Por fin me cogí a mi novia
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Hola:
Soy nuevo, Arturo.
Esta vez, les contaré cómo fue que me cogí por primera vez a mi novia.
Recordarán que en mi relato anterior: “Cómo me cogí a la sobrina de mi tía política, segunda parte”, les comenté que ya le había insinuado varias veces a mi novia, Cristina, y que ella no quería darse por enterada.
Yo seguí insistiendo porque me excitaba mucho verla con sus minivestidos, enseñando sus hermosas piernas y casi sus pantis.
En una ocasión en que mis tíos estaban de vacaciones, yo me quedé a cargo de la tienda. Para ese entonces, solamente éramos tres trabajadores por ser temporada baja: ella, una señora de unos 40 años y yo.
La señora se llamaba Angelina y también tengo una historia con ella. Se las contaré luego.
Un día cualquiera, Cristina fue a comer y descansar a su casa. Cuando regresó, venía recién bañada y oliendo exquisitamente.
Como siempre, con un atuendo muy corto que llamaba la atención de los hombres que volteaban a verla. Cosa que a ella le encantaba; era muy coqueta. Teníamos la misma edad: 19 años.
Al verla toda excitante, sentí que mi miembro reaccionó inmediatamente. Tenía un problema: la señora. No podía intentar nada mientras ella estuviera ahí.
El negocio estaba totalmente vacío, no había clientes.
No quería perder la oportunidad: negocio vacío, ella muy sensual. Así que le pedí a la señora que aprovechara el momento para arreglar la bodega.
Ella entendió el mensaje y se fue. Nos quedamos solos Cristina y yo.
La atraje hacia mí y la besé en los labios mientras la abrazaba y acariciaba la espalda. Le besé las orejas y el cuello.
Estaba lista, pero yo no quería apresurarme para que no se arrepintiera. Le susurré al oído que quería besar el lunar que tenía en la pierna derecha, muy cerca de su entrepierna.
Ella me dijo:
¿Cómo sabes que tengo un lunar ahí?
Le dije que se lo había visto aquella vez que fuimos a la playa y tenía puesto el bañador.
Ella dudó un poco, pero la excitación que sentía era muy fuerte. No esperé a que me dijera sí o no y me puse de rodillas frente a ella.
Le levanté un poco la falda, localicé el lunar y le planté varios besos. A ella se le erizaron los vellos de la pierna.
Aproveché para subir un poco más y con la lengua le roce la conchita por encima del bikini, por cierto muy chiquito y de color negro. Olía a perfume, pero más a sexo.
Cristina se bajó inmediatamente la falda y me dijo:
Eres un atrevido por haberle hecho eso.
Se fue casi corriendo al cuarto de baño y yo me quedé apenado, pensando que la había ofendido mucho.
A los pocos minutos regresó y me dijo:
Bésame otra vez, pero solo el lunar.
Me puse de rodillas nuevamente y quedé sorprendido al ver que ya no tenía calzones; se los había quitado. Era una clara invitación que no pensaba desaprovechar.
Ávido, me acomodé para chupar esa conchita húmeda y meter mi lengua hasta donde pude. Ella gemía de placer y abría más las piernas para facilitarme el trabajo.
Me agarraba la cabeza y me pedía:
No pares.
Para eso yo tenía la verga bien parada y quería descargar mi semen en donde fuera.
Ella me tomó de la cabeza, indicándome que me parara. Así lo hice. Se recargó en un mueble, se levantó la falda, se empinó un poco y me ofreció sus dos orificios.
No tardé ni un segundo: me puse detrás de ella y de golpe le metí la verga en su vagina. Cristina dio un grito apagado, pero no hizo por sacarse el miembro.
Yo estaba como loco, empujando, metiendo y sacando mi verga de su conchita hasta que me vine a chorros dentro de ella.
Nos quedamos quietos un rato hasta que ella reaccionó y me dijo:
Madre mía, ¿Qué cosa hicimos?
Era virgen y le dio pavor quedar embarazada. Salió corriendo de nuevo al baño y ahora sí tardó en regresar.
Me revisé el pantalón y se le notaba una mancha oscura y una blancuzca, producto de su sangrado, de mi corrida y de la suya.
Cuando salió del baño, venía muy molesta, no conmigo, sino consigo misma por no haberse aguantado las ganas de coger.
Durante varios días me ignoró y me hablaba solamente lo necesario. Yo también estaba preocupado porque no quería ser papá a tan temprana edad.
Pasaron varios días hasta que una mañana ella venía con una cara sonriente que contagiaba. Me dijo:
No estoy embarazada, ya me llegó el periodo.
Respiramos aliviados los dos.
Después del susto, seguimos cogiendo pero ya con protección. Lo hacíamos donde podíamos, arriesgando que alguien nos viera. Disfrutábamos de ese peligro; éramos unos exhibicionistas.
Todo mundo pensaba que ella y yo terminaríamos en matrimonio, incluyendo su familia. Pero un buen día ella me dijo que no pensaba casarse conmigo.
Me quedé sorprendido, pero también aliviado. Yo tampoco quería casarme.
Se fue de la ciudad, ella sola, y nunca más supe de ella. Fue una historia muy bonita.
Saludos.
