Me follé a la profesora de mi hijo
Cada vez que iba a dejar a mi hijo al colegio no podía más que admirar las bellas piernas de la profesora, una morena clara de pelo corto, de unos 32 años, con senos enormes, nalgas redonditas, muslos gruesos y piernas torneadas que me enloquecían. Yo, un camionero de 42 años, me afanaba por estar allí los cinco días de la semana, viendo a la más buena de todas las profesoras de esa escuela. En varias ocasiones le compré flores y, con discreción, se las obsequié.
Hasta que en la fiesta de graduación de mi hijo, después del festival, mi hijo se retiró con mi esposa y yo me quedé a colaborar metiendo las bancas, quitando la lona y ayudando. Por fin, sin impedimentos, pude platicar con la maestra. Era un poco más del mediodía, ella iba sensacional con una falda floreada arriba de la rodilla, una blusa y un saco del mismo color, y zapatillas altas que me prendieron. Estuve grabando la ceremonia y sobre todo a esa preciosidad. Le comenté que la había grabado y que sería un bonito recuerdo, sobre todo para mí; también le dije que había tomado fotos y que estaba espectacular.
Como manejo un camión de carga, alguien me pidió de favor llevar unas mesas prestadas por la escuela a otra institución. Se tenían que llevar pronto, así que acepté diligente aunque desconocía el lugar. La maestra sabía la ruta y me acompañó. No podía creer que esa ricura subiera a mi camión. Con delicadeza la ayudé a subir y vi esos muslos; la falda se alzó más de lo normal, apenas cubriendo las nalgas y la conchita. Estaba súper excitado, poco me faltó para abalanzarme en el trayecto. Me quedaba bizco, un ojo al camino y otro a ella.
Llegamos al lugar. Me quité el saco, me arremangué las mangas de la camisa y noté cómo la maestra admiraba mis músculos; creo que estaba fascinada. Terminamos, la ayudé a subir de nuevo deleitándome con sus piernas torneadas mientras mi verga se ponía tensa y dura. Entonces resbaló un poco; la detuve atrapándola en mis brazos, olí su perfume exquisito. Subió y se acomodó. El camino era largo, unos cinco kilómetros, y me atreví a decirle que se veía bien buena, que me gustaba un chorro y que si le gustaría que le midiera el aceite. Se puso colorada, se acomodó en el asiento tratando de subir la falda y cubrir sus pechos. Desvié el camión a un camino pegado a una montaña, unos cien metros adentro. Me dijo que no, que regresara, que le daba miedo porque era casada y no podía hacer eso.
Estacioné la troca y me acerqué. Le acaricié las piernas, le dije que las tenía bien chulas y que sus senos estaban grandes, como para terminar de criarme. No dijo nada, parecía asustada. Le toqué el cabello y el rostro con mis manos curtidas; se sonrojó. Vi sus senos, acaricié su blusa, mis manos recorrieron su cuerpo, subí un poco su falda y moví los dedos sobre sus muslos cubiertos por medias color natural, toda su ropa fina. Le dije que si no quería, no pasaba nada, y regresé al volante. Entonces me respondió: sí, pero aquí no. Esa frase me encendió; me fui sobre su boca, la besé mientras me agazapaba con su cuerpo no tan delgado. La recosté, puse los seguros de las puertas. Qué delicia, y creía que esas pulgas no brincaban en mi petate, como decimos aquí en México.
Me quité la camisa; tengo muchos bellos en el pecho y eso la excitó. Ahora me respondía con pasión, buscaba su comida; estaba prendida la educadora, parecía que me iba a enseñar. Buscó mi verga y comenzó a gemir, me besó los pechos mientras yo acariciaba su cabello. Se dio gusto la condenada. Aproveché para quitarle el saco verde y fui sobre sus pechos con los que había soñado, mientras ella me tocaba la espalda y los brazos. Yo mido 1.85 y ella apenas 1.64; su esposo acaso 1.66 y muy feo. Sin quitarle la blusa, bajé las copas del bra y mamé sus pechos que parecían explotar. A lo que te trajo chencha. Ella gemía: aaahhh, aaahhh, qué rico, me encanta, mientras se deleitaba con mis brazos y torso.
Sigo mamando uno y otro pecho, los cargo, mi lengua pasa por debajo, doy mordiditas delicadas a los pezones sin lastimarla. Se empañan los cristales del camión. Bajé, la acomodé en el asiento que cabe perfecto, y ahora eran mías sus piernas. Recorrí con las manos desde pantorrillas hasta muslos; le dije que sus medias estorbaban. Me pidió que se las quitara. La levanté un poco, tomé sus nalgas y bajé sus panties solo un poco, por su temor a que llegara alguien. Besé sus muslos gruesos chamorros que tanto nos encantan a los hombres; me volvía loco acariciarlos, perdido en esas dos columnas. Hasta que ella exigió mi verga, quería sentirla, verla y mamarla.
Obediente, le acerqué mi pito. Lo acarició por fuera del pantalón varios minutos mientras le rascaba el cabello. Estaba semiacostado pero gozaba; mi profesora trataba de sacarla, así que le ayudé quitándome el cinto. Quedó al descubierto mi bóxer azul celeste que apenas contenía mi verga de 21 cm. Pasaba sus manos y boca pintando con labios el bóxer. Me decía: mmm, qué rica verga tienes mi rey, me la voy a comer papacito. La sacó, la apretó y la saboreó lamiendo hasta las bolas, su lengua recorría el palo. No aguanté y pasamos al 69; ya no había orden. Con pantalones abajo, le enseñé la verga y yo tenía todas sus piernas. Le bajé más los panties, pensé que eran medias con liguero pero no; se las quité y le puse de nuevo las zapatillas. Comencé a saborear esos muslos deliciosos, rodillas y todo, gozando como tantas veces que me masturbé pensando en ella.
Quería explotar, hacía esfuerzos por no eyacular mientras ella agitaba mi pito queriendo mi crema. Me exigió sentarse en la verga. Se paró un poco y ofreció sus nalgas. Me senté con pantalón atorado, levanté su falda y vi esas ricas nalgas; las mordí jugando, mis manos en sus piernas abriendo su ano que exigía el pene. Poco a poco se acercó a mi pito parado y sentí su vagina lubricada abrirse para mi verga; se clavó mientras la tomaba de los pechos. Se movió y eyaculé, pero ella gritaba: qué rico, cógeme, penétrame, vergueame, méteme tu palo mi rey, soy toda tuya, quiero ser tu puta, ensártame ese pájaro adorable. Yo le decía: mamacita, qué buena estás, esta es tu verga, solo tuya. Oohhh, qué deliciosa cogida.
Descansamos un rato, estuvimos como dos horas; ya era tarde y quería cogérmela otra vez, ella dispuesta. La acosté, abrí sus piernas y la ensarté de nuevo. De repente tocaron cornetas: un compañero camionero. Se bajó y se acercó; tuve que bajar el cristal mientras mi verga la tenía adentro. Saqué la cabeza y le dije que no chingara, que estaba ocupado. Me entendió y se fue. Yo seguí disfrutando del mejor culo de la escuela y de la región.
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