En el taller mecánico: El pago de la embarazada

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Bueno, supongo que tengo que empezar por el principio. Soy Stephanie, 30 años, y sí, estoy de siete meses. Mi cuerpo siempre ha sido curvilíneo, incluso antes de que el embarazo me pusiera más redonda. Mido 1.63, pero mis caderas siempre fueron anchas, 98 centímetros de culo que no pasan desapercibidos. Y ahora con la barriga, bueno, las tetas se me han puesto enormes, los pezones oscuros y sensibles. Vivo con mis padres y mis dos hermanos. El pequeño, Carlos, tiene 20 años. Es un buen chico, pero su moto es una mierda. La semana pasada se le jodió el carburador o algo así, y no paraba de quejarse de que no tenía dinero para arreglarla.
—Déjame llevarla yo al taller —le dije, sin pensar demasiado. Necesitaba salir de casa, respirar aire que no oliera a discusiones de mis padres. Me puse una minifalda blanca que me aprieta justo debajo de la barriga, dejando las piernas al aire, y una blusa blanca semitransparente. Sin sujetador, obviamente. Con estas tetas no uso nada que las comprima demasiado, me duele. Mis pezones se marcaban claramente a través de la tela fina. Carlos me miró raro, pero no dijo nada. Es mi hermanito, no me va a juzgar.

Llegué al taller. El mecánico, un tipo de unos cuarenta años, fornido, con manos llenas de grasa, me miró de arriba abajo cuando bajé de la moto. No disimulaba. Su mirada se quedó en mis piernas, en mi culo, en mi barriga. Sentí el calor de su escrutinio entre las piernas.

—¿Qué le pasa? —preguntó, limpiándose las manos en un trapo.
—El motor hace un ruido raro, no arranca bien —dije, apoyándome en el mostrador, inclinándome un poco para que viera mejor el escote.
Se acercó, olía a aceite y sudor. No era desagradable. Pasó su mano por mi pierna, justo por encima de la rodilla, y subió despacio, hasta el borde de la falda.
—Esto va a ser caro, preciosa —dijo, con una sonrisa que no dejaba dudas.
Podría haberme enfadado, haberle dado una bofetada. Pero no. Sentí un cosquilleo en el coño, una humedad que no era solo del calor del motor. Llevaba meses sin sexo, mi marido me dejó cuando supo lo del embarazo, y mi cuerpo necesitaba atención. Lo miré a los ojos.
—¿Y si te pago de otra forma? —dije, bajando la voz—. Arreglas la moto gratis, y yo te doy lo que quieras.

Él sonrió más. Me agarró de la mano y me llevó al fondo del taller, detrás de un montón de neumáticos y piezas viejas. Había una colchoneta sucia en el suelo. Me puso de rodillas sin decir nada. Me levantó la falda, mis nalgas gordas al aire. Se bajó los pantalones y su polla salió, tiesa, gruesa, con la cabeza roja y brillante. No era pequeña. Escupió en su mano, se la frotó un par de veces, y sin más, la empujó contra mi coño.
Estaba húmeda, muy húmeda. Gemí cuando entró. La barriga me pesaba, pero me puse a cuatro patas, apoyando las manos en la colchoneta. Él me agarró de las caderas, sus dedos clavándose en la carne, y empezó a follarme con fuerza. Cada embestida me movía toda, las tetas balanceándose, los pezones rozando la colchoneta. Sentía su polla llenándome, llegando hasta el fondo. No paraba de gemir, mordiéndome el labio para no gritar demasiado.
—Qué buen coño tienes, embarazada y todo —gruñó, acelerando el ritmo.
—Fóllame, fóllame más fuerte —jadeé.
No duró mucho. Noté cómo se tensaba, cómo su polla pulsaba dentro de mí, y luego su leche caliente llenándome el coño. Se retiró, su semen goteando por mis muslos. Me dio una palmada en el culo, sonora.
—¿Ya está? —pregunté, dándole la vuelta, poniéndome de espaldas contra un neumático grande, abriendo las piernas—. La moto no está arreglada todavía.
Se rió. Se acercó, se arrodilló frente a mí, y metió la cabeza entre mis piernas. Me lamió el coño, chupando su propio semen mezclado con mis jugos. Su lengua era áspera, sabía lo que hacía. Me agarró del culo, levantando mis caderas para tener mejor acceso. Gemí fuerte, agarrándole el pelo, empujando mi coño contra su boca.
—Chúpame, sí, así —le ordené.
Me hizo venir así, con la lengua. Mi orgasmo fue intenso, sacudiéndome, apretando sus dedos contra mi piel. Luego se levantó, su polla tiesa de nuevo, y me penetró otra vez, esta vez más lento, más profundo. Sentí cada centímetro de su verga, cómo llenaba cada pliegue de mi coño. Me agarró de las piernas, abriéndolas más, apoyando mis pies en sus hombros. Así me folló, mirando cómo mi barriga se movía con sus embestidas. Me corrí otra vez, apretándolo fuerte, y él se vino dentro de mí de nuevo, con un gruñido.
Después, me ayudó a levantarme, me limpió con un trapo, y arregló la moto en veinte minutos. Cuando salí del taller, con la falda manchada, las piernas temblorosas, el olor a sexo pegado a mi piel, subí a la moto y regresé a casa.
Carlos me esperaba en la entrada.
—¿Ya está? —preguntó, emocionado.
—Sí, arreglada. Y no tienes que pagar —dije, pasándole las llaves.
Me miró raro, confundido. Mi madre se asomó desde la cocina.
—¿Cómo que no hay que pagar? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Me hizo un descuento —respondí, y me fui directa a la ducha.
No preguntaron más. Pero sé que mi hermano me mira distinto ahora. Y yo, bueno, yo me toco por las noches recordando la polla de ese mecánico, su lengua, su leche caliente dentro de mí. Mi pancita se mueve. Sonrío. No me arrepiento. Fue un buen trato.

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