El Pastor mostró el camino divino
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Katherine tenía 34 años y un cuerpo que, a pesar de los dos partos y los años de matrimonio, seguía siendo de esos que hacen girar la cabeza. Trigueña de piel morena clara, cabello negro largo que casi siempre se recogía en un moño cuando iba a la iglesia, senos grandes y pesados que apenas cabían en los brasieres, cintura marcada y un culo redondo, amplio, firme, de esos que se movían con peso propio cada vez que caminaba. Pascual, su esposo de 37, la seguía mirando con deseo después de tantos años, aunque en la cama las cosas se habían vuelto rutinarias y casi siempre terminaban con él encima de ella por pocos minutos.
Eran una familia cristiana evangélica de verdad. Todos los domingos sin falta estaban en la iglesia del barrio San Fernando, en Cali. Los dos muchachos —Andrés de 11 y Camilo de 7— también iban. Katherine ayudaba en la cocina de la iglesia los sábados, limpiaba los salones los miércoles y a veces se quedaba hasta tarde ayudando al pastor Jhon Jairo con la contabilidad o preparando materiales para la escuela dominical.
El pastor Jhon Jairo tenía 45 años. Negro, alto, de casi un metro noventa, cuerpo fornido de hombre que nunca dejó de entrenar. Hombros anchos, pecho amplio, brazos gruesos y unas manos enormes. La voz grave y pausada que usaba en el púlpito se volvía todavía más baja y profunda cuando hablaba en privado. Katherine lo respetaba. Todos lo respetaban. Era el hombre de Dios de esa congregación.
Esa noche de jueves Katherine se quedó más de la cuenta. Habían terminado de organizar las sillas para el retiro de jóvenes del fin de semana y ella se ofreció a terminar de limpiar la oficina del pastor. Cuando se dio cuenta, ya eran casi las nueve y media. La iglesia estaba en silencio. Solo quedaban las luces del pasillo y la de la oficina de Jhon Jairo.
Entró sin golpear, como siempre hacía.
—Pastor… ya terminé. Voy a dejar las llaves y me voy.
Jhon Jairo estaba sentado detrás del escritorio. Se levantó despacio. La miró de arriba abajo con esa calma que lo caracterizaba.
—Quédese un momento, hermana Katherine. Tengo algo que compartirle. Algo revelador.
Ella cerró la puerta por costumbre y se quedó de pie frente a él. El pastor abrió un cajón y sacó una botellita de vidrio oscuro, pequeña, con un aceite espeso de color ámbar.
—Este aceite es especial —dijo con voz baja—. El Señor me lo puso en el corazón. Es para ungirla. Pero no de la forma en que la gente cree.
Katherine frunció el ceño, confusa.
—¿Ungirme… cómo?
Jhon Jairo dio la vuelta al escritorio y se quedó frente a ella. Era mucho más alto y ancho. Su presencia llenaba el espacio.
—El Señor me mostró que usted necesita ser ungida en su cuerpo. En la carne. Especialmente… por detrás.
Ella sintió un calor raro subir por el pecho. No se movió. Él destapó la botella y el olor a algo dulce y denso llenó el aire.
—Quítese la falda y la ropa interior, hermana. Despacio.
Katherine abrió la boca para protestar, pero la voz del pastor era firme, casi paternal, y al mismo tiempo tenía un peso que la paralizó. Sus manos temblaron mientras se desabrochaba la falda negra. La dejó caer al piso. Después bajó las bragas blancas, modestas, y se quedó solo con la blusa y el brasier. Su culo quedó al descubierto: grande, redondo, de cachetes firmes y una hendidura profunda.
Jhon Jairo la miró sin disimulo.
—Dios la bendijo con un cuerpo poderoso. Ahora volteese. Apóyese en el escritorio.
Ella obedeció. Se inclinó hacia adelante, las manos sobre la madera oscura, el culo expuesto hacia el pastor. Sintió sus manos enormes separar los cachetes. El aire fresco de la oficina le rozó el ano.
—Esto es sagrado —murmuró él.
Vertió el aceite directamente sobre la raja. El líquido caliente y espeso resbaló entre los cachetes, bañando el agujero apretado. Katherine se estremeció. Los dedos gruesos del pastor empezaron a untar el aceite, frotándolo en círculos lentos alrededor del ano, presionando suavemente el centro. El dedo índice, grueso y calloso, empujó y entró un poco. Katherine soltó un gemido.
—Relájese, hermana. Esto es unción. El aceite tiene que entrar bien.
Empujó más. El dedo se hundió hasta el nudillo. Katherine apretó los dientes. Nunca había tenido nada ahí por supuesto. Pascual nunca le había tocado el culo de esa forma. El dedo del pastor era grueso y se movía con calma, girando, abriéndola, untando el interior con el aceite caliente. Sacó el dedo y volvió a echar más aceite. Esta vez metió dos. Katherine jadeó y se levantó un poco, pero la mano libre del pastor la empujó de nuevo hacia el escritorio.
—Quédese quieta. Tiene que abrirse para el Señor.
Los dos dedos entraron y salieron despacio, estirando el anillo muscular. El aceite hacía que todo resbalara con facilidad. Katherine sentía el ardor y al mismo tiempo un calor extraño que le subía por la espalda. Sus tetas grandes colgaban dentro del brasier y rozaban la madera cada vez que el pastor empujaba.
Después de varios minutos, Jhon Jairo retiró los dedos. Katherine escuchó el sonido del cinturón y el cierre. Cuando miró por encima del hombro, lo vio. El pene del pastor era enorme. Grueso, largo, negro, con la cabeza ancha y ya completamente duro. Las venas marcadas. Era casi el doble de lo que ella había visto en Pascual en veinte años de matrimonio.
—Pastor… eso no va a entrar… es muy grande.
—Sí va a entrar —respondió él con voz grave—. El aceite está. Y usted está ungida. Quédese relajada y separe los cachetes con las dos manos.
Ella obedeció. Él se colocó detrás de ella y apoyó la cabeza gruesa del pene contra el ano aceitado. Empujó despacio. Katherine abrió la boca en un grito silencioso. El ardor fue intenso. La cabeza se abrió paso centímetro a centímetro, forzando el anillo muscular hasta que entró por completo. Ella tembló de pies a cabeza.
—Hijueputa… —susurró ella sin poder controlarse, usando la palabra que nunca decía en la iglesia.
Jhon Jairo no se detuvo. Siguió empujando. El tronco grueso fue entrando, abriéndola, estirándola más de lo que creía posible. Cuando sintió que más de la mitad estaba adentro, se detuvo un momento, dejando que ella se acostumbrara. Katherine respiraba agitada, los ojos llorosos, el culo ardiendo.
—Ahora sí —dijo él.
Empujó el resto de una sola vez. El pene completo desapareció dentro de ella. Katherine gritó. El sonido se perdió en la iglesia vacía. Se sintió completamente llena, invadida, abierta hasta el fondo. El pastor se quedó quieto unos segundos, con las manos grandes agarrando sus caderas anchas, y después empezó a moverse.
Las embestidas fueron lentas al principio. Cada entrada hacía que el aceite saliera por los bordes y resbalara por los muslos de Katherine. El sonido era obsceno: húmedo, pesado, el choque de la pelvis del pastor contra su culo grande. Ella apretaba los puños sobre el escritorio y gemía con cada embestida. El pene era tan grueso que sentía cada vena, cada movimiento.
—Más despacio… por favor… pero no pare —pidió ella.
Jhon Jairo no le hizo caso. Aumentó la velocidad. Las nalgas de Katherine rebotaban con cada embestida. Los cachetes se movían como gelatina. El pastor los separaba con las manos para ver cómo su pene negro entraba y salía del ano rosado, ahora estirado y brillante de aceite y saliva. Cada vez que se hundía hasta el fondo, Katherine soltaba un gemido ahogado.
—Esto es lo que necesitaba, hermana. Que un hombre de Dios la abriera por detrás.
La embistió más fuerte. El escritorio crujía. Katherine sentía que el pene le llegaba tan profundo que le costaba respirar. El ardor se mezclaba con un placer oscuro y vergonzoso que no quería admitir. Sus tetas se mecían dentro del brasier. El sudor le corría por la espalda.
Después de un rato, el pastor la levantó del escritorio y la llevó hasta el sofá que tenía en la oficina. La puso de rodillas sobre el asiento, el pecho apoyado en el respaldo, el culo aún más expuesto. Volvió a entrar de un solo empujón. Katherine gritó otra vez. En esa posición el pene entraba todavía más profundo. Jhon Jairo empezó a darle con fuerza, sin piedad, agarrándola de la cintura y tirando de ella hacia atrás para que se embistiera contra él.
El aceite se había calentado con el roce. El sonido de la carne contra carne llenaba la oficina. Katherine no decía nada. Solo gemía, con la cara enterrada en el sofá, el culo completamente entregado. El pastor le daba palmadas ocasionales en los cachetes, haciendo que temblaran.
—Míreme —ordenó.
Ella giró la cabeza. Él le metió dos dedos en la boca. Katherine los chupó mientras la embestía. El contraste entre los dedos en la boca y el pene enorme en el culo la hacía sentir completamente usada.
Jhon Jairo se detuvo un momento, salió casi por completo y volvió a entrar de golpe. Katherine soltó un grito largo. Entonces él aceleró. Las embestidas se volvieron rápidas y profundas. El culo de Katherine estaba rojo de tanto golpe. El ano, completamente abierto y aceitado, se cerraba apenas cuando el pene salía y se abría de nuevo cuando entraba.
—Me voy a venir adentro —avisó él con voz ronca—. El aceite y mi semilla. Así queda ungida de verdad.
Katherine solo pudo asentir con la cabeza, sin palabras. El pastor se hundió hasta el fondo y se quedó quieto, respirando pesado. Sintió cómo el pene latía y después la sensación caliente y espesa de él corriéndose profundo en su ano. Chorros gruesos que llenaban el interior. Katherine tembló al sentir cómo el semen caliente se mezclaba con el aceite.
Él se quedó adentro un rato, dejándola llena. Después salió despacio. El ano de Katherine quedó abierto, rojo, brillando, y un hilo de semen y aceite empezó a salir y resbalar por sus muslos. El pastor tomó un pañuelo y le limpió un poco, pero no todo. Quiso que se fuera con su semilla adentro.
—Póngase la ropa —dijo con calma—. Y no diga nada. Esto queda entre usted, yo y el Señor.
Katherine se vistió con las manos temblando. La falda le quedó pegada a la piel por el aceite. Sentía el semen espeso moviéndose dentro de ella cada vez que daba un paso. Salió de la oficina sin mirarlo a la cara. Caminó por el pasillo vacío de la iglesia, salió a la calle y se subió a su carro.
En el camino a la casa, con las luces de Cali pasando por la ventana, sentía el culo ardiendo y lleno. Cada vez que se movía en el asiento, el semen y el aceite salían un poco más. Llegó a la casa. Pascual y los muchachos ya estaban acostados. Se metió al baño, se miró en el espejo y vio las marcas rojas en las caderas donde el pastor la había agarrado. Se limpió por fuera, pero no se lavó por dentro. Se quedó con la semilla del pastor adentro.
Se metió a la cama al lado de Pascual. Él se removió y le pasó un brazo por la cintura, como todas las noches. Katherine cerró los ojos. El culo todavía le latía. El aceite y el semen seguían ahí. Y aunque el cuerpo le dolía, una parte oscura de ella ya estaba pensando en el próximo jueves, cuando tal vez se quedara otra vez hasta tarde en la iglesia.
