Un masaje poco convencional – I, II, III, IV Fin

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El living de la casa de Macarena y Edgardo olía a asado frío y a vino tinto barato. Eran casi las cinco de la tarde de un sábado de otoño en el conurbano, y la reunión que Macarena había olvidado por completo estaba en pleno desarrollo. Había llegado primero Laura, su amiga de toda la vida, con el marido, el Flaco, que ya venía con tres birras de más. Después aparecieron el Chino y Vero, y más tarde Mariana con su novio nuevo, un tipo callado que nadie conocía bien. Todos estaban instalados en el sillón grande y en las sillas del comedor, charlando, riendo, pasando el picoteo que Edgardo había comprado a las apuradas.

Macarena tenía treinta y cinco años y un cuerpo que, según ella misma, “ya no era de revista pero todavía hacía ruido”. Morocha de pelo negro largo, peinado suelto, cara redonda, labios gruesos y una mirada que siempre parecía un poco cansada y un poco caliente al mismo tiempo. Las tetas no eran enormes —un buen C, firmes todavía— pero el culo era otra historia. Ancho, pesado, redondo, con esa curva pronunciada que se marcaba debajo de cualquier pantalón.

Tenía algo de panza, un poco de grasa en la cintura y en los muslos, pero eso no le quitaba nada; al contrario, le daba ese aspecto de mujer madura, usada y todavía deseable. Y le gustaba el anal. Le gustaba mucho. Desde hacía años era lo que más la excitaba: la sensación de llenura, de ser abierta de a poco, de ese dolor dulce que después se transformaba en placer puro.

Edgardo, su marido, tenía cuarenta y cinco. Flaco, calvo de la coronilla, con una panza que empezaba a asomar. El pito le había quedado de tamaño mediano para abajo con los años, y además se le paraba poco. A veces necesitaba media hora de mano y de mirar porno para que se le pusiera medianamente duro, y aun así se le bajaba en cuanto se distraía. Macarena ya no le pedía mucho. Se había acostumbrado a tocarse sola o a usar el dildo grueso que guardaba en el cajón de la mesita de luz.

Esa tarde, mientras todos hablaban de política y de fútbol, Macarena miró el reloj del celular y se le heló la sangre.

—La puta madre…

Había agendado al masajista para las cinco y media. Un tal David, que le habían recomendado en el gimnasio. “Te deja como nueva”, le había dicho la instructora. Macarena había pensado en un masaje relajante, nada más. Pero se le había olvidado completamente que había citado a la gente.

Salió al patio un segundo, fingió que iba a buscar más hielo, y le mandó un mensaje al muchacho:

“Hola David, soy Macarena. Disculpá, se me complicó un poco… hay gente en casa. ¿Podés venir igual? Te recibo en la habitación, cerramos la puerta y listo. No quiero cancelar.”

La respuesta llegó enseguida:

“Ningún problema. Llego en quince.”

Volvió al living con la cara de póker.

—Chicos, tengo un masaje agendado. Me olvidé. Voy a estar una hora y media en el cuarto. No me jodan, ¿eh? Edgardo, vos hacé de anfitrión.

Edgardo levantó la ceja.

—¿Ahora? ¿Con toda la gente acá?

—Sí, ahora. Ya está pagado. Me duele la espalda hace una semana. No lo voy a cancelar.

Laura se rió.

—Qué profesional… se cierra en el cuarto mientras nosotros estamos acá.

Macarena le hizo un gesto obsceno con la mano y se fue al dormitorio. Se cambió rápido: se sacó el jean y la remera, se puso solo una bata de seda negra que le llegaba a mitad de muslo y debajo nada. El culo se le marcaba perfecto cuando caminaba. Se miró un segundo en el espejo del placard. Las tetas pesaban un poco más que hace cinco años, la panza estaba ahí, pero el culo… el culo seguía siendo una declaración de guerra.

Tocaron el timbre a las cinco y media en punto.

Edgardo abrió. David entró con una bolsa grande de lona. Tenía veintisiete años, alto, hombros anchos, brazos fuertes, pelo corto castaño y una sonrisa tranquila. Bajo la remera negra se le notaba el pecho. Los pantalones de jogging le marcaban un bulto generoso, imposible de disimular.

—Hola, soy David. ¿Macarena?

—Sí, pasá. Está en el cuarto del fondo. Yo soy Edgardo, el marido.

Se estrecharon la mano. David miró de reojo el living lleno de gente y solo asintió.

—Tranquilo, no molesto.

Edgardo lo acompañó hasta la puerta del dormitorio. Macarena ya estaba sentada en el borde de la cama.

—Pasa, David. Cerrá.

La puerta se cerró con un clic suave. Afuera se escuchaba la charla, las risas, el ruido de las botellas. Adentro, el silencio se volvió denso de inmediato.

David dejó la bolsa en el piso y sacó una toalla grande, un frasco de aceite de coco y otro de aceite de almendras.

—¿Cómo estás, Macarena? Me dijeron que querías un masaje profundo, sobre todo de espalda y zona lumbar.

Ella se quedó mirándolo un segundo de más. El pibe era joven, fuerte, y ese bulto en el jogging no mentía.

—Sí. Espalda, glúteos… todo lo que puedas. Tengo tensión hace días.

—Perfecto. Sacate la bata y acostate boca abajo. Te cubro con la toalla.

Macarena se levantó, se desató el nudo de la bata y la dejó caer al piso. Quedó completamente desnuda. David no apartó la mirada. Los ojos se le fueron directo al culo: ancho, pesado, con dos hoyuelos profundos a cada lado, la piel un poco más clara en la parte baja y esa forma redonda que pedía ser agarrada con las dos manos. Las tetas colgaban un poco al inclinarse, los pezones oscuros y semiduros. La panza se notaba, suave, real.

—Tenés un cuerpo hermoso —dijo él, sin vueltas.

Ella se recostó boca abajo sobre la toalla que él había extendido. El culo quedó levantado, las piernas ligeramente abiertas. David se arrodilló al costado de la cama, se echó aceite de coco en las manos y empezó por los hombros.

Las manos eran grandes, firmes, profesionales. Primero presión media, después más profunda. Macarena cerró los ojos y soltó un suspiro largo. Afuera se escuchaba la voz de Laura riendo fuerte por algo que había dicho el Flaco. Adentro, solo el sonido de las manos deslizándose sobre la piel aceitada.

David bajó por la espalda, masajeando a ambos lados de la columna. Cuando llegó a la zona lumbar, las manos se abrieron y empezaron a trabajar los glúteos. Primero por encima, después metiendo los dedos un poco más abajo, separando un poco las nalgas. El aceite brillaba sobre la piel morena de Macarena.

—Relajá acá —murmuró él—. Tenés mucha tensión en los glúteos.

—Sí… siempre.

Las manos se volvieron más insistentes. Los pulgares se hundían en la carne, subían y bajaban, se acercaban cada vez más a la raya del culo. Macarena sentía el calor empezando a bajarle entre las piernas. La concha se le estaba humedeciendo solo con el roce.

David abrió un poco más las nalgas con ambas manos y dejó que el aceite escurriera directo sobre el agujero. El líquido tibio le corrió por la raja y le llegó hasta la concha. Ella dio un respingo casi imperceptible.

—¿Te molesta?

—No… seguí.

Él empezó a masajear el ano con el pulgar, circular, suave al principio. El esfínter se contraía y se abría bajo la presión. Macarena tenía el corazón acelerado. Afuera alguien gritó “¡otro asado el mes que viene!” y hubo risas. Adentro, el dedo de David ya estaba empujando un poco más fuerte.

—Tenés el culo muy sensible —dijo él, voz baja—. ¿Te gusta que te toquen acá?

Ella tardó un segundo en contestar.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Mucho.

David sonrió aunque ella no lo viera. Sacó más aceite, se lo echó generosamente entre las nalgas y volvió a trabajar. Esta vez metió el índice hasta el primer nudillo. Macarena soltó un gemido corto, ahogado. El dedo entró y salió despacio, girando, abriendo. Después agregó el del medio. Dos dedos. El culo de Macarena los aceptó con facilidad; hacía años que se entrenaba sola con el dildo.

—Mierda… qué abierto lo tenés —murmuró David.

—Me gusta… hace años que me gusta.

Él se levantó un poco, se bajó el jogging y el calzoncillo de un tirón. La pija le saltó pesada, gruesa, ya semidura. Era larga, de un color un poco más oscuro que el resto del cuerpo, con la cabeza ancha y las venas marcadas. Macarena giró la cabeza y la miró de reojo. Se le hizo agua la boca.

—La puta madre… qué pija.

David se rio bajito.

—¿Querés que te la meta?

—Sí. Pero despacio. Y con mucho aceite.

Él se subió a la cama, se arrodilló entre las piernas de ella y le separó bien las nalgas. Echó otra generosa cantidad de aceite de almendras sobre el ano y sobre su propia pija. Se la restregó un par de veces hasta que quedó brillante y completamente dura. Después apoyó la cabeza contra el agujero y empezó a empujar.

Macarena apretó la sábana con las dos manos. El grosor era considerable. Sentía cómo el esfínter se estiraba, cómo la carne se abría centímetro a centímetro. Dolía un poco, ese dolor rico que ella buscaba. David entraba despacio, sin apuro, dejando que ella se acostumbrara. Cuando la cabeza ya había pasado completa, se detuvo un segundo.

—¿Cómo estás?

—Seguí… metela toda.

Él empujó más. La pija fue desapareciendo dentro del culo de Macarena. Cuando estuvo enterrada hasta las bolas, los dos se quedaron quietos. Ella respiraba agitada, el culo apretando rítmicamente alrededor del miembro grueso. Afuera se escuchaba el ruido de vasos y alguien diciendo “pasame el vino”.

David empezó a moverse. Primero corto, después más largo. El aceite hacía un ruido húmedo, obsceno, cada vez que entraba y salía. Las nalgas de Macarena temblaban con cada embestida. Él las agarró con las dos manos, las apretó, las separó para mirar cómo su pija desaparecía dentro de ese agujero grasiento y rosado.

—Qué culo de puta tenés… —le dijo al oído, inclinándose sobre ella—. Tan abierto y todavía te aprieta.

Macarena solo gemía. Ya no le importaba que del otro lado de la puerta estuviera su marido y todos sus amigos. El placer era demasiado. Cada vez que David empujaba hasta el fondo, sentía esa presión profunda que le llegaba hasta el estómago. La concha le chorreaba sola, sin que nadie la tocara.

David aumentó el ritmo. Ahora embestía más fuerte, más profundo. El sonido de la carne contra carne se mezclaba con los gemidos de ella. Macarena levantó un poco la cadera para recibirlo mejor. Él le dio una palmada fuerte en una nalga y después otra. La piel se le puso roja al instante.

—Más… más fuerte —pidió ella.

Él obedeció. Empezó a culearla de verdad, sin contención. La cama crujía. Macarena tenía la cara hundida en la almohada para no gritar. El culo le ardía delicioso, estirado al máximo alrededor de esa pija joven y gruesa. Cada embestida le sacaba un “uhhh” ahogado.

David se sacó la remera sin dejar de cogerla. El pecho y los abdominales brillaban de sudor. Se inclinó, le agarró el pelo con una mano y le levantó la cabeza.

—Decime que te gusta.

—Me gusta… me gusta que me la metas en el culo…

—Más fuerte.

—Me encanta que me culees el culo, David… me encanta sentir esa pija adentro…

Él soltó un gruñido y embistió más profundo todavía. Macarena sintió que se le aflojaban las piernas. Estaba cerca de acabar solo con el anal. La concha le latía, el clítoris hinchado y abandonado. David se dio cuenta. Sacó una mano, se la pasó por debajo y le encontró el botón hinchado. Empezó a frotarlo en círculos mientras seguía metiéndole la pija hasta el fondo.

Macarena acabó a los treinta segundos. Se le contrajo todo el cuerpo, el culo le apretó la pija con fuerza y soltó un gemido largo, tembloroso, que por suerte la almohada absorbió casi por completo. El orgasmo le duró varios segundos, olas detrás de olas, mientras David seguía moviéndose despacio adentro de ella.

Cuando se le pasó un poco, él se la sacó casi completa y se la volvió a meter de un solo empujón.

—Todavía no eyaculé —le dijo—. Te voy a seguir culeando un rato.

Macarena solo asintió, todavía temblando. David se la dio de lado ahora. La hizo girar, le levantó una pierna y volvió a entrar. Desde ese ángulo la pija le rozaba distinto, más profundo todavía. Él le chupaba el hombro, le mordía el lóbulo de la oreja, le hablaba al oído:

—Tu marido está afuera… y yo te estoy reventando el culo. ¿Te calienta?

—Sí… mucho…

—¿Querés que te deje el culo abierto y lleno de leche?

—Sí… llenámelo…

David se rio bajo y aceleró. Ahora la cama golpeaba contra la pared con un ritmo constante. Afuera alguien preguntó:

—¿Todo bien ahí adentro? Se escucha como que están moviendo muebles.

Edgardo contestó desde el living, con una risa forzada:

—Debe ser el masaje… esos tipos laburan fuerte.

Macarena escuchó la voz de su marido y se le apretó el culo alrededor de la pija de David. La excitación le subió de nuevo. Ser culeada así, tan fuerte, tan profundo, mientras Edgardo estaba a metros de distancia, con todos los amigos, la volvía loca.

David la puso en cuatro. Le agarró las caderas con las dos manos y se la empezó a dar de verdad. Embestidas largas, fuertes, que le hacían temblar todo el cuerpo. Las tetas le colgaban y se balanceaban. El aceite salpicaba. El culo de Macarena estaba rojo, brilloso, abierto. Cada vez que él se retiraba se veía el agujero dilatado, rosado, temblando, y después se volvía a cerrar alrededor de la pija al entrar.

—Mirá cómo te queda… —le decía David, separándole las nalgas con los pulgares—. Tan abierto… te lo voy a dejar hecho un pozo.

Macarena se tocaba el clítoris con desesperación. Acabó por segunda vez, más fuerte que la anterior. Esta vez no pudo contener del todo el gemido. Fue un “ahhhh” largo que se filtró un poco hacia el pasillo. David no se detuvo. Siguió culeándola a través del orgasmo, sintiendo cómo el culo se le contraía en espasmos alrededor de su pija.

Cuando ella se recuperó un poco, él se la sacó, se acostó de espaldas y la hizo montarlo al revés, de espaldas a él. Macarena se bajó despacio sobre la pija gruesa, guiándola con la mano hasta que el ano la engulló otra vez. Después empezó a subir y bajar, usando las piernas. David le agarraba las nalgas desde abajo, las separaba, las apretaba, le daba palmadas. Desde esa posición podía ver perfectamente cómo el culo de ella se tragaba su pija una y otra vez.

—Más rápido —le ordenó.

Ella obedeció. Empezó a rebotar con más fuerza. El sonido era obsceno: carne húmeda, aceite, respiraciones agitadas. Macarena tenía las tetas saltándole y la cara contraída de placer. David le metió un dedo en la vagina mientras ella se lo metía en el culo y la hizo acabar por tercera vez. Esta vez se le aflojaron las piernas y casi se cae hacia adelante. Él la sostuvo, la hizo quedar sentada del todo sobre su pija y empezó a empujar hacia arriba, embistiéndola desde abajo con fuerza.

Macarena ya no pensaba. Solo sentía. El culo le ardía, le latía, estaba completamente abierto y entregado. David gruñía cada vez más fuerte. Estaba cerca.

—¿Dónde la querés?

—Adentro… tirá adentro…

Él la levantó un poco, le dio tres embestidas profundas y eyaculó. La pija le latía dentro del culo de Macarena mientras le descargaba todo. Chorros espesos, calientes, que ella sentía perfectamente. Él siguió empujando despacio mientras se vaciaba, metiendo la leche lo más adentro posible.

Cuando terminó, se quedó quieto, todavía enterrado. Macarena respiraba entrecortada, el culo lleno, goteando un poco alrededor de la pija. David le acarició la espalda.

—Qué bien te la cogí…

Ella solo asintió, todavía con la cabeza gacha.

Se quedaron así un minuto. Después él se salió despacio. El agujero de Macarena quedó abierto, rosado, brillando de aceite y de leche. Un hilo blanco le corrió hacia la concha y se le escurrió por el muslo. David lo miró con satisfacción.

—Mirá el estado en que te dejé.

Macarena se dio vuelta y se sentó en la cama, con las piernas abiertas. El culo le ardía de una forma deliciosa. Se pasó dos dedos por el ano y los sacó llenos de semen.

—Qué rico… —murmuró, y se los llevó a la boca.

David se rio y se limpió la pija con una toalla.

—Todavía tengo tiempo. ¿Querés que te la vuelva a meter?

Ella lo miró. Afuera se escuchaba que alguien había puesto música. La reunión seguía como si nada.

—Sí. Pero esta vez quiero que me la metas de frente. Quiero verte la cara mientras me la clavás.

David asintió. Se echó más aceite, se puso duro otra vez con facilidad —tenía veintisiete años— y se acomodó entre las piernas de ella. Macarena levantó las rodillas hasta el pecho, ofreciéndole el culo completamente. Él apoyó la cabeza otra vez contra el agujero dilatado y entró de un solo empujón. Esta vez no hubo resistencia. El culo la recibió como si estuviera hecho a su medida.

Empezó a cogerla de frente, mirándola a los ojos. Macarena le agarraba los brazos, le arañaba la espalda, le pedía más. David le besaba la boca, le chupaba la lengua, le mordía el labio inferior mientras le martillaba el culo con fuerza. El sonido de las embestidas era constante, húmedo, rítmico. La cama golpeaba contra la pared otra vez.

—Tu marido… —jadeó David— debe estar pensando que te estoy haciendo un masaje de la puta madre.

—Que piense lo que quiera… vos seguí metiéndomela…

Él se la dio así un buen rato. Después la puso de costado, le levantó una pierna y se la clavó todavía más profundo. Macarena se tocaba el clítoris sin parar. Acabó por cuarta vez, esta vez casi llorando de placer. El culo le temblaba alrededor de la pija de David.

Cuando él se sintió cerca otra vez, se la sacó, se arrodilló frente a su cara y se la metió en la boca. Macarena la chupó con ganas, saboreando su propio culo y el semen anterior. David le agarró la cabeza y se la empujó hasta el fondo un par de veces. Después se la sacó, la puso otra vez en cuatro y se la volvió a clavar en el ano.

Esta vez no se contuvo. La culeó con fuerza, con bronca casi, como si quisiera dejarle el culo marcado para varios días. Macarena gritaba ahora contra la almohada, sin importarle demasiado. David eyaculó por segunda vez adentro, todavía más cantidad que la primera. Se quedó embutido hasta las bolas mientras le descargaba todo.

Cuando se retiró, el culo de Macarena estaba un desastre: abierto, rojo, goteando leche espesa por la raja. Ella se quedó tirada en la cama, respirando agitada, las piernas temblando.

David se limpió, se vistió despacio y empezó a guardar las cosas.

—Te dejé el culo bien trabajado —dijo con una sonrisa—. Si querés, la semana que viene vengo de nuevo.

Macarena se dio vuelta y lo miró. Tenía la cara sonrojada, el pelo revuelto, el cuerpo brillando de aceite y sudor.

—Vení. Y la próxima no traigas tanto aceite… quiero sentir más la fricción.

Él se rio, se acercó y le dio una última palmada en una nalga.

—Trato hecho.

Abrió la puerta. Del otro lado, la reunión seguía. Edgardo estaba sirviendo más vino. David pasó por el living con la bolsa al hombro, saludó con la cabeza y se fue. Nadie sospechó nada… o al menos nadie dijo nada.

Macarena se quedó un rato más en la cama. Se pasó la mano por el culo y sintió el ardor dulce, la leche que todavía le salía. Se limpió un poco con la toalla, se puso la bata y salió al living como si nada.

Laura la miró de arriba abajo.

—¿Todo bien? Estuviste casi dos horas.

—Sí… el pibe labura muy bien. Me dejó re bien.

Edgardo le pasó una copa. Ella la tomó y se sentó en el sillón, con el culo todavía latiente y lleno. Mientras los demás charlaban, ella cruzaba las piernas y sentía cómo se le escurría un poco más de semen hacia el muslo.

Sonrió para adentro.

Esa noche, cuando todos se fueran, se iba a tocar pensando en la pija de David. Y probablemente le iba a pedir a Edgardo que le meta el dedo en el culo… aunque los dos sabían que no iba a ser lo mismo.

PARTE II

Pasó poco más de una semana.

Macarena no aguantaba más. Se despertaba de madrugada con el culo apretado y la concha mojada, pensando en esa pija gruesa que la había abierto dos veces. El martes a la mañana, mientras Edgardo se duchaba, le mandó el mensaje:

“David, no doy más. ¿Tenés lugar hoy?”

La respuesta llegó enseguida:

“A las cuatro en el consultorio. Te paso la dirección.”

Era un departamento chico en un edificio viejo de Palermo, segundo piso, sin portero. Ella llegó con un vestido corto de tela finita de verano, casi transparente con la luz. Si se inclinaba un poco se le veía todo: el culo redondo, la raja, la concha. No llevaba corpiño ni bombacha. El calor de enero le pegaba en la espalda apenas bajó del Uber.

David abrió la puerta en cuero. Solo un short de lino beige, flojo, que le marcaba todo. La pija se le notaba pesada, caída hacia un costado, gruesa, con la cabeza semi-marcada contra la tela. No tenía calzones. El pecho y los hombros brillaban un poco de sudor. Sonrió al verla.

—Pasá.

Macarena entró. Él cerró con llave y la miró de arriba abajo.

—Sacate el vestido.

Ella se quedó quieta un segundo y después se lo sacó de un tirón. Quedó desnuda de pie en el medio de la habitación: tetas pesadas, pezones oscuros ya semi-duros, panza suave, culo ancho y redondo. David se acercó, le agarró la nuca y la besó. No fue un beso suave. Le metió la lengua, le mordió el labio inferior y, sin dejar de besarla, le pellizcó los dos pezones con fuerza. Macarena soltó un quejido contra su boca. Dolía. Pero el dolor le bajó directo a la concha y se le humedeció de inmediato. Él apretó más fuerte un segundo y después soltó, dejando los pezones rojos e hinchados.

—Acostate boca abajo —dijo él, señalando la camilla.

Ella se subió, se acomodó de pecho y estiró los brazos hacia adelante. David se colocó delante de ella, a la altura de la cabeza, y empezó a masajearle la espalda con las manos grandes. Presión firme en los trapecios, en los omóplatos. Macarena cerró los ojos y soltó un suspiro. No pasaron ni diez segundos.
David se bajó el short de un tirón. La pija le saltó pesada, ya semi-dura, gruesa, con las venas marcadas y la cabeza oscura. Sin decir nada se la apoyó en los labios de ella.

—Abrí.

Macarena giró un poco la cabeza y abrió la boca. Él empujó. La cabeza gruesa le llenó la lengua de golpe. David le agarró el pelo con una mano y empezó a meterla más profundo. Primero despacio, después más. La pija le rozaba el fondo de la garganta. Ella estaba boca abajo, incómoda, pero él no le dio tiempo de acomodarse.
Empezó a cogerle la boca de verdad. Embestidas cortas y profundas, sacándola casi completa y volviendo a empujar hasta el fondo. Macarena se atragantó a los primeros empujones. La baba le empezó a caer por la comisura de los labios, espesa, brillando, y le chorreaba directo sobre la camilla. Los ojos se le llenaron de lágrimas. David no se detuvo. Le apretó la cabeza contra su pelvis y se la dejó enterrada varios segundos. Ella se ahogó, tosió alrededor de la pija, pero él solo gruñó y siguió.

—Tragá… así… más profundo.

La baba le corría por la mejilla y le caía al cuello. Las lágrimas le manchaban la camilla. David le folaba la boca con ritmo constante, mirándola desde arriba, disfrutando de cómo se le hinchaba la garganta cada vez que empujaba. Macarena tenía una mano apoyada en el muslo de él, sin fuerza para apartarlo. Solo recibía. El ruido era obsceno: saliva, respiraciones cortadas, el sonido húmedo de una pija entrando y saliendo de una garganta mientras ella seguía boca abajo.

Cuando la tuvo bien babosa y con la cara hecha un desastre, la sacó. Un hilo grueso de saliva unió la cabeza de la pija con los labios de ella. Macarena tosió, respiró hondo, la cara colorada, los ojos llorosos, todavía con la mejilla apoyada en la camilla.

David se movió detrás de ella. Le separó las nalgas con las dos manos. El ano ya se veía un poco más abierto que la vez anterior, más dilatado, como si todavía recordara la pija gruesa. Sacó un frasco chico de aceite de coco, se echó apenas un poco en los dedos —lo justo— y se lo pasó por el agujero y por su propia pija. Solo lo necesario para que entrara sin romper nada.

Apoyó la cabeza gruesa contra el ano y empujó. El esfínter cedió más fácil que la semana pasada. Macarena apretó los dientes y soltó un gemido largo cuando la sintió entrar. David no se apuró al principio. Entró centímetro a centímetro hasta que las bolas le pegaron contra la concha. Se quedó quieto un segundo, disfrutando de cómo el culo de ella le apretaba, aunque ya más suelto que antes.

Después empezó a moverse. Mismo estilo que las otras veces: profundo, constante, sin piedad. Le agarraba las nalgas con fuerza, las separaba para mirar cómo su pija desaparecía dentro. El poco aceite alcanzaba. El sonido de la carne contra carne llenaba la habitación.

—Qué culo de puta… —le decía, inclinándose sobre ella—. Cada vez más abierto y todavía te aprieta.

Macarena solo gemía, la cara aplastada contra la camilla. Cada embestida le sacudía el cuerpo entero. Las tetas le golpeaban contra el cuero sintético. David aumentó el ritmo. Ahora la culeaba fuerte, con embestidas largas que le hacían temblar las piernas. Le dio varias palmadas en las nalgas hasta dejarlas rojas. Macarena se metió una mano debajo del cuerpo y se tocaba el clítoris desesperada. Acabó apretando el culo alrededor de la pija, soltando un gemido ahogado.

Él no se detuvo. La siguió culeando a través del orgasmo, sintiendo las contracciones. Cuando ella se recuperó un poco, le levantó un poco más las caderas y se la clavó todavía más profundo.

En un momento, mientras la embestía con fuerza, David se deslizó un poco hacia adelante. La cabeza gruesa se salió del ano. En vez de volver a entrar ahí, la agarró de las caderas, la dio vuelta de un tirón y la puso boca arriba. Macarena quedó mirándolo, las piernas abiertas. David se acomodó entre sus muslos, apoyó la pija contra la entrada de la concha y empujó.

Entró de lleno.

Macarena abrió los ojos de golpe y se tensó.

—No… David, no… ¡sacála!

Él se detuvo, todavía enterrado hasta la mitad.

—Sacála, te dije… no me cuido. El marido casi no me la pone, no uso nada… no quiero.

David no se movió. Solo la miró desde arriba, la pija gruesa latándole adentro de la concha caliente.

—Está rica… —murmuró.

—No, en serio… no. Sacála.

Pero él empujó un centímetro más. Macarena apretó los dientes y soltó un quejido. El placer le subió de golpe, traicionero, más intenso que el anal. La pija le llenaba la concha de una forma que hacía años no sentía. Intentó juntar las piernas, pero David se las abrió con las manos.

—David… no… por favor…

La voz ya le salía más débil. Él empezó a moverse despacio, apenas unos centímetros, entrando y saliendo. Macarena cerró los ojos. El “no” se le estaba quedando trabado en la garganta. Cada embestida corta le sacaba un gemido distinto, más agudo, más rendido. A los pocos segundos ya no empujaba para afuera: levantaba un poco la cadera, casi sin darse cuenta.

—No… no deberíamos…

David aceleró un poco. Ahora entraba más profundo. Macarena arqueó la espalda y se agarró de los bordes de la camilla.
—Mierda… —susurró ella.

El último resto de resistencia se le derrumbó. Ya no decía que no. Solo respiraba agitada, con las piernas abiertas del todo, recibiendo cada embestida. David le agarró las piernas, se las abrió bien y le empezó a dar de verdad. Embestidas fuertes, profundas, que le hacían rebotar el culo contra la camilla. El sonido era húmedo, sucio, constante.

Macarena se tocaba el clítoris con desesperación. Acabó otra vez, más fuerte que antes, con la concha apretando la pija en espasmos, soltando un gemido largo que ya no tenía nada de protesta. David gruñó y aceleró.
—Te voy a llenar… —le dijo al oído.

Ella solo asintió, completamente entregada. David embistió varias veces más, profundo, y se vino. Esta vez no fue normal. La pija le latía con fuerza y empezó a tirarle chorros espesos, calientes, uno detrás del otro. Parecía que no terminaba. Macarena sentía cómo la llenaba, cómo la leche le subía y le pesaba adentro. Él seguía empujando mientras se descargaba, metiendo todo lo más hondo posible. Cuando por fin se detuvo, todavía tenía la pija enterrada y seguía saliendo un poco.
Se quedaron quietos un momento. Después David se salió despacio. Un chorro espeso de leche le cayó de la concha y le corrió por el muslo. Era mucho. Demasiado. Se le escurrió hasta la raja del culo y le manchó la camilla.

Sin decir nada, él la agarró de la mano y la llevó hasta un sillón grande que tenía en un rincón, medio gastado pero cómodo. Se tiraron los dos desnudos. Macarena se acomodó contra el respaldo, todavía sintiendo cómo le salía leche. David se sentó al lado, buscó un atado de puchos en una mesita y le ofreció uno. Ella aceptó. Encendieron, fumaron en silencio un rato y después empezaron a charlar.

—Me encanta que me cojas —dijo ella de golpe, soltando el humo—. En serio. Me encanta cómo me usás.
David soltó una risa baja.

—Tu culo me calienta una banda. Cada vez que te lo abro se me pone más dura. Y ahora encima la concha…
Hablaron de boludeces, de la calor, de lo raro que era estar así, desnudos, con la leche de él todavía saliéndole a ella. Se rieron varias veces. Pasó casi una hora. Macarena se sentía rara: relajada, sucia, contenta. En un momento se levantó.

—Voy al baño un toque.

Entró, se sentó a mear y después trató de limpiarse un poco la concha con papel. Sacó bastante, pero era demasiado. Seguía saliendo. Se limpió lo que pudo, se miró un segundo en el espejo y volvió al sillón.

Se tiró de costado, se recostó sobre el apoyabrazos y abrió las piernas de frente a él. Se empezó a tocar mirándolo a los ojos, con cara de puta, sin ninguna vergüenza. Dos dedos entrando y saliendo, el pulgar frotándole el clítoris. La leche que le quedaba adentro se le escapaba un poco más con cada movimiento.

—Necesito más leche en la concha —le dijo, voz baja, mirándolo fijo—. Ya no me importa nada.

David la miró en silencio, se le puso dura otra vez casi al instante. Macarena se dio vuelta, se puso en cuatro patas sobre el sillón y se abrió ella misma con las dos manos: una nalga en cada una, separando bien, ofreciéndole la concha y, más arriba, ese ano dilatado que ya era todo de él.
—Mirá —susurró—. Mirá lo que me hiciste.

David se acomodó detrás, le apoyó la pija contra la entrada de la concha y empujó. Entró de una. Esta vez solo por la concha. Empezó a cogerla profundo, mirando ese orto abierto, rosado, que se contraía un poco cada vez que él embestía. Le agarró las caderas y le dio con ganas, sin apuro pero firme. El sillón crujía. Macarena tenía la cara apoyada contra el respaldo y gemía bajo, empujándose hacia atrás para recibirlo mejor.

David aceleró. La culeaba mirando todo el tiempo ese culo dilatado que ya no le pertenecía a nadie más que a él. Macarena acabó apretando la concha alrededor de la pija, soltando un gemido largo. Él siguió un rato más y se vino otra vez adentro, empujando profundo mientras se descargaba, llenándola de nuevo.
Cuando terminó se quedó quieto un segundo, todavía enterrado, mirando cómo le salía la leche alrededor de su pija y cómo el ano dilatado se contraía despacio. Después se salió. Otra vez le corrió por el muslo.

Macarena se quedó en cuatro patas un momento más, respirando agitada, y después se dejó caer de costado en el sillón, con una media sonrisa.
Más tarde, cuando ella se levantó a vestirse, la leche le seguía resbalando. Se puso el vestido corto, bajó las escaleras y se subió al Uber. Se acomodó con cuidado y le dijo al chofer:

—Pare en una farmacia, por favor. Necesito comprar algo rápido.

El tipo asintió sin preguntar. Macarena se quedó mirando por la ventanilla, sintiendo cómo se le escapaba un poco más hacia el asiento, y sonrió para adentro.

Edgardo iba a llegar a las ocho.

PARTE III

Edgardo fue el que lo pidió.

Una noche, mientras cenaban, dejó el tenedor sobre el plato y miró a Macarena.

—Ese masajista tuyo… el que te dejó tan bien la otra vez. ¿Me podés conseguir un turno? Tengo la espalda destrozada hace semanas.
Macarena sintió un calor seco en el pecho. Asintió con naturalidad.

—Dale. Le escribo mañana.

David contestó rápido. Les dio turno para el sábado a las once.

Llegaron juntos al edificio de Palermo. Edgardo subió con cara seria. David los recibió profesional, en remera y short. Macarena se sentó a un costado, en silencio.

Edgardo se acostó boca abajo en la camilla. David empezó a trabajar la espalda con manos firmes y lentas. A los veinte minutos Edgardo ya respiraba pesado, dormido.

David levantó la vista hacia Macarena. Ella se levantó sin hacer ruido, se acercó por el costado de la camilla y se agachó. Le bajó el short lo justo. La pija le salió pesada,
semidura. Macarena la tomó y empezó a masturbarla despacio, con movimientos cortos, mientras David seguía masajeando la zona lumbar de Edgardo sin ninguna pausa.

Después se inclinó y se la metió en la boca. Chupó con cuidado, en silencio, apenas la mitad, baboseándola. A ratos la sacaba y solo la masturbaba mirando la cara dormida de su marido. A ratos volvía a engullirla hasta donde podía y se quedaba quieta, con la garganta llena. David respiraba más profundo, pero las manos nunca dejaron de trabajar.

Pasaron casi quince minutos. Al final David le apoyó una mano en la cabeza, empujó un poco más profundo y acabó en silencio. Macarena tragó todo, se limpió los labios con la mano y se apartó. David se acomodó el short y siguió masajeando como si nada.

Cuando Edgardo despertó, se estiró y dijo que se sentía excelente. Bajaron juntos. En el auto, Macarena todavía tenía el gusto de esa leche en la boca.
Las semanas siguientes se vieron varias veces, siempre cuando Edgardo no estaba.

Una tarde de lluvia Macarena llegó al consultorio con el pelo mojado y la remera pegada al cuerpo. Apenas cerraron la puerta David la levantó contra la pared. Ella rodeó su cintura con las piernas y se dejó penetrar así, de frente, mirándolo a los ojos. No fue rápido. Él la sostuvo con las dos manos bajo el culo y la embistió profundo y constante, sin apuro, mientras ella le mordía el hombro para no gritar. Cuando eyaculó, lo hizo adentro y se quedó quieto un largo rato, todavía enterrado, respirando contra su cuello.

Otra vez se encontraron de noche en el auto. Esta vez no hubo apuro tampoco. Macarena se agachó entre los asientos y se la chupó con calma, mirándolo desde abajo, hasta que él no aguantó más y la hizo subir. Ella se acomodó de espaldas a él, guió la pija hasta el culo y bajó despacio. Se movieron así un buen rato, en silencio, solo el ruido de la respiración y del asiento. Cuando David se acercó, la agarró fuerte de las caderas y se descargó hondo. Macarena se quedó sentada encima varios minutos después, sin querer bajar todavía.

La última vez que se vieron antes de que todo se rompiera fue un jueves a la tarde. David la llevó a un hotel. Esta vez no se sacaron la ropa de inmediato. Hablaron un rato, fumaron un cigarrillo compartido. Después él la hizo arrodillarse en la cama, de espaldas, y le hizo apoyar los hombros y la cabeza en el colchón, dejando el culo bien abierto a su merced. La fue abriendo despacio con los dedos antes de entrar. La cogió con una lentitud casi cruel, sacándola casi toda y volviendo a entrar hasta el fondo. Ya no necesitó ni lubricante, ese orto ya estaba hecho a medida de su tremenda pija. Macarena tenía la cara hundida en el colchón y las manos apretando las sábanas. Acabó temblando. Él también al poco tiempo, también adentro, como siempre.

Un domingo a la tarde Edgardo la estaba esperando sentado en el sillón cuando ella entró.

La miró en silencio varios segundos. Después preguntó, con la voz rara:

—¿Con quién te estás viendo, Macarena?

Ella intentó negar. Dijo que estaba loco. Que no entendía de qué hablaba. Pero Edgardo ya tenía la cara distinta. Empezó a levantar la voz. Le dijo que no era estúpido. Que había visto las manchas, los horarios, la forma en que ella llegaba, el olor que a veces traía encima. Que sabía que lo estaban haciendo cornudo.

Macarena lo miró. El pecho le subía y bajaba rápido. Por un momento pensó en seguir mintiendo. Después algo se le quebró.

—Sí —dijo—. Me estoy cogiendo a otro.

Edgardo se quedó quieto.

—¿Quién?… ¡Puta de mierda! ¡Te voy a matar! Basura. Mierda de persona. ¡Ojalá te mueras hija de mil putas!

Edgardo jamás había sido así de agresivo. Macarena lo desconoció. Ella respiró hondo. Y lo largó todo.

—David! El masajista. El mismo que te masajeó esa vez que te dormiste como un pelotudo.

Edgardo dio un paso atrás.

Macarena no se detuvo. La rabia le salía mezclada con las lágrimas.

—La primera vez me la puso en el culo con vos y todos tus amigos del otro lado de la puerta. Me lo dejó hecho mierda mientras ustedes se cagaban de risa en el living. Y me gustó. Volví. Me cogió en el consultorio varias veces, en el auto, en una cama que no era la nuestra. Me la metió en el culo hasta dejarme temblando y después se la pasó a la concha y me llenó también. Dos veces. Tres. Acabé como nunca lo hice con vos. Porque tu pija ya no me hace nada, Edgardo. Porque hace años que te toco y no se te para. Y él me usa como se le canta y yo se lo pido. Se lo pido.

Edgardo la agarró del brazo con fuerza.

—¡Callate, puta de mierda!

—¡No me calles! —gritó ella, soltándose—. Me la chupo. Me la trago. Me dejo llenar. Y después vengo a tu cama y me hago la esposa decente. ¿Querías la verdad? Ahí la tenés. Me coge mejor que vos. Me gusta más que vos. Y cada vez que me llena de leche me acuerdo de lo poco que sos.

Edgardo la empujó hacia la puerta.

—Andate. Sacá lo que necesites y andate. No quiero verte más. Sos una basura.

Macarena agarró el bolso que tenía cerca. Salió. Bajó las escaleras llorando sin poder controlarse. En la calle paró un taxi casi a los empujones.

En el asiento de atrás, con las manos temblando, le escribió a David:

“Se pudrió todo. Edgardo sabe todo. Me echó de la casa. Estoy en la calle. ¿Dónde estás?”

El mensaje quedó en un tilde. Después en dos. No hubo respuesta.

Le escribió de nuevo. Nada.

Le dijo al taxista que la llevara al consultorio de Palermo. Subió las escaleras rápido. Tocó el timbre varias veces. Abrió un hombre más grande, de cara dura, que ella no conocía.

—David no está —dijo—. Hoy no labura.

—¿Sabés dónde puedo encontrarlo? Es urgente.

El tipo la midió un segundo. Al final sacó el celular, buscó algo y le pasó una dirección en Villa Urquiza.

Macarena volvió al taxi. Cuando llegaron frente al edificio bajó sin casi mirar. Subió. Tocó el portero. Esperó.

La puerta se abrió.

No era David.

Era una mujer joven, de unos veinticinco años, pelo claro, remera holgada, cara de recién levantada. Miró a Macarena con extrañeza.

—¿Sí?

Macarena abrió la boca. La voz le salió rota.
—¿Está… está David?

La chica frunció el ceño.

—Sí. Es mi novio. ¿Quién sos vos?

Macarena se quedó parada en el umbral. Las piernas le temblaron. El pecho se le cerró de golpe. No dijo nada más. Solo asintió una vez, muy despacio, como si acabara de entender algo que siempre había estado ahí.

Se dio media vuelta.

Bajó las escaleras en silencio. En la calle se quedó quieta un momento, con el bolso colgando de una mano, mirando la vereda sin verla realmente.
Ya no tenía casa. Ya no tenía marido. Y el hombre al que le había entregado el cuerpo tampoco era suyo.

Se quedó sola en la vereda, sin saber a dónde ir.

PARTE IV

Macarena pasó la noche en un hotel del Centro que olía a desinfectante y a humedad. Durmió poco. Cada vez que se daba vuelta sentía el ardor en el culo y la humedad que todavía le bajaba entre las piernas. A la mañana se miró en el espejo del baño: ojeras, pelo revuelto, la marca roja de una palmada que todavía se le veía en una nalga. Se dio un buen baño reparador, se vistió con la misma ropa del día anterior y bajó sin desayunar.

Pidió un Uber hasta Villa Urquiza. En el viaje no miró el celular. Ya sabía que David no le había contestado.

Subió las escaleras despacio. Tocó el portero. Esperó.

La puerta se abrió. David estaba en remera y short, pelo mojado, cara de recién duchado. La miró un segundo sin sorpresa.

—Pensé que ibas a aparecer.

Macarena no contestó. Él se hizo a un lado y ella entró. El departamento estaba en silencio. No había rastros de la novia.

—Se fue a trabajar —dijo él, como si le leyera la cabeza—. Tiene turno hasta las seis.

Macarena se quedó parada en el medio del living con el bolso colgando de una mano.

—Edgardo me echó. Sabe todo. Me dejó en la calle.

David asintió despacio, sin cambiar de expresión.

—Una paja.

—No tengo dónde ir.

Él se pasó una mano por la cara, cansado, y después la miró de arriba abajo. La misma mirada de siempre: evaluando el cuerpo, no a la mujer.

—Sacate la ropa.

Macarena dudó solo un segundo. Después se sacó la remera, el jean, la bombacha. Quedó desnuda en el living de él, con la luz de la mañana entrando por la ventana. David caminó alrededor de ella, lento. Le tocó una nalga, la levantó un poco, miró el estado del ano. Todavía estaba un poco abierto, un poco inflamado.

—Cada vez más abierto está ese agujero —murmuró.

La agarró de la nuca y le dio un beso. Ella respondió de inmediato sacando por completo la lengua para que él se la chupe. David la puso de rodillas en el piso.. Se bajó el short. La pija le golpeó la mejilla, ya completamente dura. Macarena la tomó y se la metió en la boca sin que él se lo pidiera. Él no dijo nada. Solo le apoyó una mano en la cabeza y empezó a empujar, despacio al principio, después más hondo. La usó la boca un rato, en silencio, mirando hacia la ventana. Cuando se la sacó, le levantó la cara con dos dedos y le escupió en la boca.

—Parate y date vuelta.

La llevó hasta el sillón. Ella se subió de rodillas, arqueó la espalda y le ofreció el culo. David no usó aceite. Solo escupió dos veces sobre el agujero, se restregó la saliva con la cabeza de la pija y empujó. Entró con más facilidad que las primeras veces. Macarena apretó los dientes y soltó un sonido bajo. Él no preguntó cómo estaba. Simplemente empezó a moverse.

La cogió con un ritmo constante, profundo, sin las frases de antes. Sin decirle puta. Sin preguntarle si le gustaba. Solo la usaba. Las manos le apretaban las caderas con fuerza, los pulgares le abrían las nalgas para mirar cómo entraba. El sonido era seco, carnoso. Macarena tenía la cara apoyada contra el respaldo del sillón y los ojos abiertos. Sentía cada centímetro, pero esta vez no había complicidad. Solo el peso de él detrás y el ardor que volvía a subir.

David se inclinó y le habló al oído por primera vez:

—No te podés quedar acá.

Ella no contestó. Él aceleró. Empezó a embestir más fuerte, más seco. La cama del living crujía. Macarena se mordió el labio para no gemir demasiado alto. Él le dio una palmada en la nalga, después otra, y siguió. Cuando estuvo cerca se la enterró hasta el fondo y acabó en silencio, con un gruñido corto. La llenó otra vez. Se quedó quieto unos segundos adentro y después se retiró de golpe.

Macarena se quedó en cuatro patas, sintiendo cómo le bajaba la leche caliente por la raja y le manchaba los muslos. David ya se estaba acomodando el short.
—Hay toallas en el baño. Limpiate y andá.

Ella se dio vuelta y lo miró. Él no le sostenía la mirada. Estaba buscando el celular.

—David…

—No —cortó él—. Esto nunca fue nada. Yo tengo novia. Vos tenías marido. Ahora no tenés ninguno de los dos. No es mi problema.
Macarena se levantó despacio. Las piernas le temblaban. Fue al baño, se limpió como pudo, se puso la ropa. Cuando volvió al living él estaba en la cocina, tomándose un vaso de agua, de espaldas.

—La puerta está abierta —dijo sin girarse.

Ella agarró el bolso. Salió. Bajó las escaleras con el culo todavía goteando y el gusto de la pija de él en la boca. En la calle el sol de mediodía le pegó en la cara. Se quedó un momento en la vereda, igual que el día anterior, sin saber para qué lado caminar.

Esta vez no había mensaje para mandar.

FIN

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Pablito Kova
Pablito Kova
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