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Para mí, no ha existido jamás un afrodisíaco más letal y embriagador que contemplar a mi mujer ardiendo de lujuria, despojada de sus ataduras y sedienta de mí. Aunque ante el mundo siempre ha sido un templo de recato, cuidando las formas por temor a mi juicio, en nuestra intimidad he amado desatar a la fiera que lleva dentro. Lejos de juzgarla, me fascina, me enciende descubrir cada uno de sus rincones, sus instintos y sus perversiones. Me excita infinitamente que sea libre, espontánea, una cómplice perfecta con quien jugar y fantasear sin límites ni pudores.
Mi sangre hierve al recordar su centro empapado, destilando esos jugos dulces y espesos que me vuelven loco. Recuerdo noches en las que la llevaba a un nivel de excitación tan extremo que su humedad parecía hervir; ella misma, con la respiración entrecortada, me susurraba que sentía un fuego quemándola por dentro. Y era cierto. Al penetrarla, me envolvía una marea de calor abrasador. Siempre he adorado llevarla al límite, torturarla dulcemente hasta que, suplicante y ahogada en gemidos, me ruega que la tome. Me encantaba rozar la punta de mi verga contra la entrada de su vagina, delineando sus labios hinchados, dándole apenas una probada fugaz. Jugaba con ella, negándole mi trozo de carne que suplicaba tenerla dentro, hasta que su desesperación era tal que, con un movimiento brusco y salvaje, era ella misma quien se clavaba toda mi verga, devorándola por completo.
Una tarde, el deseo nos arrastró hacia una playa a media hora de nuestra ciudad. Le pedí que vistiera algo que me provocara, y ella apareció con una faldita blanca, peligrosamente corta y sensual. Nos detuvimos en el malecón a compartir un par de cervezas. Frente a nuestro auto, a unos cincuenta metros, un grupo de muchachos merodeaba cerca de las rocas. De pronto, uno de ellos se apartó, sacando su miembro para orinar frente al mar. Por el rabillo del ojo observé a mi mujer; su mirada estaba clavada al frente, fija en aquel extraño. Una corriente eléctrica de celos, intriga y un morbo indescriptible me recorrió la espina dorsal. ¿Acaso estaba evaluando el trozo de carne de aquel hombre? La duda me encendió de una manera oscura y fascinante.
El silencio del auto se volvió espeso. Sin decir una palabra, la miré con los ojos inyectados de deseo y le pedí que me tomara en su boca. Me saque la verga palpitante, duro como la piedra. Mi mujer, sin dudarlo, agachó la cabeza y me envolvió en una felación húmeda, profunda, exquisita. Yo miraba a nuestro alrededor, temiendo que alguien nos descubriera, pero ella estaba en trance, inmutable, dueña absoluta de mi verga y de su placer y del mío.
Cuando la cordura amenazó a abordarnos, le pedí que se detuviera. Condujimos un poco más, estacionamos y caminamos hacia la arena. La marea rugía de fondo cuando la acorralé contra una gran roca. Sentí el contraste de la piedra fría en su espalda y el fuego de sus labios mientras la devoraba con besos salvajes, enredando nuestras lenguas. Mi mano derecha descendió por su muslo, colándose bajo aquella faldita blanca, y al rozar su intimidad descubrí que estaba completamente empapada, un manantial desbordado que me hizo perder la razón. Mientras nuestros labios no se daban tregua, mis dedos comenzaron a penetrar su vagina. Primero uno, luego dos, tres dedos que entraban y salían, hundiéndose en su calor resbaladizo, ella no decía nada solo disfrutaba hasta que logré introducir cuatro dedos. Ella se retorcía, intentando tragar mis labios en cada beso, ahogando sus gemidos. Las cámaras de seguridad y la mirada pública nos rodeaban, pero mi chaqueta atada a la cintura era el telón perfecto para nuestro pecado.
Verla en ese éxtasis absoluto terminó de quebrar mi autocontrol. Aparté su ropa interior a un lado, allí mismo, de pie contra la roca, me abrí paso en su interior. Mi verga entro con una suavidad deliciosa en su vagina hirviente. Ella echó la cabeza hacia atrás, como si estuviera a punto de desmayarse por la intensidad del placer. Nos habría encantado follar hasta el amanecer sobre ese paisaje, pero el peligro era inminente y la excitación amenazaba con hacernos cometer una locura mayor.
Corrimos al auto, encendidos, con el deseo palpitando en las venas. Huimos de la ciudad hacia una vía de segundo orden, una carretera devorada por la noche y el silencio. Encontramos una pequeña guardarraya flanqueada por la maleza y el vacío. Apagué las luces. Todo estaba super oscuro.
Recliné mi asiento por completo, y le ofrecí mi verga. Ella no dudó un segundo. Se montó sobre mí con la voracidad de una diosa pagana, ensartándose hasta el fondo y por completo mi verga. Y entonces comenzó su danza. Yo, acariciaba su cuerpo y le decía que me encantaba disfrutar el momento con ella, ella se calentaba cada minuto más, comenzó a moverse y moverse, yo le cogía a las tetas, las piernas, las nalgas, la pasión y el deseo del momento eras desbordante, sin darnos cuenta habían transcurrido 10 minutos, hasta que ella comenzó a tener su primer orgasmo muy fuerte, me estrujaba el pecho como queriendo introducir las uñas en mi piel, acto seguido de lo excitada que estaba, tuvo dos orgasmos más. Yo complacido de hacerla disfrutar y vivir esa experiencia tan rica, sabiendo que ella ya había acabado tres veces, no me pude contener, mientras besaba sus carnudos labios sentí que de mi verga salía el primer corrientazo que expulsaba leche y la llenaba por completo, ella se movía más despacio sacándome hasta la última gota se semen.
Cuando la tormenta pasó, nos envolvió un silencio cómplice. Se acomodó la ropa y, como si hubiéramos regresado de un sueño prohibido, volvimos a la carretera. Pero ambos sabíamos que no era solo una noche de locura. Era el reflejo de un pacto secreto, una deliciosa complicidad que nos une, donde nuestras fantasías, nuestros instintos más crudos y nuestros deseos más ardientes siempre encuentran el camino para hacerse realidad
