No conocía a mi mujer hasta esta noche

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Mi esposa tiene 56 años, aunque siempre he pensado que hay algo en ella que contradice esa cifra ya que se ve más joven y con un busto increíble. Conserva una feminidad llamativa, una sensualidad que nunca ha necesitado exhibir y, al mismo tiempo, esa imagen de mujer tranquila, respetable, de casa. Durante años fue precisamente así como la vi.
O, al menos, así creía conocerla.
Aquella noche habíamos ido al teatro, durante la función había escenas fuertes, al salir de la obra sentí entre nosotros que había una electricidad extraña. Miradas demasiado largas, pequeños roces que normalmente habrían pasado inadvertidos. Al regresar a casa en el coche, los ánimos fueron calentándose y empecé a frotarle su puchita.
Ya en el camino , ninguno de los dos quería regresar directamente a casa.
Terminamos en un hotel.
Fue ahí donde una fantasía que llevaba tiempo existiendo entre nosotros dejó de ser solamente una conversación. Llamamos a un escort masculino. Al principio todo parecía una especie de juego, una locura compartida que probablemente terminaríamos cancelando antes de que alguien tocara la puerta.
Pero no lo hicimos.
Lo extraño es que aquella noche no empezó realmente con ese desconocido.
Había comenzado mucho antes.
Durante meses antes , cuando estábamos solos, habíamos jugado con la idea de introducir a otro hombre en nuestra intimidad. Al principio eran personajes imaginarios, hombres sin rostro. Hasta que una noche ella comenzó a ponerles nombres.
Sus exnovios.
Recuerdo perfectamente la primera vez que habló de uno.
Algo cambió inmediatamente entre nosotros.
Le pregunté por qué había recordado. Ella sonrió como quien sabe que acaba de abrir una puerta que quizá llevaba décadas cerrada.
Y empezó a contarme.
Por primera vez dejé de escuchar la versión prudente de su juventud. Apareció otra mujer: más impulsiva, más atrevida, capaz de entregarse a situaciones que jamás habría imaginado viendo a la esposa con la que llevaba tantos años compartiendo mi vida.
Uno de aquellos hombres, según me contó, había sido particularmente dominante. No necesitaba insistir demasiado para que ella abandonara aquella imagen de mujer correcta que mostraba ante los demás.
Lo que más me desconcertaba no eran siquiera las historias.
Era verla mientras las recordaba.
Su voz cambiaba.
Su mirada también.
Había detalles que todavía despertaban algo en ella después de tantos años.
Me habló de una tarde dentro de un automóvil. Ella llevaba falda y se sentía especialmente atractiva. Ella iba atrás con él y adelante un amigo manejando, aunque alrededor seguía existiendo el mundo: coches, peatones, personas pasando a pocos metros.
Pasaron los momentos y ella quiso marcharse con él a un lugar más privado.
para mi sorpresa, aceptó seguir aquel juego viendo que el amigo que conducía los observaba.
No podía imaginarme a aquella joven como mi esposa.
La misma mujer que en ocasiones me apartaba discretamente la mano en público porque, según ella, “hay cosas que no se hacen frente a la gente”, estaba describiéndome una versión de sí misma muchísimo más atrevida.
La contradicción me fascinaba.
—¿De verdad eras tú? —le pregunté.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—Claro que era yo.
Entonces entendí algo.
Mi esposa no se había convertido de pronto en otra persona.
Aquella mujer siempre había estado ahí.
Simplemente yo nunca la había conocido en esa faceta.
Continuó hablando de aquella relación, de la facilidad con la que los hombres despertaban en ella una parte sumisa y temeraria que después había aprendido a guardar. Había secretos de su juventud que jamás habían aparecido durante nuestro matrimonio.
Cada revelación me producía una mezcla difícil de describir: celos, excitación, curiosidad y una especie de vértigo.
Porque mientras más me contaba, menos reconocía a la mujer que tenía frente a mí.
Y, paradójicamente, más quería conocerla.
Aquella noche en el hotel llevó todo eso todavía más lejos.
Cuando finalmente llamaron a la puerta y apareció el desconocido que habíamos contratado, comprendí que habíamos cruzado una frontera.
Miré a mi esposa.
Esperaba encontrar nerviosismo.
En cambio vi algo diferente.
La mujer reservada seguía ahí, pero detrás de ella había aparecido aquella joven de sus historias.
La misma que yo acababa de descubrir.
Y por primera vez comprendí que nuestra fantasía no consistía realmente en introducir a otro hombre.
Consistía en descubrir hasta dónde podía llegar ella cuando dejaba de interpretar el papel que había representado durante tantos años.
Aquella noche cambió la manera en que la veía.
No porque dejara de ser mi esposa ejemplar.
Sino porque descubrí que nunca había sido solamente eso.
Había una mujer dentro de ella que yo no conocía.
Una mujer con recuerdos, deseos y secretos propios. Una mujer muy caliente.
Y quizá lo que más me perturbaba era admitir que descubrirla me fascinaba.
Al llegar esta persona mi esposa ya estaba en tanga y sin sostén ,  el no perdió tiempo y se desvistio , se acercó a mi esposa que estaba parada y empezó a chupar sus pezones. Mientras hacía esto, ella abrió las piernas dándole invitación a tocar su vagina . Cuál fue mi sorpresa que ella le permitió con toda facilidad ser tocada. 

Mientras él le metía el dedo en su vagina, ella volteó y le tocó su pene que ya estaba erecto, Eso me puso a mil y, como buen cornudo, asentí con la cabeza.

Una imagen empezaría a descargarse en mi, su verga, enorme, mas grande que la mía, en largo, pero no en ancho, negra como la noche, intimidante, impensado. Me quedé como un tonto, sin saber cómo reaccionar, porque era… solo indescriptible. 

Ella miró incrédula, sus ojos se abrieron, por asombro, por incredulidad y también por deseo, Solo empezó a jugar con firmeza pasándosela por el cuerpo de mi esposa, era imponente ver esta escena.

Mi esposa me miró con cara de puta, como haciéndome adivinar lo que seguía, como si mi aprobación o mi negación tuviera algún peso en lo que ocurriría.
Solo se la agarró con una mano y empezó a chupársela, lento, sin prisa, como disfrutando y excitándose al mismo tiempo y me invitó a chupársela también.

Mi mujer entonces se quitó la tanga  y como un trofeo se recostó y se abrió toda! El comenzó a succionarle su rajita y el clitoris, al cabo de unos minutos él se puso un condon y se la metió con delicadeza , como si yo fuera parte de un decorado, una planta, como si yo no existiera. Los gemidos, los gritos y el primer orgasmo de mi esposa lleno la habitación de sonidos, yo solo tragaba saliva con el corazón latiendo muy fuerte, la transpiración poblaba mi frente

En algún momento pararon y en pleno acto yo me dije ..  algo debería hacer, al verla a los ojos extrañamente parecía ser la más excitaba con la humillación que me daban

Su verga enorme estaba llena de los jugos de mi mujer, 
Como pude lengüetee lo huevos y la vagina de mi mujer, Entendí que era lo que quería el escort , mientras él le abría las nalgas, yo tomé su verga en mi mano y la apunte en la vagina de mi esposa, 
Poco a poco se fue abriendo, poco a poco fue cediendo, hasta que entró hasta la mitad. Mi esposa gemía hasta con ronquera, apretaba las sábanas entre sus puños,  observándola con una expectativa que no le conocía.

Mi esposa comenzó a besarme dulcemente y a acariciarme los cabellos , a un lado, la enorme verga del escort le daba unas embestidas y ahí vino la doble penetración … 

Yo la tomé de la mano mientras el otro le abría el ano con la lengua, la dejaba lista, mojada, dilatada. 
Y ahí fue cuando se la penetró, despacio primero, profundo después, mientras yo, le abría su puchita con mi pene , sintiendo cómo su cuerpo entero temblaba entre gemidos.

El sonido era sucio, húmedo, delicioso. Cada embestida sacaba de ella un gemido fuerte, cada choque de piel contra piel nos volvía más salvajes. La vi correrse otra vez, convulsionando. Élla quería que el escort se viniera dentro de ella, pero él le dijo que no podía. Eso me prendió más, y me vine dentro de su vagina , la había chorreado con mucha excitación.

Yo también estaba en trance. No había celos, no había dudas, solo morbo, solo amor mezclado con el sexo más intenso que jamás imaginamos. La sentía mía, aunque la compartiera. Más mía que nunca, porque todo era por confianza, por deseo compartido, por ese pacto sucio y perfecto que nos unía más que cualquier promesa.

El escort se retiró del cuarto después de esta escena y nos quedamos solos… mi esposa y yo nos besamos, nos tocamos de nuevo, no queríamos que se acabara. Nos metimos al jacussi, solo los dos, como cierre, como ritual, como confirmación de que lo que teníamos no solo era placer, era amor sucio, real, de ese que hace que cada orgasmo sea más profundo porque viene cargado de confianza y morbo puro.

Ahí entendí algo que nunca voy a olvidar: no hay mayor felicidad que ver a la mujer que amas, convertida en tu puta, siendo feliz, caliente, salvaje… y a tu lado.

Pasaron unos días, y el fuego no bajaba. Al contrario, cada vez que me la cogía, cada vez que la veía desnuda, se me venía a la cabeza esa imagen de ella con dos vergas.. Pensé que ahí terminaría todo.

Me equivoqué.

Pasaron algunos días y aquella noche seguía apareciendo entre nosotros.

Cada vez que hacíamos el amor, alguna imagen regresaba inevitablemente a mi cabeza.

Y yo sabía que a ella también le ocurría.

Lo veía en determinados silencios.

En algunas miradas.

En la manera en que reaccionaba cuando, accidentalmente, nos acercábamos al tema.

Pero también percibía cierta vergüenza por parte de ella. Y me dijo que no quería volver a vivir eso.

Por eso decidí no insistir.

No quería que una experiencia que había nacido de nuestra complicidad terminara convirtiéndose en una discusión o en una presión constante para repetirla.

Así que se lo dije claramente:
No volvamos a hablar de esto.
Ella me miró sorprendida.
Entonces añadí:
Si algún día vuelves a mencionarlo tú, entenderé que no lo haces por mí. Entenderé que eres tú quien quiere volver a vivirlo.
Y dejamos el tema ahí.
Pasaron los días.

Hasta que una noche, sin que yo hubiera dicho absolutamente nada, ella se acercó y me habló de aquella experiencia.

Quería repetirla.
La miré durante unos segundos.
No pude evitar sonreír.

Porque en ese instante confirmé definitivamente aquello que había descubierto en el hotel.

Aquella mujer siempre había existido.

Yo simplemente había tardado años en conocerla.

Y si era ella quien quería abrir nuevamente aquella puerta…

¿quién era yo para cerrársela?

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Víctor m
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