Mi primera ves que cogi a mi novia
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Hola, ¿cómo están? Hoy les voy a platicar cómo fue mi juventud a mis 18 años, cuando ingresé a la preparatoria y tuve mi primera novia. En la secundaria solo me dediqué a estudiar y al deporte, ya que me gustaba mucho el basquetbol. Sí había chicas que me gustaban mucho, pero yo solo las veía. Yo era muy tímido y por eso solo me masturbaba mucho y de diferentes maneras, viendo películas.
Bueno, solo tenía una película porno, que era Taboo. Trataba de una familia: una señora y dos hijos grandes. La señora ya estaba divorciada y empezaron a tener sexo los hermanos y la señora, bueno, uno a la vez. Mejor traten de conseguirla; yo no he podido conseguirla completa, solo episodios, pero quiero recordar cuando me masturbaba con esa película.
La forma en que lo hacía era muy rica: me ponía el pene hacia arriba y me acostaba en la orilla de la cama, con una pierna arriba del colchón y la otra abajo, de modo que la orilla del colchón me rozaba el pene directamente. Así me masturbaba hasta que me chorreaba y tenía que cambiarme el calzón.
Otra de mis formas favoritas era con una bolsa de plástico. Le ponía un poco de crema y la colocaba entre el colchón y la base. Me hincaba frente al colchón, metía mi pene en la bolsa y sentía cómo resbalaba cuando la empujaba. Se sentía muy suave por la crema; era algo muy rico sentirla un poco apretadita. Para sentir más, me recargaba sobre el colchón y hacía presión en mi pene, lo cual provocaba que eyaculara en la bolsa.
Era fantástico, pues yo no había tenido experiencias sexuales con nadie. Solo me masturbaba hasta seis o siete veces después de la escuela.
Otra de mis formas favoritas era cuando me metía a bañar. Metía una bolsa chica de plástico y de la mesa del baño sacaba un desodorante de esos que eran de bolita. Tenía un tamaño no muy chico, pero me gustaba su forma, como de un pene chiquito. Lo metía en la bolsa de plástico y le hacía un nudo al final para que, de cierta forma, quedara fijo.
Ya en la regadera, la primera vez lo intenté parado, pero me dolió mucho y no pude, pues al estar parado estás haciendo mucha fuerza en las piernas y eso hace que mi culito oponga resistencia para que entre, y por eso duele mucho. Así que inventé una estrategia: me recosté en la regadera y, con las piernas entreabiertas, me puse un poco de crema y lo empecé a meter en mi culito poco a poco.
Al principio me dolió mucho, pero cuando ya estaba la punta adentro lo empecé a empujar poco a poco, hasta que el final del desodorante entró completamente en mi culito, quedando el sobrante de la bolsa fuera de mi culito. Entonces hacía presión en mi culito y sentía cómo avanzaba un poco dentro de mí y se colocaba en una parte que, la verdad, desconozco qué parte sea. Se sentía como si estuviera en la boca de mi culito y, cada vez que apretaba mi culito, lo sentía más rico.
Esa parte es muy sensible y cada apretón era un inmenso espasmo que me provocaba. Me ponía de pie y giraba la cintura para que se acomodara en ese preciso lugar donde, cada vez que apretaba el culito, sentía ese espasmo.
Ya con eso dentro de mi culito, me masturbaba y era una sensación muy rica la que sentía al venirme y eyacular los chorros de esperma. También tenía una especie de eyaculación en mi culito, porque salían chorros de un líquido transparente y muy resbaloso. Al estar eyaculando por el pene, cada espasmo también lo sentía en mi culito, expulsando ese líquido. Eso hacía que terminara en el suelo, con espasmos dobles en mi pene y en mi culito. Era algo riquísimo lo que sentía.
Así eran las formas de masturbarme, muy ricas cada vez, y me entraban muchas ganas de sentir cómo era penetrar una vagina, hasta que entré a la preparatoria y me hice novio de una chica que vivía cerca de mi casa.
Se llamaba Alejandra. Era una mujer delgada, de pelo negro, ojos muy hermosos y piel morena clara. Así es como siempre me han gustado las chicas.
En la casa de Alejandra, como tenía que ser, les pedí permiso para andar con su hija. No era un desconocido, pues sus padres y los míos se conocían en el club deportivo al que asistían los fines de semana. Era una amistad de mucho tiempo y no pusieron ninguna objeción, siempre y cuando fuera en un horario de 7 a 10 de la noche. Todos estuvimos de acuerdo.
Así empezó mi primer noviazgo. En mi primera cita en su casa, llegué y la saludé normal. Era mi primera novia y yo también era su primer novio. Estuvimos platicando mucho tiempo de nosotros, de nuestros gustos y de las cosas en común de las que platican todos los jóvenes.
Así pasaron los meses. Solo la tomaba de la mano y no le había dado un beso en la boca, solo en las mejillas. Un día, no sé, pero creo que nosotros los hombres tenemos días de mucha excitación. Bueno, no sé ustedes, pero yo siempre estaba pensando en metérsela a alguien y siempre estaba ideando y planeando cómo iba a ser ese gran día.
Ese día llegué con Alejandra temprano, a las 7, y me recibió con un beso, pero en la boca. Fue muy largo y rico porque sentí su lengua jugando con la mía. Así, abrazados y besándonos, la apreté muy fuerte hacia mí y le pegué mi pene. Inclusive hice un movimiento de arriba para abajo, restregándoselo en su panochita. Así lo hice mientras nos besábamos; ella lo sintió y quiso retirarse, pero no la dejé y se lo tallé más fuerte.
Yo ya no aguantaba; sentía que me estallarían los testículos y, la verdad, se la restregué muchas veces, al grado de venirme a chorros. Me sentí muy avergonzado, pues al terminar y separarnos, ella me preguntó qué me había pasado porque sintió las expulsiones de esperma de mi pene. Tuve que decirle lo que me había pasado: que me había salido el esperma.
Ella, con curiosidad, me dijo: «A ver». Yo, con mucha pena, pero también con todo el morbo de mi jariosidad, le dije: «Préstame tu mano». La tomé, retuve el aire y metí su mano a mi pene, que estaba nadando en esperma. Ella, más que sentir el esperma, dijo: «Están bien calientes», y yo, en son de burla, le dije: «Los tienes dentro de mí; por eso están calientes».
Pero la intención de ella era agarrarme el pene y sentir lo grande que era. Lo agarró desde abajo y subió su mano hasta la cabecita, toda llena de esperma. Sacó la mano, lo vio a la luz y dijo: «Órale, son bien pegajosos», y se llevó la mano a la nariz. Allí sentí que me daría un infarto porque creí que se los comería o probaría.
En esos momentos mi mente ya estaba en modo lujuria y me valía tres hectáreas de verga si me estaban viendo o no. Era mi mundo: solo ella y yo. Ella solo hizo eso para oler el esperma y me dijo: «Oye, una amiga me dijo que olían mal; por eso los olí, y no huelen a nada». Sentí que me regresaba el culito a mi cuerpo.
Entonces Alejandra se metió a lavarse las manos. Pero ¿qué creen? Que sí, pues sí probó mi semen, porque cuando entró a su casa abrió con la mano izquierda y la otra la alzó y se metió los dedos a la boca, pensando que no la había visto. Eso prendió una bomba en mi corazón; latía a mil por hora al ver esa acción.
Cuando regresó le pregunté, por morbo: «¿Y a qué saben?». Me miró fijamente y me dijo, despistando: «¿A qué saben qué?». Yo le dije: «No te preocupes, pero te vi cuando te metiste los dedos a la boca». Se apenó toda y le dije: «No te preocupes, yo también me siento muy apenado, pues nunca me habían agarrado el pene; ninguna chica. Tú eres la primera y, pues, un pene lleno de esperma es algo fenomenal para mí».
Le dije: «No te apures. Si vamos a descubrir nuestra sexualidad, hagámoslo preguntando tus dudas». Y así fue. Me preguntó todo sobre cómo me masturbaba y le conté lo que ya les había contado. Le platiqué todo, también lo del baño.
Ella me platicó que ella y su amiga, que ya tenía novio y ya tenían relaciones, hablaban de cómo se la cogían. Las dos, solas, se empezaban a masturbar: primero cada quien y después se empezaban a tocar sus vaginas. Una se la tocaba a la otra y se metían los dedos. Bueno, a su amiga le cabían varios dedos y a Alejandra solo le entraba uno. Así seguían por mucho tiempo, hasta ponerse en la posición del famoso 69 y chuparse sus puchitas peluditas.
Pues éramos jóvenes de 18 años y me platicó todo eso.
Ese día me fui a mi casa a las diez en mi moto. Tenía una de las primeras motos italianas que traían aquí a León, Gto. Era la famosa Vespa Chiao, una moto única en su línea. Era una bicimoto: cuando se te acababa la gasolina, oprimías un botón en la rueda trasera y se convertía en bicicleta, pues traía pedales para darle. Era muy práctica.
Después salieron otras motos. No sé si recuerden las Chispas de la Carabela; esas motos se las habían dado a los tránsitos para tener movilidad, pero las desecharon por lentas: los carros se les pelaban y después les dieron bochos.
Bueno, me fui a mi casa en mi moto, pero en mi casa toda la familia tenía sus carros: mi papá, mi mamá, mi hermana, mi hermano y yo. Eran cinco vehículos, todos de la marca VW, y eran como una colección: desde el bocho hasta el más grande de ese tiempo, que era un Corsar GLS, un auto de lujo que traía mi padre.
Al llegar a la casa metí mi moto y subí a mi cuarto. Como ya eran las diez, todos estaban dormidos. Yo tenía mi teléfono en mi cuarto; en ese tiempo todavía no existían los celulares. Sonó mi teléfono y yo dije: «¿Quién será a estas horas?». Contesté: era Alejandra. Comenzamos a platicar por horas y me preguntó qué estaba haciendo en ese momento. Le dije: «Estoy acostado en la cama, con el pantalón abajo. Me disponía a masturbarme, pues después de lo que ocurrió hoy estoy muy caliente».
Ella dijo: «Yo también me estoy agarrando mi puchita y ya la tengo bien mojada». Le dije: «Qué rico. Cómo quisiera estar allí, dándote unas mamadas para probar ese rico líquido que te sale». Escuché un gemido muy fuerte y me dijo: «Ya ni la haces, hiciste que me viniera».
Yo le pregunté: «¿Y no te escucharon?». Me dijo: «No. Mis hermanos eran dos y dormían juntos; las otras dos hermanas dormían juntas, y ella dormía sola en un cuarto».
Yo apliqué la de la bolsa en el colchón y le platiqué lo que estaba haciendo. Ella tuvo otro orgasmo cuando le dije: «Estoy desnudo frente al colchón y estoy metiendo la puntita de mi pene en la bolsa. Se la estoy empujando poco a poco, hasta que entró toda». Ella me dijo: «Eryck, ya no sigas», y le dije: «No me puedo quedar así; me duelen mucho mis testículos».
Así fue: terminé en la bolsita de crema y le dije: «Ya está, terminé adentro de la bolsa». Me dijo: «No te apures, pronto lo haremos y probaremos ese sentir del sexo». Colgamos porque teníamos que ir temprano a la escuela.
Así pasó el tiempo y, un fin de semana, un domingo en que no había nadie en la casa, mis papás estaban de vacaciones en Los Cabos y mis hermanos andaban de excursión. Yo estaba solo en mi casa y, como era domingo, íbamos a la disco, pues había tardeada.
Ella pidió permiso para ir a la disco con su mejor amiga, con la que se masturbaba en su casa. Salió de su casa a las 4 de la tarde y se fueron a mi casa. Allí se quedó Alejandra y su amiga se llevó el carro para su casa a esconderlo, pues ya sabían lo que iba a pasar.
Así que la llevé hasta el cuarto de mi hermano mayor. Estaba en el tercer piso de la casa. Allí se sentó Alejandra en la cama y me preguntó si tenía preservativos. Le dije que sí.
Estaba vestida con una minifalda a cuadros, unas medias blancas, zapatos bajitos y una blusa de manga larga con cierre por detrás. Le dije: «¿Estás segura? Porque, si no, yo no te lo haría». Me dijo: «Está bien».
Entonces la acosté en la cama. Le quité sus zapatos, después la falda y las medias y, por último, la blusa. Quedó en calzones y brasier. Le quité el brasier y le chupé sus pechos de niña. Eran pequeños, pero muy redonditos. Le chupé los dos y empezó a jadear y a retorcerse; se arqueaba hacia arriba con su cintura.
Después, lentamente, le quité sus calzoncitos. Eran de esos que tienen encajes y florecitas, muy de niñas jóvenes. Se tapó su panochita y le dije: «No te preocupes». Abrí sus piernas, de manera que quedó al descubierto esa puchita peluda.
Empecé a besarle los pies y poco a poco fui subiendo por sus piernas y sus muslos. Se los acariciaba con mi lengua hasta llegar a ese lugar peludito. Empecé a lamerle el clítoris y después, con mis manos, le abrí su vagina, que estaba bien mojada, lista para recibir un pene sin miedo alguno. Con la cantidad de flujo que tenía no necesitabas lubricante, y seguí chupando esa puchita tan rica.
Esa fue la primera vez que probé un líquido tan rico. El flujo de su puchita tenía un sabor muy, pero muy rico. Desde entonces me envenené con ese sabor; es algo que no puedes quitarte de la mente y se agudiza tu sentido del olfato.
No sé ustedes, pero si una dama pasa a mi lado en su punto de fertilidad, la huelo claramente y de inmediato se me para el pene, como si le llamaran. Él se levanta, viendo a un lado y a otro, diciendo: «¿Quién quiere pene?». Bueno, eso es lo que me pasa a mí.
Entonces, con las lamidas a su puchita, hice que terminara un par de veces. Con lo mojada que estaba pensé: «Es hora de dejarle ir el pene». Yo no sabía mucho de la situación de una virgen y, cada vez que se la arrimaba a su puchita, me decía: «Uy, me duele». Yo lo intentaba otra vez y muchas más veces.
En un intento, yo ya traía el pene que reventaba. La tomé con mis brazos por detrás de su espalda y le tomé los hombros, de manera que no se moviera hacia arriba. Le di un arrimón de pene y dijo: «Ay, me duele». Entonces, pacientemente, probé otra posición. Le levanté los pies hasta mis hombros y, con las piernas flexionadas frente a esa riquísima puchita bien mojadita, le dije: «Deja ponerme el condón».
El condón trae lubricante, pero yo sentía que, si se la volvía a arrimar, le aventaría los chorros de leche y yo quería que fueran adentro de su puchita. Me puse el condón y, con sus pies en mis hombros, primero se lo pasé por su panochita y por su culito varias veces. Le abrí la vagina con una mano y con la otra le sostenía los pies. Le coloqué el pene en la mera entrada de su vagina y le di un empujón; fue igual de doloroso. Le dije: «¿Y si te volteas para que no haya fuerza en los pies? Eso me pasa cuando yo me quiero meter el desodorante».
Coloqué unas dos almohadas. Se acostó boca abajo y, con la altura de las almohadas, quedó con su culito para arriba. Aproveché y le di una mamada a su culito, muy rico, bañadito y oliendo rico a ano. Seguí lamiendo hasta que ella lo pidió. Me gritó: «¡Ya métela, ya no aguanto!».
Se la tallé por el culito y dijo: «Por ahí no». Yo le dije: «No te preocupes, yo te la quiero meter en tu puchita peluda para sentirte». Abrí su vagina, coloqué la punta de mi pene en su hoyito vaginal y se la empujé un poco. Con tanto lubricante de ella, se le fue la cabecita e hizo un espasmo de dolor. Me dijo: «No te muevas». Me quedé quieto y ella, con sus manos, empujó mi pene hasta adentro.
Sentí la gloria en mi pene. Sentía toda su panochita bien caliente y se sentían palpitaciones dentro. Era algo maravilloso sentir mi pene dentro, por fin, de su panochita.
Entonces dijo: «Muévete despacio». Así lo hice: la sacaba y la metía lentamente. Ella empezó a sentir más rico y dejó de sentir dolor, al grado de decirme: «Sácala y acuéstate». Lo hice. Me acosté y ella se subió a mi pene; se lo acomodó poco a poco y se le fue metiendo hasta que quedó sentada en mi pene.
Empezó a moverse de atrás hacia adelante, tallándose el clítoris con mi pene. Así estuvo hasta que bruscamente se acostó sobre mí y jadeó muchas veces. Tuvo un orgasmo múltiple; cada vez que se movía le daban espasmos de placer y gritaba: «¡Qué rico se siente tu verga en mi panochita!».
Entonces yo llegué a mi clímax. La tomé fuertemente de la cintura, la puse quieta y le eché los chorros de esperma dentro de su puchita. Los dos tuvimos espasmos de placer y terminamos muy agotados.
Se sacó mi pene, me quitó el preservativo y me dijo: «Los voy a probar en vivo». Empezó a darme unas mamadas muy ricas que jamás había sentido hasta ese momento.
Mientras me daba esas mamadas, la agarré de la cabeza y le empujé mi pene hasta adentro de su boca. Sentí por primera vez cómo se siente tocar la garganta de una chica con mi pene. La sostuve y se los eché en la garganta. Solo vi cómo se los tragaba. Poco a poco se lo fui sacando de la boca, pero ella me detuvo y siguió mamando mi pene hasta escurrirle todo el esperma en la boca.
Me dijo: «Mmm, qué rico saben así, en directo de tu pene. Me gustan mucho». Terminamos muy agotados porque éramos inmensamente felices.
Nos vestimos y entró al baño. Me dijo: «Me está saliendo un poco de sangre». Le dije: «Deja traerte una toalla femenina de mi hermana». Se la llevé y le dije: «Déjame ver». Me enseñó; era un poco de sangrado, pero yo estaba preocupado, pensando: «¿Y qué tal si se desangra?».
Ya que estábamos en la disco con su amiga y su novio, platicábamos sobre cómo había estado el sexo. Ellos solo se rieron y dijeron: «No se preocupen, es natural que sangren un poco, pero va a estar bien, no te preocupes», me dijo el novio de la amiga.
Alejandra se checaba a cada rato en el baño y me dijo que ya no le estaba sangrando, que había parado de sangrar. Sentí que el culito me volvía.
Después tuvimos sexo en el carro, algo incómodo, pero rico. Bueno, esa fue mi primera vez que le metía mi pene a una chica. Fue lo máximo para los dos y duramos 5 años de novios. y cogíamos en todos lados y a toda hora.
