Eli, sus infidelidades y mis ricos cuernos

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Aquella tarde Eli se arregló como para volverme loco. Se puso una minifalda de tablones tan corta que, cuando se agachaba, se le asomaban las nalgas enteras, tacones altos de aguja que le estiraban las piernas y la obligaban a caminar moviendo la cadera, una tanguita de encaje blanco que apenas era un hilo entre sus piernas, la blusita escotada dejando ver el escote y el borde del sostén, y un maquillaje que le encendía la mirada. Se sentó en la orilla de la cama, cruzó las piernas con toda la intención y me miró sonriendo, coqueta, mordiéndose el labio mientras el tacón colgaba del pie.

—Ya casi llega. Escóndete.

Me metí detrás del closet, me acomodé para tener el ángulo perfecto y corrí apenas la cortina que lo separaba del buró. Desde ahí lo veía todo: la cama, la puerta, cada centímetro de su cuerpo.

Rafa entró por la ventana como siempre. Eli lo recibió con un beso apasionado, de esos que se dan con la lengua y con las manos agarrando nalgas, y le dijo:
—Mi amor, moría por tenerte para mí.
—¿Y tu marido? —preguntó él, con la boca pegada a su cuello.
—Mmm, por él no te preocupes —jadeó—. No va a llegar temprano. Tenemos casi toda la noche para nosotros solos, mi amor —y lo volvió a besar, más hondo, apretándose contra él.
—Me encantas por atrevida.
—Jiji, hazme tuya como sabes hacerlo, mi vida.
Ahí estaba yo, con la pinga bien parada, mirando a mi esposa besar a su amante. Le besaba el pecho, le lamía el cuello y le desabrochaba la camisa botón por botón, despacio, acariciándolo hasta llegar al abdomen. Rafa suspiraba con la cabeza echada hacia atrás. Ella bajó a su entrepierna, bajó el cierre con los dientes, le dio besitos húmedos por encima del boxer y lo miraba sonriendo, pícara, mientras lo descubría con la mano.
—Me encanta esto tuyo, mmm —le decía, pasando la lengua por el glande—, me tiene loca esta cosa. ¿Verdad que solo es para mí?
—Sí, Eli, solo tuya.
Lo tiró en mi cama, en mi propia cama, se quitó la blusa y se quedó solo en sostén, las tetas rebosando la copa. Se le subió encima, se apartó la tanguita a un lado y se ensartó de golpe, y soltó un gemido largo que le salió de las entrañas.
—Mmm, ah, ah, ah, qué rico, mmm, siii, papi, mmm… —se agarraba del respaldo, se tiraba hacia atrás con los ojos cerrados, bien ensartada, y ella solita se bajaba y se subía en esa verga, marcando el ritmo, las nalgas chocando contra sus muslos.
Me gustaba oírla. Me gustaba ver cómo se ofrecía, cómo se empalaba sin pudor, cómo la tanguita de encaje se le perdía entre las piernas mojadas. Después cambiaron: ella de perrito, con la cara hundida en mi almohada, y él dándole duro, agarrándola de la cadera, y las nalgas de Eli ondulando con cada embestida. Después sus piernas sobre los hombros de Rafa, esa pose que es su favorita, abierta de par en par, la vulva hinchada y brillante. Eli empezó a gemir sin importarle si mis padres la oían, y le decía:
—Sí, mi amor, cogeme como mi marido no me lo hace, siiiiii, siiiii, más rico, así, así…
La vi correrse al menos tres veces, con el vientre temblando y los muslos sacudiéndose. Rafa aguantó hasta una, y cuando estaba por venirse, Eli se chispó, bajó a buscar su verga y le dio una mamada que lo terminó, la boca llena, la lengua trabajando el glande. Rafa vació su descarga en su boquita, un poco en sus cachetes. Ella tragó todo, se relamió y le limpió el pene con la lengua. Yo estaba que moría de excitado, la pinga escurriendo, apretándome contra el closet. Eli tomó su tanguita, se limpió con ella el semen que le cayó en las tetas y, disimuladamente, la tiró hacia donde estaba yo. Se dejó caer encima de Rafa para otro palito, mientras yo, escondido, me llevaba su tanguita a la nariz y la olía mojadita, con su perfume mezclado con sexo. Mmm, qué rico es ser cornudo.
Rafa se fue.
Eli me tiró a la cama
La tenía encima, todavía húmeda de otro, y Eli me abrazaba con las piernas alrededor de mi cintura mientras yo la embestía. Me buscó el oído y empezó a hablar bajito, con la voz ronca, pegando los labios a mi piel:
—¿Te gustó verme, mi cornudo? —me mordió el lóbulo—. Dime que te gustó verme abrirme de piernas para otro. Dime que te gustó ver cómo me la metía.
—Me encantó —le jadeé.
—Claro que sí, mi cornudo lindo. Porque eso eres, ¿verdad? Mi cornudo. Mi marido cornudo que se esconde detrás del closet para ver cómo otro hombre me hace suya — porque soy mucha mujer para ti, se reía bajito contra mi cuello—. Y con la pinga dura, mi cornudo, con la pinga bien parada mientras yo me la metía en la boca. ¿Cuántas veces te la jalaste ahí escondido? ¿Cuántas?
—Ninguna, aguanté.
—Mmm, qué aguante el de mi cornudo. Pero yo sí me corrí, ¿eh? Tres veces me corrí con la verga de Rafa. Tres veces, mi amor. Y tú mirando. Mi cornudo mirando cómo otro me hacía venir —me clavó las uñas en la espalda—. Cogeme así, mi cornudo, cogeme como él. Más duro. Que se note que me extrañaste.
Apreté el ritmo. Ella gimió y siguió hablando, la boca pegada a mi oído, sin soltarme:
—¿Sabes qué me dijo Rafa cuando estaba encima de mí? Me dijo que estaba bien apretadita, mi amor. Que mi marido no me usa lo suficiente. Y tenía razón, ¿eh? Porque mírame, mírame cómo te recibo, toda abierta, toda escurrida de su lechita. Y tú aquí, mi cornudo, empapándote con lo que me dejó —se relamió—. Mmm, mi cornudo precioso.
—Sigue —le pedí.
—¿Te gusta que te lo cuente? —sonrió contra mi mejilla—. Claro que te gusta. Porque eres mi cornudo y a mi cornudo le encanta que su mujer le cuente. Le encanta saber que me la chupé, que me la tragué, que me limpié con mi tanguita y se la tiré a la cara para que la oliera como el perro que es —me mordió el hombro—. Mi perro cornudo. Mi marido perro. Ladra, mi amor, dime que eres mi cornudo.
—Soy tu cornudo —le dije, y ella se rio y se arqueó.
—Mmm, sí, mi cornudo. Mi cornudo hermoso. Y yo toda llena de otro, toda sucia, y a ti no te importa. A ti te encanta. Porque tu mujer es una puta y tú eres mi cornudo —me apretó por dentro—. ¿Verdad que sí? ¿Verdad que te encanta que tu mujer sea una puta?
—Me encanta.
—Lo sé. Por eso te dejo mirar, mi cornudo. Por eso te dejo oler mi tanguita. Porque eres el mejor marido del mundo, el marido que deja que otro se coja a su mujer y luego la recibe abierta y caliente. Mmm, mi cornudo pendejo, mi cornudo consentidor —me lamía el cuello—. Rafa no aguantó ni una hora conmigo y tú aquí, aguantando, cogiendo, recibiendo. Por eso eres mi marido, mi amor. Porque eres mi cornudo y me cuidas.
Yo ya no aguantaba. Ella lo notó y me apretó las nalgas.
—Vente, mi cornudo —me dijo al oído, suave, casi dulce—. Vente adentro como el marido que eres. Vente en tu mujer que acaba de coger con otro. Vente, mi amor, mi cornudo, mi cornudo, mi cornudo…
Me vine con un gemido ronco, hundido hasta el fondo, y ella me abrazó fuerte y me besó la boca mientras yo temblaba. Después se quedó encima, acariciándome el pelo, y me dijo bajito, todavía en el oído:
—Qué rico es ser la putita de un cornudo, ¿eh? —se rio—. Ahora duérmete, mi amor. Mañana será otro día jijiji

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