La leche del vecino es más rica
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Me llamo Laura. Tengo treinta y dos años, un matrimonio que ya no quema como antes y un cuerpo que todavía hace girar cabezas en la calle. Soy la esposa tranquila del barrio: cabello castaño largo que me cae por la espalda, tetas firmes que todavía no han cedido del todo a la gravedad, caderas anchas y un culo redondo que mi marido ya casi ni mira. Él, Carlos, llega tarde del trabajo, cena viendo el móvil y se duerme antes de que yo pueda siquiera insinuar algo. El aburrimiento se había colado en nuestra cama como un invitado incómodo.
Todo empezó un viernes por la tarde. Carlos se había ido de viaje de negocios otra vez. “Vuelvo el domingo”, me dijo con un beso rápido en la mejilla. Me quedé sola en casa, con el calor pegajoso del verano y esa inquietud entre las piernas que ya no sabía cómo ignorar. Salí al jardín a regar las plantas solo para hacer algo. Y ahí estaba él: Javier, nuestro vecino de al lado. Cincuenta y pocos, cabello canoso en las sienes, brazos fuertes de quien todavía levanta peso en el garaje. Casado con una mujer que pasaba más tiempo en el gimnasio que en casa. Nuestras miradas se cruzaron por encima de la valla baja.
—Laura, ¿todo bien por ahí? —preguntó con esa voz grave que siempre me había parecido demasiado ronca para ser solo cortesía.
—Aburrida —respondí sin pensarlo. Y sonreí. Una sonrisa que duró más de lo necesario.
Charlamos un rato. Tonterías del barrio, el calor, que su mujer también estaba fuera. Me invitó a pasar a su casa a tomar algo fresco. “Para no estar sola”, dijo. Yo sabía perfectamente lo que estaba pasando. Y me gustó. Acepté.
Entré a su salón y el aire olía a hombre: madera, un toque de colonia cara y algo más primitivo. Me sirvió un vaso de limonada con hielo. Nos sentamos en el sofá. La conversación se volvió más íntima. Le conté que Carlos apenas me tocaba ya. Él admitió que su esposa solo quería selfies y rutinas de cardio. Nuestras rodillas se rozaron. Ninguno se apartó.
—No deberíamos… —murmuré, pero mi mano ya estaba sobre su muslo.
—Nadie tiene por qué enterarse —respondió él, y me besó.
Fue un beso hambriento, de esos que llevan años acumulándose. Su lengua invadió mi boca y yo gemí dentro de ella. Sus manos grandes subieron por mis costados y apretaron mis tetas por encima de la fina blusa de tirantes. Mis pezones se endurecieron al instante. Javier gruñó y me mordió el labio inferior.
—Joder, Laura… llevo imaginándote así desde hace meses.
Me levantó del sofá como si no pesara nada y me llevó al dormitorio matrimonial. La cama era enorme, las sábanas olían a él. Me quitó la blusa con urgencia y liberó mis tetas. Las miró con devoción antes de devorarlas. Chupó mis pezones con fuerza, lamiendo y mordisqueando mientras yo arqueaba la espalda y enredaba los dedos en su cabello gris. Sentía la humedad empapándome las bragas.
Bajó por mi vientre, me quitó la falda y las bragas de un tirón. Me abrió las piernas sin piedad y hundió la cara entre ellas. Su lengua era experta: lamía mi clítoris en círculos lentos, luego lo succionaba y metía dos dedos gruesos dentro de mí. Yo me retorcía, jadeando su nombre.
—Javier… sí… ahí…
Me corrí en su boca en menos de dos minutos, temblando como una hoja. Él se levantó, se quitó la camisa y los pantalones. Su polla saltó libre: gruesa, venosa, más grande de lo que esperaba. La punta ya brillaba con precum. Me miró a los ojos mientras se acariciaba.
—Quiero que pruebes algo —dijo con voz ronca.
Me puse de rodillas delante de él, ansiosa. Tomé su verga con las dos manos y la lamí desde la base hasta la cabeza. Sabía a hombre, a deseo prohibido. La metí en mi boca todo lo que pude, chupando con ganas, dejando que la saliva me corriera por la barbilla. Javier gemía y me sujetaba la cabeza, follándome la boca con movimientos controlados.
—Qué buena mamadora eres, joder…
Me levantó otra vez y me tiró sobre la cama. Se colocó encima y me penetró de una sola embestida profunda. Grité de placer. Estaba tan mojada que entró sin resistencia. Empezó a follarme con fuerza, sus huevos golpeando contra mi culo. Cada embestida me hacía rebotar las tetas. Le clavé las uñas en la espalda y le mordí el hombro.
—Córrete dentro —le supliqué—. Quiero sentirte.
Pero Javier tenía otros planes. Salió de mí, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas. Me azotó el culo con fuerza un par de veces y volvió a metérmela. Esta vez más salvaje. Me agarraba de las caderas y me embestía como un animal. Yo gemía sin control, empujando hacia atrás para sentirlo más profundo.
Entonces pasó. Sacó su polla brillante de mi coño y me ordenó que me girara. Se masturbó rápido, gruñendo. El primer chorro de leche espesa cayó sobre mis tetas. Caliente, abundante. Otro en mi cuello, en mi boca abierta. Saboreé su semen: salado, cremoso, con un toque dulce que me sorprendió. Tragué lo que pude y lamí el resto de mis labios.
—La leche del vecino es muy rica… —susurré, mirándolo con ojos nublados de placer.
Javier sonrió con malicia y me empujó de nuevo contra la cama. Esta vez me comió el coño otra vez, mezclando su saliva con mis jugos. Me corrí por segunda vez, gritando. Luego me folló otra vez, más lento, disfrutando cada centímetro. Se corrió dentro la segunda vez, llenándome el útero con chorros calientes y espesos. Sentí cómo se derramaba dentro de mí y eso me hizo correrme otra vez, más fuerte.
Nos quedamos tumbados, sudados, respirando agitados. Su mano acariciaba mi culo con pereza.
—Esto no puede quedar en una sola vez —dijo.
—No —respondí, besándole el pecho—. Quiero más. Quiero que me uses cada vez que mi marido no esté.
Esa tarde follamos una tercera vez en la ducha. Me puso contra los azulejos, me levantó una pierna y me penetró mientras el agua caía sobre nosotros. Me corrí gritando su nombre y él me llenó la boca con su leche otra vez. La bebí toda, mirándolo a los ojos. Sabía que estaba perdida. Y me encantaba.
Desde ese día, cada vez que Carlos se iba o se dormía temprano, yo cruzaba la valla. Javier me esperaba. A veces me follaba en la cocina, doblada sobre la mesa. Otras me hacía chupársela en el garaje mientras su mujer estaba arriba. Me enseñó a disfrutar de su leche: en mis tetas, en mi cara, tragándola entera. Me decía lo puta que era por preferir la polla del vecino a la de mi marido.
Y yo… yo solo gemía más fuerte y pedía más.
El aburrimiento se había ido. Ahora mi vida tenía un secreto delicioso y espeso. La leche del vecino era, sin duda, la más rica que había probado nunca.
