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Experiencia en tres actos, los mejores

Experiencia en tres actos, los mejores 2

Permítanme contarles una historia que me ocurrió cuando tenía 18 años, en mi último año de instituto. Me llamo Menchi y ahora tengo 31, pero aún no se me ha olvidado aquel día. Por aquel entonces yo no era nada más que una colegiala, pero una colegiala de senos generosos, nalgas apretadas y larga melena. Con esos “activos” me hice novia de un chico de 22 años, llamado Rubén, que era rubio, alto y muy, muy guapo. La verdad es que era una verdadera gozada presumir de un novio así delante de mis compañeras de clase, la mayoría de las cuales aún no sabían mucho sobre los chicos. Algunas tenían novio, pero sospechaba yo que lo del sexo no lo dominaban demasiado. Lo cierto es que yo tampoco sabía demasiado, ya que todo mi conocimiento se reducía a una película porno que había visto en casa de una de mis colegas del instituto. Mi amiga sabía bastante más que yo, ya que tenía 19 años y era una repetidora contumaz. Por supuesto yo no había hecho el amor nunca. Era virgen y, todo lo más, había tenido algún rollo con chicos que conocía en bares o discotecas. Pero estos rollos nunca pasaban de unos morreos y de unos toqueteos inexpertos.

Acto Primero

El caso es que una tarde de finales del mes de octubre decidí hacer pellas y quedar con Rubén. Me había vestido de manera normal: jersey oscuro, sin nada más que el sujetador debajo, vaqueros elásticos (de moda en aquella época) y unas braguitas diminutas. Pero la verdad es que estaba guapa. Después de hacernos algunos arrumacos en el parque, él propuso comprar unas latas de cerveza e irnos a su casa “a escuchar música”, ya que sus padres habían salido de viaje y no volverían hasta dentro de un par de días. Por supuesto acepté, sin tener en ese momento muy claro cuales serían las consecuencias de ello. Después de pertrecharnos de media docena de latas de Heineken en el súper de la esquina subimos a su piso que, por cierto, era grande y muy bien amueblado. Dado que en su habitación era donde tenía el equipo de música, me pareció normal que nos quedásemos allí, mientras dábamos buena cuenta de las latas de cerveza.

Sentados en la cama, escuchando la música, empezamos a besarnos sin prisa. Rubén insistió en que estaríamos más cómodos si nos quitábamos algo de ropa, por lo que nos quitamos en primer lugar los zapatos, ya que parecía muy preocupado en que manchásemos la colcha de su cama. Después él se quitó la camisa, quedando totalmente desnudo de cintura para arriba. Me resultó muy excitante ver la figura de aquel chico tan guapo, con sus músculos tan bien marcados en sus brazos y pecho. Sugirió que para que quedásemos en igualdad de condiciones yo hiciese lo mismo. Me dio algo de vergüenza, pero me quité el jersey y después, con más renuencia, también el sujetador. Los ojos de él brillaron por un momento, al ver mi busto, firme y bien formado, y mis pezones, grandes y oscuros. Me abrazó y me besó con un ardor hasta entonces desconocido para mi, al tiempo que sus manos acariciaban con suavidad mis pechos. Cuando sus dedos llegaron a mis pezones sentí un estremecimiento, seguido de un agradable cosquilleo por todo el cuerpo. Mis sensaciones empezaron a converger en la entrepierna.

Después de unos minutos Rubén dijo algo así como que se iba a quitar los pantalones y que yo debería hacer lo mismo, “para mantener el equilibrio de fuerzas”. Contesté que no pensaba hacerlo, más que nada porque tenía algo de miedo. No miedo del chico, sino miedo de mí, de perder el control y de que la situación se me escapase de las manos. De todos modos él se puso de pie y con movimientos lentos (no sé si deliberados o no) se desabrochó el cinturón y se quitó los Levis 501 que tan bien le sentaban. La única prenda que lo cubría eran unos slips negros y apretados y yo debí quedarme con la boca abierta, al ver el increíble paquete que marcaba. Ya antes me había fijado en dicho paquete, pero vestido parecía que no iba a ser para tanto. El caso es que yo estaba excitándome más de la cuenta y, fuera por los nervios, por las cervezas o por todo junto, sentí la imperiosa necesidad de pasar por el servicio. Una vez allí respiré hondo, traté de calmar mis nervios y, de paso, pude apreciar la incipiente humedad que había en mi coño. Antes de volver con él me abroché bien los vaqueros: seguía convencida de no quitármelos.

Cuando entré de nuevo en su habitación encontré a Rubén medio tumbado en la cama, tal y como le había dejado, pero con la diferencia de que sus splips ya no estaban donde antes. Se los había quitado y, en su lugar, pude apreciar su enorme polla, que no tenía nada que envidiar a las de los actores porno de la película que había visto en casa de mi amiga. Había pensado que en esas películas los actores eran extraños superdotados, o bien personas operadas o con algo de postizo, y que yo nunca me las tendría que ver cara a cara con algo semejante, pero allí estaban él y su polla, a menos de un metro de mi. En fin, que el tío estaba en pelotas y esta visión me turbó más aún, pero traté de mantener la compostura por todos los medios. Acto seguido él me dijo:

– Estarías mucho más cómoda si te quedaras como yo.

– Eso ni lo sueñes – respondí con un ligero temblor en la voz – Pero puedes pedirme otra cosa si lo deseas.

– Esta bien – replicó él tranquilamente – Tócamela un poco.

– Eso está hecho – dije mientras trataba de recordar lo que había visto en la película porno.

Me senté junto a él y cogí su pene con mi pequeña mano. Apenas llegaba a abarcársela del todo, ya que su polla se asemejaba a la de un toro. Empecé a subir y bajar lentamente por aquel enorme órgano, que estaba grande, duro y palpitante. A medida que se la iba sobando noté que se ponía cada vez más dura. Rubén estaba muy excitado y respondía a mis caricias con pequeños gemidos de placer. Aquel dominio de la situación, junto con el calor de su polla en mi mano, amenazaba aumentar mi excitación, la cual me costaba enormemente contener dentro de los límites actuales. Mientras seguía meneándosela despacio, me agaché y le besé en la boca. Noté que su lengua temblaba y su roce con la mía me resultó delicioso. Aún más delicioso me pareció cuando una de sus manos se cerró en mi pecho y su dedo pulgar recorrió mi pezón hasta hacer que éste se pusiera duro. Yo, por mi parte, alargué los dedos hasta sus testículos y palpé con cuidado (pues había oído que era una zona muy sensible y delicada) aquellas dos bolitas. Tenían la piel suave y cubierta de un ligero vello y enseguida me percaté de que él respondía de inmediato a esas caricias, ya que su respiración se aceleró y su pene se puso aún más duro.

– ¿Estás segura de que no quieres quitarte el resto de la ropa? – preguntó, tras escuchar los leves gemidos que yo trataba de ocultar.

– Estoy segura del todo de que no vas a quitarme los pantalones, pero te puedo seguir haciendo alguna que otra cosita.

– Perfecto: eso que tienes en la mano también se chupa.

Tardé unos segundos en comprender que se refería ¡A que le chupara la polla! Debo reconocer que me pareció un poco fuerte al principio, pero después recordé las escenas de la película en las que una chica de labios carnosos (y golosos) le comía la polla al actor porno, lo cual parecía gustar mucho a éste. Esas escenas me llamaron mucho la atención, e incluso llegué a imaginarme que yo era la actriz porno que saboreaba un buen pene. Había llegado la hora de pasar a la práctica y la sola idea de lo que iba a hacer me excitó tanto que volví notar un agradable calorcito en mi coño, a la par que una humedad sospechosa.

– A sus órdenes – contesté sonriendo – Veamos que rica está esta ciruela madura.

Rubén puso una ligera cara de sorpresa, pero al momento buscó una postura cómoda (apoyando su espalda contra la pared y quedando medio sentado) y cerró ligeramente los ojos, a fin de estar preparado para el placer que yo le iba a proporcionar. Recordando aquella película (que tan útil me estaba resultando) comencé a pasar mi lengua por sus cojones, con mucho cuidado. Después fui subiendo la lengua por toda la extensión de su pene (parecía que no iba a acabar nunca). Al final llegué a su capullo (yo sabía que el término más fino era glande, pero en esa situación no había ya lugar a finuras) y comencé a chuparlo como si fuera un helado de vainilla. Primero se lo chupé con la lengua y luego empecé a meterme en la boca esa linda ciruela, apretando ligeramente su base con mis labios mientras mi lengua hacía círculos. Al tiempo sujetaba la base del pene con una de mis manos y se lo meneaba arriba y abajo. Rubén debía estar en el cielo, ya que sus gemidos se hicieron fuertes y frecuentes (lo mismo que en la película), al tiempo que me dijo:

– ¡Que bien…! No pares, sigue chupándomela así de bien. ¡Que placer!

– Tranquilo, que no pienso parar de momento. ¡Que rica está tu polla! ¡Me encanta!

Al sacar su polla de mi boca para decir estas palabras observé un momento su capullo y vi que había una gota de semen en la punta. Ni corta ni perezosa acerqué la lengua y chupé esa tentadora gotita. Ahora sé que ese sabor tan delicioso fue lo que me hizo perder del todo la cabeza. El aroma de su polla era embriagador y las caricias que él me hacía en los pezones, deliciosas, pero sobre todo fue el sabor de aquella gota de semen lo que me puso a cien. Quería más y sabía la forma de conseguirlo. Empecé a imaginarme que él se corría abundantemente en mi boca, al igual que le pasó a aquella rubia de pechos exuberantes en la película. Seguí chupándosela, cada vez más profundamente, mientras se la meneaba con la mano. Me agazapé entre sus piernas, le acaricié los testículos (apretándoles ligeramente) y moví la boca metiendo y sacando de ella su polla. El calor de mi coño superaba ya todo lo tolerable cuando, por casualidad, noté como se escapaba otra gota de su semen, que yo saboreé de inmediato con golosa lujuria. Su sabor, que tenía un toque afrodisíaco increíble, provocó en mi un acto reflejo: bajé una de mis manos (la otra estaba muy ocupada) y empecé a desabrocharme los botones de los vaqueros sin que él lo notara. Decididamente el chico se merecía una sorpresa agradable. Cuando hube acabado con todos los botones fui quitándome poco a poco aquellos pantalones que, en realidad, me resultaban tremendamente incómodos en ese momento. Rubén parecía medio inconsciente, pero sus gemidos eran de un erotismo intenso. Entre gemido y gemido acertó a decir:

– No sé si voy a aguantar mucho más. ¡Ummmm! Si sigues así me voy a correr.

– No te corras todavía, aún queda lo mejor – dije mientras suspendía la tarea de chupar, con gran pesar por mi parte porque me estaba encantando aquella “tarea”.

Y dicho esto me puse de pié al lado de la cama y, en un rápido movimiento, acabé de quitarme los vaqueros, quedando únicamente con una pequeña braguita blanca, en cuya parte delantera (para más inri) podía leerse la siguiente frase: “El mejor amigo del hombre”. Él se quedó entre sorprendido y encantado por mi gesto. Se incorporó un poco y sentado en el borde de la cama exclamó:

– ¡Dios mío, que cuerpo tienes! Me pones a dos mil por hora. Esa piel tuya debe ser suave como el terciopelo y dulce como la miel.

– Déjate de cumplidos cursis y demuéstrame lo que sabes hacer – contesté con impaciencia, ya que no veía el momento en que él me empezara a hacer disfrutar del todo.

En ese momento estaba ya dispuesta a entregarme totalmente a él, no porque pensara que era el hombre de mi vida ni nada por el estilo, sino simplemente por pura atracción sexual, por pura admiración hacia su enorme polla y hacia sus redondos cojones. Rubén se sentó en el borde de la cama, justo delante de mi, que seguía de pié exhibiendo orgullosa y excitada mis encantos femeninos. Pude imaginar por un momento el cerebro de él, deleitándose con mis tetas, cuyos pezones estaban ya erizados y duros como piedras, con mi cintura apretada, con mis muslos sugerentes y con mis braguitas provocativas. En ese momento dijo:

– No me cansaría de mirarte. Date la vuelta para que pueda verte enterita – y añadió un beso en mi ombligo que me provocó un escalofrío.

Me giré lentamente, para darle tiempo a apreciar mis encantos. Quede de espaldas a él y rápidamente beso mis nalgas a través de las bragas. Sus expresiones empezaron a volverse más vastas (lo cual no es de extrañar dado el estado de excitación en el que estábamos y dado que ambos sabíamos como iba a terminar la cosa) y entre frases tales como “que polvo tienes”, “te voy a follar viva” y “te voy a hacer chillar de gusto”, empezó a bajar mis bragas lentamente por las nalgas, las cuales por aquel entonces eran firmes, blancas y muy redondas. Cuando el surco que separaba ambas estaba medio descubierto él introdujo la punta de la lengua entre ellas, provocando en mi un grito, que no era de desagrado precisamente. Siguió bajándome la poca ropa que me quedaba, mientras una de sus manos ya tanteaba los pelos que cubrían mi monte de venus. Acarició aquel vello rizado y duro mientras seguí bajándome las bragas. Cuando las tuvo a la altura de los tobillos me las sacó por debajo y, entre tanto, siguió lamiéndome las nalgas. Me dijo que me volviese y contempló unos instantes mi coño. Añadió:

– Túmbate, que tengo ganas de comerte ese conejito que tienes.

Antes de tumbarme le besé con fuerza en la boca, sintiendo nuestras lenguas que vibraban una contra otra. Una vez más le cogí la polla, que seguía tan dura como antes, pero al final obedecí y me tumbé, para que él procediese. No se demoró ni lo más mínimo y, antes de que me pudiese acomodar del todo Rubén me frotó el coño, provocando en mi una sensación que no había conocido hasta entonces. Acto seguido empezó a meter un dedo en mi coño, que a estas alturas ya estaba empapado, y simultáneamente lamió mis muslos, con una lengua que me pareció cálida y ágil. La cabeza me daba vueltas y sentía un cosquilleo placentero que ascendía por mis piernas y que iba a parar directamente a mi coño. Al mismo tiempo sentí que su lengua ascendía hasta posarse en el centro de mi sexo. Gemí y agarré su cabello para introducirme aún más su lengua. Entre tanto él había ido cambiando de dedo. Me di cuenta de que cada vez introducía en mi ardiente coño un dedo más grande, como si quisiera comprobar la elasticidad de mi sexo. Cuando introdujo el dedo corazón (el más largo de todos) no pude evitar soltar un gemido pronunciado. Lo metió y lo sacó varias veces, para al final posarlo sobre mi clítoris, que en ese momento estaba ya hinchado y muy sensible. Lo untó del líquido que había en mi coño, con movimientos circulares, y seguidamente me lo empezó a chupar golosamente. La sensación que me provocó no es fácil de describir. Grité, le pedí que siguiese así y todo aumentó cuando aplicó sus manos en mis pezones. De este modo sentía su lengua en mi clítoris, al tiempo que sus dedos me acariciaban y pellizcaban los pezones. Esta triple sensación hizo que mis sentidos se disparasen. Vibré una última vez y tuve un orgasmo desgarrador. El placer me colmó desde la cabeza hasta los pies.

Rubén siguió chupándome un rato el coño, deleitándose con el sabor de mis jugos. Después se tumbó a mi lado, lo que aproveché para alargar la mano y tocar su polla. Seguía dura como una piedra y pensé que no sería justo que se quedase así. Al agarrar de nuevo su polla mi deseo se reavivó y solo pensaba en sentirla dentro de mi, aunque no tenía claro como una polla tan grande podría caber dentro de mi sexo. De todos modos el deseo superaba cualquier miedo, así que le cogí la polla, empecé a meneársela y acabé por meterla en mi boca (en la medida de lo posible, dado el tamaño que gastaba el colega). Al rato le dije:

– Quiero que me folles con esa polla tan enorme que tienes. Hazme gritar de placer y córrete como nunca lo has hecho.

No necesité repetírselo dos veces. Se puso de pié, cogió un condón de una caja que tenía en un cajón de la mesita y se lo puso con gran habilidad. Seguidamente apoyó la punta de su herramienta en mi abertura y comenzó a empujar poco a poco. Reconozco que al principio sentí algo de dolor (era la primera vez), pero la excitación del momento (ya estaba húmeda otra vez) lo hizo más llevadero. La sola idea de que aquella enorme polla me iba a penetrar me hacía enloquecer. De modo gradual me la fue metiendo, al tiempo que su lengua recorría mis pezones, con tal habilidad que casi me hace perder el sentido. Su gigantesco pene acabó por romper la resistencia, haciendo que mis labios vaginales (no acostumbrados aún a semejantes envites) acabasen por ceder. Abracé su cuerpo con mis piernas y brazos y él empezó a moverse con habilidad, en un mete-saca que me resultó delicioso. No paraba de chuparme los pezones (que de nuevo estaban tiesos y sensibles) y a ello agregó su pulgar masajeándome el clítoris. Él gemía de placer y yo gritaba sin ningún tipo de recato. La música ya no se oía, porque el CD se había acabado hacía ya un buen rato, pero en su lugar quedó el sonido que hacía su polla al entrar y salir de mi coño. Era un chof-chof delicioso, que sonaba en mis oídos a música celestial.

– Vamos a cambiar de postura – propuso él, dejando momentáneamente de follarme.

Se sentó en la cama y me dijo que me pusiera encima. Así lo hice y empecé a clavarme contra su polla. Sentí una sensación como si me estuvieran empalando, pero moverme sobre su instrumento me resultó aún más morboso. Lo mismo que besarle en la boca mientras tenía todo eso dentro del coño. No cabía duda que él era como los actores porno: una polla enorme, capaz de dar placer, y que tarda mucho en correrse. De nuevo recordé la película porno y me acordé de una postura que me había llamado la atención. Decidí ponerla en práctica: con él sentado al borde de la cama me puse de pié dándole la espalda y comencé a subir y bajar mi coño sobre su polla, mientras con sus manos me acariciaba las tetas. Cuando me clavaba sobre su pene podía observar sus cojones justo debajo de mi coño. Esto me calentó muchísimo, tanto que empecé a tocarme el clítoris con los dedos, mientras no paraba en el movimiento de subida y bajada sobre él.

Rubén propuso una nueva postura, a lo cual accedí encantada de la vida. Me puso de rodillas en la cama, se colocó detrás de mi y empezó a follarme de nuevo. La sensación fue deliciosa y yo ya no paraba de gemir y de gritar. No sé si existe o no el punto G, pero la estimulación que sentí en ese momento fue increíble. Sentía que su polla provocaba en mi estremecimientos cada vez que entraba y salía de mi coño mojado. Además sentí otra sensación nueva: la que provocó su dedo pulgar posándose en mi ano y apretando suavemente. Ese roce fue una de las guindas del pastel de aquella gloriosa tarde. Cambiamos de nuevo de postura y Rubén se tumbó encima de mi y me folló al estilo clásico, de tal modo que no tardé en volver a correrme, con más intensidad aún que la vez anterior. Necesité de unos segundos para recuperarme de aquel salvaje orgasmo. Una vez recuperada decidí tomar la iniciativa para rematar la faena, tal y como había visto hacer las actrices en la porno de marras. Cogí su polla, quité el condón que la cubría y dije:

– Esto no puede quedar así.

Y se la empecé a menear y a chupar. Casi no me cabía en la boca más que la mitad de su cilindro, pero aún así se la chupé con todas las ganas, mientras se la meneaba desde la base con la mano. Su resistencia tocaba a su fin y así lo anunciaban sus gemidos y la frase que se deslizó entre ellos: “me voy a correr”. Yo estaba decidida a que se corriera en mi boca y así ocurrió segundos más tarde. De su capullo empezó a salir su caliente y abundante semen. Mi boca se vio inundada por un torrente de esperma delicioso. Su sabor era difícil de precisar: entre salado y dulce. El caso es que mientras él se moría de gusto, yo disfrutaba de aquel festín de semen, cuya abundancia me sorprendió. Tuve incluso cantidad suficiente para remojarme las tetas con aquel líquido caliente y delicioso. Acabé de limpiarle la polla con la lengua y lo cierto es que no dejé ni una gota en ella, ni en mis labios, para lo cual me relamí gustosa. Acabé la faena embriagada por los orgasmos y por el sabor de su fluido corporal. Miré de soslayo el reloj de la mesita y vi que marcaba las 17:32. Había tiempo de sobra, ya que en la residencia de monjas no hacía falta entrar hasta las 21:30. Totalmente desnudos nos abrazamos, apoyé la cabeza en su pecho y no quedamos dormidos entre caricias.

Acto Segundo

Cuando desperté eran casi las seis y media. Me estiré voluptuosamente y observé que Rubén aún dormía. Me levanté en silencio para no despertarlo y me encaminé a la nevera, donde él había guardado las cervezas Heineken. Cogí dos y las llevé de vuelta a la habitación. Como quiera que estaba sedienta abrí una para mi y le di un par de largos tragos, hecho lo cual me volví a tumbar al lado del que ya era mi “amante” (nunca mejor empleado el término). Se despertó un minuto después, sonrió y me acarició. Le acerqué la cerveza que había traído para él, bebió y preguntó en voz baja:

– Ha estado fantástico ¿no?

– Por supuesto que sí – respondí – Nunca me pude imaginar que sería tan placentero esto del sexo. Me lo he pasado de maravilla. Me estaba preguntando si podríamos alargar aún un poco más la tarde. Si estas dispuesto, vamos – añadí en tono desafiante.

Para aclarar más el sentido de mis palabras posé la mano sobre su pene. Había leído en una revista que para “reanimar” (es decir, para volver a animar) a un hombre había un truco que no fallaba: poner la mano sobre su polla y juguetear un poco con ella. Al principio estaba flácida y algo blanda, pero en cuestión de segundos empezó a crecer entre mis dedos. Empecé a sobársela mientras con la lengua le chupaba sus tetillas, alternando chupetones con algún que otro mordisquito. Su polla se puso de nuevo como el acero y su tamaño volvió a impresionarme, tanto en lo referente a su longitud como a su anchura. Había oído hablar de ese mito existente sobre la polla de los hombres negros, pero no creo que este chico tuviese nada que envidiarles. Seguí meneándosela poco a poco y tocándole de vez en cuando los testículos. Pero mi pareja no permanecía del todo inactiva. Con habilidad pasó una mano por mis nalgas desnudas. Me acarició la raja del culo y empezó a tantearme el ano. Empecé de nuevo a gemir, ya que descubrí que mi ano era una zona muy sensible. Dándose cuenta de ello Rubén me puso de rodillas y paso su larga lengua por mi ano. Después me senté en su cara y él me comió el coño. Me volvió a encantar la sensación de su lengua, cálida y ágil, recorriendo toda mi rajita. Al meter y sacar la lengua me hizo una especie de cosquillas deliciosas y sentí que la humedad volvía a impregnar todo mi coño.

Pero no deseaba ir demasiado deprisa, así que abandoné aquella placentera postura (con el coño sobre su cara) y le cogí la polla para hacerle una buena mamada. Lo cierto es que me había convertido en una adicta de su semen y ya ansiaba el momento de poder llevarme a la boca una buena corrida de su caliente esperma. Procurando no ahogarme con aquel palpitante pedazo de carne se la chupé con paciencia, metiendo y sacando en mi boca, y succionando su glande hinchado. Después le chupé la zona situada entre los testículos y el ano, lo cual, para sorpresa mía, pareció gustarle mucho. Por último me deleité pasando mi lengua por sus cojones redondos, mientras con la mano seguía meneando su polla.

Rubén reaccionó y, dado que parecía ansioso por follarme, no ofrecí la menor resistencia, ya que a mi también me apetecía ser penetrada de nuevo por aquella verga. Me levantó en vilo con facilidad (él era fuerte y yo, por aquel tiempo, no llegaba a los 50 kilos), me transportó en volandas unos metros y depositó mi cuerpo desnudo y cachondo sobre una mesa de escritorio. Se puso otro condón, con la misma habilidad de hacía un rato. Acto seguido cogió una de mis piernas y la puso casi vertical, apoyando mi tobillo en su hombro. Él estaba de pié junto delante de mí y situó su pene frente a mi abertura.

– Estoy deseando follarte. Ya verás que polvo tan majo nos va a quedar – dijo, al tiempo que empezaba a penetrarme.

En un par de golpes me la colocó casi hasta el estómago y empezó a moverse deliciosamente dentro de mi coño, que estaba mojado, excitado y dilatado en extremo. El placer empezó a invadirme a medida que él la metía y sacaba cada vez. Sus acometidas eran profundas y las simultaneaba con suaves pellizcos en mis pezones. Me concentré totalmente en el placer que me estaba dando, hasta tal punto que en un momento en que él apartó sus manos de mis pechos, para dirigirlas hacia mi tieso clítoris, mis manos tomaron el relevo. Me acaricié los sensibles pezones con mis dedos húmedos de saliva. Observé que a él parecía complacerle mucho lo bien que yo me lo estaba pasando, aunque él tampoco debía estar muy mal, a juzgar por la intensidad de sus jadeos y la dureza de su polla, que yo podía sentir bien dentro de mi. Cuando llevaba ya un rato jodiéndome de aquella manera, sentí como una marea que me rebasaba y tuve otro orgasmo espectacular. En medio del placer intenso seguía notando su deliciosa polla entre mis piernas, mientras se me escapaban de la boca algunas palabras incoherentes, tales como:

– ¡Sí, ya viene! ¡Ahhh que gusto! ¡Que placer!

Ruben, al ver que yo ya había llegado al orgasmo, dejó de follarme, volvió a cogerme en brazos y me depositó en la cama. Se quitó el condón y me dijo:

– Ahora me toca a mí. Quiero correrme en tus tetas.

Como es de suponer la idea me pareció perfecta. Se puso de rodillas sobre mí, colocó su polla entre mis tetas y yo las junté con las manos para formar un canal por la cual él pudiera deslizarse. Se movió atrás y adelante, mientras yo trataba de alcanzar su capullo con la lengua.

– Ya veo que te gusta follarme las tetas. Córrete en ellas.

No hizo falta que se lo repitiera. Entre gemidos y jadeos empezó a salir aquel semen blanquecino. Me incorporé un poco y me llevé la punta de la polla a los labios, llenándome de nuevo la boca de aquel delicioso manjar. Su semen estaba caliente y tenía aquel embriagador sabor. No estaba yo dispuesta a que se me escapase ninguna gota, así que usé la lengua a conciencia, llegando incluso a lamer alguna gota que se había deslizado hasta sus testículos. Mi boca estaba pegajosa por el efecto de su abundante semen y en mis labios estaban las últimas gotas. Me sorprendió cuando dijo:

– No te limpies del todo, que voy a sacarnos una foto.

Pensé que lo decía en broma, pero antes de que pudiese decir nada ya estaba él con una Polaroid en la mano. Apuntó hacia mi cara y hacia su polla, dijo “mira a la polla y acerca la lengua a ella” (lo cual yo hice de lo más gustosa), tras lo cual tiró dos fotos, una detrás de otra. Acabé de limpiarme los labios (con la lengua, por supuesto) y nos tumbamos abrazados a la espera de que las fotos se revelasen. Fue increíble el morbo que me produjo verme en ellas. Las dos eran muy similares y en ellas podía verse una mano (la mía) que sujetaba una enorme polla (la suya). El semen resbalaba un poco entre mis dedos y gotas de esperma podían verse también en mis labios. Mi lengua aparecía apoyada en su capullo, en clara actitud de lamer. Afortunadamente mi larga melena ondulada cubría parte de mi cara, lo cual haría difícil que alguien me reconociese. A la vista de ambas fotos él dijo:

– Una para cada uno. Elige la que más te guste.

Tras dudar un segundo escogí aquella en la que me parecía que se me veía más la cara, para que solo la viese quien yo quisiera. Él se quedaría con la otra y supongo que acabaría enseñándosela a sus amigos, a fin de poder fardar de la orgía que se había montado conmigo. A pesar de esto, el tener una foto de recuerdo de aquella gloriosa tarde (mi primera tarde gloriosa) me pareció una idea excelente. Solo debía preocuparme de guardar bien la foto, para impedir que fuera a caer en manos peligrosas. Una vez elegidas las fotos acabamos lo que aún nos quedaba de las latas de Heineken (dado que con el “calentón” anterior no nos había dado tiempo a apurar todo su contenido) y nos tumbamos a descansar un poco, ya que una de las cosas que aprendí aquel día era que el sexo daba mucho placer, pero que también cansaba y producía sueño.

Acto Tercero

Estuvimos medio adormilados algo más de media hora y una mirada al reloj me indicó que eran las 19:37. Era hora de ir dando por terminada aquella increíble jornada. Desperté a Rubén y le dije que no me iría nada mal una ducha. Respondió que sería mejor un buen baño y para dar más fuerza a sus palabras me enseñó la espléndida bañera que tenían. Era una bañera grande y redonda, con unos materiales que me parecieron muy buenos. Abrió el grifo del agua caliente y empezó a llenarla, al tiempo que añadía un generoso chorro de gel debajo del chorro de agua. Le dije que no me gustaba el agua demasiado caliente, a lo que respondió:

– No me extraña, con esa piel tan sensible que tienes – y, tras besarme ligeramente el cuello, bajó un poco la temperatura del agua, hasta que salió poco más que templada.

Me dijo que en el baño tenía todo lo que pudiera necesitar y con una palmadita en las nalgas (los dos estábamos aún completamente desnudos) se despidió. Cuando la espuma había subido y la bañera había alcanzado un nivel de agua que me pareció suficiente, me introduje en ella y me senté. Como medida previa me había recogido la melena con una pinza que encontré, ya que no era cosa que se me mojara la el pelo. El agua me llegaba casi hasta el cuello y la sensación de relax y tranquilidad era absoluta. Cogí una esponja y empecé a pasarla por todo mi cuerpo. Descubrí que en los pechos y en la cara aún me quedaba algún ligero resto de su semen, restos que limpié sin ninguna dificultad. Después seguí por las piernas, subiendo hasta los muslos y frotando con suavidad los rizados pelos que cubrían mi coño. Continué con los brazos, el cuello y el estómago, para finalmente volver a repasarme las tetas. El caso es que se estaba allí de maravilla, pero a los cinco minutos noté que empezaba a aburrirme. Por lo tanto decidí llamar al semental:

– Ruben ¿Por qué no vienes a frotarme la espalda? – dije con una voz entre pícara y suplicante.

– Al momento estoy ahí – respondió él desde la habitación.

En unos segundos apareció por la puerta del cuarto de baño, con la polla colgando en reposo. Desde luego había que reconocer que el muchacho tenía un cuerpo más que atractivo. Hizo un ademán de querer coger la esponja para empezar a frotarme, pero se lo impedí, mientras con un gesto de mi cabeza le indicaba que se metiera al agua conmigo. Asintió y se metió en la bañera. Le hice sitio y se colocó detrás de mi, cosa lógica, ya que su cometido (en principio) era frotar mi espalda. Armado de la esponja empezó a recorrer mi espalda, muy despacio. Empezó por la nuca (momento en el cual descubrí que la nuca también era una zona interesante), siguió por los hombros y fue bajando por la columna vertebral, hasta llegar justo donde empezaban mis nalgas. Seguidamente frotó con suavidad mis costillas, a ambos lados. Descendió hasta las caderas y masajeó ambas, una con la esponja y otra con la mano. La sensación del agua y de sus manos sobre mi piel estaba muy bien, por lo que respiré hondo y me relajé. Cuando mi colega de bañera consideró que ya me había lavado la espalda lo suficiente dijo:

– Voy a aprovechar para hacerte un masaje. Relájate y disfruta.

Relajada ya estaba y que con esa compañía iba a disfrutar, no lo dudaba. El caso es que sus manos empezaron a recorrer mi espalda. Me acarició los hombros y empezó a apretar con suavidad los músculos situados entre los hombros y el cuello. Aquellas manos sabían lo que hacían. Continuó masajeándome los omóplatos, la parte interior de los brazos y las costillas flotantes. Lo más curioso del caso es que no me hizo cosquillas (a las cuales suelo ser muy sensible), sino que estaba en la gloria, tanto que se me escapó la siguiente exclamación: “Ummmm…”. Sus dedos fueron volviéndose más ágiles y los fue deslizando por mi columna vertebral, mientras apretaba con suavidad. Aplicó los pulgares en mi zona lumbar y después a la altura de la rabadilla, lo cual provocó en mi un nuevo estremecimiento (ya ni recuerdo cuantos iban en las últimas horas). Volvió a subir las manos hasta mi cuello y las deslizó hacia abajo con las uñas por delante, arañándome ligeramente. Me invadió un hormigueo por todo el cuerpo y él, que pareció adivinarlo, repitió la operación varias veces, arañando un poco más fuerte cada vez.

– Sigue, que me encanta lo que haces con esas manos – supliqué.

Animado por mis palabras pasó sus uñas por mis muslos, primero por la parte externa y después por la parte interior, desde las rodillas hasta las ingles. En ese momento mi cuerpo ya no me respondía, por lo que solo acerté a echar atrás una de mis manos y acariciar su cara. Besó mi muñeca y continuó arañándome el estómago, con sus brazos rodeando ya mi cuerpo por entero. Subió por mis costillas laterales hasta llegar a las axilas, que estaban descubiertas porque yo tenía los brazos abiertos y apoyados en los bordes de la bañera. Rozó mis axilas depiladas y continuó allí su masaje, mientras que yo, en lugar de estar dando saltos a causa de las cosquillas, empezaba a gemir con suavidad. En ese momento las manos de Rubén se adelantaron poco a poco, acariciando la suave piel de los laterales de mis tetas. Siguió hacia delante poco a poco, haciendo círculos por mis tetas y acercándose a mis pezones, que ya estaban tan duros que podía sentirlos. Cuando sus dedos índices rozaron al mismo tiempo los bordes de los pezones no pude reprimir un fuerte gemido, seguido de varios jadeos.

– Te gusta ¿eh pillina? – preguntó él, aunque la respuesta estaba bastante clara.

No acerté a responder nada, pero le acaricié los antebrazos, en una clara incitación a que siguiese con lo que estaba. Por supuesto, él continuó acariciándome los pezones, con mucha suavidad, pero dado lo sensible que estaba yo bastó para que mis gemidos se hiciesen más altos y más audibles. Con la película de agua que cubría mis tetas sus dedos podían resbalar fácilmente sobre los pezones, haciendo círculos cada vez más cerrados. Recibí una verdadera descarga eléctrica por todo el cuerpo cuando su índice y su pulgar (de ambas manos) se cerraron con suavidad sobre las puntas de mis dos pezones. Mi cuerpo tembló y recosté totalmente mi espalda sobre él. Intenté acariciarle, pero no pude. Su lengua había entrado en acción y chupaba ya una de mis orejas. Lo siguiente que sentí fue un mordisquito en el lóbulo y que su lengua se desplazaba por detrás del cuello (el roce en la nuca fue increíble) hasta llegar a la otra oreja. Justo cuando llegaba recibí otra especie de calambre, ya que sus dedos me volvían a pellizcar los pezones. Era increíble el modo en que él iba administrando aquellas descargas eléctricas sobre mi cuerpo.

– Te veo muy sensible, pequeña. Pero aguanta, que aún queda lo mejor – dijo, en un tono susurrante en mi oreja.

No me había percatado hasta entonces de que el agua ya había desaparecido de la bañera. Supongo que él debía haber quitado el tapón del desagüe sin que yo me diese cuenta, aunque hacía ya un rato que no me daba cuenta de nada. Solo quedaba una ligera capa de espuma, cuando Rubén me empujó suavemente hasta que quedé apoyada sobre las rodillas y las manos en el fondo de la bañera. La pausa de cinco segundos que se produjo entonces la achaco a que fue el tiempo que él necesitó para colocarse otro condón en la polla. Pasado ese brevísimo lapso de tiempo (durante el cual yo seguía estando en las nubes) sentí que el macho volvía a atacar, ya que noté sus manos sobre mis nalgas, y no tuve otro remedio (o, mejor dicho, no me apetecía otra cosa) que separar las rodillas y ofrecerle la retaguardia de mi coño abierto y carnoso.

– Relájate y disfruta, preciosa – dijo él antes de iniciar la faena.

Sentí como aquella polla dura y grande me perforaba el coño, entrando con facilidad hasta el fondo. Pensé que era algo increíble que Rubén, después de dos polvos anteriores, conservase esa potencia y que la polla se le pudiese poner tan dura sin que yo le hubiese hecho ninguna manipulación. Lo cierto es que me penetró hasta el fondo, estimulándome el cuerpo entero. Entre un mete-saca, lento pero muy eficaz, preguntó:

– ¿Qué te parece como te estoy follando putita?

No me ofendí por su comentario, ya que ese día estaba follando como una verdadera profesional (en cantidad y calidad). Entre suspiros entrecortados pude aún responder:

– Bien, ¡muy bien! Sigue, sigue follándome así.

Evidentemente, siguió. Cuando su miembro llegaba hasta lo más profundo de mi sexo notaba yo que las fuerzas me abandonaban. Clavó sus uñas en mis nalgas (algo más fuerte que antes) y yo chillé de gusto. La metió del todo, dejándola quieta así un momento, lo que yo aproveché para girar un poco mis caderas y disfrutar aun más con el roce que producía su polla en el interior de mi sexo. La sacó y la metió una vez más y entonces yo sentí algo así como caer de un avión a 12.000 metros de altura y sin paracaídas. El placer se apoderó de mi cuerpo y el orgasmo fue aún más intenso que los anteriores, sobre todo en duración, ya que lo experimenté durante un buen puñado de segundos. El último sonido que pude emitir al correrme fue una mezcla de gemido, suspiro y grito.

– ¡Ahhhhh! ¡Qué orgasmo! ¡Ha sido bestial…! – dije mientras me derrumbaba hacia delante, hasta quedar casi totalmente tumbada sobre el suelo de la bañera.

Cuando acabé de correrme él retiró la polla de mi coño. Estuve unos segundos boca abajo sobre el suelo de la bañera, rebozada de espuma. Tuve ganas de no moverme de allí, a fin de poder disfrutar de los residuos del placer que acababa de experimentar, pero pensé que no era justo olvidarme de quien me acababa de hacer sentir tan placenteras sensaciones. Me levanté y al darme la vuelta encontré a Rubén, ya sin condón, de pié. Con la mano derecha meneaba su polla, con movimientos lentos pero enérgicos. Me arrodillé ante él, acaricié sus hinchados cojones y dije:

– ¡Córrete! Quiera que te corras en mi cara.

No tardó demasiado en acceder a mis deseos. Su capullo se hinchó un poco más, apreté sus bolitas por última vez y con un último golpe de mano soltó en mi cara y boca otro chorro de aquella leche que tanto me gustaba. Mientras se corría cogí su polla y me la llevé a la boca, saboreando su corrida, que resultó ser menor en cantidad que las anteriores, pero de la misma calidad. De nuevo su esperma manchó mi cara, mis labios y mi lengua, que volvió a ser igual de voraz que en las dos ocasiones anteriores con su fluido corporal. Nuestros jadeos y gemidos se superpusieron: los suyos eran por el orgasmo que estaba teniendo (con la consiguiente corrida) y los míos por la excitación que me producía el recibir su semen en mi boca. Cuando acabó de correrse, Rubén se sentó en el borde de la bañera, ocasión que aproveché para acabar de chuparle la polla y hacerme con alguna que otra gotita que aún le salía por el capullo. Lo que estaba claro era que me había vuelto una auténtica adoradora de su polla y que me gustaba recibir de ella un regalo en forma de caliente semen. La verdad es que podría estársela chupando días enteros, saboreando su capullo y su esperma.

Cuando hube acabado aquella limpieza tan sustanciosa (durante la cual Rubén no dijo ni media palabra, por lo que solo se oyeron mis lametones golosos y su respiración entrecortada) acerqué un par de toallas con las que nos secamos. Nos vestimos mientras comentábamos diversas facetas de aquellos salvajes tres asaltos. Cogí mi foto de la Polaroid y le dije que no hacía falta que me acompañase a la residencia, pero él insistió y acabó recorriendo conmigo los cinco minutos escasos que separaban su casa del colegio de las monjas. Nos despedimos con un beso y a las 21:21 exactamente entré en la residencia y subí a la habitación, tras explicar a la monja que no me encontraba muy bien y que no tenía ganas de cenar. Me duché de nuevo (ya que la ducha anterior se había complicado algo) y con el pijama puesto me senté en la cama. Guardé bien la foto comprometedora y me puse a escribir todo lo que recordaba de aquella tarde, acompañada por una sensación en el coño, algo así como una mezcla entre cosquilleo y ligero escozor. Estaba algo cansada, pero aún tenía en el cuerpo una deliciosa sensación de bienestar. Me parecía increíble que aquella polla tan grande hubiese penetrado por completo mi delicado coño.

Un rato después subió de cenar mi compañera de habitación (que también era compañera mía de clase en el instituto). Era una chica morena y atractiva, pero sus miras no iban más allá de sacar buenas notas en los exámenes. Me miró algo extrañada y dijo:

– Buenos ojos los que te vean. ¿Dónde te has metido toda la tarde? Seguro que con ese amigo tuyo en alguna sala de recreativas, jugando como niños.

– Más o menos – respondí con una sonrisa.

– Cada vez eres más infantil. Ya verás como no apruebas ni un examen – fue su respuesta.

Si tu supieras, pensé, que tipo de juegos he estado practicando toda la tarde te caerías de culo. A esto es a lo que yo llamaba una tarde bien aprovechada y no a estar escuchando el rollo del profesor de física. Después dejé lo que estaba escribiendo, me metí en la cama y dormí profundamente.

Epilogo

Después de ese día no volví a acostarme con Rubén. Le di un par de excusas en los días sucesivos, alegando que no me encontraba bien o que tenía que estudiar mucho. Al cabo de 10 días apareció a buscarme a la salida de clase, pero le dije que tenía cosas que hacer. Estaba claro que el chico había puesto el listón demasiado alto aquel día, por lo que cualquier repetición corría el claro riesgo de resultar decepcionante. Incluso a día de hoy debo confesar que nunca me han follado como lo hizo él. Además estaba yo segura de que se lo habría ido contando a todos sus amigos y que como ellos no le creerían habría acabado por enseñarles la foto en la cual se veía su polla y mi cara llena de su semen. No quería que me viesen con él y que me tomasen por una puta, cosa que evidentemente yo no era, aunque aquella tarde me hubiese comportado como tal. En todo caso con aquella experiencia había aprendido muchísimo y, lo que es más importante, me había convertido en una adicta al sexo. Pero para eso no había mayores problemas: Palencia (la ciudad en la que yo estudiaba por aquel entonces) estaba llena de chicos guapos y ardientes. Se les podía encontrar en el instituto, en la disco, en los bares, en los parques, por la calle,… Pero esto ya es material para otra historia.

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