Me enfado si no me lo cuentas
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Oí acercarse a mi yerno con parsimonia. Bostezaba con ahínco. Yo temblaba de deseo. No sabía muy bien cómo actuar. Estaba indecisa. Por un lado, tenía presente a mi hija y me sentía una ramera sin escrúpulos; por otro, tenía una calentura después de meditarlo toda la noche que chorreaba por los muslos.
En un arranque de coraje, solté el vaso de zumo, me quité el tanga muy, muy rápido y lo escondí en un cajón. El primero que abrí. Menuda zorra estaba hecha. A mi lado, mi madre fue una santa. Alejandro empujó la puerta y yo le di la espalda haciendo ver que fregaba la vasija para que pudiese contemplar con tranquilidad mis nalgas. No tenía espejo pero de seguro noté el aire al abrir la puerta en mi entrepierna. Apenas pudo balbucear un…-“¡Buenos dí…..as!”
La sorpresa fue mayúscula. No se lo esperaba. La madre de su novia inclinada, con los mofletes de los muslos al desnudo, como las quinceañeras de ahora que llevan pantalones muy, muy cortos para que se les aprecie mejor el culo. Me hice la tonta y le devolví el saludo. -“Llévale el desayuno en una bandeja que no vas a poder con todo”, le dije. “Espera que te busco una.”
Ya lo había previsto y la había colocado en un armario bajero del horno, lo más atrás que se podía para que pudiese apreciar que no llevaba ropa alguna bajo mi batín al agacharme. No le miré directamente para no ponerle nervioso pero cuando le cargué el desayuno en la bandeja, mientras lo sujetaba aprecié un bulto enorrrrrrrrrme en su boxer. Me sentí plena de confianza y agradecimiento y le hice una carantoña en el trasero cuando se dio la vuelta, con la idea de intimar y que algún día me devolviese el sobe. Me fui al lavabo a continuación a hacer un pis. Me senté en el baño y oigo decir a mi hija: -“Pero, ¿qué te pasa? La tienes durísima. ¿Te ha visto mi madre así?” Yo pasé de miccionar con fuerza a cortárseme de golpe. Había ido demasiado lejos. La nena se había dado cuenta. Alejandro, disimulando, le comentó que eran las ganas que tenía de orinar. Posó el “Tú y yo” sobre la cintura de la nena y la dejó desayunando. Entró al baño y ahí estaba yo, de espaldas (a idea), limpiándome despacio con una toallita, con las nalgas prácticamente a un metro de él, mojada de deseo y más puta que una monja de convento.
-“¡Perdón!, no sabía…”, me espetó, atragantándose de forma juvenil, y quedando su mirada clavada entre mis piernas. La empalmada era más que sobresaliente. Se me hacía la boca agua. Por Dios, necesitada esa verga en mi boca.
-“Pasa, no te preocupes que ya acabé.”, le contesté. Me hice la remolona y me lavé las manos frente al espejo, contemplando con toda lascivia que su bulto no paraba de señalar el norte. La madre que lo… ¡Menuda tranca tenía el chaval! Se acercó a la baza para hacer pis y al bajarse el calzoncillo con la derecha, se agarró el pene con la izquierda…con 2 dedos, solamente, y en posición tal que yo pudiese verle el glande. Rosita tirando a rojo, por el trabajo nocturno, supongo. Se lo miré, descaradamente, para que él pudiese comprobar que lo hacía. Me volví hacia la puerta sin dejar de mirarle para que sintiese mi mirada y pensase que podría ser su puta si él lo desease. Él me devolvió la mirada. Esa mirada de …chuloputas.
Con tal calentón entré en mi cuarto, tropezando con mi marido que estaba masturbándose junto a la puerta. Le empujé sobre la cama y me metí su miembro en la boca. -“¿Has visto lo puta que llega a ser tu esposa? Eras un cerdo pero, ahora, ya casi eres un cabrón. Se la sacudí con firmeza, apretándole la polla mientras le metía el índice en el ano. -“Sigue, por favor. No pares. ¡Qué más tienes planeado?, hija puta.”
-“¿De veras quieres que siga adelante, cerdo?, le respondí.
-“Siiiii, puta, más que puta. Como se entere nuestra hija, no te vuelve a hablar en la puta vida.”, susurró. Desde la otra habitación podrían estar escuchando, así que bajamos el tono de voz, pero no la forma de chupar. Ronroneaba como una cerda para que pudieran escuchar. Para que mi yerno supiese que me había puesto cachonda al ver su verga.
-“Creo que ya sé cómo voy a quedarme a solas con él. ¿Te apetece mirar, cabroncete?, le tenté.
-“Uf, ya lo creo. Me muero de ganasssssss.”
Pocas veces, muy pocas, recuerdo una corrida tan abundante de Abel. Me salpicó la melena sin avisar. Me cogió del cuello y me hizo metérmelo en la boca. Y yo me relamí del gusto, pensando que era la venida de Alejandro. Me sentí más zorra que nunca.
