Amor de abuela 3
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Recuerdo varias cosas que me ocurrieron en mis veintes, que espero que os guste.
Como ya sabéis vivía con mi abuela y mi prima, y teníamos entonces 22 o 23 años, en mi pueblo al sur en el interior de España, donde el calor es horrible, sobre todo en verano.
Mi prima, María, y yo dormíamos en el mismo cuarto, y mi abuela siempre venía a despertarnos. Yo y mi abuelita teníamos una relación especial.
“Vamos hijo, ya es hora”, ella me destapaba y solía agarrar mi culito. Dormíamos solo con un calzón, y ese día yo me levanté, pero notaba que mi calzoncillo estaba húmedo, había tenido un sueño erótico y me había manchado.
“Pero niño, cómo estás de mojado”, ella me sacó la prenda, y pasando la mano notó que no era sudor, sino mi corrida. “Vaya, parece que hemos tenido una noche bonita, ¿con quién estabas soñando?”.
“Contigo abuela, soñaba que…”, respondí con una sonrisa.
“No me lo digas truhán, anda a ducharte, que voy a por un calzón limpio para ti”.
Me fui al baño, y cuando me estaba secando entró mi abuela. Normalmente mi prima y yo estábamos en casa solo con una braquita o un calzón, si no estábamos desnudos, y mi abuela solo se ponía una bata corta, de las que se abrochan por delante, y con sus bragas, por lo que estaba acostumbrado a que mi abuela me viera desnudo. Yo solía usar unos muy grandes y holgados, que se me veía todo cuando mi prima y yo jugábamos en el patio de la casa, por eso yo y ella casi siempre los teníamos sucios, y mi abuela no le daba tiempo de lavarlos.
“No encuentro ningún calzón para ti, ven a mi cuarto a ver si te vale una de mis braguitas”. Recuerdo como íbamos a su cuarto, pieza, y notaba como mi verga iba de un lado para otro, porque esa mañana me había levantado cachondo, y estaba a medio empinarse, medio puesta.
“Esta es una de mis bragas más pequeña, haber cómo te queda”. Me puso las braguitas, y mientras sus manos rozaban mis muslos, y el contacto de las braguitas en mis partes íntimas me hizo estremecer, y mi polla se iba calentando más. De todas formas eran demasiado grandes para mí, y por mucho que las subía no apenas se sostenían, además dejaba toda mi colita al aire.
“Vaya parece que te queda grande, y además tu cosita se pone dura”. Nos echamos a reír, porque la situación nos parecía cómica, y en eso que se cayó la braga. “Será mejor que te pongas unas braguitas de tu prima, anda vamos, pero antes hay que hacer algo en tu cosita”. La cogió entre sus dedos y se la metió en la boca. Mientras me la chupaba, recorría mi raja de atrás con un dedo, presionando en mi agujerito. Con su lengua rotaba la punta de mi verga metiéndosela hasta dentro, con la mano logró meterse en la boca hasta mis bolitas. Yo estaba tenso, como con ganas de orinar, cuando puso sus dos manos agarrándome el trasero empujando hacia ella al tiempo que me separaba las nalgas y con un dedo me frotaba el agujero de culo, cosa que me puso a cien. Pronto me vine en su boca y se lo tragó todo. “Buen desayuno me has regalado hijito. ¿Quieres más, abuela?”, preguntó con picardía. “Sí, por favor, esto es increíble”, respondí jadeante.
Con la braga que se había caído, me limpió y secó mi pene, así como su boca, que tenía un poco de mi semen y se guardó la prenda en el bolso de su bata.
Ya en nuestro cuarto se acercó a la cama de mi prima, y sacándola la sábana, la dijo: “Vamos hija, ya es hora de levantarse”, mientras la zarandeaba con su mano en su culo. Últimamente me fijaba más en mi prima, y me había fijado que tenía un cuerpo precioso, sus tetas incipientes y sus pezones como medias fresas eran geniales, pero lo que me traía loco era su espléndido culito, respingón, redondo, era maravilloso.
“Oye María, ¿le dejas a Juan una braguita tuya?, que se ha quedado sin calzones”.
“Sí claro”.
“Anda a ducharte hija”. María se levantó, se quitó sus bragas, y se fue al baño. Yo mientras, no le había quitado ojo, deleitándome con su trasero.
Mi abuela cogió unas braguitas muy finas, y me las puso, me quedaban bien, pero no estaban diseñadas para alguien que tuviera algo en la entrepierna, así que se me notaba todo el paquete, y como se ajustaba mucho y era muy fina, se transparentaba todo, se podía ver mi pene y mi culito muy a gusto.
“Bueno para hoy vale, mañana ya se verá, creo que tu prima se lo pasará muy bien hoy contigo”.
Yo volví a sentir una sensación extraña al sentir en mi piel la suavidad de la braguita, y se me empezaba a poner tiesa, cuando llamaron a la puerta.
“Vaya quién será”. Mi abuela llevaba una bata, pero no se había puesto bragas, la había visto su extenso trasero cuando fue a buscar las bragas de mi prima.
“Y yo sin bragas”. “Abuela tienes unas en el bolso”.
“Así es verdad gracias hijo”. Las sacó del bolso, y subiéndose la bata, se las puso, eso a mí me terminó de poner a cien. Pero tenía hambre y el desayuno estaba listo.
“Juan saluda a Pedro”. Este era el pregonero del pueblo, mi abuela le invitó a tomar un café y se sentó a mi lado, no sin antes hacer una chanza sobre mis braguitas. Era viudo, y mi amigo del pueblo, que era vecino suyo, me había hablado de él, diciéndome que siempre que iba a su casa a la menor le rozaba el culo o le tocaba su verga. Por eso cuando mi abuela se dio la vuelta para fregar los platos del día anterior, y Pedro me puso la mano en mi muslo, no me pilló de sorpresa. Yo solo llevaba mis “braguitas”, y él empezó a apretar mi muslo, subiendo la mano hacia mi polla, a la vez que la iba metiendo entre las piernas. Yo estaba desayunando, pero miré hacia abajo para ver qué hacía, y ver esa manaza que rozaba mis huevitos, me excitó sobremanera, y mi verga empezó a levantarse. Él que lo vio, y que yo no decía nada, empezó a meter la mano por la pernera de la prenda, que era muy elástica, pero no se dirigió hacia mi pubis, sino que recorrió mi costado hasta llegar a mi trasero. Allí mientras mantenía la conversación con mi abuela, él me agarró por el pecho y me deslizó hacia atrás en el taburete, que no tenía respaldo, y me dejó el culo colgando fuera del asiento, aprovechando para bajarme la braguita y tocar a gusto todo mi trasero incluido mi agujerito. Pero yo me caía, y tuve que sentarme bien y casi le pillé la mano debajo de mí.
“Pero niño qué haces con la banqueta”, dijo mi abuela. “Que casi se cae”, dijo el tío. Yo me había puesto muy a delante del taburete para que no me tocara más, pero él no se rindió, tenía ya las bragas medio bajadas, y sin cortarse un pelo, tiró de las bragas, dejándolas en mis muslos, y atrapó el pito, que ya entonces estaba muy duro y largo sin yo quererlo, y empezó a masturbarme, pero tuvo que dejarlo porque mi abuela y él habían acabado la conversación y tenía que irse a no sé qué follón. Se fueron los dos y allí me quedé yo otra vez con un empalme de impresión y sin saber qué hacer.
Me levanté, fregué mi tazón rápidamente, y me iba a ir a mi cuarto para hacerme una paja, cuando entró mi primita.
“Haber qué braga te has puesto”. Me miró quedándose un poco sorprendida. “Vaya las mías son iguales, pero ya las has manchado, como te vea la abuela ya verás”. Era cierto había una mancha justo donde había estado la punta de mi verguita, supuse que se me había escapado un poco de pis cuando el otro me masturbaba.
“No digas nada María, voy al patio a que se me seque, te espero allí”. “Vale”.
Después de un rato María salió, y le conté todo lo que había pasado con Pedro, y ella estaba muy asombrada. Aunque los dos sabíamos cómo era eso del sexo, nunca pensamos en serio en ello hasta ese día, en que le conté todo lo que me había pasado con la abuela y con Pedro.
Por la tarde, después de comer hacía mucho calor, y no podíamos dormir la siesta, mi abuela propuso que nos refrescáramos en el patio un poco, y mi prima y yo fuimos hasta él, y con la manguera empezamos a jugar entre roce y roce. Yo le medio bajé las braguitas, y la toqué por donde podía, y ella me hacía lo mismo, cogiendo mi verguita y dejándome con el culo al aire. En eso que vino mi abuela, y se puso a jugar con nosotros. Abuela era joven y ágil, pero no podía con dos chiquillos. Nos miramos mi prima y yo, y nos abalanzamos sobre ella con la manguera. Yo se la metí por el escote de la bata mojándola toda, mientras mi prima la intentaba bajar las bragas. Acabamos los tres por el suelo medio desnudos, y yo con la polla más tiesa que nunca, pues acabé entre las nalgas de mi abuela.
“Venga niños ya vale ahora a secaros y a dormir un poco, voy a por una toalla, esperar”. Al rato vino con una toalla muy grande. “Quitaros las braguitas”. Nos desnudamos, y yo seguía con la polla tiesa, apuntando a mi barbilla, con el glande asomando la puntita. “Juntaros que os seco a la vez”. Mi prima me dio un abrazo fuerte y mi pene quedó a la altura de su vientre, se quedó un poco parada, pero mi abuela empezó a secarnos fuerte, y nos empujaba uno sobre el otro. Los dos empezamos a movernos dando saltitos, y el roce de la verguita con su vientre y su rajita me excitaba aún más, hasta que en uno de esos saltos, el frenillo se bajó de repente. Sentí un poco de daño, pero al momento el roce de la piel de mi prima y su suavidad, y calor hizo que me llegara el orgasmo que no pude evitar, y me corrí en el vientre de mi prima.
“Abuela Juan se ha meado encima de mí”. Mi abuela nos tenía fuerte abrazados y ella no se podía separar, y sus movimientos por soltarse hicieron que terminara toda mi corrida en ella.
“Fue sin querer, yo no quería”, dije yo.
“Haber qué pasa”. Nos separamos, miró primero a mi prima que llevaba mi semen en su vientre que la iba bajando hasta su rajita, y luego me miró a mí, mi pene estaba ya medio caído, con el frenillo bajado. “Bueno no pasa nada, ha sido sin querer, ya te limpio”. Con la toalla limpió a mi prima pasándola por el vientre, por su rajita, y separándola las piernas por debajo hasta llegar al culito, aunque no creo que mi corrida llegara hasta allí, luego me limpió a mí de la misma forma pasando la toalla por mi miembro, por mis bolitas, hasta en el agujero de mi trasero, luego con dos dedos me agarró la verga y me bajó el frenillo dejando mi capullo tapado otra vez, eso me provocó un escalofrío muy intenso que mi abuela sintió, y que calmó dándome un beso en el vientre muy cerca de mi cosita. “Venga a dormir un rato”.
Nos acostamos en el sofá, mi prima detrás de mí, y yo de espaldas a ella, no quería que pasara otra vez, al menos sin yo querer. Mi prima se acercó hacia mí, abrazándome, pegando su rajita a mi trasero, y mi abuela nos tapó. Mi abuela salió al patio quedándose en la puerta, y allí se quitó la bata, toda mojada, se sacó las bragas, y la vi el culo, redondo, y grandote, estaba desnuda y aquella visión me excitó. Luego cogió la toalla, y buscó la zona con la que nos había limpiado, pasó un dedo sobre ella y luego se lo llevó a la boca, al tiempo se frotaba las tetas con la zona esa de la toalla, bajando hasta sus nalgas, se agachó un poco y se restregó por la raja de culo, mientras con la otra se tocaba las tetas y sus pezones, que se veían muy salidos y duros, luego todavía con la toalla empezó a frotarse el coño, cada vez más rápido, abriendo mucho las piernas, hasta que le dio como un tembloroso orgasmo y se fue a sentar en el banco con una mano en las tetas y otra aprisionada entre sus piernas, porque la toalla se le había caído al suelo.
“Hey Juan”, hablaba muy bajito mi prima muy cerca de mi oído, “¿has visto a la abuela?”.
Nos sabíamos qué decir, así que dije: “No, ¿qué pasa?”.
“No nada, ya te contaré, oye sabes una cosa”.
“¿Qué?”.
“Cuando te hiciste pis encima de mí, me gustó mucho”.
Yo me quedé callado y al rato me dormí. Ese día no pasó nada más aunque estuve todo el día pensando en todos estos acontecimientos, y muy tarde por la noche ya en la cama, decidí que había que explorar más y en serio el cuerpo de mi prima y de mi abuela, para saber más sobre todas esas sensaciones raras pero muy agradables. Al final, esa exploración nos unió a los tres en una relación secreta llena de placer y cariño mutuo, donde todos los días compartíamos risas, juegos y momentos íntimos que nos hicieron más felices que nunca, descubriendo juntos un amor familiar único y apasionado.
