Fiesta con tragos y sexo libre
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Las 3:00 a.m. dejamos de bailar y beber. Estábamos en la galería de la casa.
Vestidas con casi nada, nuestras tetas se movían con total soltura. Abajo nos cubría una malla colaless. Éramos 5 chicas. Ellos, 4 varones con el torso desnudo. Abajo vestían mallas elásticas color negro que contenían sus paquetes sexuales.
Ante la indicación de Carlos, el dueño de la finca, dejamos nuestra mínima ropa sobre las tumbonas para ir hacia la piscina en el parque, iluminada únicamente por la luz de luna.
Tomé de la mano a Albert, mi compañero de baile, y marchamos detrás de una chica que llamamos Colo. La luz lunar es bellísima y romántica en ese parque arbolado que proyecta en el piso sombras como brazos.
Al llegar a la escalerilla de la piscina, Colo adelantó a su pareja y le palmeó el culo desnudo. Luego yo hice lo mismo. Dejé pasar adelante a Albert, mi compañero, y le palmeé el culo.
Nos juntamos a Colo y nos abrazamos los cuatro en un ángulo profundo de la piscina. Detrás de mí entró al agua la pareja inseparable Marcelo y Daniela. Luego Luisa, la flaca. Eli y Carlos por último.
Carlos sugirió darnos un abrazo para celebrar la linda amistad y los ricos momentos que compartimos. Nos juntamos todos y apretamos nuestros cuerpos en un solo abrazo.
Al momento de separarnos, una mano se metió en mi entrepierna desde atrás, palpando mi concha ya excitada.
Colo le pidió a su amigo que la ayude a sentarse sobre el borde de la piscina en la parte profunda. El chico la elevó poniendo una mano entre sus piernas. Luego se juntó a ella quedando parado entre las piernas semiabiertas. La boca de él llegaba hasta las tetas y le daba besitos.
Mi compañero, parado detrás de mí, acariciaba mis hombros y por momentos su sexo se apoyaba en mi espalda por la diferencia de estatura.
—¿Deseas sentarte al borde? —me preguntó acercando su boca a mi oreja.
—Sí, me gustaría —dije.
Sin esperar respuesta, rodeó mi abdomen con un brazo y colocó su mano derecha desde atrás sobre mi concha. Tardó todo el tiempo que pudo en subirme.
Separé un poco mis rodillas para permitirle pararse frente a mí. Sus manos rodearon mi cintura y aproximó su boca a mis tetas. Dio un rápido lengüetazo sobre un pezón y dijo:
—¡Lo tienes duro!
No respondí, pero moví un pie para tocar su abdomen. Mi pie encontró su pene erecto pegado a la pelvis.
Entonces le dije:
—¡Lo tienes duro!
Se rió y acercó su boca para decir:
—Por ti está duro.
Continué jugando con mi pie sobre la cabeza de su verga.
En el otro extremo profundo de la piscina conversaban muy juntos Eli, la flaca, y Carlos.
Creo que 30 minutos después, Colo dijo:
—Basta de agua, quiero mirar el cielo desde una toalla en el césped.
Entonces se volteó con el culo hacia nosotros y se puso de pie. Su amigo saltó hacia afuera del agua y se alejaron en las sombras.
Las caricias de mi compañero se incrementaron sobre mis tetas. Mi concha ya estaba ardiendo. Él no tomaba iniciativa, por eso debí decir:
—Mi toalla está en la barandilla. Quisiera ver el cielo como Colo. ¿Vamos?
Me puse de rodillas sobre el borde donde estuve sentada. Tardé en ponerme de pie para dejar mi culo a centímetros de su cara.
Él entendió el mensaje y estiró su lengua para lamer mi vagina y ano.
Luego saltó afuera. Su verga erecta pegada a la pelvis.
Recogí la toalla y fuimos hasta un lugar alejado unos metros del camino hacia la casa. Estiré la toalla y me acosté diciendo:
—Qué hermosa noche para ver las estrellas.
—Sí, Belu —respondió y agregó—: Te deseo mucho. ¿Quieres que cogamos?
Una mujer no suele ser tan directa, pero estaba ya muy encendida y le respondí:
—Nadie lo impide.
Me puse de costado para darle cabida sobre la toalla. Quedamos en posición cucharita. Puso su pene entre mis piernas y permaneció inmóvil, haciendo que lo deseara más. Moví mis caderas para lograr que el glande tocara los labios vaginales ya muy lubricados por mis fluidos.
Eso lo motivó y empujó su pelvis para clavarme. Él serruchaba, pero yo no llegaba al orgasmo porque necesitaba estimulación anal.
Le dije:
—Cambiemos de posición para que puedas moverte mejor.
Me puse de rodillas sobre la toalla. Él también de rodillas me clavó desde atrás. Sus manos apretaron mis nalgas y pasó un dedo sobre mi capullo anal cerrado. Dibujó círculos con su dedo índice mientras incrementaba el movimiento de meter y sacar. Su verga estaba muy caliente y tenía dureza de madera.
Lo percibí próximo a eyacular y le dije:
—Parece que te gusta mi culo. No te quedes con ganas. Usa saliva y un dedo.
Creo que salivó y penetró mi ano con su dedo pulgar. El estiramiento ardiente del esfínter me hizo emitir un quejido de placer.
—¿Te duele? —preguntó.
—Un poco, pero me gusta —exclamé temblando por el orgasmo que estallaba, y él descargó su semen con satisfacción por arrancarme un orgasmo.
Quedamos mirando el cielo en silencio. Mi vagina muy babosa dejaba salir nuestros fluidos. Él acariciaba mis tetas. Yo tenía una mano apoyada en su verga flácida.
Cuando sentí su despertar en mi mano, me tumbé de lado. Él rodeó mis tetas con un brazo y quedamos en posición de cucharita. Pronto su pene estuvo erecto entre la separación de mis glúteos.
Con movimientos leves de piernas y cola logré que apoyara el glande en mi ano. Su pene rezumaba líquido preseminal mojándolo todo con ese fluido lubricante natural.
Suspiré y apreté con mis manos el brazo que me rodeaba. Empujé con mi culo hacia atrás. Ese movimiento lo motivó a que empujara su pelvis hacia adelante. Jugamos así propinándonos pequeñas embestidas hasta que la punta del glande dilató mi anillo anal.
A partir de esa embestida no se detuvo y con cada golpe me abría un poco más. En posición de cucharita logró meterla toda, haciendo estirar mi esfínter hasta casi no soportar su grosor. El ardor placentero del estiramiento anal me volvía loca.
Mientras me bombeaba, yo estimulaba mi clítoris hasta llegar a mi deseado segundo orgasmo anal. Estaba disfrutando las mieles del clímax y no percibí cuando derramó su esperma dentro de mí. Su verga se ablandó y al salir sacó parte del semen inyectado.
Unos minutos después llegamos a la piscina. Ingresé hasta que el agua cubrió mi cintura para quitarme los fluidos que bajaban por mi entrepierna. Volvimos hasta la casa. Fuimos los últimos en dejar el parque. Carlos nos recibió con una copa de jugo de frutas.
A las 3 a.m. se despidieron todos los amigos y amigas. Eli y Carlos, su amante, fueron al dormitorio principal. Ella dormiría esa noche a 400 kilómetros de su marido.
Luego de darme un rico baño de limpieza, me dispuse a dormir en la habitación de huéspedes. Al día siguiente, en horas de la tarde, Eli y yo regresaríamos a Buenos Aires.
Belu

Es mí sueño concurrir a una fiesta así. Se me caen gotas después de leer.