El papá de mi amiga me pagó por sexo y me inicio en el sexo anal
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Esto ocurrió años atrás. Yo empezaba mi edad adulta, pero ya trabajaba y, aunque vivía con mi mamá, yo me hacía cargo de los gastos de la casa.
Estudiaba, trabajaba y cuidaba de mi madre y de mi hija.
Mi vida era muy ajetreada todo el tiempo y, aunque una de mis hermanas me ayudaba, los gastos siempre se me juntaban.
Tenía mi amiga y confidente, a la que siempre le contaba todo, y si ella no estaba en mi casa, yo estaba en la de ella.
Cuando tenía tiempo, iba a su casa a comer o a hacer trabajos de la escuela; estudiábamos contabilidad.
Ella vivía sola con su papá, un señor mayor que se había separado hace años de la mamá de mi amiga.
Cada vez que me tocaba ir a su casa, podía notar cómo me veía. Yo siempre he sido de piernascar y nalgas grandes, acinturada, con pechos medianos. En ese entonces jugaba voleibol y a veces llegaba después de entrenar con short corto y la playera del uniforme del equipo.
Su papá, aunque respetuoso, no dejaba de mirarme las piernas y creo que hasta las nalgas cada vez que podía.
La confianza era mucha, pero entre nosotros no pasaba a más.
Cierto día platicaba con mi amiga sobre los gastos que tenía, la casa y la escuela, tratando de ver cómo obtendría dinero para poder hacer los pagos.
Mi amiga saldría con su novio, pero me pidió que la esperara a que se arreglara y que ellos me llevaran a mi casa.
De repente, estando en la sala, su papá me preguntó:
—Tienes problemas económicos.
—Un poco, pero es normal en mí.
—Si gustas, yo puedo prestarte sin ningún compromiso.
—¿Cómo cree?
—Es en serio. Eres como de la familia, hasta te veo como otra hija y Gaby te ve como su hermana. ¿Por qué no te ayudaría?
—Es que me da pena.
—No pasa nada. Además es un préstamo. Solo que me los puedes pagar cuando ya estés más tranquila; no es como que te ponga una fecha.
—Gracias. Sí lo voy a aceptar.
Le comenté la cantidad y me dio un poco más.
Desde ese día él se portaba más atento conmigo y, con el compromiso que adquirí con él, yo me empecé a portar más cariñosa.
Saludos más largos, más toques de mano o abrazos de manera cariñosa.
Cierto día llegué a su casa y su hija no estaba.
—Gaby no está, pero no debe tardar. ¿Te quedas a comer con nosotros?
—No quiero molestar.
—Ya te dije que eres de la familia.
Y me abrazó, dándome un beso entre la mejilla y los labios.
Yo solo me puse nerviosa y él actuó de manera normal, pero sí sentí ese abrazo como algo más.
—Y ¿cómo vas en lo económico?
—Ahora estoy estable y no se me olvida lo que le debo.
—No te estoy cobrando, ¿eh? Te lo dije: hasta que te sientas tranquila.
—No soy de ofrecer a jóvenes, pero ¿gustas una copa de vino o una cerveza?
—El vino está bien.
Mi amiga llegó, se unió a nosotros y pase toda la tarde con ellos. Ya llegando la noche, me tenía que ir.
—Permíteme llevarte, ya es de noche.
—No es necesario, pido un taxi.
—No, ¿cómo crees? Ahorita te llevo.
—La llevas tú, yo voy a bañarme porque Ricardo pasará por mí.
—Bueno, pues la llevo yo.
Nos subimos al carro. La verdad, toda la tarde estuvimos con el vino y ya él estaba más desinhibido. A mí, además, el alcohol me hace ser más abierta.
—Nunca te lo he dicho, pero eres una mujer muy guapa, Laura. Se me hace raro que tú no tengas novio.
—Ahí tiene, señor; es que entre el trabajo, la escuela y mi hija no tengo tiempo.
—¿Y no tienes contacto con el papá de tu hija?
—No. Vivimos juntos unos meses, no funcionó y hace años que no sé nada de él.
—Qué mal por él, aunque lo único que envidio es que estuvo contigo.
—¿Cómo?
—Sí. Pudo tenerte como mujer, algo que yo desearía.
—¿Cómo cree, señor? Es el papá de mi amiga Gaby.
—Así es, pero eso no tiene nada de malo. Además no estoy casado ni con compromiso, y tú tampoco, y además Gaby se molestaría solo si se enterara.
Tocó mi pierna y yo me quedé quieta; él no quitaba su mano y acariciaba mi pierna por encima del pantalón.
—Me encantan tus piernas y tus nalgas. Te deseo, Laura. Quisiera tenerte.
Detuvo el carro, me tomó del cuello y me dio un beso que respondí.
—Vamos a otro lado.
Manejó hasta llegar a un motel.
Entramos. Ni bien dimos dos pasos, ya estaba sobre mí. Me empezó a besar y a meter mano por todos lados.
Yo estaba muy nerviosa al inicio, pero poco a poco sus palabras de “si Gaby no se entera, no pasa nada” me daban más apertura a estar con él.
Yo dejé de resistirme y empecé a responder sus besos.
Me empezó a agarrar los pechos, quitó mi bra y mi blusa y me acostó en la cama. Chupaba mis pechos mientras su mano se metía por mi pantalón hasta mi vagina.
La desabotonó, levanté las piernas y me lo quité con todo y mis calzones. Me empezó a dar una chupada tan deliciosa; me lamía y succionaba, me jalaba los labios con su boca.
Yo sentía un placer enorme que no tardé en tener un orgasmo y pedirle que parara porque sentía demasiada sensación, pero él seguía y me hacía retorcer las piernas.
Se levantó, quitó su pantalón, tocó mi vagina con sus dedos y acomodó su miembro para empezar a penetrarme.
Yo sentía aún delicioso el orgasmo, que no había desaparecido, y él me penetraba de manera estupenda.
Tomó mis piernas y las puso sobre sus hombros, las empujó hacia mí y me daba más fuerte, todo él estaba encima de mí. Hasta que pude sentir cómo me llenaba por completo, pero él seguía hasta que yo lo mojé a él; nunca había terminado así.
—Qué rico. Eres de las que mojan. Qué delicia.
Pero ahora deseo algo más.
Me pidió que me pusiera de gatas y empezó a tocar mi ano.
—No, por ahí no.
—¿Por qué no? ¿Nunca te lo han hecho por ahí?
—No. Nunca.
—Qué delicia, entonces ser el primero.
—Nooooo.
Me empezó a lamer; yo estaba quieta como vaca en ordeña.
Se levantó y me empezó a meter su pene en mi vagina, acariciando mi ano con sus dedos.
—Te doy dinero si me dejas tenerlo.
—¿Cómo cree? No.
—A poco no es buen dinero, además no te voy a lastimar. Lo haré con cuidado, sabiendo que es tu primera vez.
Me quedé callada y bajé la cabeza, poniendo mi culo más parado.
—Creo que es un sí.
Metió nuevamente su cara entre mis nalgas.
—Qué delicia. Tienes las nalgas más deliciosas que haya tenido.
Yo me sostenía con fuerza porque él me empujaba cada vez que me lamía.
Acomodó su pene y empezó a meterlo. Yo entre gemía y me quejaba por el pequeño dolor que sentía.
Poco a poco lo iba metiendo, sacaba y metía cada vez más hasta que sentí cómo todo estaba dentro de mí.
Solo podía gemir. Me penetraba una y otra vez, empujando cada vez más, me hacía gritar.
Hasta que me llenó de su leche, pero seguía dentro de mí; no quería salirse.
Hasta que empecé a gemir más fuerte, sus dedos penetraban mi vagina y su pene seguía en mi ano.
—Me encanta cómo me lo aprietas.
Hasta que terminé y me dejé caer sobre la cama.
Él acariciaba mis nalgas y me besaba el cuerpo.
Ese día nos bañamos, donde le hice sexo oral, y después me volvió a penetrar, pero ahora yo arriba de él.
Durante un tiempo estuve teniendo sexo con él de manera frecuente. Dejé de preocuparme un poco del dinero y aprendí mucho sobre el sexo.

Hermoso y muy hot tu relato.
Soy adicta al sexo anal . Me encanta leer para conocer como han experimentado otras mujeres ese tipo de penetración. Gracias por compartirlo querida Laura.
Belu.
Gracias a ti por leerme, yo diría que soy adicta al anal pero si el hombre me lo pide con gusto lo hago. En verdad que el padre de mi amiga me enseñó mucho del sexo porque yo en ese entonces aun tenía muchos tabúes que el me quito y mi actual marido ahora me a hecho más libre aún en lo sexual. Ya solo pienso en sexo y famtasias ..