No me llames “vaca gorda” por favor

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Parte 1: La Frustración de Cada Noche

Me llamo Stephanie. Treinta años, trigueña, clase media baja. Vivo en Villa el Salvador con mis papás, mi hermana menor, Carla, y su esposo, Miguel. No es fácil. No es fácil tener veintitantos y vivir aún con tus padres, pero la economía no da para más. Y no es fácil tener un enamorado que no te sirve.
Mi enamorado, Luis, tiene 45 años, es bajito, gordito, con la panza que le cuelga sobre el cinturón. Cuando lo conocí, pensé que la edad no importaba, que el cariño bastaba. Pero el cariño no mete la verga. Y Luis tiene disfunción eréctil. No follamos desde hace dos meses y medio. Dos meses y medio. Él lo intenta, se esfuerza, pero se le baja. Se pone nervioso, yo me pongo frustrada, y terminamos viendo Netflix en silencio.
Lo peor no es eso. Lo peor es escuchar a mi hermana.
Carla y Miguel tienen el cuarto pegado al mío. Las paredes son delgadas como papel periódico. Cada noche, sin falta, escucho todo. Los gemidos de ella, los gruñidos de él, las nalgadas que retumban contra la pared. Y lo que más me destroza: cuando ella grita «¡No, por el culo no!». Lo dice riéndose, jugando, porque sé que al final termina aceptando. Sé que Miguel se la mete por el culo porque luego escucho sus gritos de placer. O de dolor, no sé. Pero yo escucho y me mojo.
Me mojo de rabia. De envidia. De hambre.
Ya lo engañé dos veces. La primera fue con un chico de la fiesta de la oficina, un tal Ricardo, 26 años, flaco, pero con buena mano. Me lo llevé al baño de la fiesta y le pedí que me diera duro contra el lavamanos. No duró ni cinco minutos, pero fue mejor que nada. La segunda vez fue con un amigo de Ricardo, en otra fiesta. Ese sí duró más, me puso en cuatro y me dio como si no hubiera mañana. Pero fueron encuentros de suerte, de oportunidad. Ya no quiero dejar mi vida sexual al azar.
Así que anoche me instalé Tinder.

Parte 2: La Búsqueda

Puse mi mejor foto: esa donde salgo de medio lado, se me marca el culo enorme que Dios me dio —98 centímetros de puro trasero—, y con un vestido negro que disimula la panza. Porque sí, tengo panza. Mido 1.61, peso 74 kilos, y la panza es grande, redonda, como si estuviera embarazada de cuatro meses. Pero el culo es mi orgullo. Grande, firme, parado. Los hombres lo miran cuando camino.
En mi descripción puse: «Busco chico atlético, alto, de 24 años aprox, con abdominales marcados. Nada de mayores ni gorditos.» Una indirecta directa para el universo. No quería más Luis. Quería lo contrario: un chico joven, alto, con la panza dura y marcada, que me levantara y me diera contra la pared.
Empecé a swipear. Muchos perfiles normales, aburridos. Hasta que apareció él. Su perfil decía: «Alex, 24, 1.85m, deportista. Busco chicas con curvas reales.» Tenía fotos en el gimnasio, sin camisa. Marca de abdominales como tabla de lavar. Brazos grandes. Sonrisa de niño bueno. Pensé: «Este es el indicado.»
Hice match al instante. Empezamos a hablar.
Él fue directo: «¿Te gusta jugar?»
Yo: «¿A qué te refieres?»
Él: «A juegos de sumisión. Control. Confianza.»
Nunca había hecho eso. Pero en ese momento, escuchando a mi hermana gemir al otro lado de la pared, no me importó. Dije que sí.
Me pidió que nos viéramos en un Airbnb. Un departamento en la Vía Expresa, piso 20. Dijo que sería una experiencia única. Que confiara en él.
Confié.

Parte 3: El Airbnb

Salí del trabajo a las 6:30 de la tarde. Tomé un taxi hasta la dirección que me dio. Era un edificio moderno, todo vidrio y luces, en medio del caos de la ciudad. Subí al piso 20. Toqué el timbre.
Alex abrió la puerta. Era más alto de lo que parecía en las fotos, casi 1.90. Tenía el pelo corto, oscuro, y esos ojos verdes que te miran como si te estuvieran desnudando. Llevaba un buzo negro, ajustado. Se le marcaban los músculos del pecho.
—Pasa —dijo, sonriendo.
El departamento era bonito. Amplio, con ventanales enormes que daban a la ciudad. Se veía todo el skyline de Lima. La cama era grande, king size, con sábanas blancas. Al lado, una mesita con algo que brillaba: esposas, cadenas, y varios consoladores de diferentes tamaños. Mi corazón se aceleró.
—¿Te gusta? —preguntó, viendo mi reacción.
—Sí… nunca había hecho esto.
—No te preocupes. Yo sé lo que hago. Confía en mí.
Me pidió que me desvistiera. Lo hice, temblando. Me quedé en ropa interior: un conjunto negro de encaje que me compré especialmente para la ocasión. Me sentía nerviosa, expuesta. Mi panza se veía grande, pero él la miró sin asco. Pasó la mano por ella.
—Me encantan las mujeres con cuerpo de verdad —dijo—. No estas flacas de mierda.
Me subió a la cama. Me pidió que pusiera las manos sobre la cabecera. Colocó las esposas. Escuché el clic metálico. Quedé atada, boca arriba, con los brazos extendidos.
—Vamos a jugar un poco —susurró.

Parte 4: Las Cuatro Horas

No supe lo que era el tiempo hasta esa noche. Las agujas del reloj se volvieron eternas. Cada segundo era una mezcla de placer, dolor, miedo y humillación.
Empezó suave. Me besó el cuello, los senos, bajó por la panza. Me masajeó las piernas. Pensé que sería romántico. Pero luego se detuvo, se levantó, y abrió un cajón. Sacó un frasco de lubricante y algo más: un vibrador pequeño.
—Primero, te voy a preparar —dijo.
Me metió dos dedos en la vagina. Estaba mojada, a pesar de los nervios. Movió los dedos adentro, despacio, hasta que sentí que agregaba un tercero, luego el cuarto. Me estiró. Luego, sin avisar, metió la mano entera.
Grité. No era dolor exactamente, era una sensación de invasión total. Su puño dentro de mí. Mi vagina se estiraba como si fuera a reventar. Él movía la mano adentro, despacio, mientras yo jadeaba y tiraba de las cadenas.
—Qué apretada estás, vaca gorda —dijo—. Pero te gusta, ¿verdad?
No respondí. No sabía si me gustaba o no. Solo sabía que estaba ahí, atada, y que él hacía lo que quería con mi cuerpo.
Después de un rato, sacó la mano y la lamió. Luego pasó al otro agujero.
El ano.
Nunca me había metido nada por el culo. Ni siquiera un dedo. Luis ni lo intentaba. Pero Alex me puso boca abajo, me levantó las nalgas, y empezó a lamer. Me lamió el culo como si fuera un helado. La lengua me penetraba, me rodeaba, me humedecía. Me mordió las nalgas, dejando marcas. Me nalgueó una y otra vez, la mano sonaba como un látigo contra mi piel. La humillación me quemaba, pero también sentía una electricidad rara en el vientre.
Luego vino la mano otra vez, pero esta vez en el ano. Primero un dedo, luego dos, luego tres. Me pidió que me relajara, pero era imposible. Cuando metió la mano completa por el culo, grité con todas mis fuerzas. Fue un grito desgarrador, de dolor puro. Pero el departamento tenía aislamiento de ruidos. Nadie me escuchó.
—Así, vaca gorda —decía—. Abre bien ese culo.
Después de la mano, vino un consolador. Pequeño al principio, luego mediano, luego uno enorme, del tamaño de un brazo. Lo lubricó y lo fue metiendo de a pocos. Sentía que me partía en dos. Lloraba, pero él no paraba.
—Una más —decía—. Una más y te dejo descansar.
Pero no descansaba.
En algún momento, empezó a darme latigazos con un cinturón. Cada golpe dejaba una línea roja en mis nalgas. Yo temblaba, lloraba, suplicaba que parara. Pero él solo reía.
—Eres una puta vaca gorda —decía—. Te encanta.
No me encantaba. Tenía miedo. Pero estaba atada. No podía irme.
Así pasaron cuatro horas. Desde las 6:30 de la tarde hasta las 2 de la madrugada. Cuatro horas de consoladores, manos, nalgadas, latigazos, humillación. Cada vez que gritaba, el eco se perdía en las paredes insonorizadas.

Parte 5: El Cambio de Actitud

Cuando finalmente me soltó, estaba agotada, adolorida, temblando. Me desató las esposas y mis brazos cayeron sin fuerza. Me costaba moverme. El ano me ardía, la vagina me dolía, las nalgas me quemaban.
Pero entonces él cambió.
Se acercó a la cama, se acostó a mi lado, y me acarició el cabello.
—¿Estás bien? —preguntó, con voz suave, casi tierna.
No entendía. Había pasado cuatro horas llamándome vaca gorda, metiéndome la mano entera por el culo, dándome latigazos, y ahora me hablaba como si fuéramos novios.
—Quiero follarte normal —dijo—. Como se debe.
Me puso boca arriba, abrió mis piernas, y se montó encima. Me besó la frente, los labios. Me dijo cosas bonitas: que era hermosa, que tenía un cuerpo perfecto, que le gustaba mi olor. Me penetró con su verga, que era grande, dura, y empezó a moverse despacio, rítmicamente. Me miraba a los ojos mientras lo hacía.
—Disfruta, mi amor —susurró.
Fue extraño. Casi esquizofrénico. Un momento era un degenerado sádico, al siguiente un amante romántico. No sabía quién era realmente. No sabía si debía sentirme halagada o asustada.
Terminó dentro de mí, con un gemido, y luego se quedó abrazándome un rato.
Yo no sentía nada. Solo quería irme.

Parte 6: La Huida

Eran las 2 de la madrugada cuando me levanté. Me dolía todo. Caminaba cojeando, con las piernas abiertas para no rozar el ano inflamado. Me vestí rápido, sin mirarlo.
Él se sentó en la cama, desnudo, y preguntó:
—¿Tendremos otra cita?
No respondí. Agarré mi cartera, mi celular, y salí del departamento sin mirar atrás. Cerré la puerta y apoyé la frente contra ella, respirando hondo. Las lágrimas empezaron a caer.
Tomé el ascensor. Bajé los 20 pisos sintiendo cada latido del corazón en el culo. En la calle, pedí un taxi con manos temblorosas.
Cuando llegué a mi casa, entré en puntillas. Mis papás dormían. Pero en el cuarto de mi hermana, aún se escuchaban gemidos. Eran las 2:30 de la madrugada y Miguel todavía la estaba follando.
Me metí a mi cuarto, me saqué la ropa, y me acosté boca abajo. Las nalgas me ardían contra la sábana. El ano me pulsaba.
Cerré los ojos. No sabía si había sido lo peor o lo mejor que me había pasado. Solo sabía que al día siguiente, tendría que ver a Luis y fingir que todo estaba bien.
Pero en mi mente, solo resonaba una palabra: vaca gorda.
Y no sabía si odiarlo o querer que me lo volviera a decir.

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