Mi cuñada putita con short blanco no es nada santa

Duración estimada de lectura: 5 minutos

Visitas: 1,123

Hay mujeres que nacen para ser santas, y luego está mi cuñada, esa diablita que usa la ropa como excusa pa’ mostrar lo que Dios le dio. Hoy llegó a mi casa con un shortcito blanco que se le metía entre las nalgas, una blusita de esas transparentes que dejaban ver los pezones paraditos como si estuvieran saludándome, y unas sandalias que hacían sonar sus pasos como un puto anuncio de que estaba lista para armar escándalo. Yo estaba echado en la cama, en boxer, viendo el celular, pero apenas la vi entrar con esa sonrisa pícara, sentí la verga ponérseme dura como piedra. Ella lo notó al instante, porque no me quitaba los ojos de encima, y en vez de hacerse la digna, se mordió el labio y se acercó despacio, como una gata que huele su presa.

No hizo falta que yo dijera ni una palabra. Ella se sentó al borde de la cama, me corrió el boxer y sacó mi verga con una mano, como quien desenvuelve un dulce que ya conocía. Se la llevó a la boca sin pensarlo, y yo sentí esa lengua caliente recorriéndome desde la base hasta la punta, mientras sus ojos se me clavaban con esa mezcla de inocencia y perversión que me tenía loco. Chupaba como si le pagaran por eso, con la boca llena, haciendo ruidos obscenos que retumbaban en el cuarto, y de vez en cuando sacaba la lengua para lamer mi glande como si fuera un helado que no quería dejar escapar. Yo le agarraba el cabello, guiándole el ritmo, sintiendo cómo su garganta me tragaba entero sin asco, y ella solo gemía con la boca llena, como si le encantara tenerme así de sometido.

Cuando ya no aguantaba las ganas de estar dentro de ella, le dije: “Volteate, mami”, y ella obedeció sin dudar. Se puso en cuatro sobre la cama, con ese shortcito blanco estirado al máximo por su culote enorme, y yo se lo bajé lentamente, dejando ver sus nalgas redondas y rosadas, con una tanga diminuta que ya estaba empapada. Se la corrí a un lado y vi su coño brillante, con esos labios gruesos y rosados que me llamaban como un imán. Me acerqué y le pasé la lengua por toda esa raja, sintiendo su sabor dulce y salado a la vez, mientras ella arqueaba la espalda y empujaba su culo contra mi cara, pidiéndome más con esos gemidos que se le escapaban sin control. Le metí dos dedos mientras le mordía una nalga, y ella se vino así nomás, temblando como una condenada.

No la dejé recuperarse. Me paré detrás de ella, le agarré las caderas con fuerza y le fui metiendo la verga despacito, centímetro a centímetro, sintiendo cómo esos labios gruesos me apretaban rico, como si su coño no quisiera soltarme. Ella soltó un gemido largo, casi un aullido, y yo seguí empujando hasta enterrarme completo, sintiendo su calor envolviéndome. Empecé a moverme con ritmo, primero lento, luego más rápido, viendo cómo mi verga desaparecía y aparecía entre sus nalgas, mientras ella empujaba hacia atrás para recibirme mejor. Le di unas nalgadas que sonaron como cachetadas en el cuarto, y ella gritaba: “Así, papi, así, no pares”, con la cara enterrada en la almohada y el culo levantado como una perra en celo.

Cuando ya sentía que me iba a venir, la volteé de golpe y la senté sobre mí, mirándola fijo a los ojos mientras ella cabalgaba como una loca, con las tetas saltando fuera de esa blusita transparente. Yo no podía dejar de mirar cómo esas tetas se le escapaban por completo de la blusita, rosadas y duras, pidiendo que las chupara. Le agarré una y me la llevé a la boca, mordiéndole el pezón mientras ella seguía rebotando sobre mi verga, cada vez más rápido, más desesperada. Sentía su coño apretándome como un puño, caliente y húmedo, y ella me miraba con esos ojos vidriosos de puta en celo, mordiéndose el labio mientras gemía mi nombre sin parar.

“Me voy a venir, papi, no te vayas a salir”, me suplicó, y yo le agarré las caderas con fuerza, clavándola contra mí para sentirla hasta el fondo. Ella apretó las piernas alrededor de mi cintura y se vino gritando, con el cuerpo temblando como si le hubiera dado un ataque, y yo sentí cómo su coño me succionaba, jalándome la leche que ya no podía contener. Le reventé toda la verga adentro, chorros calientes que sentía cómo le llenaban el fondo, y ella seguía apretando, como si quisiera exprimirme hasta la última gota. Cuando por fin me retiré, vi cómo mi leche escurría por su muslo, mezclándose con sus jugos, y ella se pasó la mano por el coño y se la llevó a la boca, saboreándose como una condenada.

Se quedó sentada sobre mí, pegada a mi pecho, con la respiración agitada y el cuerpo sudado, y yo le acariciaba la espalda mientras ella reía bajito. “Eres mi vicio, cuñado”, me dijo, y yo no supe si tomarlo como un cumplido o como una advertencia. Pero no me importó. Esa mujer, con su short blanco y su blusita transparente, era mi pecado favorito, y yo no tenía ninguna intención de arrepentirme.

👉 ¿Te gustó este relato? ¡Compártelo! ✨

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *