Alimentando al abuelo – I

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El abuelo, un hombre de 90 años, estaba siempre en casa solo desde que había enviudado. Yo iba a su casa a hacerle el aseo y a procurarlo. Esa tarde noté al abuelo triste y vi que no había comido. Le pregunté qué pasaba y no respondió. Yo seguía en mis quehaceres y comenzó a hacer un poco de calor, así que me quité el suéter. Olvidé que por las prisas no me puse sostén. El abuelo me miró los senos con asombro y vergüenza, y no entendía yo por qué. Limpiando el espejo del baño noté que mis pezones estaban erectos y se marcaban mucho en mi blusa. No sabía qué hacer, pero tenía que seguir limpiando. Llegó la hora del almuerzo y me acerqué con un plato de comida caliente e intenté darle de comer al abuelo. Él se negó y volteó la cabeza.

Me dijo que estaba aburrido de comer lo mismo y que quería otro tipo de alimento, y se puso a llorar. Yo lo abracé para consolarlo y puse su cabeza en mi pecho. Mis senos se aplastaron contra el cuerpo del abuelo y él dijo: “Hija, estoy sintiendo tus pechos muy cerca, ten cuidado por favor”. “Perdona, abuelito, es que no me gusta verte así”. “Cuando tu abuela vivía, ella me daba el seno para mamar cuando me aburría su comida”. “¿Eso te gustaba, abuelo?”. “Sí, hija, mamar la leche de los senos de tu abuela me nutrió por más de 60 años”. “Tal vez yo pueda darte de mamar, abuelo, si me das la oportunidad”. “Hija, yo solo te mamaría los senos para alimentarme, no quiero que pase a más”. En ese momento saqué un seno de mi blusa y se lo coloqué al abuelo cerca de la boca.

Él comenzó a succionar lentamente mientras me miraba y me tocaba los senos. Me dijo: “Hija, no sale la leche y tengo hambre”. “Mámamelas más fuerte, abuelo, no tengas vergüenza”. El abuelo comenzó a mamarmela con succión poderosa. “¿Te gustan mis tetotas, abuelo?”. “Sí, hija, aliméntame pronto”. “¿Te gustan mis chichotas, abuelito?”. “Sí, hija, dame chichota”. El abuelo mamaba a gusto y se deleitaba con mis senos maduros. “Me encantan tus senos maduros, hija. Tu pezón está bien formado y tu aureola grande, como me gusta, así puedo mamar mejor”. El abuelo empezaba a lamerme las tetonas. Mis pezones estaban erectos y él los succionaba lentamente pero fuerte, parecía un becerro alimentándose. “Me gustan tus tetonas prietas y tus pezones café oscuro, casi negro”. Yo me enorgullecí y le di a mamar más seno. Para sus 90 años, el abuelo mamaba teta muy bien. Me relamía los senos y me dijo que me colocara encima de su cara con mis tetonas colgándole sobre su rostro para alimentarlo mejor. “Te quiero mamar las ubres, vaca tetona. Mama, becerro, mama”, le ordenaba. “Succióname la leche de los senos, abuelo, que quiero alimentarte bien”. El abuelo estaba prendido de mi teta como becerro hambriento y desesperado. “Hace años no me mamaba unas tetotas así, vaca chichona”. “Mámame los senos, abuelo, es mi deber alimentarte”. El abuelo juntaba mis chichotas con sus manos y me succionaba los pezones duros y cafés a su merced. “Hija, dame leche, dale de comer a tu abuelo”. “Succióname bien las ubres, abuelo”. “Dame teta, vaca chichona”, me decía el abuelo.

Él mamaba de mis tetonas como si fuera su biberón. Tenía el hocico como becerro bien prendado de mi pezón moreno oscuro y mi aureola grande y negra se veía fuera de su boca arrugada. “Mámame las tetas, abuelo, regocíjate en mis senos de mujer madura”. El abuelo quería comer, así que me las mamaba. Me bombeaba las ubres con su boca. Como becerro chupaba desesperado por obtener más teta y más alimento. “Lame, abuelo, lame los senos de tu nieta”. El abuelo lamía con su lengua dura y rasposa, un poco seca y amarillenta. “Lame, anciano, los senos de tu nieta que se sacrifica para alimentarte”. El abuelo seguía bombeándome los senos. “Vaca chichona, dame de tu leche o quieres que te mame más las ubres”. “Mámamelas hasta que salga la leche, abuelo”. Sentía las lenguetadas de su lengua áspera en mis senos. El abuelo lamía fuerte y seguro. Él sabía que era lo correcto. “Mama, abuelito, mama de los senos de tu nieta”. “Mi vaca chichonsota, cómo me gusta bombearte los pezones. Tus tetonas me alimentan mejor que nadie. Solo quiero mamar los senos de mi nieta”. “Mis chichotas solo son para que tú las succiones, abuelo”. La leche salía finalmente y mi abuelo anciano comía. Yo estaba alimentando a mi abuelo. Él mamaba toda mi leche y de repente noté que el pene del abuelo se levantó y me rozó la pierna. “Perdóname, hija, son reacciones que a veces tengo”. “Mama teta y calla, es hora de comer. Mámale las tetonas a tu nieta, goza de las chichotas de tu nieta, succiónale las ubres a tu nieta. Abuelo, soy tu nieta”.

El progenitor de mi padre me ordeñaba las tetas y comía de mí. Era tiempo del alimento sagrado y él mamaba como un becerro maduro, las mamaba duro. Su órgano sexual se levantaba y me punzaba. “Mámalas, mámame las ubres, anciano senil. Mama, que para eso sirves, para mamar los senos de tu nieta”. El abuelo mamaba desesperado, ya que no sabía cuándo comería de nuevo. Sentía su hocico de becerro en etapa de madurez bombeándome los pezones y succionándome la leche. “Mama, becerro, mámalas”, le ordenaba. Su pene lo gozaba. El pene de mi abuelo anciano gozaba el tremendo acto y se ponía erecto de júbilo al saber que mi abuelo mamaba los senos de su nieta madura. “Bombeame las tetotas y mama como el becerro en etapa de madurez que eres. Ya no eres un pequeño becerro, eres un becerro bien madurote, así que mama la teta que te da de comer, anciano”. El abuelo mamaba seno y tomaba el alimento, bombeándome los pezones con succión de poder. Su pene se levantaba y el abuelo gemía y succionaba teta. “Mi vaca chichonsota, méteme más las ubres a la boca, quiero teta de la nieta”. “Toma la teta de tu nieta y mama”. Él mamaba y yo lo alimentaba. Su pene senil gozaba y él me bombeaba. “Mi becerro maduro, qué bien mamas la teta.

Tus masotas no tienen igual, me pesan en la boca pero tengo que comer”. “Aliméntate, abuelo. Este sacrificio lo hago por ti. Tu nieta quiere y sabe que debe alimentarte. Mama cual becerro”. El abuelo seguía mamándome las tetochas. Su miembro se lo gozaba cada vez más. “Hija, discúlpame, no sé qué tiene mi pene, lo noto inquieto”. La polla prieta de mi abuelo estaba muy erecta e incomodaba a mi abuelo anciano. “Succióname las masotas y calla. Es hora del alimento sagrado. Tus chichotas merecen mi atención, mi tetona”. “Entonces mama, anciano, agradece el sacrificio que hago por ti”. El abuelo siguió con la teta en la boca hasta que me dejó sin leche. Me bajé la blusa y él me agradeció muchísimo. “Abuelo, soy tu nieta y es mi deber ser tu tetona que te alimenta”. El miembro del abuelo permanecía erecto… continuará.

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Chichonsita
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