Nunca pensamos Yo 27 ella 47
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Capítulo 1: El encuentro en la plaza y los primeros coqueteos
Trabajo en una plaza comercial y ellas eran mis vecinas de local. Ese día andaba dando la vuelta por los pasillos revisando los detalles del negocio cuando me topé por primera vez con Claudia y Erika. Me acerqué a platicar con ellas para romper el hielo y empezar a conocernos.
Desde el primer instante, Erika fue la que me empezó a coquetear primero. Era una mujer innegablemente sexy: un poco más delgada que Claudia, pero con piernas grandes, glúteos marcados y una actitud muy abierta. No dudaba en soltarme miradas indirectas y bromas coquetas. Claudia, en cambio, se mantenía más reservada, observando la plática con una sonrisa tranquila.
En medio de la conversación, la plática se volvió un poco más personal y Claudia me preguntó mi nombre y mi edad.
—Me llamo José —le dije, y le conté que tenía 27 años.
Al escuchar mi edad, Claudia abrió los ojos sorprendida:
—Te ves mucho más joven, te echaba como unos 24 —me dijo.
—Es por la barba, cuando me la quito parezco de menos —le contesté entre sonrisas.
La verdad, a Claudia le calculaba unos 40 años. Cuando le devolví la pregunta y me dijo que tenía 47 —literalmente 20 años mayor que yo—, no pude evitar ser directo:
—Pues no se te nota nada, te ves guapísima.
Al escucharlo, se sonrojó de una manera muy sutil. Y es que Claudia no era una supermodelo de revista ni una mujer obsesionada con el gimnasio; era una señora alta, bonita de cara, con una voz que atrapaba y unas manos delicadas. Tenía un cuerpo maduro: caderas anchas, pompis voluptuosas sin trabajar de gimnasio, un poco de barriguita, bubis muy bonitas y una presencia llena de femineidad. No vestía para provocar, pero su forma de desenvolverse provocaba de todos modos. Aunque Erika fue la que buscó el coqueteo de entrada, los gestos y la voz de Claudia empezaron a llamar poderosamente mi atención.
Siguió indagando de mi vida. Me preguntó si tenía novia y le confesé que sí, que llevaba ya casi cinco años con ella. Aceptó el dato sin juzgar, pero la conversación se volvió cada vez más fluida.
Al terminar la jornada laboral en la plaza, bajamos juntos al estacionamiento platicando como si nos conociéramos de toda la vida. Mientras caminábamos a su lado, empecé a detallarla de otra forma: el movimiento de sus caderas, la elegancia de su andar… y al mismo tiempo, detrás de su trato alegre, percibí una carga, una pesadez de tristeza que no sabía bien cómo interpretar.
Llegamos a mi carro. Yo manejo un Sentra 2007, algo viejo pero súper cómodo, nada ostentoso y de bajo perfil. Siempre lo mantengo impecable, porque siento que la abundancia se refleja en la limpieza. Apenas me iba a subir cuando Claudia me tocó la ventana:
—Oye… mi camioneta no quiere prender —me dijo apenada.
Me acerqué a revisar. Traía una camioneta muy buena, reciente, 2024 o 2025. Le moví a lo que pude, pero a carros tan modernos no le sé mucho a la mecánica y no encontré la falla.
—Si quieres te llevo a tu casa y ya mañana vienes por tu camioneta con calma —le ofrecí.
Aceptó sin dudarlo. Claudia vivía en una colonia de San Pedro, una de las zonas más exclusivas de la ciudad, marcando un fuerte contraste con mi Sentra, pero abriendo el camino a una cercanía imprevista.
Capítulo 2: Revelaciones y la Zona Tec
Al día siguiente en la plaza, la rutina volvió a la normalidad en sus locales vecinos. Pasé a saludarlas y Erika volvió con su coqueteo abierto y directo. Esta vez no me contuve y le correspondí el juego a Erika, generando una atracción física inmediata entre los dos.
A mediodía Erika se retiró de su local. Más tarde, al regresar de comer, me topé a Claudia camino al baño de la plaza. La noté triste y con la mirada apagada. Apenas nos saludamos antes de que se fuera.
Al llegar la hora de la salida, Claudia se me acercó apenada:
—Oye, me da mucha pena contigo… pero no pude conseguir a nadie que se llevara la camioneta ni a un mecánico. ¿Me podrías dar ride de nuevo a mi casa?
—Claro, sin problema —le respondí—. Solo tengo que ir a comprar unas cosas al HEB que está por Eugenio Garza Sada. ¿Me acompañas y te llevo?
Aceptó sin problema. Hacer la despensa con ella fue súper agradable. Como detalle por acompañarme, le regalé un chocolate. Al llegar a su casa en San Pedro, me miró con cierta duda:
—Mis hijos están adentro… te invitaría a pasar, pero no sé cómo lo tomen.
Su respuesta me encendió sospechas sobre su situación sentimental.
—Oye… ¿y tu esposo? —pregunté.
—Es un tema del que no me gusta hablar, es algo muy reciente —contestó bajando la mirada.
—Sí, no te preocupes, después hablamos de eso.
Al día siguiente llegó a la plaza en Uber. Me acerqué y le dije que si quería, yo podía pasar por ella a su casa por las mañanas sin problema. Ahí intercambiamos números para ponernos de acuerdo por WhatsApp.
Más tarde, aprovechando que se quedó sola en su local vecino, fui a platicar con ella. Claudia finalmente abrió su corazón. Me contó que pertenecía a la comunidad mormona —un entorno cerrado— y que se estaba divorciando porque su esposo le fue infiel con una chica de 18 o 19 años de la misma iglesia, lo que desató un gran problema en su comunidad.
—Por eso estoy trabajando aquí en la plaza —me dijo—. No tengo otra fuente de ingresos por el momento. Él me dice que si no regreso con él me va a quitar todo, pero no quiero depender de él.
—Te admiro mucho —le dije—. Eres una mujer muy valiente.
Todo encajaba por fin: la camioneta, San Pedro, su trabajo en la plaza y esa tristeza.
—Te miro mucho, José —me dijo mirándome a los ojos—. Eres un muchacho que trabaja bastante y tiene sus cosas. ¿Por qué zona vives?
—Por la zona Tec.
—¡Mira qué bien! Mis hijos van a estudiar por esa misma zona.
Capítulo 3: Aromas y la camioneta
En otra de nuestras pláticas en la plaza, Claudia volvió a observar el carro por dentro:
—Oye, ¿el coche es tuyo?
—Sí, es mío.
—Lo tienes muy bien cuidado y siempre huele muy rico. ¿Qué aromatizante usas?
Le conté que era un aromatizante que yo mismo hacía con hierbas naturales que cortaba y maceraba solo, pues siempre se me han dado bien las manualidades. Me dijo que le encantaría que en algún momento le vendiera uno. Esa misma tarde le regalé uno que ya había hecho para mi uso personal.
Llegó un viernes y el procedimiento fue el mismo: me acompañó a hacer unas vueltas saliendo de la plaza antes de ir a su casa. Platicábamos como amigos de toda la vida, pero yo la veía con otros ojos. Aunque vestía siempre recatada, con blusas sin enseñar nada de más, su sutileza, su cercanía y su perfume me volvían loco. En varias ocasiones me tenía que quedar sentado unos minutos en el carro antes de bajarme porque me daban leves erecciones solo de imaginarla.
Esa noche nos quedamos platicando fuera de su casa desde las 9:00 hasta las 10:30. Me platicó más de su vida y me rompió el corazón: me confesó que su esposo había sido su primer novio, que se habían casado a los 18 años y que nunca había estado con nadie más que con él. Al ver que se le escapaban unas lágrimas, la abracé. Se despidió porque sus hijos la esperaban.
Al día siguiente en la plaza le llevé otro chocolate, pues ya me había dado cuenta de lo mucho que le gustaban. Me volvió a pedir ride, pero le aclaré que esa vez tenía prisa porque iba a salir con mi novia. Lo tomó bien y la dejé en su casa.
Pensando en su situación, le comenté el problema de la camioneta a un conocido que es mecánico. Al día siguiente me lo llevé a la plaza para que la revisara en el estacionamiento. Resultó ser un sensor descompuesto. El mecánico lo cambió y la camioneta encendió. Me cobró $2,000 pesos, más que nada por la refacción, pues de mano de obra me cobró súper barato por ser conocido.
Claudia estaba apenadísima:
—¡No te hubieras molestado! Te juro que te lo voy a pagar, pero ahorita no tengo dinero…
—No te preocupes, yo lo pago.
—No, José, tú trabajas mucho y vives solo de un sueldo, no es justo.
—¿Sabes qué? Invítame un café y con eso me pagas.
Sonrió y aceptó invitarme un café el viernes.
Capítulo 4: Revelaciones en el Starbucks
Los días previos transcurrieron con normalidad en los locales de la plaza. El miércoles pasé a saludarlas y estaba Erika. Tan coqueta como siempre, me preguntó si no había espacio en mi negocio para su hijo de 18 años. Yo, manteniendo mi perfil bajo como si fuera un simple empleado, le dije que por el momento apenas arrancábamos y no sabía.
Erika, enfrente de Claudia, me soltó de forma directa:
—Oye, ¿qué te parece si un día de estos me invitas a unas cervezas aquí en el bar Sayulita de la plaza?
—Estaría bien, pero este viernes no puedo —le dije.
—¿Por qué? ¿Te pegan o qué? —se burló.
—No, ya tengo compromisos.
Claudia solo se sonrió en silencio, pero noté cómo miraba la interacción.
Llegó el viernes. Los dos nos arreglamos muy bonitos saliendo de la plaza y fuimos a un Starbucks. La plática fluía sin parar, horas y horas hablando de todo. En un momento, Claudia me dio $500 pesos para abonar a lo del mecánico.
No se los acepté:
—Yo lo hago de corazón. Para mí el dinero no es problema, son bendiciones poder ayudar a quien lo necesita.
—Pero tú también vives de tu sueldo… —insistió.
La miré y decidí decirle la verdad:
—Mira… yo soy el dueño de ese local en la plaza.
Se quedó con los ojos abiertos, sorprendida:
—¿Eres como un franquiciatario?
—No. Yo soy el dueño de la marca y de las sucursales.
Procesó la información con asombro y me preguntó por qué, siendo el dueño, andaba en un Sentra 2007. Le expliqué que me gusta andar tranquilo, sin llamar la atención, y que para mí la abundancia se refleja en tener las cosas limpias y bien cuidadas, no en el año del auto.
Esa misma noche la llevé a un mirador en San Pedro, algo oculto entre las colonias, desde donde se ve toda la ciudad y que siempre está solo. Estuvimos platicando largo rato. El ambiente se volvió romántico e íntimo. Me acerqué a su boca intentando darle un beso, pero a la mera hora me arrepentí por la duda y no lo hice. La llevé a su casa, nos quedamos abrazados bastante tiempo y nos despedimos.
Al día siguiente en la plaza, Erika volvió a tirarme indirectas y coqueteos en su local. Le seguí el juego como de costumbre, pero esta vez noté claramente que a Claudia sí le molestó la actitud de su compañera.
Capítulo 5: El primer beso
Llegó el jueves siguiente, la busqué en su local y le pregunté si el viernes queríamos ir por otro café. Aceptó.
El viernes fuimos a cenar y la conversación se tornó mucho más íntima. Claudia se puso sentimental al contarme a profundidad su divorcio. Me confesó algo muy personal: tenía más de 2 años sin tener relaciones sexuales con su esposo. Él le decía que era culpa de ella y por eso la había engañado, pero ella me aclaró que dejó de estar con él porque ya no lo veía atractivo y el matrimonio se había vuelto monótono, aunque de todas formas lo seguía queriendo.
Volvimos a ir al mirador. Nos tomamos una foto juntos y empezamos a bromear diciendo que hacíamos bonita pareja. La tensión se volvió insoportable. No me resistí: la tomé por la cintura, le agarré la cabeza y le di un beso. Fue el beso más rico y delicioso de toda mi vida.
Inmediatamente sentí que la erección en mi pantalón crecía. La mano de su cintura y la de su cabeza bajaron lentamente hasta posarse sobre sus nalgas, pegándola a mí. Nos besamos apasionadamente como por 5 o 6 minutos.
Agitada, me dijo:
—Ya tengo que irme a mi casa, mis hijos me esperan.
La llevé a San Pedro. Se bajó del carro y se metió a su casa. Yo me quedé con una euforia inmensa por dentro. Había sido lo más excitante de mi vida. He tenido bastantes oportunidades con mujeres, pero ella por mucho me había hecho acelerar el corazón de una forma única.
Al llegar a mi departamento no pude dejar de pensar en ella. Me fui a la cama, me empecé a tocar imaginándola, repitiendo su nombre mientras imaginaba tener relaciones con ella, hasta tener una eyaculación riquísima.
Al día siguiente en la plaza la saludé normal al pasar por su local, y me dijo en voz baja:
—Oye, te pensé mucho toda la noche.
Solo me reí, guardándome que a mí me había pasado exactamente lo mismo.
Capítulo 6: El temblor en el barandal
El domingo la invité a cenar como amigos. Durante la plática le comenté que estaba teniendo problemas con mi novia. Ella se puso incómoda:
—Me incomoda que haya pasado lo que pasó entre nosotros y tú tengas novia.
—No te preocupes, son problemas que ya vienen de tiempo —le dije para calmarla.
Después de cenar fuimos de nuevo al mirador. Entre bromas nos volvimos a besar, durando mucho más tiempo. Llevado por el deseo, le bajé el pantalón, bajé la bragueta y toqué por encima de su ropa interior: estaba completamente empapada, como si se hubiera puesto lubricante.
Metí mi mano dentro de sus pantis. Tenía bastante vello natural, un detalle que lejos de incomodarme, me excitó muchísimo. Tomé de sus propios jugos vaginales y empecé a acariciar su clítoris de forma lenta mientras nos besábamos y con la otra mano le agarraba los pechos.
Claudia soltaba leves gemidos en mi boca. Aceleré el ritmo y ella colapsó en un orgasmo tan fuerte que mojó completamente su pantalón y le dio un temblor incontrolable en las piernas.
Tras el orgasmo me dijo:
—¿Me puedes llevar a mi casa? Mis hijos me esperan. De verdad no la estoy pasando mal, pero no puedo llegar tarde.
En el camino a su casa se me quedó viendo desconcertada:
—De verdad… no sé qué me pasó.
Le sugerí que tal vez íbamos muy rápido. El trayecto se volvió serio y al llegar solo me dio un beso en el cachete y se metió.
Capítulo 7: Inocencia y el paso en el mirador
No pude ir a la plaza hasta el miércoles siguiente por atender otras sucursales. Claudia me escribió por WhatsApp preguntando si volvería al local de la plaza. Cuando la vi el miércoles, el corazón se me quería salir de las ganas de besarla. La invité a cenar para el viernes y aceptó.
Pasé por ella en mi carro. Venía con un vestido suelto muy lindo. Fuimos a un restaurante en Plaza Metropolitan. Mientras cenábamos, me confesó con cierta pena e inocencia:
—De verdad no sé qué me pasó la otra noche. De joven llegué a tener orgasmos con mi esposo, pero nunca me había escurrido así… ¡hasta pensé que me había hecho pipí!
Me reí y le expliqué con delicadeza lo que había sido. Terminamos de cenar y manejamos directo al mirador.
Al principio estuvimos platicando tranquilos en una banca y luego nos acercamos al barandal. La jalé de la cintura, le di un beso y empezamos a besarnos apasionadamente. Me acerqué a su oído y le susurré sutilmente:
—Ahora me toca a mí…
Me bajé el cierre del pantalón. Ella intentó frenarme por timidez:
—No, no, no… aquí no.
La tomé de nuevo para besarla y la rendí. La puse contra el barandal, colocándome justamente detrás de ella. Empecé a besar su oído y su nuca mientras lentamente le subía el vestido. Sus pantis eran de señora, nada sexys, pero ese detalle real me excitaba muchísimo.
Le bajé los pantis y le dejé el vestido arriba, dejando sus pompis al descubierto. Me coloqué entre ellas. Con mis 17 cm rígidos, me acomodé en la entrada de su vagina y poco a poco la fui penetrando, mientras con la otra mano le acariciaba el clítoris por enfrente.
Estuvimos así como por 3 minutos. Claudia, entre gemidos, me decía:
—¡Siento que voy a hacer pipí!
—Sigue, no te detengas —le dije agarrándola más fuerte de la cintura.
Se escuchaban los golpes fuertes de mi pelvis chocando contra sus nalgas voluptuosas mientras ella escurría. Sabiendo cómo llevar a una mujer al límite, en el momento más fuerte saqué mi pene bruscamente y ella se corrió en un squirting masivo, chorreando como si estuviera orinando.
En ese instante escuchamos que un carro venía subiendo al mirador.
—¡Sube rápido los pantis! —le dije.
Me guardé el pene aún eréctil, nos acomodamos la ropa y nos sentamos en la banca disimulando justo cuando una pareja llegaba. Había quedado un charco evidente en el piso donde estuvimos. Nos reímos en silencio de eso, nos subimos al carro, nos besamos otro rato y la llevé a su casa.
Capítulo 8: Cancelaciones y fantasías
En la noche estuvimos chateando. Me dijo que aún le temblaban las piernas. Me preguntó si yo había terminado y le dije que no, que el carro que subió me cortó el momento.
«Pensé que te habías corrido adentro…», me dijo preocupada. «Si lo volvemos a hacer, tiene que ser con preservativo». Le dije que estaba bien.
Transcurrieron los días. Un día me mandó un mensaje discreto mientras yo andaba revisando cosas de trabajo:
«¿Cuándo nos volvemos a ver?».
Quedamos de vernos el domingo para cenar.
Sin embargo, el domingo por la mañana mi novia me habló urgente para hablar de nuestra relación. Tuve que avisarle a Claudia que no nos veríamos para cenar. Claudia me leyó y me dejó en visto, visiblemente molesta.
Esa tarde dejé a mi novia como a las 8. Traía unas ganas y una frustración enormes acumuladas. Antes de eso, estando con mi novia, le hice el amor imaginando en todo momento que era Claudia. La cogí tan fuerte que mi novia, sorprendida y llena de éxtasis, tuvo un orgasmo enorme.
A las 9 de la noche le escribí a Claudia:
«Ya me desocupé. Si quieres nos vemos porque necesito platicar contigo».
Aceptó. Pasé por ella, fuimos por un café y la plática era muy seria:
—Viste a tu novia, ¿verdad? —me preguntó—. ¿Cómo quedaron?
—Creo que tenemos que platicarlo en un lugar más privado —le dije, e invité a mi departamento.
Ella accedió, pero me advirtió:
—No va a pasar nada entre nosotros, José. No voy a ser la otra ni voy a pasar por lo mismo que me hizo mi esposo.
Pasé a una farmacia a comprar preservativos, pero ella me reiteró que no pasaría nada.
Capítulo 9: La entrega en el departamento
Llegamos a mi departamento. La sala y la cama están en el mismo espacio amplio. Estuvimos tomando el café y hablando de cosas irrelevantes hasta que tocó el tema:
—¿Qué pasó con tu novia?
—Lo resolvimos, en teoría. Creo que vamos a estar bien.
—¿Y qué hay de nosotros? —preguntó.
Me le quedé viendo en silencio.
—Ah, ya entiendo… Me siento usada, José, y no me gusta eso. Siento que estoy siendo un estorbo en tu relación.
Terminó su café en silencio, se levantó y caminó hacia la puerta para irse. La seguí rápido y la tomé del brazo:
—Claudia, no sé qué me pasa, nunca había sentido esto… pero llevo muchos años con mi novia y no puedo dejarla así como así.
Nos quedamos parados frente a mi cama. Ella miró las sábanas y me preguntó:
—¿Tuviste sexo con ella?
Me quedé callado.
—¿Aquí es donde la haces tuya, verdad?
—Sí —admití.
Sin pensarlo más, la besé con fuerza. La pasión nos volvió a ganar. La empecé a desvestir: le quité la blusa y la vi en su sostén, una prenda de señora cero sexy, pero que en ella se veía increíblemente provocativa. Le quité el pantalón, la tiré sobre la cama y le retiré los pantis. Su cuerpo ya estaba completamente empapado.
Le desabroché el sostén y sus pechos quedaron al aire. Me desvestí rápido y me acomodé entre sus piernas para hacerle sexo oral.
—No, José… eso es indebido —alcanzó a decir por su educación recatada.
Pero no me detuve. Continué dándole sexo oral hasta que me dijo que sentía que se iba a hacer pipí. Seguí y seguí, llevándola al límite, pero me detuve justo antes de que alcanzara el orgasmo.
Me levanté sobre ella, dejándola agitada y deseosa. Me miró a los ojos con la mirada perdida en la excitación y me dijo:
—Métemelo…
Puse mi pene en la entrada de su vagina y la penetré hasta el fondo de un solo impulso. Claudia gimió de placer. En la posición del misionero, empecé a bombearla a un ritmo constante. Con la mano izquierda me puse saliva y le acariciaba el clítoris mientras la penetraba, viendo en todo momento su cara llena de absoluto placer.
Estuvimos en esa posición por alrededor de 7 minutos, besándonos y manoseándonos sin parar mientras el ritmo aumentaba. En medio del frenesí, me preguntó si me podía poner condón.
—No tengo —le respondí agitado—. Con mi novia siempre lo hago sin preservativo.
Por alguna extraña razón, escuchar eso pareció encenderla aún más; la idea de la desnudez total y la falta de barreras pareció excitarla de sobremanera.
Sentí cómo el clímax se apoderaba de mí y le advertí que estaba a punto de terminar, notando que ella también estaba al borde del orgasmo:
—Me voy a salir de ti para terminar afuera…
—¡Noooo! —exclamó.
Con una fuerza imprevista, me abrazó la cintura con sus piernas, sujetándome firme contra ella. Los dos colapsamos y terminamos exactamente al mismo tiempo, en una explosión de placer compartido.
Nos quedamos unos momentos en absoluto silencio, viéndonos fijamente a los ojos mientras yo permanecía aún dentro de ella. Nos dimos un beso tierno, pausado y profundo. Lentamente me salí de ella con delicadeza y me recosté a su lado.
Claudia, aún agitada, llevó su mano hacia su vagina. Con los dedos recogió mi semen que comenzaba a escurrir mezclado con sus propios fluidos, se los llevó a la boca, lo probó sin dudar y susurró:
—Qué rico…
Acto seguido, se acomodó suavemente en mi pecho, entrelazamos los cuerpos y nos quedamos profundamente dormidos.
Capítulo 10: La madrugada y la prueba
Nos quedamos dormidos bastante tiempo y nos despertamos alrededor de las 3 de la mañana. Claudia se levantó algo asustada porque no les había avisado a sus hijos que llegaría tarde. Al revisar su celular, vio que tenía alrededor de 15 llamadas perdidas.
De inmediato le marcó a sus hijos para decirles que estaba bien. Ellos le dijeron que estaban muy preocupados y que, al no saber de ella, habían llamado a su papá. Su exesposo había ido a la casa y, para su sorpresa, llegó con rosas y chocolates intentando buscar una reconciliación, pero se encontró con que ella no estaba.
—Mi papá sigue aquí en la casa —le dijo su hijo por el teléfono—. Dice que quiere hablar contigo, te lo voy a pasar.
—¡Nooo! —respondió Claudia de inmediato—. Dile que estoy con Erika y que cuando regrese no lo quiero ver en la casa.
Colgó la llamada. Ella seguía completamente desnuda y se quedó sentada en la orilla de la cama, algo pensativa y abrumada por la situación. Me acerqué, la abracé por la espalda y empezó a llorar levemente, sin hacer escándalo. Le di un beso suave en el cachete; ella buscó mis labios y nos besamos de forma muy tierna.
Entre la cercanía y el contacto de nuestros cuerpos desnudos, mi pene se volvió a erigir por completo. Claudia lo agarró suavemente, con cierta torpeza.
Decidí tomar la iniciativa para cambiar la atmósfera. Me puse de pie en la cama y le pedí que se pusiera de rodillas frente a mí.
Ella me miró con timidez y dudó:
—No, José… eso no está bien. No está bien visto ante Dios.
No pude evitar soltar una carcajada ante su inocencia y le dije con sarcasmo:
—No creo que todo lo que hicimos hace rato esté muy bien visto ante Sus ojos tampoco, ¿o sí?
Se me quedó viendo seria, procesando mis palabras. Fui yo quien se acercó para levantarla con delicadeza, acomodarla de rodillas en la cama y acercarle mi miembro eréctil a la cara, posándolo en sus labios.
Al principio no estaba cooperando del todo, pero tampoco se retiraba.
—Saca la lengüita —le dije suavemente.
Lo hizo. En ese momento supe que ya estaba cediendo.
—Chúpalo.
Comenzó a hacerlo. Al principio se notaba bastante torpe y falta de práctica, pero esa misma inexperiencia y su sumisión me excitaban de una manera increíble. Poco a poco empezó a tomar ritmo y a chuparlo más rápido, claramente dominada por la excitación. Entre leves arcadas por el tamaño, se lo sacó de la boca por un segundo, me miró sorprendida y soltó:
—Lo tienes bien gordo…
Yo solo me reí ante su comentario. Me recosté en la cama con las piernas abiertas frente a ella, acomodándome para que continuara disfrutando y haciéndomelo a su antojo.
Capítulo 11: Rendición y entrega total
Claudia continuó durante dos o tres minutos más, entregada por completo. Mientras me lo hacía con ese ritmo constante, estiré la mano recorriendo su espalda hasta llegar a su vagina, descubriendo que ya estaba completamente empapada de nuevo. Le introduje un dedo suavemente; de inmediato se sacó el pene de la boca, me miró agitada y preguntó:
—¿Me la quieres meter?
Solté una leve risa, me levanté y me acomodé de rodillas justo detrás de ella. Se puso en cuatro sobre la cama. Desde esa posición tenía una vista perfecta de sus caderas anchas y sus enormes nalgas de señora madura. Había un detalle que me fascinaba: no estaba depilada, y ver los vellos de su zona íntima mojados por la excitación me volvía loco.
Se la introduje de un solo movimiento. Mientras la embestía a buen ritmo, pasé la mano por debajo para volver a acariciarle el clítoris. En esa posición sentía cómo mi miembro topaba al fondo con cada empuje. Seguir así un rato más alimentó aún más la intensidad del momento.
Buscando mayor comodidad y contacto, nos acostamos de lado. La empecé a penetrar de lado, sintiendo la calidez de su cuerpo pegado al mío. Entre jadeos y con la respiración entrecortada, me dijo:
—José… quiero que termines en mí.
Sin dudarlo, aumenté la fuerza y le acabé adentro por completo.
Noté que ella aún no había llegado al orgasmo. Le dije que le daría sexo oral para terminar de llevarla al límite. Sin pensarlo dos veces, se abrió de piernas. Me acomodé entre ellas y empecé a succionarla con fuerza.
No le faltaba mucho. Bastaron solo unos segundos para sentir cómo empezaba a escurrir de nuevo sus fluidos. Claudia contenía los gritos para no hacer ruido, retorciéndose en la cama en un gesto inconfundible de placer absoluto al alcanzar su clímax.
En ese instante me di cuenta de que al darle oral había tragado de mi propio semen combinado con sus jugos vaginales. Lejos de parecerme desagradable, me pareció algo sumamente excitante y riquísimo, coronando una noche de entrega total.
Capítulo 12: La ducha y la revelación de madrugada
Le propuse que nos metiéramos a bañar juntos y ella aceptó entusiasmada. La ducha de mi departamento es bastante grande y muy linda. Nos metimos bajo el agua tibia y vivimos otro momento especial mientras nos mirábamos a los ojos. En medio del vapor y las caricias, me di cuenta de nuevo de que nuestras edades eran abismales, pero eso a ninguno de los dos nos había puesto ningún tipo de barrera. Sentía que me estaba enamorando, y creo que los dos sentimos exactamente lo mismo en ese instante.
Al salir de la ducha empezamos a juguetear como si fuéramos un par de adolescentes: yo, de juego, le daba nalgadas, mientras ella me agarraba el pene entre risas y miradas cómplices.
Nos acostamos y nos tapamos bien con la sábana de mi cama. Le bajé más a la temperatura del clima para poder abrazarnos más rico y protegernos del frío. Ya a punto de dormirnos, Claudia rompió el silencio con tono suave:
—José… ¿te puedo decir algo?
—Claro que sí, dime.
—Sabes… siento algo que no sé cómo explicarlo, pero siento amor cuando terminas adentro de mí. Como que inconscientemente quisiera que me preñaras.
Me quedé en absoluto silencio, procesando la intensidad de sus palabras. Al notar mi pausa, añadió rápido para no ponerme presión:
—No te preocupes… tuve muchas complicaciones cuando era joven y creo que ya no puedo quedar embarazada.
Al escucharla, se me aceleró el corazón. Lejos de asustarme, la idea me emocionó bastante; supongo que fue algo puramente biológico e instintivo. Nos abrazamos con más fuerza y dejamos que el cansancio nos venciera.
A las 7:30 de la mañana me levanté, nos arreglamos y la llevé a su casa en San Pedro. Esa misma tarde nos vimos con total normalidad en la plaza, entre los locales, guardando el secreto de todo lo que habíamos vivido esa noche.
Capítulo 13: La segunda noche y los límites del placer
Llegó la hora de cerrar el local en la plaza. Claudia se acercó a mí con disimulo y me preguntó si esa noche se podía quedar de nuevo en mi departamento, contándome que ya les había dicho a sus hijos que pasaría la noche en casa de Erika. Sin dudarlo un segundo, le dije que sí. Dejó su camioneta guardada en el estacionamiento de la plaza y nos fuimos juntos en mi carro.
En el departamento la pasión se desbordó de una manera mucho más intensa que la noche anterior. Esta vez experimentamos y practicamos posiciones nuevas. Una que me fascinó por completo fue el 69: estar entregados el uno al otro al mismo tiempo, sintiendo cada uno de sus gemidos y saboreándola mientras ella me correspondía.
Fue una noche donde terminamos haciendo de todo, cosas que jamás me hubiera imaginado o que nunca había probado antes, como cuando me masturbó usando sus pies. Todo se sentía salvaje, libre y fuera de control.
Lo hicimos tantas veces que terminamos dormidos casi a las 4 de la mañana. En mi primera eyaculación de la noche, terminé directamente en su boca, disfrutando de su entrega total. Las siguientes corridas fueron todas adentro de su vagina, complaciendo ese deseo mutuo que nos encendía.
La intensidad fue tal que, en la última eyaculada, mi cuerpo simplemente ya no daba más: literalmente ya no salía nada de semen, sintiendo únicamente la sensación pura e intensa del orgasmo recorriéndome por completo antes de caer rendidos en la cama.
Capítulo 14: Tensiones, miradas y la tentación en el coche
Al día siguiente llegamos juntos a la plaza. Claudia había llevado ropa para cambiarse en la mañana y así estar lista para abrir su local. Los días siguientes transcurrieron con cierta normalidad en la superficie, pero nuestra dinámica había cambiado por completo: nos la pasábamos chateando por WhatsApp, intercambiando packs y haciendo videollamadas. Para que sus hijos no sospecharan nada, ella se escondía en el baño o en su recámara para hablar conmigo.
El viernes fui a visitarla a su local. Para variar, ahí estaba Erika. Como era su costumbre, Erika me empezó a coquetear de forma directa y yo, para seguir la jugada, le correspondí. Obviamente a Claudia se le notaba el molestia en la cara. Erika percibió de inmediato la incomodidad en el ambiente y, para romper el hielo, propuso:
—Oigan, ¿por qué no vamos por unas cervezas saliendo al Sayulita de aquí de la plaza?
Acepté y Claudia, disimulando su enojo, también cedió. Al salir del trabajo fuimos, pero como el Sayulita estaba atestado de gente, terminamos yendo a otro bar cercano. Con el pasar de las copas las cosas se relajaron bastante y los tres empezamos a platicar entre risas como si fuéramos amigos de toda la vida.
De pronto comenzaron a sonar unas canciones movidas y Erika, sin pensarlo dos veces, me sacó a bailar. Acepté mientras Claudia nos observaba desde la mesa con una mirada de claro disgusto. Bailamos extremadamente pegados, tanto que empecé a sentir una leve erección. Erika notó el bulto de inmediato; lejos de alejarse, se pegaba cada vez más y se frotaba contra mí. Con esa malicia coqueta que la caracterizaba, me dijo al oído en tono pícaro:
—Al parecer alguien se emocionó, ¿verdad?
Yo solo me reí. Volvimos a la mesa y seguimos tomando y platicando con Claudia. Ya con varios tragos encima, me ofrecí a llevarlas a sus respectivas casas. Claudia intervino de inmediato:
—Si quieres lleva primero a Erika y a mí me dejas al final.
—No hombre —interrumpió Erika—, si tu casa queda más cerca. Vamos a dejarte a ti primero.
Claudia no tuvo de otra y aceptó. La llevé a su casa en San Pedro, donde se bajó del carro evidentemente molesta por cómo se habían dado las cosas. Apenas se bajó Claudia, Erika se pasó al asiento del copiloto y la vibra cambió por completo. Iba coqueteándome sin ningún filtro. Entre juego y juego, me soltó una pregunta a bocajarro:
—¿Quieres que te la chupe?
Me le quedé viendo sorprendido.
—Jajaja, estoy jugando… pero si quieres, no es juego —añadió entre risas.
Sin esperar mi respuesta, se inclinó hacia mí y me desabrochó el cinturón y el pantalón. Mi miembro reaccionó al instante, saltando eréctil aún por encima del bóxer. Yo me quedé callado mientras manejaba rumbo a su casa. Le dije que no, pero para cuando se lo dije ya era tarde: Erika me sacó el pene del bóxer.
—Mira nada más qué bien escondido lo tenías… está bien gordo —dijo al verlo.
Escupió en su mano derecha, se la llevó al glande y apenas alcanzó a darme dos jaladas cuando reaccioné.
—No, Erika… tengo novia —le dije con firmeza mientras la retiraba.
Orillé el carro a un lado de la calle, me acomodé el pene dentro del pantalón, subí el cierre y me abroché todo de nuevo. La verdad era que sí quería; Erika era una mujer increíblemente sexy y la tentación estaba ahí, pero por alguna extraña razón sentía que le debía respeto a Claudia —una postura totalmente doble moral de mi parte, considerando mi situación—.
Llegué a la casa de Erika. Antes de bajarse del carro, se acercó a mí y me plantó un beso directo en la boca antes de despedirse.
Capítulo 15: Confesiones, revelaciones y el encuentro en el baño
A partir de ese día las cosas estuvieron bastante tensas con Claudia. Dejamos de hablarnos por WhatsApp y el distanciamiento se sentía en la plaza. Pasaron los días hasta que una tarde decidí acercarme a su local para hablar con ella. Con la mirada dolida, me confesó que le había herido profundamente lo que pasó; Erika le había contado la versión opuesta de la historia, asegurándole que yo la había querido besar y la había estado manoseando en el carro. Le juré a Claudia que eso era mentira y que no había pasado absolutamente nada entre nosotros.
Esa tarde quedó así. Erika nos vio platicar desde su local y se acercó para proponernos que saliéramos los tres el próximo sábado. Ambos accedimos. El resto de la semana transcurrió en silencio entre Claudia y yo, manteniendo la distancia hasta que finalmente llegó el sábado.
Listos para salir, nos fuimos de nuevo al mismo bar. Cabe mencionar que Claudia no toma alcohol, pero aún así la pasábamos bien juntos. Al cabo de unas horas el ambiente en el bar se volvió algo aburrido y les propuse continuar la noche en mi departamento. Ambas aceptaron sin dudarlo. El trayecto en el carro se volvió ligero y divertido: las dos venían cantando las canciones de Luis Miguel a todo pulmón.
Al llegar a mi departamento nos acomodamos, pusimos música y seguimos cantando. Yo tenía cervezas en el refrigerador y la plática fluyó hasta que nos dio la madrugada. Me preguntaron si podían quedarse a dormir ahí. Les dije que claro que sí, que ellas se acomodaran en la cama y que yo me dormiría en el sillón. Les presté ropa mía para que se cambiaran y pudieran descansar a gusto. Ver a esas dos mujeres maduras en mi departamento me causaba una excitación enorme, pero logré contener los impulsos y me fui al sillón.
Alrededor de las 4 de la mañana, escuché que alguien se levantaba al baño. La tentación y el deseo acumulado me ganaron; me levanté en silencio para ver quién era. Para mi suerte, era Claudia. Nos encontramos de frente, nos miramos a los ojos con ese deseo intacto de comernos a besos y de inmediato nos fusionamos en un abrazo apasionado.
Todo volvió a encenderse en un segundo. Le bajé el short que le había prestado y la volteé frente al lavabo del baño, justo delante del espejo enorme. Me acomodé detrás de ella con la intención de penetrarla de inmediato, pero noté que no estaba lo suficientemente lubricada.
—Escúpele a mi verga —le dije al oído.
Dominada por la excitación y dispuesta a todo, lo hizo sin dudarlo. La penetré de un solo impulso y Claudia empezó a gemir de forma bastante fuerte.
—Cállate, que Erika va a escuchar —le susurré para frenarla.
Sin embargo, parecía hacerlo a propósito; lejos de guardar silencio, empezó a hacer más ruido. Al ver su reacción, dejé de contener el ritmo y empecé a embestirla con más fuerza, al punto que solo se escuchaba el choque constante de mi pelvis contra sus nalgas.
No pasaron ni dos minutos cuando Erika, asustada por los ruidos, abrió la puerta del baño rápidamente:
—¡Amiga! ¿Estás bien…?
Se quedó helada al ver a su amiga enganchada a mi pene, gimiendo descontrolada en el lavabo. Lejos de molestarse, Erika soltó una carcajada espontánea:
—¡AMIGAAAAA! Jajajaja…
Cerró la puerta de golpe y solo escuchamos sus pasos alejándose hacia la cama mientras se reía a carcajadas y gritaba desde afuera:
—¡Amigaaaa, provechito!
Capítulo 16: La cama compartida y la mañana siguiente
Tras el encuentro en el baño, nos limpiamos un poco y regresamos a la habitación. Nos acostamos los tres en la misma cama. Me acomodé del lado de Claudia y la abracé de cucharita, mientras Erika quedaba recostada del otro lado.
Erika, rompiendo el silencio en la penumbra, soltó con picardía:
—Ustedes dos ya se traían muchas ganas, ¿verdad?
—Es imposible resistirse a una mujer así —respondí entre risas.
Claudia no dijo nada; simplemente se acurrucó más junto a mí, en silencio. Pasó bastante tiempo y la madrugada avanzaba. Notaba a Erika algo inquieta del otro lado de la cama. Movido por la adrenalina del momento, extendí el brazo por encima de Claudia y le agarré un pecho a Erika. Ella soltó un ligero gemido. De inmediato le tomé ambos pechos, pero un segundo después me detuve en seco: la estoy cagando, pensé para mis adentros. No continué, retiré la mano y dejé que pasaran las horas hasta que amaneció.
Nos levantamos con normalidad. Erika se vistió a toda prisa, pidió un Uber y se fue de inmediato.
En cuanto nos quedamos solos en el departamento, la tensión acumulada entre Claudia y yo volvió a estallar y tuvimos un sexo mañanero lento, profundo y lleno de complicidad. Al terminar, mientras nos recuperábamos en la cama, le dije que ya tenía que llevarla a su casa porque me tocaba ver a mi novia más tarde.
Su expresión cambió ligeramente y, algo molesta por el recordatorio, se limitó a responder:
—Está bien, mi amor…
Nos dimos un beso, desayunamos algo tranquilo para empezar el día y la llevé de regreso a su casa en San Pedro, cerrando así una madrugada donde las fronteras entre los tres habían quedado completamente desdibujadas.
Capítulo 17: El regreso a la rutina
Esa misma tarde me vi con mi novia. Fue un plan tranquilo: fuimos a comer algo y después regresamos a mi departamento. La adrenalina y las emociones de todo el fin de semana tenían mi libido por los cielos, una energía desbordada que me alcanzó para tener relaciones con mi novia en dos ocasiones ese mismo día.
A pesar del deseo, mi cuerpo empezaba a pasarme la factura. Me sentía agotado y drenado físicamente por la falta de descanso y la intensidad de las últimas jornadas. Sin embargo, bastaba con que el recuerdo de Claudia y de todo lo que habíamos vivido se me cruzara por la mente para que la excitación volviera a encenderse de inmediato.
El día transcurrió sin más contratiempos, cerramos la tarde en calma y la jornada con mi novia terminó con total normalidad, dejando atrás un fin de semana lleno de contrastes y secretos.
La verdad me faltaron muchos detalles pero pues la historia aún sigue, pero me cansé de escribir, si alguien lee esto pues le sigo contando
