Presenciando una orgía en el cumple de mi jefa, pero yo soy fiel

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Me llamo Stephanie. Tengo 30 años y, aunque me considero una mujer atractiva —con mis 1.61 de estatura y unas curvas que no pasan desapercibidas, especialmente mi culo de 98 cm que siempre resalta en cualquier falda—, mi vida sexual es un desierto absoluto.

Vivo en una casa pequeña de un piso con mis padres y mi hermana Mariana. La convivencia es un caos; el hijo de Mariana tiene tres años y no para de gritar y llorar. Pero lo peor no es el bebé, sino las noches en que lo dejan con alguna tía. Mi cuarto comparte pared con el de Mariana, y cuando ella y su esposo se quedan solos, el silencio desaparece. Me paso las noches despierta, escuchando los golpes secos de las nalgadas contra la carne y los gritos desesperados de mi hermana. «¡Dámelo de perrito!», gime ella, o «¡Por el ano no!», mientras pide que se corra dentro porque quiere quedar embarazada otra vez. Escuchar eso mientras yo estoy seca y necesitada es una tortura.

Y luego está mi enamorado. Tiene 42 años, es un microempresario que apenas sobrevive económicamente, pero lo que realmente me tiene harta es que lleva dos meses con disfunción eréctil. No puede levantar la polla. Le he rogado que tome sildenafilo, pero se pone terco con que quiere usar «métodos naturales». ¿Naturales? Natural es que yo esté arrecha y desesperada, y sus métodos no sirven para una mierda.

El viernes pasado, después de salir tarde de mi trabajo en el Estado, llegué a las 11 p.m. a una fiesta de cumpleaños de mi jefa. Sinceramente, pensé que me odiaba, así que fui por compromiso. El viaje en Uber fue eterno, y durante todo el camino estuve hablando con mi enamorado por teléfono, fingiendo que lo extrañaba y diciéndole cosas dulces, mientras por dentro sentía que me iba a volver loca de las ganas.

Cuando llegué a la mansión alquilada en El Sol de la Molina, el ambiente era eléctrico. Apenas entré, me dieron un bikini. Me di cuenta de que todas las chicas ya estaban desnudas o casi desnudas, y los hombres andaban en boxers. De repente, un tipo me saludó con un abrazo; estaba completamente desnudo y tenía una erección imponente que casi me golpea el pecho. Parecía un modelo de catálogo de Ripley, perfecto. Me dio la bienvenida y me ofreció vodka con una naturalidad pasmosa, como si nos conociéramos de toda la vida.

Tomé varios tragos y empecé a observar. En la piscina, tres hombres nadaban desnudos y dos chicas los acompañaban. Lo que empezó como una fiesta terminó en una orgía masiva: cuatro mujeres, doce hombres y mi jefa, que a sus 45 años supervisaba el show mientras ella misma follaba con los invitados, que eran todos mucho más jóvenes.

Al principio me resistí. Me quedé en una esquina, observando, sintiéndome culpable pero excitada. Vi a mi jefa masturbando dos pollas al mismo tiempo con una destreza increíble. A mi lado, una chica china recibía una doble penetración; gritaba desesperadamente en su idioma mientras le rompían el ano. Cada vez que un hombre se me acercaba, yo repetía como un mantra: «Tengo enamorado», pero mis ojos no dejaban de recorrer esos cuerpos marcados.

Después de una hora de pura tensión sexual, me rendí. Dos chicos guapísimos, gemelos de unos 20 años con ese tono de «pituquito surfista», se acercaron a mí. Eran altos, atléticos y definidos, nada que ver con mi novio, que es bajo y gordito. En la universidad estatal donde estudié jamás vi hombres así. Empezaron a besarme el cuello, sus labios cálidos y húmedos me hacían temblar.

Mientras los gemelos me abrazaban y me besaban, yo busqué al hombre que tenía la polla más grande de toda la reunión. Era un venezolano de 18 años, flaquito, pero con una pinga descomunal. Pensé: «Si voy a engañar a mi novio, que sea con alguien que realmente llene el vacío».

Me lancé sobre él. No dejé que me penetraran, pero me entregué a todo lo demás. Los gemelos empezaron a explorar mi cuerpo con hambre; me metieron los dedos en la vagina y en el ano al mismo tiempo, mientras me lamían cada rincón, desde el clítoris hasta el esfínter. Sentía sus dientes mordiendo mis pechos, dejando marcas que me hacían gemir, y sus manos cacheteando mis nalgas con fuerza hasta dejarlas rojas y calientes.

Mientras tanto, yo me encargaba del venezolano. Me arrodillé y envolví su enorme miembro con mi boca, succionando con fuerza, usando mi lengua para recorrer cada vena. Lo masturbé con las manos y la boca con una desesperación acumulada de meses, haciendo que se corriera tres veces seguidas.

No me detuve ahí. También masturbé a los gemelos, sintiendo la firmeza de sus pollas en mis manos hasta que ambos se corrieron encima de mi piel, manchándome el pecho y el vientre con su semen caliente.

Al final, terminamos los tres en una de las camas. Yo estaba exhausta pero completamente satisfecha, besando a los gemelos desesperadamente. Eran demasiado guapos para dejarlos ir. Antes de irme, los tres me dieron sus números. Quedamos en vernos otro día, y esta vez, no habrá dudas: voy a dejar que me follen hasta que no pueda caminar.

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