Primera Vez | 4.305 lecturas | 12:00

Las apariencias engañan – I, II, III

Las apariencias engañan - I, II, III 2

Siempre supe que no era una chica normal, siempre miré a la gente con una perturbada perspectiva por sobre su intimidad, no había conocido con el que no hubiera fantaseado al menos una vez en mi mente, desde que tengo uso de razón mi inocencia se vio perdida en mi imaginación de persona adulta… o al menos de persona lujuriosa, ya que un adulto (a mi parecer) no podría fantasear con sus más allegados, talvez por moral o talvez porque esas cosas no se hacen, se guardan en lo más profundo de la conciencia y por lo general, se tira la llave para no caer a esos bajos instintos que la mente te puede llevar.

Si bien no era una situación que me consuma la vida, podría decir que dentro de mi cabeza las situaciones ocurrían.

Desde mi más lejano pensamiento en el despertar de mi conciencia, recuerdo pensar en lo rico que hubiera sido besar en la boca al medico que me atendía. Es mi primer recuerdo, por lo menos el que llega a mi mente a veces, recordar mi cuerpo semi desnudo frente a el, que me tocaba sin titubear, y sentía sus manos duras por sobre mi espalda, mi cuerpo temblaba y el incipiente vello de mi piel se erguían como pidiendo más… por favor, una caricia más, esta vez con un poco más de saña que de contención, con un poco más de sensaciones que de profesionalidad, con un poco más de intención que de cuidado.

Repito, no era siempre, a veces los pantallazos llegaban en cualquier momento, con mi vecino Jonatan en las tardes de siesta, donde el, un poco más inocenton que yo, pedía que me levante la pollera larga solo para saciar la curiosidad de lo que había debajo, no más que lo que cualquier chica tenía, sin embargo me excitaba de alguna manera pensar que lo que estábamos haciendo no estaba bien, no era lo correcto.

Pasaban los años y esa rebeldía seguía allí, intacta, buscando el momento adecuado, una peatonal San Martín abarrotada por los turistas, un colectivo lleno en hora pico, una salida de colegio donde a los chicos no les interesaba pegarse uno a otro con tal de salir de esa “prision” cualquier excusa era buena para sentir un roce, el pecho de algún chico lindo o la cola de alguna chica voluptuosa, cualquier cuerpo era válido a la hora de saciar esas fantasías.

No era algo rutinario y podía hacer mi vida como cualquier otra chica hasta que de la adolescencia llegó como un torbellino para revelarme todo un submundo al que nunca había accedido antes.

De pronto la lencería de mamá comenzó a ser una constante en mi cuerpo en desarrollo, el liguero, aún fuera de mi alcance, era ambrosia de los dioses en mi piel lechosa y el sostén (que poco sostenía valga la redundancia) se sentía cada vez más erótico en mi cuerpo salpicado levemente por las pecas heredadas.

No me daba cuenta lo que hacía, mi cuerpo cambiaba todos los días y mis ganas de llegar a otro nivel eran tan grandes como mi libido en ese tiempo.

Recuerdo no ser una adolescente destacada, más allá de las buenas notas que nutrian mi boletín en la escuela piloto no era la ilusión de nadie, talvez la ropa súper abultada que llevaba no dejaba ver a los demás todo lo que ocultaba, porque a mi parecer fui una chica muy Bonita en ese tiempo.

Recuerdo las tardes encerrada en mi cuarto donde desnuda me observaba en el enorme espejo que había en la pared y era inevitable tocarme frente a el hasta ahogar los gemidos mordiendo la almohada, fiel compañera de todas esas tardes cuando no había nadie en casa y el experimentar con mi cuerpo era una regla inamovible, sea invierno o verano, las ventanas cerradas y la música fuerte para no levantar sospechas que mi cuerpo disfrutaba de todos esos placeres culposos, con la mente fija en acabar todas las veces que el cuerpo me lo pidiera y terminar agotada con mis piernas temblando mis pezones duros y mi entrepierna toda empapada pensando en todos esos hombres que alguna vez deseé en todo ese tiempo.

PARTE II

El tiempo pasaba, recuerdo claramente la primera vez que sentí que un profesor se fijaba en mi, era en la escuela piloto, el: un profesor de educación física con la espalda de un espartano, no menos de 1.80, una cintura tremendamente estrecha y unos brazos que podría levantar un auto sin despeinarse su rubio pelo que terminaba en una coleta alta detrás de su nuca. Yo una teen en pleno desarrollo, comenzaba a ensanchar mis caderas, mis pezones siempre duros y mi estatura (una media de 1.50) me hacían ver una de las más pequeñas del grupo, intentando diferenciarme de las demás por mi afinidad a la subcultura gótica, aunque mi guardarropa no era el adecuado aún para poder ser parte de ello.

Por mis amigas sabía que todas le tenían ganas a el, pero el siendo un profesional no iba a ceder a sus instintos, hasta que una tarde enlongando en el gimnasio del colegio lo descubrí con la mirada fija en mi cola. No pude disimular mis cachetes colorados, un escalofrío recorrió mi cuerpo y cuando quise recuperarme ese segundo me di cuenta que estaba mojada. Sin decir una palabra intenté salir del gimnasio sin hacer mucho espamento, el, entre medio de la clase disimuladamente me siguió con la mirada, el sabía que yo sabía lo que había pasado, más el no sabía que a mi no me había molestado.

Llegue al baño, estaba un poco asustada, no lo voy a negar, la primera vez que puedo notar en la mirada de alguien ese libido que me perseguía silenciosamente, pero mi cuerpo estaba estallado en calor, no era el momento ni el lugar, pero mi mente me exigía calmar este fuego. Traté de calmarme, me aseguré que no haya nadie en los pasillos y di rienda suelta a mi mente.

De repente el lugar y el momento fueron en el baño de mujeres de la piloto y el momento en plena clase de educación física, encerrada en un cubículo de 1×1 mis dedos delicados recorrían mi monte de Venus, con un preciso rasurado, mi piel casi pálida y las pecas que me acompañaban fugazmente hasta en los lugares más recónditos de mi cuerpo, no pude contener mis gemidos, casi inaudibles (supongo) para todos los demás.

Comencé a sentir como mis fluidos corrían entre mis piernas, mis pezones duros como piedras, rozaban mi buzo over zise con capucha y mi espalda se arqueaba cada vez con un mejor ángulo para poder llegar a lo mas profundo de mi. Un calor insoportable se apoderaba de mi y mis piernas cada segundo fallaban un poco más en mantenerme de pie, podía sentir el frío revestimiento cerámico chocando con mis glúteos redondeados pero poco me importaba, lo estaba disfrutando… los minutos pasaban, sin embargo mi tiempo estaba detenido en ese segundo donde mi profesor me miraba con deseo, no podía dejar de pensar en otra cosa, hasta que por la rendija de la puerta vi un par de ojos que me observaban como comiéndome con la mirada.

No puedo precisar lo que me invadió en ese segundo, una mezcla de angustia y una explosión en mi cuerpo que me hizo ponerme rígida en un segundo, sabiendo que mi momento de satisfacción no era solo mío, que mis pezones marcados en el buzo no eran solo deleite para mí y que esos ojos libidinosos no dejarían de mirarme en mi mente, supe que era un antes y un después en mi vida.

No pude hacer otra cosa más que empujar la puerta para descubrir a ese que me estaba mirando como yo quería que me miraran, pero entre la torpeza del momento y mi cuerpo totalmente flexionando por la falta de espacio y la situación en la que estaba me hizo resbalar y caer al suelo con el jogging abajo, así dándole paso a esa mirada a salir despavorida del baño sin dejar un rostro claro para acusar ¿Quién era esta persona que vio lo más íntimo de mi? ¿ qué pasaría después de esto? No podía saber con certeza quién era, pero en una escuela tan grande los rumores corren y este incidente se esparciría como la pólvora en la lengua equivocada.

Como pude me compuse del resbalón y no tarde en apenas arreglarme y salir encapuchada del baño de mujeres, un nuevo punto en todo este tema.

PARTE III

En los próximos días solo pensaba en lo que iba a pasar cuando esto estallara, la sola idea de saberme acusada de alguna manera ponía un peso insoportable en mis hombros, el colegio se había vuelto una tortura y solo pensaba en regresar a casa para poder sobrevivir un día más a los rumores que pronto estallaran ahí, podía imaginarme la cara de mamá tratando de arrastrarme nuevamente a los psicólogos y mi vida deshecha nuevamente a causa de eso. Solo quedaba seguir hasta donde se pudiera y rogar que esos ojos que observaron el momento fueran indulgentes con mi calentura desbordada.

Pasaban los días, el altercado quedaba atrás y yo podía volver a desenvolverme de una manera más holgada, las palpitaciones entre mis piernas comenzaron paulatinamente a tomar su curso habitual y esa mirada comenzó a ser un recurrente en mis pensamientos. En algún punto la idea de que me observaran me gustaba ya que no podía contener mi libido como una persona normal.

Paso una semana y nada había pasado más que el tiempo, me sentía segura, me había masturbado varias veces con ese recuerdo, pero necesitaba un poco más. Talvez fue cosa del momento pero al saber que los hechos no se esparcieron tuve la necesidad de volver a ese cubículo, talvez esa persona estaría al acecho buscando algun otro espectáculo de mi parte, y yo, con toda mi adolescencia encima, pensaba cumplirle ese capricho, talvez sea jugar con fuego, pero si sale bien, talvez tenga una oportunidad para concretar algo más que una efímera mirada entre cubiculos.

El día indicado fue nuevamente educación física, esta vez, una calza negra tiro alto que solo dejaba ver mi pequeño ombligo se calzó justo para que esta tarde fuera un poco más llevadera, unas zapatillas blancas y una pupera bien al cuerpo me acompañaba debajo del buzo con capucha que siempre me identificaba, la hora pasaba, y yo con los nervios de una inexperta tomé un rumbo sigiloso hacia los baños, tratando de pasar lo más desapercibida posible hice un paneo general y me escabullí por la puerta del gimnasio hacia los baños.

Volví a sentarme en ese mismo cubículo, mi fuego interior era tal que podía sentir como mi cuerpo emanaba ese calor corpóreo, mis manos temblaban de los nervios y mi piel estaba tersa y erizada como si de la primera vez se tratara, sentí nuevamente mis pezones rozar el buzo, no podía seguir esperando, mi cuerpo llamaba a la fantasía y por más que parte de mi no quería sucumbir ante esta situación, la irracionalidad humana me perseguía.

Mi sexo se volvió a mojar, mis piernas nuevamente temblaban y mi cuerpo se contraía como esperando esa mirada al acecho, mis dedos ya empapados, mi fluido seguía entre mi mano derecha y goteaba por mi muñeca perdiéndose en el frío suelo de ese baño, mi respiración cada vez más agitada y mi libido por las nubes solo atinaban a deshacerme de a poco de gemido por gemido, tenues, casi inaudibles, sin embargo ahí estaban, en mi voz entrecortada, en cada contracción de mi vagina, en cada palpitación de mis labios empapados en búsqueda de ese animal que saciara mi desbordado placer y diera fin a la incógnita de quien era esa persona que le dediqué prácticamente toda esta semana en mis noches solitarias.

Los minutos pasaban, hasta agudizar mis oídos, sentí el silencio en el lugar, pero algo me decía que no estaba sola, alguien me observaba, al menos eso sentía, hasta que en un preciso momento escuché una voz dura que se aclaraba la garganta.

Escuche unos pasos muy tenues, y por fin la puerta de ese cubículo se abrió.

Sabia que todo se había salido de control en ese instante, la mirada de ese pequeño hombre por encima de sus gafas decía todo, podía apostar que era la primera vez que veía una mujer en esa situación, su uniforme desprolijo, sus manos pequeñas y su ritmo jadeante me hacían saber que estuvo observándome desde hacía un tiempo, una incipiente voz salió de su garganta, “por favor no grites” no era mi intención pero tampoco era a quien esperaba, yo seguía pensando en mi profesor, quería alguien que me tomara sin mediar nada, no un liliputense oportunista.

Scroll al inicio