo. No sabes cómo me pone verte convertida en una zorra.
—Sí, Graciela… eres una puta de verdad —añadió Julio, respirando pesado.
—A partir de ahora voy a ser la puta de los dos… —dije mirándolos con ojos viciosos—. Y quién sabe… quizás de otros más. Dime, Germancito… ¿Te gustaría que tu mujercita sea una ramera, una meretriz, una puta para otros hombres? ¿Te calentaría que me cojan otros por el coño y por el culo mientras tú miras?
—Sí, Graciela… me pone muy cachondo —respondió mi marido casi sin aliento, masturbándose sin parar—. Quiero verte follada por otros, quiero verte convertida en puta.
—Ya, ya, dejen de huevadas —interrumpió Julio, impaciente—. Ahora ponte a trabajar, putita de burdel. Chúpame esa verga.
Después de oler y babearles las pingas a los dos, saqué la lengua y empecé a lamer el glande hinchado y rojo de Julio. Saboreé el líquido preseminal que le salía, rico y salado. Bajé por todo el tronco, lamiendo las venas, y volví a subir, chupando solo la cabeza con besitos húmedos.
—Ufff… así, mi puta, así… —gruñó Julio agarrándome del pelo—. Chúpale la verga al amigo de tu esposo. Demuéstrale lo puta que eres.
Finalmente abrí bien la boca y me metí su polla gruesa hasta donde pude, empezando a chuparla con ganas, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras mi marido miraba todo a solo unos centímetros.
—No se imaginan chicos, qué placer siento cuando me tratan como una puta. Sigan así, sigan así, recuerden que soy su puta, su puta insaciable…
Me metí, otra vez, la verga gruesa de Julio hasta el fondo de la garganta y empecé a chuparla con hambre, como una puta barata que lleva meses sin comer polla. Hacía ruidos húmedos y obscenos: glup… glup… glup… mientras mi saliva le chorreaba por el tronco y me caía por la barbilla.
—Uffff, ¡qué boca tan rica tienes, carajo! —gruñó Julio, agarrándome fuerte del pelo con las dos manos—. Así, mamita… trágatela toda. Chúpale la pinga al amigo de tu marido como la zorra que eres.
Sacaba la verga casi hasta la cabeza hinchada, le daba besitos babosos en el glande y luego volvía a tragármela entera, sintiendo cómo me abría la garganta. Las lágrimas me salían de los ojos por lo profundo que la metía, pero eso solo me ponía más cachonda. Mi coño chorreaba tanto que ya tenía un charco en el cojín debajo de mí.
Germán se había acercado más, jalándose la pija a pocos centímetros de mi cara, respirando agitado.
—Mírate, mi amor… —dijo con voz temblorosa de excitación—. Chupando la verga de mi mejor amigo como una puta profesional. Nunca te había visto tan cerda… Me encanta.
Saqué la polla de Julio un segundo, jadeando, con hilos de saliva colgando de mis labios.
—¿Te gusta verme así, Germán? ¿Verme convertida en una mamadora de vergas ajenas? —pregunté con voz ronca, mientras seguía masturbando la pinga mojada de Julio con la mano—. Mira cómo brilla de mi saliva… Está deliciosa.
Sin esperar respuesta, bajé la cabeza y empecé a lamerle los huevos pesados a Julio, metiéndomelos uno por uno en la boca, chupando y saboreando ese olor fuerte a macho. Luego subí de nuevo y le di lengüetazos largos por toda la verga, desde los huevos hasta la cabeza, babeándola toda.
—Así, putita… lámeme los huevos —gemía Julio—. Qué rica lengua tienes, mierda. Sigue, sigue…
Me la volví a meter toda, haciendo gargantas profundas, dejando que la cabeza me golpeara el fondo de la garganta una y otra vez. La saliva me corría por el cuello, me caía entre las tetas y me llegaba hasta el ombligo. Estaba hecha un desastre… y me encantaba.
Germán no aguantaba más y me acercó su pija a la cara.
—Dame un poco a mí también, mi amor…
Lo miré con ojos de puta y, sin sacar la verga de Julio de mi boca, empecé a masturbar a mi marido con la otra mano, alternando: chupaba a Julio unos segundos y luego sacaba su pinga para lamer la de Germán, comparándolas, babeándolas a las dos.
—Las dos vergas son deliciosas… —gemí entre lamida y lamida—. Pero la de Julio está más gruesa… Me encanta cómo me abre la boca.
Julio me agarró más fuerte del pelo y empezó a follarme la boca con ganas, empujando las caderas hacia arriba.
—¡Tómala, puta! ¡Trágate toda la verga del amigo de tu marido! Eso es… así, bien profundo. Quiero que te ahogues con mi pinga.
Mi coño palpitaba vacío, chorreando sin parar. Sentía que estaba a punto de correrme solo de chupar, sin que me tocaran. Gemía alrededor de la verga de Julio, vibrando con la boca llena, mientras las lágrimas me corrían por las mejillas y mi marido me miraba con cara de puro vicio.
—¿Quieres que te corra en la boca, Gracielita? —preguntó Julio entre dientes—. ¿O prefieres que te llene esa cara de puta con mi leche?
Julio empezó a follarme la boca con más fuerza, agarrándome del pelo con las dos manos como si fuera una sandía. Me metía la verga hasta el fondo, golpeándome la garganta sin piedad, mientras yo babeaba como una perra.
—Así, puta… trágatela toda. ¡Qué boca tan caliente y babosa tienes, carajo! —gruñía entre dientes—. Te voy a llenar esa garganta de leche, Gracielita. Te voy a correr en la boca como la zorra que eres.
Germán se jalaba la pija rapidísimo al lado mío, respirando como un animal.
—¡Dale, Julito… ! ¡Córrete en la boca a mi mujer! Quiero ver cómo se traga tu semen delante de mí.
Yo solo gemía alrededor de la gruesa verga, con los ojos llorosos, la saliva chorreándome por las tetas y el coño soltando jugo sin parar. Estaba completamente entregada, convertida en una mamadora de vergas.
De repente Julio se puso más rígido, sus huevos se contrajeron y empezó a gruñir como un salvaje:
—¡Me vengo, puta! ¡Me vengo! ¡Aaaahhh, carajo… tómala toda!
El primer chorro potente me golpeó directo en el fondo de la garganta. Era espeso, caliente y abundante. Intenté tragarlo, pero era demasiado. Sacó la verga de mi boca y siguió corriéndose con fuerza: el segundo, tercer y cuarto chorro me cayeron en plena cara, en los labios, en la nariz, en las mejillas y hasta en un ojo. Sentí cómo me bañaba la cara con su semen espeso y blanco.
—Trágatelo, putita… trágatelo todo —ordenó Julio, todavía temblando.
Sin pensarlo dos veces, abrí la boca, saqué la lengua llena de semen y empecé a tragarlo delante de los dos. El sabor era fuerte, salado y un poco amargo. Tragué una, dos, tres veces, haciendo ruido adrede para que escucharan.
—Mmm… qué rico semen tienes, Julito —gemí con voz afónica, mientras me pasaba los dedos por la cara recogiendo los restos y metiéndolos a la boca.
Germán estaba al borde del colapso.
—Joder, Graciela… mírate la cara… estás toda embadurnada de semen de mi amigo. Pareces una verdadera puta callejera.
Me sentí sucia, degradada y terriblemente excitada. El semen me chorreaba por la barbilla y caía sobre mis tetas. Me pasé la lengua por los labios, recogiendo más, y miré a mi marido con ojos de viciosa:
—¿Te gusta ver a tu esposa con la cara llena de leche ajena, mi amor? ¿Te excita que me haya tragado el semen de tu mejor amigo como una puta barata?
Germán solo asintió, masturbándose frenético.
Julio, todavía recuperando el aliento, me miró con una sonrisa satisfecha y sucia:
—Buena chica… pero esto recién empieza. Ahora que ya probaste mi leche, prepárate porque te voy a abrir ese coño y ese culo como se debe.
Me quedé arrodillada, con la cara y las tetas manchadas de semen, el coño chorreando y el corazón latiendo a mil, esperando lo que vendría después.
Todavía arrodillada en el cojín, con la cara y las tetas embadurnadas del semen espeso de Julio, miré a mi marido con ojos de puta barata. El semen me chorreaba por las mejillas, me entraba en un ojo y me colgaba de la barbilla en hilos gruesos.
Germán estaba rojo, respirando como un animal, jalándose la verga con violencia.
—Ven acá, puta… Ahora me toca a mí —gruñó.
Me agarró fuerte del pelo con una mano y sin darme tiempo a nada, me metió la pija hasta el fondo de la garganta de un solo empujón. Empezó a follarme la boca sin piedad, como si fuera un agujero cualquiera.
—¡Tómala, Graciela! ¡Trágate la verga de tu marido después de haberte comido la de mi amigo! —rugió.
—Glup… glup… glup… glup… —era el único sonido que salía de mi boca mientras me la metía hasta los huevos. La saliva me salía a borbotones por los costados de la boca, mezclándose con los restos de semen de Julio.
Germán me follaba la cara y en su mirada encontraba unos ojos de vicio, empujando sus caderas con fuerza, golpeándome la garganta sin compasión. Las lágrimas me corrían por las mejillas mezcladas con semen.
—Así, así… ¡Qué boca más puta tienes! Mira cómo babeas, cerda… Te ves tan asquerosa y tan rica con la cara llena de leche ajena mientras te follo la garganta.
Julio, todavía sentado en el sofá, se reía bajito y me decía: ¡Así, así puta! ¡Recibe la leche de tu marido, después de haber recibido el semen de su mejor amigo!
—Mírala… la señora decente convertida en una tragadora de vergas. Sigue, Germán, rómpele esa boca.
Mi marido empezó a acelerarse, los huevos me golpeaban la barbilla y yo solo podía gemir alrededor de su pija.
—¡Me vengo, puta! ¡Me vengo en tu boca! —gritó casi desesperado.
Sacó la verga un segundo y el primer chorro potente me cayó directo en la cara, cruzándome la nariz y la frente. Luego volvió a metérmela hasta el fondo y empezó a descargar el resto dentro de mi garganta.
—Traga, traga todo, carajo… ¡Tómate la leche de tu marido!
Sentí los chorros calientes y espesos cayéndome directo al fondo de la garganta. Tragué como pude, pero era mucho. Tosí y parte del semen me salió por los costados de la boca. Germán sacó la verga y siguió corriéndose sobre mi cara ya destruida: me llenó las mejillas, los labios, la lengua y hasta el pelo.
Cuando terminó, mi cara era una máscara blanca y pegajosa. Tenía semen de los dos hombres chorreándome por todas partes: ojos, nariz, boca, tetas… Estaba irreconocible.
Germán me miró jadeando, todavía con la verga semi dura goteando.
—Qué bien puta te ves, Graciela… y qué puta tan deliciosa eres. Mírate… toda bañada en semen como una verdadera zorra de la calle.
Yo, con la voz carrasposa y la boca llena de sabor a semen, saqué la lengua llena de leche y la moví lentamente, mostrándosela.
—Más… —gemí con voz quebrada—. Quiero más verga… Quiero que me usen como la puta que soy.
—Tranquila, putita… La noche es larga —dijo Julio con una risa maliciosa—. Voy a traer unas cervezas de la cocina… Ahorita vuelvo, par de degenerados.
—¡Miren quién habla! —le grité mientras se iba—. Dirás: ¡Trío de degenerados, Julio! ¡Tú eres el más cerdo de todos!
Mi marido y yo nos quedamos solos en el sofá. Todavía tenía la cara y las tetas cubiertas de semen de los dos, me chorreaba por el cuello y sentía cómo se me enfriaba sobre la piel. Me pasé dos dedos por la mejilla, recogí un poco de leche espesa y me la metí en la boca, chupándolos delante de Germán.
—Ay, cariño… qué rico he gozado con ustedes dos —gemí con la voz cargada de vicio—. Nunca imaginé que me iba a poner tan puta. Chupar verga ajena mientras tú miras… Tragarme el semen de otro hombre… Joder, estoy empapada. Mi coño no para de chorrear.
Germán me miró con los ojos brillantes y me acarició una teta, esparciendo el semen por mi pezón.
—Y eso que recién empieza, mi amor. Te vamos a destrozar ese coño y ese culo rico esta noche.
Julio regresó con tres cervezas frías, nos pasó una a cada uno y se sentó de nuevo, mirándome el cuerpo lleno de semen.
—Te vamos a clavar por la vagina y por el culo al mismo tiempo, mi amor —afirmó Germán sin rodeos—. Te vamos a hacer un rico sándwich.
—¿Tendrán energías ustedes dos para satisfacer a esta “virtuosa” mujer? —me reí con picardía—. Ji, ji, ji… Bueno, lo de virtuosa ya no me queda ni un poquito. Me han convertido en una puta viciosa. Germán, tú tienes la culpa, carajo. Me sacaste la zorra que llevaba dentro.
Julio soltó una carcajada y me miró de arriba abajo.
—¡La señora Graciela! Parece mentira, ¿no, Germán? La misma que saluda educada a los vecinos, que va a las reuniones… y ahora está aquí, arrodillada, con la cara bañada en semen de dos machos, pidiendo verga y más verga.
—¡Oye, concha de tu madre! —le respondí riendo y le tiré un cojín a la cara—. ¡Sigo siendo una dama! El hecho de que en la intimidad sea una cachera, una mamadora de vergas y una puta no significa que todo el mundo tenga que saberlo. ¿Entendido, Julio?
—Claro, claro… —dijo él levantando las manos—. Lo que pase aquí se queda aquí. Aunque después que pruebes verga nueva, dudo que quieras parar. Ya me imagino a la señora Graciela abriendo las piernas para medio vecindario.
—Exactamente, Julito —respondí sin rubor alguno, abriendo un poco las piernas y tocándome el coño hinchado delante de ellos—. Por supuesto que van a haber otros hombres. Muchos. ¿Verdad que sí, mi amor?
—Por supuesto que sí, cariño —contestó Germán, agarrándose la verga otra vez—. Me encanta la idea de que te conviertas en una puta compartida. Quiero verte cogida por varios al mismo tiempo, que te llenen el coño, el culo y la boca de semen… y después llegues a casa oliendo a verga ajena.
Julio se acercó, me metió dos dedos en el coño sin avisar y empezó a moverlos adentro mientras hablaba:
—Ufff, qué rico siento tus dedos, Julito, dentro de mi coño… Sigue, cariño, sigue… aaah… aaah… aaah…
—Primero te vamos a romper esta noche nosotros dos. Te voy a meter esta pinga por el coño mientras tu marido te folla la boca. Quiero oírte gritar como la puta barata que eres. ¿Estás lista, Gracielita?
Me mordí el labio y gemí cuando sus dedos me tocaron el punto G.
—Estoy lista… —susurré—. Quiero que me usen. Quiero que me llenen. Quiero que me dejen como una verdadera guarra esta noche.
Estuvimos bebiendo cerveza por más de quince minutos, desnuda en la sala, hablando de lo que acababa de pasar. Yo no paraba de tocarme el coño despacito mientras hablaba, todavía con restos de semen seco en la cara y en las tetas.
—Nunca pensé que un trío me iba a gustar tanto… —confesé con voz viciosa—. Me sentí como una verdadera puta. Chupar verga ajena, tragar semen de otro hombre mientras mi marido me miraba… Joder, fue lo más cachondo que he hecho en mi vida. Y eso que apenas empezamos. Quiero más. Quiero que esto se repita muchas veces… ¡Qué tal concha de estos pendejos! Total, yo soy la única que está calata aquí —dije poniéndome de pie—. Ahorita mismo se me sacan toda la ropa, carajo. Quiero ver esas dos pollas listas para destrozarme.
Los dos se desnudaron rápido. Sus vergas estaban semi erectas, todavía chorreando restos de semen y saliva. Me senté en el borde del sofá, abrí las piernas y les hice seña con el dedo.
—Ayyy, chicos… ¿Qué les parece si empezamos ya? Mi coño está empapado, me chorrea hasta los muslos. Acérquense que les voy a poner las pijas bien duras.
—Cómo no, señora Graciela. Estamos a sus órdenes —dijo Germán siguiéndome el juego.
—Por supuesto —añadió Julio—. No veo el momento de tener tus tres agujeros llenos de carne gruesa.
Se pararon frente a mí. Acerqué mi boca primero a la verga de Julio, todavía pegajosa de semen seco y mi saliva. La olí profundamente y me la metí entera, chupando con ganas, limpiándola con la lengua, tragándome los restos de su leche. Luego pasé a la de Germán, hice lo mismo: la lamí desde los huevos hasta la cabeza, saboreando su sabor diferente, más salado y fuerte.
—¡Mmm… ¡Qué ricas pichulas! Me encanta tener dos vergas diferentes para chupar. Me siento tan guarra, tan sucia… y me encanta.
La verga de Julio era grande, venosa, de piel blanca y con una cabeza gruesa y roja como un tomate maduro. La de Germán era trigueña, un poco más corta pero bien curvada hacia arriba, perfecta para darme en el punto G. Ambas ya estaban duras como piedra.
—Ponte en cuatro, Graciela —ordenó Julio con voz autoritaria—. Rodillas en el sofá, brazos apoyados en el respaldar. Tú, Germán, date la vuelta por detrás del mueble para que tu mujer te mame la verga mientras yo se la clavo por ese coño tan delicioso desde atrás.
Me coloqué como una perra en celo, sacando el culo bien alto, con las tetas colgando y todavía manchadas de semen. Germán se paró frente a mí y me metió la verga en la boca sin esperar. Al mismo tiempo sentí las manos grandes de Julio abriéndome las nalgas.
—Joder… mira cómo tienes el coño —gruñó Julio—. Todo hinchado, rojo y chorreando jugo. Pareces una perra en celo.
Sin más preámbulos, puso la cabeza gruesa de su verga en mi entrada y de un solo empujón me la metió hasta el fondo.
—¡Aaaahhh, carajo! —grité ahogada sacando la pinga de mi marido—. Aaarrg… aaarrg… ¡Qué delicioso trozo de carne ha llenado mi concha! Oooh… oooh…oooh… Germán, dale un castigo a Julio por haberse atrevido a penetrar su inmenso cipote dentro de…
Mi esposo no dejó que terminara de hablar, porque metió su buena pija dentro de mi boca, empezando un mete y saca incansable.
Julio empezó a follarme con fuerza, dándome nalgadas fuertes mientras me clavaba esa verga gruesa una y otra vez.
—Así, prostituta… toma verga. Siente cómo se te abre el coño. Estás más apretada de lo que imaginaba.
Germán me agarró del pelo y me follaba la boca al mismo ritmo, metiéndomela hasta la garganta.
—Chúpala, mi amor. Chúpale la pinga a tu marido mientras te cogen como a una puta de burdel.
Yo solo podía gemir como una cerda, babeando, con lágrimas en los ojos, el culo rojo de las nalgadas y el coño haciendo ruidos mojados con cada embestida de Julio. Me sentía completamente usada, llena por ambos extremos… y nunca había estado tan excitada en mi vida.
—¿Te gusta que te cojan así, Graciela? —preguntó Julio dándome una nalgada más fuerte—. ¿Te gusta ser la puta de tu marido y de su amigo?
—Sssííí… —logré balbucear con la boca llena de verga—. Soy su puta… úsenme… rómpanme…
Julio continuó dándome nalgadas que resonaron en toda la sala y sacó su verga gruesa de mi coño con un sonido húmedo y obsceno, y nuevamente volvió a penetrarme, taladrando la vagina sin cesar y yo gritando como una perra, sin importarme si los vecinos estuvieran escuchando.
—¡Siii, Julio, siii! ¡Soy tu perra, tu zorra, cojéme con fuerza mi cachero! Aaah… aaah… aaah… oooh… oooh… oooh…
—¡Te ves excelente, Graciela! —dijo mi marido—. Me gusta verte así: convertida en una puta cualquiera, en una zorra…
Así estuvieron los dos follándome la concha y la boca por varios minutos, y yo disfrutando de sus maravillosos miembros. Ya no había marcha atrás, me convertí en una ramera.
Después de algunos minutos, Julio sacó su pichula de mi coño y se sentó en el sofá, con esa verga gruesa y venosa parada como un palo. Me jaló encima de él sin miramientos.
—Siéntate en esta pinga, puta. Métetela toda en esa concha usada.
Perdí un poco el equilibrio y bajé de golpe y su verga me abrió el coño hasta el fondo. Solté un grito ronco.
—¡Aaarrgg, carajo! Me estás rajando, hijo de puta… ¡Con semejante verga que te manejas, huevón…! Mmm… mmm… mmm… ¡Ahora siento más rica tu pinga, Julio! Oooh… oooh… oooh… aaah… aaah… aaah…
Empecé a cabalgarlo como una perra en celo, saltando fuerte sobre su polla mientras mis tetas grandes rebotaban delante de su cara. Julio me agarraba el culo con fuerza y me daba nalgadas.
De repente sentí a Germán detrás de mí. Me escupió varias veces directo en el ano y colocó la cabeza de su verga contra mi culito.
—Ahora te voy a reventar el culo, mi amor —gruñó mi marido.
Sin darme tiempo, empujó con fuerza y me metió la pinga dentro del ano hasta los huevos de un solo golpe.
—¡Ayyy, concha de tu madre! ¡Me estás partiendo el culo! ¡No seas tan bruto, Germán! Recuerda que es mi culo y no el tuyo… —grité como una loca.
Ahora estaba completamente empalada como una puta barata: sentada sobre la verga gruesa de Julio que me destrozaba el coño, y Germán detrás clavándome el ano sin piedad.
Los dos empezaron a cogerme con fuerza, sin compasión. Julio empujaba hacia arriba como un animal mientras Germán me reventaba el culo desde atrás. Sentía las dos pingas frotándose dentro mío, separadas solo por una delgada membrana.
—Joder, qué puta más cerda —gruñía Julio debajo de mí, chupándome las tetas y mordiéndome los pezones—. Mira cómo te traga el coño mi verga. Estás chorreando jugo como una fuente, guarra arrecha.
Germán me agarró del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás mientras me follaba el culo cada vez más duro.
—Esto es lo que querías, ¿no, puta? Que te den por el culo y la concha al mismo tiempo. Que tu propio marido te rompa el orto mientras mi mejor amigo te revienta el coño. Dilo, carajo.
—¡Sííí! ¡Soy una puta! ¡Una guarra anal! ¡Rómpanme el culo y la concha! ¡Úsenme como una perra barata! —gritaba babeando, con la voz quebrada.
Julio me daba nalgadas y me miraba con los ojos vidriosos de vicioso.
Germán me pasó su lengua a lo largo de toda la espalda hasta la nuca y sentí una descarga eléctrica en todo mi cuerpo y aceleró el ritmo, metiendo su buena verga hasta las bolas dentro del recto.
—Este culo ya no te pertenece, Graciela. Ahora es nuestro. Te vamos a dejar el recto abierto, rojo e hinchado por varios días, para que cada vez que te sientes te acuerdes de cómo te cogimos como a una verdadera puta.
Yo solo podía gemir, llorar y babear de placer. Estaba completamente llena, degradada y usada por los dos agujeros al mismo tiempo. Mis tetas saltaban, el sudor me corría por el cuerpo y sentía que me iba a correr como una loca en cualquier momento.
—¡Aaaahhh, mierda! ¡Me están destrozando! ¡Más duro, carajo! ¡Rómpanme como a una puta barata! —gritaba como loca.
Julio me apretaba las tetas con fuerza, pellizcándome los pezones que hacía que mi vagina se hinchara más de placer.
—Qué concha más jugosa tienes, puta… se te está escurriendo crema por toda mi verga. Estás chorreando como una cerda —vociferaba, Julio.
Germán me tiraba del pelo y me daba nalgadas que me ponían rosada la piel.
—Te voy a llenar el ano de leche caliente, mi amor. Te voy a dejar rebosando semen de tu marido y de su amigo.
Yo ya no era persona, solo un pedazo de carne siendo follada. El placer era tan fuerte que empecé a perder el control.
—¡Me voy a correr! ¡Me voy a correr, carajo! ¡No paren, hijos de puta! ¡Sigan metiéndome verga! ¡Ábranme los dos huecos!
Mi cuerpo empezó a temblar violentamente. Sentí un chorro caliente saliendo de mi coño mientras me corría como una fuente. Estaba haciendo un squirting encima de la verga de Julio, mojándole los huevos y el sofá.
—¡Aaaahhh, aaaaahhh, aaaahhh…concha de tu madre! ¡Me estoy corriendo como una perra! ¡Me estoy meando de tanto placer!
Eso fue el detonante. Julio gruñó como un animal y me clavó la verga hasta el fondo.
—¡Toma, puta! ¡Toma toda mi leche! —rugió.
Empezó a correrse dentro de mi coño con chorros potentes y espesos. Sentía cómo me inundaba por dentro, llenándome la vagina de esperma caliente.
Casi al mismo tiempo, Germán me metió el culo hasta las bolas y empezó a descargar.
—¡Me vengo en tu intestino, Graciela! ¡Toma, toma toda la leche de tu marido, guarra!
Sentí los chorros calientes llenándome el ano. Ambos me estaban llenando al mismo tiempo, uno por el coño y otro por el culo. El semen me rebosaba de ambos agujeros mientras ellos seguían empujando, sacando el semen blanco hacia afuera con cada embestida.
—¡Síííí! ¡Llénenme! ¡Llenen a su puta! ¡Quiero estar chorreando semen de los dos! ¡Aaaahhh, aaaahhh, aaaahhh, mierdaaa!
Me corrí por segunda vez, gritando como una posesa, temblando y llorando de placer. Mi coño y mi culo se contraían alrededor de las dos vergas, exprimiéndoles hasta la última gota.
Cuando por fin sacaron sus vergas, me quedé tirada en el sofá con las piernas abiertas como una zorra usada. De mi coño rojo e hinchado salía un río de semen espeso de Julio, y de mi ano abierto y palpitante chorreaba la leche de Germán. Tenía semen mezclado chorreándome por los muslos, por el culo y hasta por la espalda.
Estaba destruida, jadeando, con la cara desfigurada de placer y la voz ronca de tanto gritar.
—Miren cómo me dejaron… —gemí con una sonrisa de puta satisfecha—. Dos hijos de puta… me han llenado como a una verdadera guarra. Tengo los dos huecos rebosando de semen… Me encanta sentirme tan sucia.
Julio hizo que me pusiera de rodillas sobre el sofá y las tetas rozando la tela. Con el culo en pompa, me abrió las nalgas con las manos y vio que mi agujero anal se encontraba bien abierto, metió su nariz aspirando fuerte y después dejó caer un poco de saliva dentro del recto.
—¿Ya viste Germán…? El culo de tu mujer es un señor culo por donde lo veas, el olor y el sabor son magníficos.
Después de unos segundos, Julio se levanta y dice:
—Bueno Gracielita. No puedo ir a casa de esta manera porque mi mujer me bota sin ningún reparo, así que señora de don Germán, por favor, empiece a limpiar mi verga.
—¡Eres una basura, Julio! ¿Cómo te atreves a ponerle los cuernos a Mariela? Y encima es mi amiga… Le das mis saludos… Ji, ji, ji…
—No te preocupes amiga, le voy a hacer presente… Además, le voy a decir que follas como las diosas…
Le doy una palmada sobre la pierna y cínicamente, le digo:
—¡Eres capaz, desgraciado! Ustedes los hombres son todos iguales…
Comencé a chuparle la verga a nuestro amigo, recogiendo todo el semen, dejándola bien limpia.
—Tú también, cariño —me dirigí a mi esposo—. Déjame limpiarte la verga.
Antes de meterme la pinga de mi marido en la boca, sentí un olor a ano, a vagina y a semen. Saboreé la polla de mi marido en toda su dimensión y la dejé brillosa con mi saliva.
A partir de estos instantes comenzaría una nueva vida, y lo más excitante es que mi esposo iba a ser cómplice de todas mis aventuras
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