Ni mi hija ni yo, lo pudimos evitar – II

Duración estimada de lectura: 36 minutos

Visitas: 2,003

No podía consentir algo así y pensaba cortarlo de golpe. Ella notó en ese momento que estaba sacando los dedos de su vagina. Rápida como el rallo, soltó mi cadera y agarró fuertemente mi mano a la altura de la muñeca, impidiéndome así que sacara mis dedos de su interior. Nos habíamos quedado en una postura algo forzada. Así que al fin, sacó mi pene de su boca.

Jadeaba fuertemente y estaba muy agitada. Vi como sus mejillas y comisura de los labios, estaban empapadas de su saliva. Algunos mechones de su pelo cruzaban su preciosa cara. Se les habían quedado pegados por la saliva de un lado a otro lado de sus mejillas, también por debajo de sus labios y barbilla. Mi pene ahora liberado, se había quedado completamente pegado a su mejilla derecha. Lamentablemente este seguía duro como una piedra.

Con voz entre cortada y jadeante me miró a los ojos y dijo:
—Papá por favor no pares ahora. No podemos dejar esto así. No después de todo lo que acaba de suceder, de como me he comportado y hasta donde he llegado.

Hizo una pausa intentando recuperar su respiración:
—Papá no lo soportaría. Me sentiría muy culpable. No por favor, no puedes hacerme esto ahora. No me desprecies de ese modo. Ahora ya no. Hemos ido muy lejos. Por favor papá…

Su excitación debería ser de tal envergadura, que curiosamente y mientras me decía todo esto, noté como ella no dejaba de apretar su vagina contra mi mano. Seguía frotándose lentamente con movimientos semicirculares de sus caderas, contra mis dedos. De tal modo que mientras me suplicaba, no paraba de penetrarse ella misma dándose placer.
¡No me lo podía creer! Mi hija estaba tan cachonda que aún estando verdaderamente preocupada por mi reacción, no podía dejar de penetrarse así misma con mis tres dedos.
Esto me provocó un impactante shock.
Volví a mirar su cara.

Estaba toda sudorosa y tenía una indescriptible expresión de disfrute y placer con una mezcla de sincera preocupación, que me hizo mirarla de la cabeza a los pies.
Como expliqué, se había puesto de lado mirando hacia mí, apoyada sobre su antebrazo derecho. En esta pose había dejado su largas e increíbles y torneadas piernas, en una posición de pleno acceso a su sexo. La derecha semi doblada y descansando sobre la alfombra y la otra la tenía completamente abierta y apoyada sobre su pie.
¡Vamos completamente espatarrada estando de lado!

El brillo de la piel sudada de sus muslos, me era escandalosamente provocador. Esta imagen tan pornográfica con sus muslos sudorosos totalmente abiertos, mientras su mano sujetaba fuertemente mi muñeca impidiéndome que la sacara de su vagina, y mientras sus caderas no paraban de dirigir su hambrienta vagina, comiéndose sin parar mis tres dedos. Esto junto con las palabras de mi hija, fue suficiente para hacer que mi mente hiciera una especie de reseteo.
De repente tuve como un extraño y pequeño calambre que me recorrió todo el cuerpo y que empezó en mi ano y terminó en la punta de mi polla. Esta se endureció aún más si cabe. Se elevó mucho más haciendo unos leves movimientos involuntarios, que se tradujeron en unos pequeños golpecitos en la mejilla de mi gozosa hija.
Ella interpretó estos golpecitos, a que la invitaba a introducirse nuevamente mi rabo en su jugosa boca. Y así lo hizo. Giró un poco la cara y no hizo falta más, yo mismo le introduje mi polla hasta casi el fondo de su garganta.
—uuhhhhhOooOOoHhh —gemí ahora yo libre de cualquier culpa, prejuicio, pudor o remordimiento.

Me concentré plenamente en disfrutar de la mamada que me estaba haciendo mi propia hija. De súbito ya no la veía como a una hija (que también) sino más bien como una estupenda, deliciosa e irresistible joven, que me estaba pidiendo sexo a raudales.
Que fuese mi hija quien lo deseara, de repente había pasado a ser un irresistible plus y no un tremendo e infranqueable impedimento. Empecé nuevamente y lentamente a darle vida a mis dedos en su coño. Ella me acompañó sujetando aún rato más mi mano en esa nueva y pervertida vida. Ya confiada, fue soltando muy lentamente mi muñeca y apoyó nuevamente su mano en mi cadera derecha.

Siguió chupando como una posesa, mientras que con su mano me empujaba contra su boca, animándome otra vez a que fuese yo quién me la follase. Cosa que no dudé en concederle. Saqué mi polla hasta sus carnosos labios, para luego introducirla nuevamente una y otra vez. Le sacaba mi polla hasta situar mi capullo en sus labios, ella los apretaba fuertemente sobre mi glande y lo chupaba como si fuese un gigantesco chupachups.
¡Dios, una verdadera locura!

Dejaba inevitablemente de chupar mi glande, cuando yo volvía a introducir mi polla casi hasta el fondo de su boca. Así estuve jugando con su boca un buen rato.
¡Ohh cielos!, me estaba dando un placer indescriptible.
Desde luego, no era la primera vez que me comían la polla pero que fuese ella la que lo hiciera, me estaba produciendo un gozo totalmente inesperado y mucho más intenso y placentero. Mientras me follaba su boca, podía notar en mi polla su fuerte y agitada respiración que, salía a presión por su pequeña nariz.
Instintivamente aumenté el ritmo de mis embestidas en su coño acompasándolas a la velocidad a la que me estaba follando su jugosa boca. De repente, fui consciente del tremendo chapoteo de sus jugos vaginales en cada una de mis arremetidas.
Ese chapoteo de su coño empezó a ponerme por completo loco. Más aún que la tremenda mamada o follada en su boca. No había escuchado en mi vida nada tan escandaloso. Ese sonido me estaba haciendo precipitar mi orgasmo.

Ella empezó a jadear fuertemente teniendo mi polla dentro de su boca y pronunció palabras que yo no terminaba de entender del todo entre otras que sí entendí.
—¡oohhuuHHHhhuuufff papá!, más, más fuerte, más, ¡dame más fuerte papá! ¡Fóllame! OOOhh, ¡Fóllame fuerte! —llegué a entender las más evidentes.

Entre los jadeos de ella, las palabras que si logré, entender y el chapoteo escandaloso de los jugos de su coño, no pude aguantar más.
—ooOOhhoOOoo, ¡me voy a correr¡, ¡me voy a correr! —Le grité mirándola.

Ella al escuchar que me corría, dejó de repente de chupar mi polla y me sujetó por mis caderas parando mi follada en su boca. Miré su cara con mi polla aún dentro, tenía los ojos entrecerrados con una expresión de gozo y placer indescriptible. Su cara estaba por completo empapada por su saliva. Temí que se retirara, que sacara mi polla de su boca. Pero no, no fue así. Noté como con su mano izquierda me mantenía apretando dentro de esta. Intuí rápidamente que no le importaba que me corriese dentro de su boca, es más, estaba esperando expectante a que lo hiciera.

La primera descarga le pilló de sorpresa y lo noté muy claramente con el gesto que hizo. Fue como si la hubieran golpeado en el interior de su garganta. También lo noté en la apertura desmesurada de sus ojos. Primero de sorpresa y luego de complicidad y deseo.
Esto no evitó que sus caderas dejaran de buscar mis dedos, todo lo contrario, aún apretaba más su coño contra mi mano. Pareció gustarle la textura y sabor de mi semen, ya que reanudó su mamada con un nuevo y deslumbrante vigor. Yo seguí corriéndome como nunca lo había hecho antes. Mis latigazos de semen dentro de su preciosa boca eran incontables. Me apretó más contra su boca metiéndose mi polla casi hasta los huevos.

Dios, no paraba de salir leche. No había tenido una corrida tan cuantiosa en mi vida.
Lo increíble era que, parecía estar tragándose todo ese semen sin problemas y con verdadero placer. Cosa que no hacía su madre. No me lo podía creer. No era que tan sólo se tragase toda esa leche sin problemas no, es que la estaba disfrutando y saboreando con verdadero placer. Esto hizo que mi mano en su coño, se acelerara al máximo, de tal forma que a un observador, le parecería que la estuviera apuñalando en el coño.

¡Dios bendito! Ella empezó a convulsionar totalmente.
Sacó mi polla chorreante casi en su totalidad, hasta la punta de sus labios y me suplicó:
—¡Fóllame OooOoh fóllame!, ¡más fuerte OooOOOooohhh!, ¡papá por favor fóllame!, ¡¡así, así, así ooooOOOOhhh!!

¡Madre mía! Mientras decía esto sus carnosos labios, no paraban de acariciar mi glande con cada palabra que pronunciaba.
Empujé nuevamente mi polla al interior de su boca, ahogando sus palabras y gemidos suplicantes. Ella la siguió chupando con pasión, mientras convulsionaba por su tremendo orgasmo. Su cuerpo daba sacudidas y se apretaba contra mi mano. Mientras yo no paraba de taladrarle el coño, hasta que ella cerró violentamente sus sudorosas piernas, dejando atrapada mi mano entre sus muslos impidiéndome cualquier movimiento.

Su orgasmo la llevó a empujar sus caderas de forma rotativa e intensa, haciendo que su coño se follase mis dedos, mientras apretaba fuertemente con sus prietos muslos.
¡Era algo impactante y maravilloso!

Se retiró un poco y sacó mi polla de su boca. Su respiración era rápida intensa y muy agitada. Miré mi polla. Estaba más limpia que si la hubiera lavado en ese preciso momento con agua y jabón. Ella seguía jadeando y aún tenía espasmos mientras continuaba restregándose y apretando su coño contra mi mano inmóvil.
Para mí era inconcebible el grado de excitación de ella, ya que mientras seguía aún con los estertores del tremendo orgasmo, me cogió nuevamente la polla, y la alzó hacia arriba en dirección a mi ombligo. Bajó aún poco más su cabeza y empezó a lamerla desde el glande hasta los huevos. Se entretuvo un poco chupando mis pelotas. Primero una, luego la otra. ¡De súbito las engulló las dos a la vez!

¡¡¡Joder!!!
Eso fue tan repentino, delicioso y tan morboso (notar mis dos testículos bien apretados dentro de la boca de mi propia hija) que instantáneamente tuve un pequeño e inesperado orgasmo y volví a eyacular levemente otra vez.
¡Nunca había sentido nada igual lo juro! Fue indescriptible.
¡Dos orgasmos prácticamente seguidos!
Jamás me había sucedido algo parecido.
Y no es que nunca me hubieran comido los huevos. Todo lo contrario. Pero esta vez fue por completo diferente. Y lo diferente de verdad, fue quién se los comió.
¡Mi propia hija! .No me lo podía creer.

Cuando su cuerpo dejó de temblar, soltó mis huevos y se tumbó nuevamente boca arriba. Abrió sus piernas y pude liberar muy lentamente mis dedos del interior de su coño, procurando en este proceso el mayor roce posible, haciéndole suspirar y gemir mientras los iba extrayendo.
Cuando los saqué del todo, se escuchó un tímido y delicioso choop. Mi hija aún tenía su respiración algo acelerada. Allí estaba yo arrodillado junto a ella con mi polla flácida descansando sobre su suave cadera.
—Uff papá. Baja un poco la calefacción. Tengo mucho calor.

La miré y ciertamente estaba sudada. La camiseta del pijama se le había pegado como una segunda piel, haciendo que sus pechos y sobre todo sus pezones se marcaran increíblemente. Su tersa barriga, sus espléndidas piernas y sus muslos, tenía ese precioso y apetitoso brillo característico de la piel sudada. Me giré, cogí el mando de la bomba de calor y le hice ver que bajaba algo la temperatura. Pero no fue así.
Acababa de descubrir que, ver ahora a mi propia hija así sudada, me provocaba mucho placer, mucho morbo. Un morbo indescriptible.
—Ya está —le mentí
—Bueno papá, eso sigue ahí ¿verdad?
—Sí cielo, pero con alguna que otra arremetida que hemos hecho, he llegado a tocar el preservativo.
—Ves como sí que está dentro —me reprochó ella.
—Sí. Y ahora sé más o menos donde está.
—Perfecto. Venga papá entonces sácalo.
—Descansamos unos minutos y continuamos cariño —le propuse.

Ella asintió.
—Hazlo igual que lo has hecho antes. ¿Vale papá?
—¿Cómo? ¿Masturbándote primero? —le pregunté.
—Bueno no, o sí —rio traviesa— Me refiero que directamente introduzcas tus dedos y al mismo tiempo me acaricies el clítoris.

Quedaba claro que ese modo de masturbarla, le había encantado.
—Vale, me parece fenomenal —contesté guiñándole un ojo.
—Así será más fácil y rápido para ti y más gustoso para mí —continuó ella picarona y soltó una carcajada que yo secundé.

Pasaron un par de minutos.
—Ahí voy pues. Relájate que empiezo de nuevo.
—¿Qué me relaje dices? Ja, ja, ja —rio ella— Ya verás tú mi relajamiento.

Pues nada, me puse nuevamente a ello.
Volví a situar el cojín bajo sus prietos glúteos que, toqué y acaricié ahora con gusto y placer sin problema alguno. Esta vez ella, ya no se cubrió la cara con su antebrazo, así que podía observar en todo momento su placentero rostro. Su lubricación en su vagina aún se mantenía. Desde luego era digna de alabar.
Empecé introduciendo lentamente el dedo índice y corazón. Al mismo tiempo me apresuré a acariciar su clítoris con el dedo gordo de la misma mano como ella me había exigido.
Nuevamente hice un mete y saca lento, pero cada vez más profundo. Empezó a gemir prácticamente al instante, ahora fuertemente sin reparo alguno.
—¡Dios, esto no puede ser verdad! —dijo— Es demasiado bueno para ser cierto. ¿Cómo me puedes poner de este modo papá? —gimió.

No le contesté. Yo seguía a lo mío hurgando con mis dedos en su húmedo y prieto coño.
—¡OoOOOoo!, Dios santo, esto sí que es hacer disfrutar a una mujer y no lo que hace el picha floja de mi novio —siguió diciendo mientras sus caderas zigzagueaban y embestían al ritmo de mis lentas y cada vez más profundas penetraciones.
—¡Me vas a volver loca papá!, ooOUuufff, Dios.

Sus jadeos volvieron a ser muy ostentosos. Su hermoso rostro un verdadero poema de placer. Como dije antes, ya con todos los tabús rotos, ya no se ponía ningún freno a sus cada vez más fuertes gemidos.
Estando ella ya tan cachonda otra vez, quise salir de dudas. Decidí volver a probar la suerte del tercer dedo. Quería ver si podía provocar la misma reacción que tuvo la primera vez. Quería volverle loca otra vez. Así que volví a sacar casi enteramente los dos dedos de su coño y cuando los volví a introducir ya eran nuevamente tres. Esta vez lo hice más rápido con toda la intención y sin darle tiempo a prepararse. Empujé fuerte y rápido los tres al interior de su estrecho y empapado coño.
—¡ooOOoOoHHioohh, Dios mío! Sí, sí, si, ¡por favor papá!, más, más, ¡métemelos más papá! —gritaba mientras alargando su mano derecha me cogió la polla, y la apretó como si le fuese la vida en ello.

Con la izquierda, se cogió por encima de la sudada camiseta del pijama su maravilloso y duro pecho izquierdo. La apretaba de tal forma que parecía que lo quisiera hacer explotar. Estaba claro que cada vez era más ella. Ya no se reprimía en nada.
¡Madre mía! No paraba de dar gemidos y gritos de placer.
Arqueaba su espalda de tal modo que por un momento pensé que podía hacerse daño.
—¡ooOhhhoooO papá!, ¡fóllame fuerte!, ¡más rápido, más, más, más, más…OOooohhuffuuufff papá!

Empecé a darle fuertes clavadas a su mojadisimo coño, como si me fuera la vida en ello. Ella empezó otra vez a culebrear, culear y convulsionar. Mi durísima polla seguía dentro de su mano derecha. La apretaba fuertemente pero sin moverla. Así que mientras ella se acercaba otra vez a un tremendo orgasmo, yo no aguante más y empecé a follarme su mano como un verdadero loco.
En ese momento pareció recordar que tenía agarrada mi dura polla. Empezó entonces a acompañar con vigor mi embestidas dentro de su mano.
Que me follara su mano así, pareció despertar en ella una nueva morbosidad que hizo que estallara súbitamente en otro tremendo orgasmo, soltando no sé ni qué cosas por su boca. Cerró fuertemente otra vez sus preciosas piernas, dejando nuevamente atrapada mi mano con mis tres dedos en el interior de su palpitante coño, inmovilizándomela nuevamente.
—¡ooOOoooHhUuuuuffffooohHH!, ¡o sí papá!, ¡córrete encima mío… oOooh!, ¡córrete por favor..!, ¡riégame toda con tu leche papá!
¡Dios! ¿¡Pero cómo podía decir mi hija esas cosas!?

De nuevo sus obscenas palabras precipitaron mi orgasmo. Suerte que justo antes de correrme, tuve algo de lucidez. Unos segundos antes de empezar a escupir mi leche, me dio tiempo a subirle la camiseta del pijama por encima de sus pechos para no ponérsela toda perdida de mi semen.
—Oooo cariño, me corro, me voy a correr, ¡oooOOOhhh… que gusto!
—¡Sí papá por favor, córrete encima mío!

Empecé a correrme sobre su tersa barriga y parte de su pubis y su costado. Regueros de mi leche empezaron a resbalar hacia abajo por su cadera y costado hasta llegar a la alfombra. Paré de follarme la mano de mi hija. Ella seguía agarrando mi polla, notando mis fuertes palpitaciones eyaculatorias ya exentas de semen, a las cuales correspondía con movimientos de sus dedos. Miré su cara. Tenía una expresión de triunfo y tremendo placer. No sabría bien como describirla la verdad.
Nos quedemos otra vez totalmente exhaustos. Ella boca arriba y yo junto a ella, arrodillado a su derecha con mi polla empalmada, la cuál se negaba a soltar.
Empezó a reírse. ¡Estaba tremenda!

Tenía la cara sudorosa con mechones de cabello pegados por toda su frente y en sus mejillas. Algunos de estos metidos, dentro de la comisura de sus labios. Su estómago y costado lleno de lechazos por mi reciente corrida. Su camiseta (que yo había subido momentos antes de correrme) por encima de sus hermosos, redondos y puntiagudos pechos. Sus suaves y firmes piernas semi flexionadas, completamente cerradas atrapando fuertemente mi mano con mis juguetones dedos, dentro de su coño. Y para colmo su mano aún seguía cogiéndome la polla.
Todo esto era tremendamente excitante y no acababa de creerme todo lo que me estaba sucediendo.
—Ja, ja, ja, seguimos igual. No lo hemos sacado ¿verdad papá? —me preguntó mientras soltaba lentamente mi polla.
—No —le contesté riéndome también.
—A este paso llegará mamá antes y todo —me dijo.
—Con tres dedos dentro no lo puedo hacer cariño.

Abrió un poco sus piernas liberando mi mano y pude sacar muy lentamente los dedos de su coño. Mientras iba sacándolos, los separaba con toda la intención para provocar (como la vez anterior) pequeños suspiros de placer hasta su total extracción.
Esta vez mientras los sacaba, me pude fijar en el movimiento de sus pechos desnudos, que respondían provocadoramente a su aún agitada respiración. Esto provocó que mi polla se empezara a endurecer otra vez. Me moría por meterme sus duros pezones en mi boca.
Cuando tuve los dedos por completo fuera de su vagina, levanté la mano y se los enseñé.

—Hay que hacerlo con tan solo estos dos dedos —le hice el movimiento de la tijera con los dedos índice y corazón— Así a modo de pinza si lo alcanzo a tocar bien, lo podré sacar fácilmente o eso espero.

De repente noté que algo resbalaba por mi mano. Me la quedé mirando y observé como resbalaba hacia abajo un par de regueros de sus jugos vaginales.
Algunos ya estaban a la altura de mi muñeca. ¡Dios, era increíble como llegaba a mojarse mi hija!
Giré la cara, la miré y le sonreí.
—No he visto a nadie jamás mojarse así cariño. Eres un portento cielo.
—¡Joder papá! Tú también me has mojado toda bien. Por dentro y por fuera.

Y estallamos los dos a carcajadas.
Acto seguido puso cara picarona. Luego su expresión cambió a puro vicio, y mientras me miraba con esa cara de viciosa, se puso a lamerse los restos que habían quedado en su mano de semen.
¡No dejó ni rastro en ella! Madre mía, ¡le encantaba mi semen! No dejaba de sorprenderme.
Me estremecí por completo.
Había que sacar de una vez ese preservativo, de lo contrario íbamos a morir los dos a orgasmos en el intento.
—Bueno ahora sí cariño, vamos de una vez a por esa dichosa goma —le dije.
—Venga va. Ahora directo papá. No me acaricies esta vez el clítoris.

¿El clítoris pensé?
Yo no tenía nada claro qué era lo que le provocaba más placer. La estimulación de este o la penetración vaginal. Lo que sí tenía muy claro, es que esos tremendos orgasmos los podía conseguir fácilmente de las dos formas. Otra cosa de la que estaba casi seguro, es de que mi hija era multiorgásmica y que ella lo estaba empezando a descubrir en este preciso momento. Empezaba a tener claro que sus múltiples orgasmos, ganaban en intensidad según se iban produciendo hasta llegar a su último gran orgasmo final.
¡Mi hija era una locura orgásmica!

Apoyé mi mano izquierda cerca de su pubis y empecé a introducir otra vez mis dos dedos dentro de su coño.

Esta vez, me cuidé mucho de no masturbarla como ella me había pedido. Fui introduciendo los dedos poco a poco en su vagina. Los moví lentamente de un lado a otro buscando tocar la dichosa goma. Mis dedos entraban con mucha facilidad. No me extrañaba nada después de las fuertes folladas que le habían realizado con anterioridad. Su maravilloso coño estaba ciertamente bien dilatado ahora.

Cuando tenía los dedos introducidos casi hasta los nudillos, toqué el preservativo con la punta del dedo corazón. No así con el dedo índice. Apreté más fuerte, para poder alcanzarlo bien con los dos. Esto provocó nuevamente tímidos gemidos de placer de mi hija. Me incliné sobre ella acercando mi cabeza a su plano y duro estómago para estar más cómodo. Vi que en su estómago tenía restos secos de mi segunda corrida. También vi que, en el interior de su ombligo quedaban restos de mi semen aún húmedo.

Me daba ya todo igual. Dejé descansar mi oreja izquierda sobre su terso estómago, quedándome su coño a pocos centímetros de mi boca. A todo esto, los suspiros y gemidos de mi hija, volvieron a aumentar nuevamente.

¡Por Dios! ¿Cómo podía ser tan receptiva? ¿Cómo podía ser tan caliente? —me pregunté— ¿sería capaz de correrse de nuevo?
Todo parecía indicar que sí. Noté como su mano se posaba en mi hombro y me empujaba suavemente.
Giré mi cabeza para mirarla.
Así de ese modo, a ras de su estómago, vi sus maravillosos y desnudos pechos, apuntando al techo con descaro. No me pude resistir y mientras tenía mis dos dedos hasta los nudillos metidos en su coño y el preservativo ya entre ellos, me dispuse a comerme esas maravillosas tetas.

No me equivocaba, estaban duras como todo en su joven y espléndido y bien proporcionado cuerpo. Mientras con mi mano izquierda acariciaba su pecho derecho, del izquierdo empecé a dar buena cuenta con mi boca y mi perversa lengua. Desde luego puse especial dedicación a su durísimo pezón. Cogió mi cabeza y la apretó contra su pecho izquierdo, el cuál ahora yo empecé a chupar con verdadera desesperación.

¡Madre mía! ¿También era sensible ahí?
—Oooohhh, ¡Dios!, sí, chupa, chúpame las tetas, ¡oooOOuufff, ooHH cómetela toda!, o Dios que gusto. ¡Me voy a correr otra vez papá! No pares de chuparme las tetas, ¡no pares!, chupa, chúpamela toda, ¡méteme los dedos!, ¡más, más, más. ¡Fóllame, Fóllame Oooo Dios!

Así que como no quería que se me escapara el preservativo, no quise hacer los movimientos de follarme su coño. Empujé todo lo que pude mis dedos dentro de ella, para intentar darle el placer que buscaba. Ella dobló y separó sus piernas al máximo, para facilitar en todo lo posible la penetración de mis dos dedos.
—¡Me corro papá!, ¡por favor papá!, ¡me corro!, ¡ooooOOOhhHHUuufff, Dios! ¡Me vas a volver loca! ¡ME CORRO!

Explosionó en un tercer y tremendo orgasmo.
Sus espasmos orgásmicos no paraban de sorprenderme.
Seguía teniendo apretada mi cabeza contra su pecho izquierdo y también mantenía su mano derecha sobre mi mano izquierda, con la que yo sujetaba su duro pecho derecho. Cuando su orgasmo estaba en su cumbre, empezó nuevamente a cerrar las piernas, así que rápidamente solté su pezón de mis labios y su pecho de mi mano izquierda.
Me incorporé rápidamente y con mi mano izquierda y parte de mi cuerpo evité que sus piernas se cerraran por completo. De este modo, evité que me dejara atrapada nuevamente mi mano entre estas, pudiéndome hacer perder el preservativo.

Me quedé sujetando así sus piernas un rato.
Rato que se me hizo eterno, ya que ella al no poder cerrarlas, culebreaba exageradamente de lado a lado pegando culetazos sobre la alfombra de placer. Estando mis dedos en el interior de su coño quietos mientras ella convulsionaba con su tremendo orgasmo, pude notar por fin muy nítidamente, las fuertísimas contracciones de sus músculos vaginales.
Era increíble. Su coño parecía tener vida propia. Apretaba intermitentemente mis dedos con una fuerza, que hizo que mi polla comenzara a soltar liquido preseminal nuevamente. Me dieron unas ganas terribles de sacar mis dedos de su coño y meterle de una estocada toda mi polla hasta los huevos.
Cosa que no hice claro.

Cuando terminaron sus jadeos y temblores y sus músculos vaginales dejaron de contraerse, empecé muy lentamente a tirar del preservativo hasta que en pocos segundos lo sostuve fuera de ella.
Se lo mostré, le guiñé un ojo y lo tiré en el suelo desnudo, fuera de la alfombra.
—¡Que asco! —me dijo al escuchar el ‘Plooops’ de este al golpear el suelo.
—Bueno pues ya está —le dije con una sonrisa de oreja a oreja.

Ella se incorporó y se sentó nuevamente con las piernas cruzadas. Bajó su camiseta y me ocultó nuevamente sus preciosos pechos, pero no se tapó su maravilloso coño.
Me miró con una pícara sonrisa.
—Uuuff papá. ¿Sabes? Por un momento pensé que me ibas a comer la vagina.
—¿Cómo? —la miré extrañado— ¿Por qué lo dices? —le pregunté.
—Fue cuando dejaste tu cabeza apoyada en mi barriga. Estabas tan cerca de mi vagina que ¡uufff!, podía notar tu respiración en mi vagina y en mi clítoris.

Comenzó a acariciarse las piernas.
—Me quedé por un momentos sin aliento —siguió diciéndome ella— Deseé tanto en ese momento que te comieras mi coño…, incluso te empujé un poco para ello… pero luego de repente te lanzaste a por mis pechos —Hizo una pausa— Que por cierto me encantó como los chupabas. Me estabas volviendo loca la verdad.

Sonreí y me quedé mirando sus preciosos ojos azules.
—Pues cariño, lo tenías muy crudo que en ese momento me pusiera a comerte el coño.
—¿Cómo?¿Por qué dices eso? —me preguntó ella extrañada.
—Pues no será por ganas cariño, pero no te iba a comer el coño con ese preservativo aún dentro. Ni loco lo haría.

Mi respuesta le hizo reír a carcajadas súbitamente.
—Es verdad —rio— Tienes toda la razón, no caí en ese detalle en ese momento —continuó— Menos mal que no lo hiciste ja, ja, ja.

No podía parar de reír.
—Ja, ja, ja —siguió riendo— de todos modos salgo ganando 3 a 2.
—¿Cómo?
—Pues que yo me he corrido 3 veces y tú 2. ¡¡Gané!! —Y levantó los brazos triunfante.

Esto hizo que su doblada camiseta del pijama se elevara por encima de su ombligo, con lo cuál pude ver claramente los restos de mi semen ya bien seco, que cubría parte de su estómago y costado.
¡Madre mía! ¿Cuándo se había convertido esto en una competición de orgasmos?
No le quise decir que en realidad estábamos empatados, que había tenido un pequeño orgasmo, cuando succionó tan repentinamente mis huevos dentro de su boca.
—Creo de verás hija, que uno de tus orgasmos vale por 5 de los míos. !Eres tremenda! Un verdadero portento. Tienes mucha suerte cielo.
—La verdad papá, es que no he disfrutado tanto en mi vida. No creo que pueda ponerme ni de pie. Casi me vuelves loca de gusto.
—Desde luego —siguió diciendo— hasta hoy lo que he estado haciendo con los chicos a sido un juego de niños. Acabo de descubrir que es correrse de verdad papá.

Se recostó un poco y se apoyó en sus manos.
Así pude ver en todo su esplendor sus hermosas piernas dobladas al estilo Budista y la parte superior de su maravillosa vagina.
—Me haces muy feliz cariño. Yo tampoco he disfrutado tanto jamás —contesté.

Mientras hablábamos ella no dejaba de bajar su vista a mi polla aún semi erecta.
—Bueno papá, ni una palabra a nadie de lo que a pasado aquí —dijo ella como si se hubieran invertido los papeles de padre e hija.

La miré con cara de interrogación.
—Que quede entre nosotros dos —continuó diciéndome.

La camiseta del pijama se le había bajado hasta sus caderas. Aún así, tal como estaba sentada, podía ver la parte superior de su vagina. Tampoco yo podía evitar mirar de vez en cuando su apetitoso coño mientras hablábamos. Intenté por todos los medios no seguir mirándolo para evitarme otra erección.
La vergüenza, los prejuicios y tabús habían desaparecido por completo de mi mente. Ahora ya era sumamente fácil, que con tan solo mirar sus brillantes y torneadas piernas me provocara una fuerte erección.
Doblé un poco mas mis rodillas y me senté sobre mis nalgas.
—¿A cuál de las tres cosas te refieres? —pregunté con picardía
—¿Tres…? —me preguntó confusa.
—Sí cariño. A qué se te ha quedado un preservativo dentro. O a que te lo saqué yo de ahí con mis dedos, haciéndote correr como una posesa. O a que me has comido la polla como nadie lo ha hecho ni lo hará nunca.
—Ja, ja, ja muy bueno papá —rio fuertemente— ja, ja, ja, a las tres, a las tres cosas papá. ¡No podemos contar ninguna de las tres tonto!

Nos quedamos un rato en silencio sonriéndonos mutuamente. Ella se recostó aún más hacia atrás en esa posición budista.
Así sentada en el suelo, mostrándome con todo su esplendor sus turgentes y sudadas piernas, no pude resistirme a acariciar la más próxima a mí. Le acaricié lentamente de arriba a bajo, hasta su entrepierna una y otra vez.
¡Dios! Que esbeltas piernas, que dureza y que suavidad. En definitiva…¡Que cuerpo!
—A ver papá —empezó a decirme mientras yo seguía acariciando sus muslos— me da un no se qué haberme puesto a gemir y gritar de ese modo.

Hizo una pausa.
—¿Me crees si te digo que no sabía que podía comportarme así? Ahora mismo soy la primera sorprendida. A sido superior a mí. No pude reaccionar, no pude hacer nada para parar, era tal el gozo que me tenía totalmente atrapada.

Volvió a ponerse un poco roja.
—Sabía que estaba mal —continuó— no pude negarme a tanto placer papá. No quería que parases nunca. Nunca había disfrutado tanto. No sabía que se podía disfrutar tantísimo. Lo siento papá.

La miré y sonreí
—No lo dudo de verdad cariño y no te preocupes de nada, ya no —le dije— ahora ya hemos pasado esa frontera y llegados aquí yo no me arrepiento en absoluto. Todo lo contrario.

Pareció contentarle mi respuesta.
—De todos modos en eso te pareces mucho a mamá. Ella también cuando está apunto de correrse se descontrola y grita que me la folle una y otra vez sin parar.

Me miró extrañada.
—Pues cualquiera lo diría. Yo nunca he oído nada.
—Hija, pues como lo del lubricante que tampoco lo puedes ver. Ella se cuida mucho de que tú no la oigas nunca.
—Madre mía, ya le vale también a mamá.
—Se moriría de vergüenza si supiera que la escuchaste alguna vez —dije— Creo que hasta dejaría de follar si eso fuese así.
—Es cierto que en muchos sentidos es bastante puritana —continué diciendo— Pero cuando se corre es todo un portento. Sobre todo si sabe que no la puede escuchar nadie.

La miré fijamente y le susurré apretando fuerte su muslo.
—Pero tú cielo, la superas con creces. ¡Dios, eres maravillosa!

Luego acerqué mis labios a los suyos para besarla.
De súbito se incorporó un poco y de un fuerte empujón me apartó.
—¿¡Pero qué haces guarro!? —me espetó enfadada— ¡Serás cerdo!, ¡que soy tu hija! ¡A mí no me beses pervertido!

Mi cara debió ser un verdadero poema ya que ella empezó a reírse con esa espontánea risa tonta e infantil que a veces tenía.
—Anda, ayúdame a levantarme que me voy a la ducha. Mamá seguro que está apunto de llegar y quiero tener yo antes la ducha cogida.

Se apoyó en mi hombro izquierdo e intentó levantarse.
—Madre mía me tiemblan las piernas. Uff, ja, ja, ja me tiembla todo el cuerpo. ¡Otro orgasmo más papá y me matas! —dijo sin parar de reír.

Le ayudé a levantarse totalmente traumatizado, por lo que acababa de suceder.
Desde mi posición de sentado sobre mi culo, yo también perdía un poco el equilibrio.
Esto le hacía reírse más si cabe.
—Ja, ja, ja hay que ver como me has dejado Papá.

Terminé de ayudarle a ponerse de pie.
No dije nada. Aún estaba en shock por su respuesta a mi intento de besarla.
—¿¡Pero será posible después de todo lo que hemos hecho..!? —me dije compungido.

Ella se dirigió a la salida del salón.
Entonces pude apreciar en todo su esplendor su desnudos, magníficos y respingones glúteos con forma de corazón.
Se le adivinaban una dureza extrema, que yo podía certificar. Tan era así que sus nalgas no se tocaban entre si. Estas dejaban ver perfectamente una maravillosa y separada raja entre sus glúteos. Por la parte baja de estos, con la luz de la lámpara de la mesita del salón, pude apreciar perfectamente su abultado y prieto coño. Sus labios superiores aún continuaban algo abiertos, después de la intensa sesión de placer que acabábamos de darnos.

¡¡Dios!!, parecían decirme que querían más. Parecían decirme ¡ven aquí cómeme!
Tan abierta se mostraba su raja del culo, que pude apreciar perfectamente sentado como estaba sobre mis piernas, su lampiña zona perineal y su prieto ano.
¡Madre mía! se me iba a parar el corazón al olvidarme respirar.
Pero hubo algo tan provocador, que hizo que mi polla se endureciera de golpe.
¡Jamás tuve una erección tan rápida! Y menos aún después de haberme corrido tres veces.
¡Fue una erección instantánea!

Pude ver estupefacto, que por la parte interior y posterior de sus turgentes y torneados muslos, como desde la zona de su abultado coño y girando por buena parte de sus muslos, habían regueros de huellas de como si un ejército de caracoles, hubiesen intentado salir o entrar a su vagina. Tal eran los rastros (ya bien secos y brillantes) que habían dejado sus abundantes jugos vaginales.

Esto me dejó muy impactado y con la polla a punto de explotar otra vez.
¡¡Dios!!, me dieron unas ganas tremendas de cogerme a esos muslos y eliminar a lametazos todos esos rastros de flujo.
Tardó bien poco mi hija en sacarme de golpe (otra vez) de mi tremenda excitación. Se paró en el resquicio de la puerta del salón, me miró por encima de su hombro y me dijo:
—Por cierto papá, ni se te ocurra volverme a tocar nunca más.
¡Mierda! Levante la mirada de sus glúteos consternado.

Mi polla que hasta hace unos segundos estaba como el acero, empezó a perder toda su dureza de golpe. Me incorporé y me puse de pie.
La miré muy serio, mientras me subía el calzoncillo y el pantalón del chándal a la vez. Me agarré mi polla ya casi flácida y muy lentamente la introduje dentro de mi pantalón y le contesté:
—Lo mismo te digo yo.

Me situé bien a la cintura el pantalón del chándal.
—No se te ocurra volverme a tocar nunca más tampoco —dije con el tono de voz muy bajo, serio y enérgico.
—¡Ja! —se rio ella.

Se giró totalmente quedando frente a mí. Luego adelantó su pierna izquierda, apoyándose sobre los dedos de su pie mostrándomela en todo su esplendor. Continuaba teniendo ese brillo característico del sudor semi seco, que la cubría totalmente y que tanto me excitaba.
Inclinó ostensiblemente su cadera hacia a un lado. Cogió su camiseta del pijama y se la subió por encima de sus deliciosos pechos, mostrándomelos con descaro. Se mordió el labio inferior y entrecerró los ojos poniéndome otra vez esa cara de puro vicio y deseo. Acto seguido comenzó a acariciarse los pechos. Cerró los ojos y se los masajeó fuertemente, luego se entretuvo a jugar con sus duros pezones.

Abrió los ojos y mirándome con deseo:
—Eso lo decidiré yo papá —me dijo sonriendo— ¿No crees…? —me lanzó un beso y me guiñó el ojo.

Se dio nuevamente la vuelta y mientras salía del salón siguió diciendo:
—Porque si eres capaz de hacerme disfrutar de ese modo con tus dedos, no me puedo imaginar lo que puedes llegar a hacerme disfrutar con esa polla que con tanto placer me he comido.

Mi rabo empezó a reaccionar nuevamente a sus provocadoras palabras.
Madre mía, no había por donde cogerla.
Así era ella un puro contraste.
—Luego cuando termine de ducharme —continuó ya diciendo en el pasillo— voy a mandar a paseo a ese picha floja de mi novio. Porque a parte de no saber hacer nada, está claro, que si no lo dejo, tú no me vas a querer comer el coño. Ja, ja, ja.

Hizo una pausa.
—Y eso no me lo puedo permitir papá. ¡Ja, ja, ja!

Y escuché cerrarse la puerta del baño.
Nuevamente sus descaradas palabras, hicieron que mi polla se pusiera dura como el cemento armado. El pensamiento de mi mujer me hizo salir de mi estupor.
¡Dios! Me di cuenta en ese momento, de que el salón olía a puro sexo y esto sí que lo notaría mi mujer.

Rápidamente abrí las ventanas para ventilarlo todo lo antes posible. En ese momento, me daba igual el frío. Cogí con una servilleta de papel el preservativo y lo tiré bien escondido en el fondo del cubo de la basura.

Salí corriendo a mi habitación, me quité el chándal y me puse un pijama. Dejé el chándal en el fondo del cesto de la ropa sucia. Volví al salón. Miré la alfombra y en la zona donde mi hija había situado sus preciosos glúteos.

Había una ostensible mancha de humedad. Era ciertamente increíble hasta que punto podía humedecerse ese coño y eso que al principio estaba más seca que el desierto del Sáhara. De todos modos podía inventar cualquier escusa a mi mujer por esa mancha de humedad. No me preocupaba mucho.

Para las que no había escusa (menos mal que las vi) era la de dos lechazos en el suelo fuera de la alfombra, de cuando me corrí follándome su mano.

Jamás imaginé que una de mis corridas pudiese llegar tan lejos y aún menos la tercera corrida. Jamás me había sucedido tal cosa.

Me puse diestro a dejarlo todo lo más limpio y ordenado posible. Cuando estaba cerrando las ventanas escuché, como mi mujer abría la primera puerta de la entrada a casa.

👉 ¿Te gustó este relato? ¡Compártelo! ✨

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *