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Rebeca y Don Gastón una pareja de infieles a rabiar

Rebeca y Don Gastón una pareja de infieles a rabiar 2

Me llamo Rebeca, tengo 36 años y esto que les cuento ocurrió hace ocho. Mi suegra trabajó por muchos años como doméstica en una casa de gente adinerada. Ella recibió una buena paga y siempre se mostró agradecida con los que fueron sus patrones. Cuando terminó su actividad, por enfermedad, quien había sido su patrón venía de vez en cuando a visitarla y a traerle ayuda, más que nada en mercaderías y remedios que ella tomaba.
Nosotros, con mi esposo y dos niños, nos tuvimos que mudar a la casita de mi suegra, porque en esos entonces la situación estuvo muy mala y no teníamos con qué vivir. Lo poco que se juntaba se ocupaba entre todos; al mismo tiempo, yo ayudaba a cuidar a mi suegra.

En una de las visitas de don Gastón, salimos a comprar algo para comer en su coche. Yo, por si nada, llevé al chico mayor como compañía. Compramos varias cosas, que por supuesto el pagó y regresamos a casa. Yo recuerdo que ese día de verano, caluroso, llevaba una falda larga y una camiseta polera ajustada. Es probable que él me contemplara a través de esta indumentaria. No hubo conversación ni preguntas ni insinuaciones. Llegados a la casa, él se fue.

Regresó como a los tres días, ese día mi marido había salido a ver que conseguía, de manera que estábamos solas mi suegra y yo. Los niños había salido a jugar. Ellos estuvieron conversando por bastante tiempo, yo algo escuché desde la pequeña cocina, porque pese a que lo hacían en forma apenas audible, algo captaba. Mi suegra decía: “Yo no creo que acepte, es muy seria y no me atrevo a proponérselo”. Don Gastón le decía: “Pero ustedes apenas pueden vivir, el marido no aporta y ella tendrá que sacrificarse”. Ahí me di cuenta que hablaban de mí.

Cuando él se fue, me acerqué donde mi suegra y como queriendo algo le dije que había escuchado parte de lo que hablaban y que suponía que se trataba de mí. Me suegra, que se llamaba Sofía, me dijo que le había pedido a Don Gastón que le ayudara con un trabajo para mi marido, pero que ello no era posible ya que podía ser muy lejos en el sur y solo. Que también le había pedido si me podía dar trabajo en su casa, pero que eso a él no le interesaba ya que habían muchas niñas que buscaban trabajo doméstico. Ahí mi suegra se tranco en el habla, luego de decir: “A no ser qué…”. Yo le insistí, pero no dijo más.

Pasaron otros pocos días de angustias económicas y yo veía como se acercaba el inicio de clases de los niños y que no teníamos a veces ni para comer. Mi esposo Iván, para colmo, le dio por beber lo poco que conseguía, de manera que la cosa se fue haciendo cada vez más difícil. En eso estaba, cuando le insistí a mi suegra que era aquello de “a no ser qué…”. Entonces, sacando un cuaderno, buscó una dirección y me dio el teléfono de Don Gastón diciéndome: “Llámalo tú y que él te diga, mejor. Así yo no sé nada y no me meto en nada”. Bueno, con la ingenuidad de mujer de pueblo, simple y sin malicia, me imaginé cien cosas posibles con respecto a que tipo de trabajo sería aquello que no quiso decirme. Lo llamé y después de varios intentos logré encontrarlo. Me dijo que al día siguiente iría a nuestra casa para llevar algo y que ahí conversaríamos.

Al día siguiente llegó con cosas y me invitó a que fuéramos a comprar otras frescas que faltaban. Cuando llamé a mi hijo, me dijo: “Quiero que vayamos solos”. Como Iván no aparecía desde el día anterior, pensé: “nada malo me puede pasar, si me ven los vecinos, ellos saben que este señor mayor viene a ver a mi suegra”; así es que salimos. Luego de las compras, en el estacionamiento me dijo: “Rebeca, sé que están en mala situación, tu suegra me pidió ayuda, pero eso para mí es un compromiso y yo deseo algo de tí que me gustaría tener”. Yo, en forma ingenua le pregunto: “¿Y eso, qué es?”. El contesto: “Puedo llevarte a casa para tareas domésticas una vez a la semana, pero a condición que además te acuestes conmigo”. Me quedé paralizada. Nunca nadie me había hecho una propuesta tan directa, tan fría y me sentí pésimo. No supe que contestarle, a lo que Don Gastón lo interpretó como una señal de dudas y continuó: “Lo cierto es que el trabajo doméstico es mínimo, yo tengo ahora un departamento. Lo que deseo es tenerte como mujer, porque te encuentro deliciosa y creo que me harías muy felíz en la cama. Te pagaría”, (y me dio una suma equivalente a unos doscientos dólares) por mes, que en realidad era una suma increíble por cuatro días de “trabajo doméstico”.

Cuando logré reaccionar, antes que siguiera con la propuesta, le dije ¡No! en forma rotunda y le pedí que nos fuéramos a casa. No se habló, más. Cuando se despidió de mi suegra alcancé a escucharla que le decía: “Se lo dije”.

Pasaron un par de semanas, las cosas se pusieron peor. Iván sin trabajo y Don Gastón que no volvió a aparecer. Más encima, los niños estaban por comenzar el colegio y no tenían ni zapatos. Pensé que había sido de mi vida, yo que me casé virgen, con un buen hombre, que vivimos bien por algunos años, ahora de allegada, pasando hasta hambre, con un marido que estaba saliendo a trabajos esporádicos y lo que recibía se lo tomaba. Para colmo, ya no habían relaciones sexuales, porque en esa casa, hacinados no se podía hacer casi nada. Todo esto me tenía abrumada, mis sueños se iban al agua, más que nada porque, aparte de Iván, nunca había sido de otro hombre.

Ese día, en la tarde, cuando todo estaba tranquilo, me fui al baño y lloré como hacía tiempo no lo hacía. En medio de los malos olores, en ese baño estrecho había un espejo grande que a mi suegra se lo habían regalado. Me quité el vestido frente a él, luego el sostén y contemplé mis pechos. Aún estaban erguidos, ya no paraditos como cuando me casé, porque dos amamantadas de meses hacen mella en la dureza, pero había ganado en tamaño y en el grosor de mi pezón. Un poco caídos, pero todavía juveniles. Me imaginé la mano de Don Gastón acariciándolos y sentí un estremecimiento y también mucha desazón. Hacía unos seis meses que no tenía un coito en forma, aunque nunca fueron demasiado audaces. Me quité el resto de la ropa, apareció mi chucha cubierta de rizos negros, que los tengo abundantes. En medio de esta mata de pelos, una vulva roja, semi cerrada. Me separé instintivamente los labios vaginales y sin quererlo la noté húmeda. Luego contemplé mis piernas, las que están bien moldeadas, con muslos firmes y pantorrillas fuertes, producto de mi quehacer diario. Mi estómago plano, sin arrugas, posiblemente producto del hambre de casi seis meses. Finalmente miré mi cara, todavía con rasgos juveniles, sin arrugas, con ojos negros, bonita nariz y labios carnosos, soy morena pero no obscura, de piel fina, cabello negro, liso y largo. Mi cuello es más o menos corto, mis hombros redondos como mis rodillas. No soy fea, pero tampoco bonita; lo que sí siempre me dijeron los hombres es que tenía cara y cuerpo sensual.

Decidí darme una ducha fría (tampoco había caliente) para calmarme, pero sólo logré excitarme cuando jaboné mis pechos y luego mi vulva. Nunca me había masturbado, pero ahora, con unos pocos toqueteos en mis labios vaginales, sentí como me corría suavemente, al tiempo que mis pezones se erectaban. Ello fue lo que me decidió a vestirme, buscar un teléfono y llamar. Eran como las tres de la tarde. Don Gastón quedó de ir a buscarme a un paradero de micros cerca de mi casa como en una hora, le dije a mi suegra que saldría un rato para ver que conseguía. A la hora estaba sentada con este señor. El siempre fue muy correcto. La distancia entre ambas casas era enorme, de manera que fuimos cerca a un parque a conversar. Primero me preguntó si aceptaba sus condiciones y yo le dije que sí, pero que considerara que era mi primera vez con otro hombre, que tenía muy poca experiencia y que sexualmente no esperara mucho de mí. “De acuerdo” me dijo, “Yo también diré mis condiciones: te comportarás como una mujer y no como una niña regalona, eso significa que sexualmente haré de todo contigo. Lo segundo es que, en la medida que me respondas, le daré trabajo a tu marido y lo mandaré a un fundo al sur”.

Como les he dicho, de sexo no sabía mucho, de manera que respecto eso, habiendo tenido dos niños, no creía tener mucho más que dar. Respecto a lo otro, se lo agradecí y le dije que haría todo y como él lo quisiera. Terminó nuestro encuentro, me paso unos 20 dólares y me dejó cerca de casa.

Al día siguiente le dije a mi suegra que había encontrado un trabajo temporal ayudando a una señora a hacer aseo y que volvería en la tarde. Tomé un bus y me fui al departamento de Don Gastón. Llegué cerca de las 10 de la mañana y ya hacía calor. Como no tengo mucha ropa y como Iván es muy celoso, siempre usaba faldas largas y camisetas sueltas y sin escote. Ese día me había puesto mi mejor corpiño y un calzón viejo de encaje que guardaba para especiales ocasiones. Muy nerviosa toqué el timbre y él me abrió. Me hizo pasar, me mostró el apartamento. Una sala grande y un comedor con cocina americana, todo con piso de madera muy pulida, un separado con cama y baño y una suite con una gran cama, un baño con jacuzzi y pieza de vestir y closet. Me tomó la mano y me guió a la sala. Me dijo que me quitara mis chalas. Luego, se sentó en un cómodo diván y me sentó en sus rodillas. Con su mano izquierda tomó mi pelo por mi moño y llevó sus labios a los míos. Sentí como su lengua me los separaba y luego invadía mi boca. Fue un beso largo, caliente.

Me invita pararme y me pone en medio de la alfombra, mirándome me ordena: “¡Quítate la ropa!”. Mi vestido tenía un cierre rápido en la espalda. Lo bajé con dificultad, pensando: “qué estoy haciendo”, pero al mismo tiempo una mirada de autoridad y desafío no me daba la opción de arrepentirme. El vestido cayó a mis pies desnudos, yo me salí de su ruedo y lo miré. Había aprobación en sus ojos. con un gesto me invita darme vuelta para que me contemplara completa. “Debes haber sido muy hermosa de joven, no digo que ahora no lo seas, pero me habría gustado hacerte mujer en tu juventud”, me dice con una voz pausada y algo ronca. Continúa: “Ahora, quítate lo demás”. Titubeo un rato antes de ir al broche de mi sostén. Me sentí ridícula, luego avergonzada, luego puta, pero finalmente pensé en que era una visita médica y lo solté. Primero lo sujeté en mi antebrazo y finalmente me lo quité del todo.

Mis tetas sintieron esa liberación, yo mantuve los hombros atrás para que no fuera tan visible el hecho que ahora no eran paradas, pero mis pezones me traicionaron, ya que poco a poco, sin mediar nada, se fueron erectando. Ya sin mucho rubor, me bajé mi calzón y mostré mi maraña de rizos. Me dice: “Acércate”. Doy tres pasos hasta ponerme a su alcance, el mete su mano en mi vulva e incursiona con su dedo entre mis labios vaginales. Una hola de rubor sacude mi cuerpo. ¡Cuanto tiempo sin sentir la emoción de lo nuevo y al mismo tiempo la vieja caricia de un dedo entrando en mi vulva! Su boca va a mis pechos y siento la brusca sensación de una chupada de crío. Me llega doler la mama, mientras el succiona alternativamente de cada pezón. El dedo del corazón ha entrado por completo en mi vagina y siento como mis jugos le facilitan mi masturbación.
Gastón se levanta de su asiento y se quita su camiseta y pantalón corto, para quedar en su calzoncillo. Pese a su edad, tiene un buen cuerpo.

Me guía por delante hasta el dormitorio, de paso abre el closet y saca una bolsita. Me pregunta: “¿Estás con tratamiento para evitar embarazos?”, a lo que respondo que sí con la cabeza. El me tiene agarrada ambas tetas desde atrás y las acaricia. Siento que me sube la temperatura y ahora ya deseo seguir en este juego.
Me tira boca abajo en la cama, se pone encima de mí y me dice: “¡Levanta las caderas y apoyo la cabeza en la almohada”.

Como ya les he dicho, era muy ingenua, de manera que adopté la posición de perrito, pensando que me iba a penetrar en esa forma, pero no, siento que untan algo en la entrada de mi ano y luego la presión de un fierro en su entrada. Yo nunca había tenido relaciones anales, ni me las imaginaba. Sabía de otras mujeres que lo hacían pero pensaba que ello no era para mi.

Traté de salirme, pero él me tenía agarrada firmemente por las caderas, era fuerte y ahí supe que la vaselina era un excelente lubricante. Mi ano cedió a la presión y el glande atravesó mi virginal sieso. ¡Qué dolor más grande, que cosa tremenda sentir como tu hoyito se expande para permitir la entrada del invasor! Las lágrimas se me salían solas, la sensación de un palo intentando invadir un espacio no hecho para ello era realmente insoportable, al mismo tiempo que la reacción del esfínter trataba en forma natural de desalojar al invasor.
Ya con la cabeza dentro, lo más duro y difícil había pasado, pero mi reacción a librarme de “eso” era mayor a mi voluntad. Sé que grité para que lo sacara, rogué en medio de las lágrimas y el tremendo dolor, amenacé con irme, lo traté de lo peor. Lo único que logré fue una tremenda palmada en mi nalga trasera, cuyo dolor me hizo hasta olvidar el del culo. Sin quererlo ese dolor en mi parte exterior me relajó el hoyo y un nuevo embiste permitió que su verga entrara más. Ahora lo sentía a pleno dentro, lo que no sabía cuando largo era. Lo supe con el tercer intento, ahora, para evitar dos dolores trate de relajarme para que el pene se alojara completo.
Sentí sus bolas en mis nalgas y ahí suspiré por tener fin este martirio. Su mano derecha fue a mi vulva y la masajeó con destreza, con la otra pellizcaba mis pezones al mismo tiempo que besaba mi nuca y mi cuello. Lentamente me fui relajando, sentía la presión del miembro pero el dolor era menos intenso. Las caricias en mi vulva hacían buen efecto y lentamente fui sintiendo placer. Llegado un momento, el se mueve suavemente con un intento de bombeo, ahora el dolor era menor. Dos tres bombeos más y yo me trato instintivamente de acomodar y de encontrar una posición que me permitiera sentir más placer que dolor.

Lentamente me va subiendo la excitación, la verga incrustada en mi culo me activa los terminales nerviosos y me los trasmite a mi vulva. Ahora, sin darme cuenta soy yo misma la que me acaricio con mis dedos mis labios vaginales y buscan un lugar en donde hay más placer. Como nunca me había masturbado, sin saberlo ubico mi clítoris y lo sobo suavemente. En todo este tiempo no ha habido palabras, sólo el acto brutal y sexual a la que he sido sometida. No sé que sentir, pero entre el placer y los prejuicios de la sodomización ya han ganado los placeres. Mis jugos vaginales empiezan nuevamente a brotar mientras los bombeos en mi trasero aumentan en ritmo y largura. He logrado relajarme, aún siento un inmenso dolor, pero ya el placer es mayor. Nunca imagine que la relación anal diera una variante sexual de placer tan diversa como placentera.

Nunca fui de orgasmos gritados ni salvajes, es más, normalmente eran suaves y uno por coito. Pero esta vez sería diferente, sin darme cuenta empecé a sentir unos espasmos anales violentos, junto con sus embestidas, ahora me refregaba violentamente mi chucha y sabía que se me venía “el orgasmo”. Como puedo, tuerzo mi cabeza y él por el costado busca mi boca. Nos unimos en forma animal, nuestras lenguas se buscan con frenética pasión, al tiempo que su pene penetra en lo más profundo de mi ser. Me corren mis jugos, mis pechos casi revientan al ritmo de los masajes, el dolor es casi imperceptible en comparación con el orgasmo que he tenido.

Habiendo acabado, me relajo, lo que el aprovecha para bombearme con más fiereza. Mi culo está rajado, eso lo sé muy bien porque en mi mano hay sangre. Asoma una toalla que uso para limpiarla. El pene me penetra con más fiereza, pero ahora no me importa. Su dedo invade mi concha y la trajina su voluntad, vienen dos orgasmos más, no sé si con gritos o con jadeos o ambos, la cosa que pierdo el control sobre mi misma y me agacho todo lo que puedo para que el termine de partírmelo, junto con lo cual aprieto mi culo con fiereza, lo que luego supe daba un placer único y diferente, hasta que siento la descarga de su leche en mi interior y como el miembro se va relajando lentamente. Me lo saca, pone papel higiénico en su entrada al mismo tiempo que con la toalla limpia su miembro flojo. He perdido mi virginidad anal en la primera prueba, ahora entendí porque me dijo que sería tratada como mujer. Me levantó y voy al baño. Apenas puedo del dolor de mi ano, de mis caderas, de mi vulva y de mis tetas. Sé que sufriré mucho más cuando deba defecar, pero así y todo, los orgasmos fueron una experiencia inolvidable. Me lavo como mejor puedo y llevo hasta la cama una toalla húmeda para limpiarlo. Ahí, por primera vez apreció su miembro, que flojo y todo tenía, a mis ojos, un tamaño considerable. Lo aseo con suavidad, el me toma y me vuelve a besar, luego me dice: “Lo has hecho muy bien”.

Así empezó esta relación de meses, cuyos detalles los contaré en otra ocasión.

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